19 marzo 2011

SOLO PARA SIBARITAS

 a Paul Roen

JOHN ASHLEY (1934-1997)

Cara de niño
Era un bombonazo, el epítome del baby face para consumo interior. Lo tenía todo para cautivarme desde la primera vez que lo ví. Qué perfil clásico, con esa naricilla pequeña y pizpireta, los ojos tiernos y brillantes, los labios perfilados, una mirada que expresaba vulnerabilidad y, de pronto, malicia, el tupé pluscuamperfecto, un cuerpo apolíneo que conforme pasaron los años (adentrándose en el lustro del twist) se volvió más lascivo por lo carnoso (esos gramos de más), una voz varonil -de fuerte acento sureño- que imponía distancias con el farfullismo típico del rebelde del Método y una indumentaria elegante, perfecta. No fue un gran actor. Ni siquiera un buen actor. Pero sí que estuvo por encima del resto de la pandilla. Me refiero a que en la producción barata fue el más fotogénico, el más completito, el que apuntaba maneras. Por fortuna o por desgracia cayó en la AIP, que no era la mejor plataforma para encumbrar a nadie. Y, a pesar de ello, esas películas infames, inútiles, bochornosas para un místico de Dreyer son objeto de culto para los fanáticos de las pequeñas cosas. Los nostálgicos del rock'n'roll de igual modo han sabido apreciarlas colocándolas en una particular hornacina (los melómanos del juke box apreciarán un long play suyo donde su amigo Eddie Cochran le acompañaba a la guitarra en la mayoría de los cortes). Para el cinéfilo que les escribe, de vuelta de muchas modas, los filmes de delincuencia juvenil con o sin Ashley son una delicia del camp.¿Por qué?. Por su bajo presupuesto, por las interpretaciones amateurs, por sus bandas sonoras de ritmos pasajeros y, desde luego, por las costumbres, manierismos, actitudes y expresiones slang. También disfruto con sus cualidades gay, esos detalles que nunca han dejado de fascinar al homosexual de siempre; sobre todo, cuando los protagonistas son adolescentes perdidos y tristes expeliendo por cada uno de sus poros los jugos vitales más animalescos. Ashley todavía a ojos actuales es un idolillo así, enamorable sin remisión. Bien haciendo del chico bueno o del malo. Y cuando con el cambio de década le tocó ponerse bañador (sin relleno, porque para relleno ya estaba él enterito al tener que secundar a Frankie Avalon), cautivó a todo color (era la fiebre de las beach movies). Fueron en total siete u ocho años donde no dejó de perder capacidad seductora. Luego emprendería nuevos rumbos, un inesperado viaje a Filipinas, el lío de ser un productor de éxito (de Apocalipsis Now a El Equipo A). Pero esa ya es otra historia.
Lo más bonito son sus comienzos. Cuando apenas superaba los veinte abriles. Acababa de graduarse en la Universidad de Oklahoma y durante el verano se había ido a pasar las vacaciones del 56 a California. Directamente a Hollywood. Allí un amigo le presentó a John Wayne que andaba por entonces haciendo el ridículo disfrazado de Gengis Khan (estaba protagonizando El conquistador de Mongolia, una de las peores películas de la historia del cine). Al inexpresivo Wayne le cautivó tanto el muchacho que decidió abrirle las puertas del mundo del espectáculo. Si la anécdota es cierta, esto vendría a confirmar que al duro Duke los mozuelos preciosos le despertaban instintos griegos bien legítimos camuflados bajo un tamiz entre homoerótico, paternalista y viril (vean sino partenaires juveniles a los que quiso de alguna manera apadrinar como inoperantes trigueños de nombre Jeffrey Hunter, su propio hijo Patrick o Rickie Nelson o, en su ocaso, a Jan Michael Vincent y al morenazo latino Jorge Rivero). El caso es que el pimpollo Ashley entró en la Meca por la puerta pequeña (pero puerta al fin), interviniendo en un capítulo de la serie de televisión Men of Annapolis, del todoterreno William Castle. Corría el año 1957. No fue esta su plataforma más destacada. La verdadera surgió del azar, o de esas casualidades que llegan en la vida cuando uno está en el momento justo y en el lugar oportuno. Y es que como un día de tantos se había acercado a recoger a la novia de entonces a las oficinas de la American International Pictures (la chica estaba haciendo una audición para un papel en Dragstrip Girl, una de coches, chicas y rock'n'roll). Por los pasillos del estudio un talent scout reparó en el mozuelo (que, fijo, ese día llevaría su pompadour gloriosamente peluquereado) y lo encontró perfecto como complemento moreno al rubio Steve Terrell en aquella historia de dos amigos en pugna por la chica del título. Lo que son las cosas. A él lo contrataron, la novia siguió en el paro. No pudo ser una elección más acertada. A partir de entonces, Ashley pasó a ser el muchacho dorado de la productora. Rostro identificable con la serie B. Un galancete de recambio. Respuesta del pobre a Elvis Presley que, al punto, partía a Alemania para cumplir con el servicio militar fotográfico. Y, si me apuran, una alternativa a  toda la retahila de rebeldes venidos a menos (o a la Nada más absoluta si pensamos en el cadáver de James Dean) que habrían claudicado por el peso de la fama (Brando en superproducciones tan acomodaticias con el establishment como Sayonara, Paul Newman acogido al narcisismo más odioso en melodramas a la Tennessee, Monty en su infierno personal cagándola en El árbol de la vida).



El rey del autocine
Las ironías de la vida transforman filmes pretendidamente heterosexuales en homosexuales. Sólo hay que apartar la atención del envoltorio (esos posters tan comerciales de aguerridas jamonas en ceñidos suéters y vaqueros ceñidos que emparentan sus extremidades a las de la perdiz común) y disfrutar con los subtextos. En Dragstrip Girl  no hay que ser muy miope para percatarse de que la famosa chica del título pinta poquísimo en la existencia de esos dos amigos que se reencuentran tras haber estado uno de ellos en presidio (Ashley). Ashley es el malote de la función. Steve Terrell, mecánico ingenuo que vive un hipotético romance con la chica de las carreras (nada menos que Fay Spain). La quiere porque es una jabata de alta cilindrada, porque le gusta pilotar y pasar el tiempo en el taller (es decir, un chico en un cuerpo de jaca). Cuando aparece Ashley lo único que habrá serán aproximaciones cuerpo a cuerpo entre ambos varones (¿erotismo filtrado a través la violencia de las peleas a puños?). Y también a través de drag riots que parecen Ben Hur (sin Gore Vidal que lo caliente). En realidad, este es un remake de la romana sólo que sustituyendo cuádrigas por coches. Hay dos momentos en la película que podrían hacer peligrar el aún tambaleante mito del actor. Uno en la secuencia de la pelea en el bar al utilizar un doble (algo que no se repetiría jamás). Y otro al no portar blue jeans, al contrario de Steve que los luce épicos (manchones de grasa incluidos).



Ese mismo año Edward L. Cahn insistió en el tema pero probando con las motos. El subtexto gay de la anterior valdría para Motorcycle Gang, con la incorporación inestimable de la chupa de cuero de John (un detalle bien decisivo para los que han sabido siempre apreciar el poderío de esta prenda única).Como bad guy de lo más lederón vuelve a tentar al bueno de Steve para que se arroje a sus brazos en violento ademán. Y también hay por medio una maciza que, al fin y al cabo, es lo de menos pues hasta cuando Ashley está a solas con ella en cita romántica el motivo de la conversación (siempre tiene que haber un preámbulo) es Steve. Como el guión situaba en el último trayecto a los motoristas gamberros en ambientes rurales la referencia a The wild one era obligada. El detalle de unas cadenas amenazantes colgando de la hebilla del pantalón de un kinky añadió pedigrí sado al asunto si bien todo era una soberana idiotez, como una travesura fin de curso de catequistas de gran corazón. Lo único que impacta es la presencia de un adulto Alfalfa (Our gang) con aspecto de yonqui simpático. Prematuro it was.
La faceta canora de Ashley pudo desarrollarla discretamente en sus siguientes apariciones. En How to make a monster (1958. Herbert L. Strock), por ejemplo imitó los gestos de Elvis, con preferencia al chasquido de dedos y las miradas lánguidas. Como ya sabíamos, Elvis sólo hay uno así que se abstuvo de mover las caderas, por si acaso. Su voz agradable se tornó al entonar áspera y ruda, fabianesca. En esta películita se interpretaba a si mismo, aunque en el entramado del guión era algo más, como un símbolo de lo que la juventud buscaba en el cine: diversión, canciones y chicas guapas. O sea, era el valor máximo del cine musical AIP. Lo cual era bien inexacto si nos atenemos a su curriculum hasta la fecha. How to make a monster es terror adolescente descacharrante. Y muy vacilón. Oscila entre lo chusco y lo brillante, entre lo ridículo y lo irónico. Como de Corman.
Contó con otro cameo en Zero Hour (1857. Hal Bartlett), discreto drama semi bélico lleno de viejas glorias de capa caída. El mozo ni siquiera se integró en la acción. Era un cantante que salía actuando en un aparato televisor. De nuevo Edward L. Cahn le dejó brillar más al incluirlo en una de guerra. Pero Suicide Battalion no tuvo ninguna repercusión (aún no eran los tiempos de Combat! y de tantas hazañas bélicas). Así que retornó a los coches y al rock'n'roll si bien desde un producto híbrido que sacaría por primera vez en el actor sus dotes para la comedia. Porque Hot Rod Gang (1958. Lew Landers) daba un vuelco a la media hora y tras el rugido de motores y los lugares comunes pasaba la acción a desarrollarse en un caserón habitado por un par de viejas solteronas, a la sazón las tías del chico, unas chifladas aficionadas a los madrigales, a asustarse con los cuadros de difuntos y a acoger en su anticuado salón a recatadas fianceés que tocaban muy bien el violín. Y John, que hasta entonces había sido aspirante a rock star y corredor de coches entraba obligado por la ley allí, con lo que esto conllevaba. Por ejemplo, sufrió cambio de vestuario: traje oscuro y gafitas. Cuando  interpretó un solo de Mendelssohn al violín pareció aquello el acabose. Y no. No lo habíamos visto todo. Regresaba a los escenarios con una barba "existencialista" (el decía que se había dejado inspirar por un estilo Greenwich Village, cuando este barrio neoyorkino no era lo que luego fue) mientras lo apadrinaba el homófilo Gene Vincent (siempre escoltado por sus Blue Caps, tan pintureros). Créanlo o no, pero Ashley estuvo estupendo como comediante. A ratos me recuerda a Tony Curtis en No groom for the room (porque mentar a Cary Grant en Arsénico por compasión ya sería exagerar demasiado).




Copiase a quien copiase, estaba visto que Ashley valía para todos los temas de la productora, no sólo era el actor cantante. Y así lo desmintió nuevamente haciendo de noviete de la infausta hija de Frankenstein. La cosa se tituló Frankenstein's daughter (1958. Richard E. Cunha) y era tan pésima como divertida. Sólo por el arranque de la misma ya valdría su rescate inmediato. El aspecto de la susodicha monstrua asustando al barrio en medio de la noche es un derroche de mal gusto y humor involuntario. El pésimo maquillaje unido a la expresión de súplica nos hacen pensar que estamos ante una marginada de lo más decimonónica, una Marianela perpetrada por una panda de lunáticos del cine B usaca. Inverosimil personaje en cualquier caso, que bebe más de las pócimas del doctor Jeckyll que de las fuentes de la Shelley. Al acabar el efecto del cóctel, el adefesio se transforma en bellísima teenager ¡de nombre Trudy! y se dispone a preparar los piscolavis de una fiesta de piscina en el jardín de su casa.  Mientras esto sucede Page Cavanaugh y su Trio amenizan con sus adorables canciones (Special date). Al mismo compás, Ashley en delantal va asando un delicioso shish kebab, pretexto que justificaría el no ponerse en bañador, tal como luce la concurrencia. Entre monstruo y monstruo transcurre la hora y media con cierta pena por lo mucho que se ha desaprovechado al guapo. Por fortuna, al final se quita la ropa y se coloca un bañador negro. Tras la zambullida de rigor, sale para besar a la novia. Algo es algo. De todas formas, los incondicionales del actor saben que aún se les deben dos cosas fundamentales para culminar la paja: unos blue jeans ajustados y un meneito de culo a ritmo de twist. Todo llegará.
High School Caesar (1960. O' Dale Ireland) es mi peli favorita de todas las que hizo sobre delincuencia juvenil. De tan barata y amateur semeja independiente (bueno, entonces los neoyorkinos decían underground). El es Mat Stevens y quiere ser el rey del campus. Es más bonito que ninguno. Y todos lo saben. Sólo le queda convencernos a los espectadores de cuanto es el poderío que guarda su cuerpo. Así que hace inventario una y otra vez mediante mil posturas y maneras de vestir: camisa desabotonada a lo casual, desafiante tupé que emite destellos divinos, ojos peligrosos que invitan a la camorra o al blow job... Proclama la canción de los títulos de crédito: "High School Caesar, You're gonna get in the end". Pudo ser un emperador, pero me temo que está más cerca de Little Caesar que de Julio César. Es todo un tirano de las aulas, chantajista en las apuestas de cafetería, extraperlista de exámenes, lince de los amaños en los concursos de baile. Todo lo que necesita lo tiene. Lo que más ha mimado es a un amiguito moreno más niño que él, su mano derecha, confidente de secundaria, femenino. Un tal Cricket, ni guapo ni feo sino todo lo contrario. Está perdidamente enamorado de Ashley. Cumple con un arquetipo insólito, ciertamente subversivo y que se sacó de la delicada bragueta Nicholas Ray en su nombrada Rebelde sin causa (el personaje de Plato). Y si Plato esnifaba la cazadora de James Dean en un momento desolador de aquel gran filme, aqui Cricket se dedica con disimulo a posar las narices sobre la llena cazadora de cuero de su ídolo cuando el otro le da la espalda o, simplemente, a suspirarle en el cuello. El peinado de este chevalier servant es desmadejado, sus jerseys son de tallas enormes. Tiene mucho que aprender. Y para eso está Ashley. Y Ashley dispone del mancebo siempre que necesita placeres alternativos. Porque aunque en ésta (como en todas) el héroe cuenta con moza, la interfecta (aquí más ausente de lo que sería aconsejable en un filme para heteros) bien puede ser una fag hag que actúa de mera fachada. Lo que se suele decir en estos casos de los adolescentes wasp: los chicos están para la diversión privada, las chicas para el escaparate público.
Dicho todo lo cual, estamos ante un matoncito que esconde muchos secretos, más allá de estas malicias. Por ejemplo, el chico cambia de personalidad cuando llega a su casa. Esa casa es un palacio, una mansión al estilo sureño. Bebe en copas de cristal del bueno que le sirven un par de criados en riguroso uniforme. Sus padres están de viaje por Europa y todo aquello le pertenece esa temporada. Pero Matt aún no es feliz. Pobre niño rico. Solo en su habitación solloza con la cabeza pegada en la almohada. En la mesilla de noche hay un transistor que emite su música favorita (¡oye Muzak!), encima del aparato asoman un par de zapatitos infantiles de porcelana. ¿Algún voluntario para consolarlo?.
¿Hay neurosis en ese personaje?. Es posible. Cuando le pega la venada asesina a rubios sin más miramientos, cual cruce entre Norman Bates y Jim Stark. Llegada su hora, el César cae del triclinio-pupitre, los amigos que compró se rebelarán del tirano propinándole una hermosa paliza, incluido Cricket (lo que propicia que vuele el camp a sus anchas cuando le suelta Ashley la frase: Not you too, Cricket?). Acaba tirado en el suelo, ensangrentado, malherido...(placentero masoca). Y, ya vén, aludiendo a los clásicos. Sin embargo, lo más clásico que tiene esta cinta es el propio Ashley continuamente fotografiado por delante y por detrás.



No volverá a encontrar el actor un papel tan a su medida. En los próximos cinco años engrosará en la AIP el rango de secundario, sin más alicientes que el color y sus destapes. Quizá la única excepción la ponga el televisivo Straghtaway (1961-62), serie que no he visto pero que, tras haberme informado en distintas fuentes, sonsaco que incorporaba tramas de misterio policial al mundillo de los corredores automovilísticos. Es decir, que retornaba al taller decorado con fotos de pin ups, al lubricante y a la mística de la alta cilindrada. Duró la serie veinticuatro semanas. La más larga en la que intervino.
1963 va a ser un año importante. Comienza el ciclo surfero de la AIP. Pero antes pasó en inesperado salto mortal a la serie A en un filme de Martin Ritt a mayor gloria de su niño favorito Paul Newman. Fue en Hud, un salvaje entre mil. Aquél salto quedó en ligero esguince. Los que lo buscamos con ansiedad debimos hilar muy fino pues su aparición sucedía en penumbra, caminando de espaldas (apolínea silueta) mientras se cruzaba con Newman sin más frase que la de contarle al bello oficial que iba a participar en el rodeo. A lo que el de los ojos azules le respondió socarrón: "Ten cuidado, que el toro se te va a comer enterito". Era la forma de ponderar el cuerpo de Ashley desde una mentalidad de vaquero standard, es decir, disfrazándola de sarcasmo en apariencia ridiculizador pues, objetivamente, tan blando podía dar Ashley como el siempre en agraz Newman, aqui más pendiente de pasar al póster en actitud de macho man que de mostrarse como un actor sobrio. No logró ni una cosa ni la otra. Compruébenlo al enfrentarse con sus tics demodés al veterano Melvyn Douglas (este venerable anciano fue en verdad el toro que se comió crudísima a la engreída superstar).
Playa, twist y coppertone
En cuanto al ciclo playero, John participó en los cinco títulos más populares. Pensados como pretexto para el desarrollo del estúpido romance entre los no menos estúpidos Avalon y Funnicello, sirvieron en esencia para darnos a entender, más que otra cosa, que la juventud californiana era ultraconservadora, hedonista y berzota a más no poder. Ni siquiera la presencia de actores de la talla de Vincent Price, Buster Keaton o Dorothy Malone (ya con el marcado capilar de Peyton Place) alcanzaron a poner algo de distanción crítica a aquel party subnormal. Quizá se salven las maravillosas transparencias con las cuales algunos creyeron que Anette y amig@s eran deportistas de elite (o, simplemente, estaban en una playa soleada y no dentro de un plató de rayos uva), los grupos y solistas invitados (Dick Dale & The Del-Tones, The Pyramids, The Kingsmen, Donna Loren, Little Stevie Wonder, James Brown) o esos esculturales cuerpos que sólo podían criarse en dichos lares. Ahi aparecería, entre otr@s, John, claro. El tuvo su rinconcito de gloria en cada una de las cinco aberraciones. Pero, por desgracia, al contrario de sus delincuentes en blanco y negro, ahora todo era cromáticamente  heterosexual -muy asqueroso, si, más por lo necio del planteamiento que por cebarse en una opción extrema-(aunque digo yo que sobraría lo de sexual dado el grado de pudibundez a la que llegó la virtuosa Annette, más antígua que mi abuela). Si nos ceñimos a nuestro chico dorado, se esmeró en que resaltara su broncínea piel en llamativo bañador rojo. Fue en Beach Party (1963). Ideó unas cuantas perrerías para hacer patinar a un Robert Cummings en estado de mojama, como adiestrarle en la técnica de la tabla mientras el chistoso en primerísimo plano se abría de divinas ancas semitapadas por un bañador color carne o quemándole un estrambótico sombrero en pleno luau. En Muscle beach party (1964) era arrastrado por la arena por un par de culturistas (donde las dan...). La intención de aquellos era, usándose del rastro dibujado por el cuerpo del Adonis, dejar delimitado el terreno playero: una porción para la pandilla de Frankie y Annette y otra para estos aspirantes al título de Mr. Galaxy (figuraban en el lote Peter Lupus y el primer Mr. Olympia de la historia de los cuerpos serranos, el señor Larry Scott). En Bikini Beach (1964) John sorprendió con un goloso bañador color fresa. Por lo demás, su vidorra seguía igual: ajeno al mundo y bien pegadito en un montón de planos al lindo Avalon. Pero lo mejor de la función ni fue el bañador fresa, ni mucho menos el simio peludo que oficiaba de mascota, ni la parodia de los Beatles ni la drag strip. Lo realmente importante es que al fin se cumplió con algo que a los fans de Ashley se nos debía desde finales de los cincuenta. Esto es, su aparición en vaqueros. El resultado fueron unos Levis blancos bien prietos que le sentaban que ni cincelados.
No entendimos por qué en Beach Blanket Bingo (1965) su personaje (que en lo que iba de serie era el mismo a pesar de que su nombre cambiara) se transformaba en rival de Avalon. Y Ashley no se puso el bañador porque era paracaidista y retaba al cantante a un duelo en las alturas (volvía a recuperar sus célebres "gallinas" como cuando picaba a su íntimo Steve Terrell). Como insistió en los blue jeans nos gustó la película bastante y cumplió con su otra deuda: menear el redondísimo trasero en un twist con Annette (ella utilizaba al galán para darle celos a su eterno pretendiente que aqui medio bebía los vientos por ¡Linda Evans!). Y cuando su culete cogió velocidad aquello supo a nada pero lo hizo con estilazo, viniendo a contarnos sin palabras que era tanto o más expresivo que su sonrisa. Y, además, hiperactivo. Es Beach Blanket Bingo un filme al que se le pueden sacar aún más detalles. Por ejemplo, la presencia de Deborah Walley en el rol de novieta de Ashley, cuando justamente ambos se acababan de casar en la vida real. Deborah fue una actriz insustancial, una de tantas Gidgets que vinieron a sustituir a la original Sandra Dee. El matrimonio duró poco, cuatro o cinco veranos, todo lo más. La típica pareja de tarjeta promocional. Y un último apunte traería a colación a otro de los tritones del Pacífico aquél, un muchacho alto y esbelto, demasiado perfecto para ser de verdad y no un simple héroe de comic, que siempre aparecía en tercera línea de grupo pero que embaucaba desde el primer filme por su dinamismo (no sé si de hustler, de go gó, o de titán de gasolinera). Este chicarrón ocupó a partir de entonces el lugar de Ashley como cobertor dorsal de Frankie. Se llamaba Mike Nader y con el tiempo sería uno de los personajes más populares de la serie ochentera Dinastía (como Dex, el marido vaquero de Alexis Carrington Colby Dexter). Linda Evans y él, por lo tanto, habrían coincidido en la ficción veinte años antes de esta soap opera. Y en How to stuff a wild bikini (1965) quien se desmarcó del grupo fue Frankie que, según vimos, estaba haciendo la mili en una paradisíaca isla hawaiana. Annette le guardaba la virginidad (tan apolillada como que esta octogenaria de espíritu estaba hueca), pero a punto estuvo de cometer pecado de ósculo con el hermoso Dwayne Hickman. Ashley y Nader vieron fortalecido su protagonismo aunque ( y esto duele) el primero ya daba señales de fondismo al exhibir de perfil una vergonzosa papada. Señal de que los tiempos nunca pasan en balde (ni siquiera en la eternamente joven California).





El último de Filipinas
Entre chapuzón y chapuzón también colaboró en series míticas de la televisión norteamericana. Así lo recuerdo unido a una locomotora en dos ocasiones. En el primer episodio de Petticoat Junction (1963) era uno de los viajeros del tren que conducía a Hooterville (terminaban todos en el famoso hotelito familiar: el Shady Rest, anticipación country del Hostal Royal Manzanares). En ese tren flirteaba con una de las beldades repollo del programa: la rubia Jeaninne Riley. El flirteo quedó en lo justo pues la pesada Bea Benaderet les cortaba tímidos acercamientos e intercambio de miradas preservando a la mozuela de todo mal (la tradición del Mayflower trasladada a ambientes hillbillies). Y en The Night of the Watery dead de Jim West (1966) se montó en la locomotora del agente secreto titular en calidad de almirante de barco. Mantuvo durante un par de secuencias una actitud de incredulidad ante las advertencias del héroe (un dragón bomba manejado a control remoto estaba preparado para hacer explotar una gran embarcación) sin percatarse de que West siempre contaba la verdad (en su pequeño reino del delirio todo era posible). Ashley perdió puntos al enfrentarse a Robert Conrad en los planos donde se les emparejó. Unas patillazas nada favorecedoras y un uniforme que le tapaba hasta el cuello (inflándole la papada) le hacían flaco favor. Y más viendo que el otro en todo momento mantenía al aire su velludo e impecable torso. Un par de reojeos imperceptibles cuando el narciso le ofreció el espectáculo de su trasero inmortal provocaron que Ashley tragase saliva (han de saber que en esta serie por donde pasaba Jim West mujeres y hombres se revolvían irremediablemente con ánimo de apreciar mejor sus pantorrillas. Era una Scherezade de rejoneo por sus mil y una noches).
Conrad no estuvo tan exhibicionista cuando volvió a coincidir con Ashley en el filme negro Young Dillinger (1965. Terry O. Morse), biopic exhaustivo del legendario gangster. Ni uno ni otro le dieron vida porque lo encarnó el blandito Nick Adams. Parecía todo un pasatiempo a mayor gloria de la ya no tan nueva hornada de apolos juveniles, como si ese juego sirviera para reemplazar de nuestro recuerdos más Warner a los prodigiosos Cagney, Raft y Bogart. Misión imposible, claro. El conjunto (agradable, desde luego) no quedó nada demodé pues el rollo retro estaba a punto de convertirse en moda de primera (acababa de estrenarse La ley del hampa, Los Intocables de Elliott Ness habían batido records de audiencia en televisión, Bonnie & Clyde esperaban a la vuelta de la esquina).
Y, luego de esto, casi de la noche a la mañana Ashley optó por dar un extraño giro a su carrera maltrecha. Se recicló en actor-productor y, tras el divorcio con la Walley, puso rumbo a Manila. Allí se implicó en una serie de títulos execrables, de terror mayormente, pésimamente realizados todos, tan chapuceros que convierten su pasado AIP en las obras maestras de Jacques Tourneur. El colmo del desdoro. En lo físico fue paulatinamente eclipsado por algún buen punto filipino sólo conocido en su choza a la hora de comer (recuerdo ahora con regustillo a Ronaldo Valdez en Mad Doctor of Blood Island). Tanta bazofia seguida sólo podrá en la actualidad complacer a los gourmets de la coprofagia de la imagen (si es que ya no se han aburrido de ellas sustituyéndolas por otras). A finales de los setenta, se enmendó estética y financieramente al poner dineros para Apocalipis Now. A continuación, se enriqueció más si cabe en lo televisivo con El equipo A, donde además de productor fue la voz narradora en cada episodio.
Ya quedaban lejísimos sus primeros rebeldes sin causa. Rebeldes prestados y con inevitable aroma a muerte. Porque el guaperas vendría a ser, en resúmen, uno de tantos adolescentes, de encanto a prueba de bomba, que el cine americano lanzó como medio de alimentar la necrofilia tras el cacharrazo del rubiales. Y, como los demás, dejó de existir en vida, con menos gloria que Dean ganase al morir. Lo que no quita que para muchos todavía siga siendo un rapaz inolvidable. Con él, así el filme de consumo interior, gracias al DVD, ya no se perderá jamás en los autobuses que llevaban en el pasado las películas de un pueblo a otro de los desérticos parajes. Nos pertenecerá para siempre, como nuestras primeras masturbaciones al calor de los escasos pases de sus J.D. films en la segunda cadena a finales de los ochenta. Masturbaciones que consistieron, para no romper una tradición personal, en mera arqueología al servicio de los sentidos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¿De qué película es el fotograma de la cabecera?

maciste II dijo...

ATHENA(1954.Richard Thorpe)

Anónimo dijo...

Gracias