17 febrero 2011

SOLO PARA SIBARITAS

BETTA ST. JOHN (1929-)

Del vergel de las ninfas a la cámara de torturas
La efímera carrera de esta inmortal se concentra en una década mala para los mitos. Ni siquiera los más grandes las tuvieron todas consigo. Caundo en los años cincuenta finalizaba el sistema de estrellas, la rescisión de contratos obligó a muchos actores a buscar refugio en la televisión y los más inquietos a montar pequeñas productoras independientes. De igual modo, fueron legión los que se refugiaron en los estudios de cine europeos (especialmente, a orillas del Tiber). Betta también emigró, luego de una serie de filmes que no consiguieron fomentar su talento, pero lo hizo a Inglaterra, donde había vivido los momentos más felices de su adolescencia. En Inglaterra además conoció al hombre con el que compartiría más de cuarenta años de matrimonio, el también actor Peter Grant. En el West End londinense fue donde cosechó triunfos durante la gira del musical South Pacific (finales de los cuarenta-principios de los cincuenta). Y en Inglaterra decidió a los treinta años retirarse definitivamente de la farándula. Decisión muy inteligente, visto que ni en un pais ni en el otro supieron qué hacer con ella. Al menos los cinéfilos la recordaremos silvánica, magnética y enamorable en películas "de las que ya no se hacen" como La mujer soñada, El príncipe estudiante y Todos los hermanos eran valientes. Hollywood optó por explotarla en lo exótico (tal vez atendiendo a su relaciones con un tipo de belleza latina), encajándole papeles de mujeres de otras razas sin importarles un pimiento que fuera californiana de pura cepa. Gajes de las caras especiales, las que se apartan de un patrón establecido.Ya le había sucedido a Gene Tierney en los 40, le pasó a Mirna Loy en los 30. Hubo más. Al menos, esta subordinación étnica se hizo más soportable al permitírsele cantar, faceta por la cual estaba dotada.
La imagen de Betta disfrazada de filistea, de islamita, de centroeuropea y hasta de india mexicana en nada se correspondería a una Betta anterior, casi imperceptible dentro del anonimato de las uncredited's y que se remonta a su más tierna infancia, cuando con sólo diez añitos le fue adjudicado un pequeño papel en la horrenda opereta de Victor Fleming El mago de Oz (1939). Aquella oportunidad de abrirse camino en el cine no llegó a nada porque las fechas del rodaje vinieron a coincidir con las vacaciones de sus padres y, como era natural, éstos no quisieron abandonar a la niña en aquella Babilonia moderna (por mucho parque temático -de Oz- en el que se ocultara). En cambio, los progenitores aceptaron que participase en un corto de Our Gang, pandilla deliciosa. No fue esta la que podíamos llamar "su primera gran oportunidad". La verdadera le vino de la mano de la maravillosa Marlene Dietrich, de aquella algo perdida tras su ruptura profesional con Von Sternberg (tan perdida que hasta aparecía en westerns). Y un western con la alemana era Arizona, donde Betta, morenita y preciosa (esos grandes ojos azules), le cantaba subida en un carro a la desamparada diosa una cancioncilla llamada Little Joe. Hay que decir, en beneficio de la niña precoz, que los resultados no fueron ni la mitad de grimosos que si los hubiera perpetrado Shirley Temple. Al contrario, la voz de Betta empezó a desmarcarse como un pequeño prodigio de la sugerencia. Con un algo feérico y legendario, como un arrullo sexy de sirena varada (en las fotos de promoción de su etapa adulta descubrimos que en vez de aleta aquella sirena poseía unas piernas importantes). Como también bailaba un poquito, la dejaron claquear en un cortometraje musical titulado Waldo's Last Stand (1940) dedicado a la promoción de este alegre baile de moda. Poca alegría pudo contagiar en sus dos siguientes cameos. Hacía de huerfanita de lo más decimonónica. O sea, de lo más miserable. Uno en Lydia, producción de Alexander Korda pensada para el lucimiento de su descubrimiento Merle Oberon (en realidad, una innecesaria vuelta de tuerca del francés Duvivier a su Carnet de baile), y otro en el clásico familiar Alma rebelde (o Jane Eyre) donde brillaba más que ella la niña Margaret O'Brien, pre Mujercitas.


Betta con Richard Tabbert en South Pacific

Pollita de Broadway
Por fortuna para nuestra diosecilla, fue descubierta por dos señores muy poderosos en el showbusiness: Richard Rodgers y Oscar Hammerstein, nada menos, los compositores de operetas más exitosos de los años cuarenta y cincuenta en Estados Unidos y que venían de triunfar con Oklahoma (1943). Así, acomodada en Broadway, se coló en la maquinaria artística de la igual de milenaria Carousel (1945), coincidiendo con importantes figuras del musical como el actor John Ryatt, la coreoógrafa Agnes de Mille o el director Rouben Mamoulian, implicado también en una obra que, por otra parte, aprovechaba las fórmulas narrativas y escenográficas del previo Oklahoma.
Pasada la adolescencia, repitió en South Pacific (1949), de los mismos autores, si bien ostentando en el casting un rango mayor. Su papel ya tenía nombre: era Liat, mientras que los protagonistas principales eran la maravillosa Mary Martin y el tenor Ezio Pinza, que luego de esto pasaría como una exhalación por Hollywood (le hizo la corte a Lana Turner y nada más). Al adaptarse en 1958 esta horterada a la gran pantalla su director Joshua Logan eligió a otra damita igual de encantadora para el papel: la actriz euroasiatica France Nuyen.
Durante la gira inglesa de South Pacific (1951) fue cuando conoció al que iba a ser su único marido, el ya citado actor teatral Peter Grant con quien tuvo sus tres hijos. Contrajeron nupcias en Londres, el con 28 años y ella con 21. A un año de casados, ambos ya se habían instalado en Hollywood.

La mujer soñada (etapa Hollywood)
La película que inauguró su segunda -y verdadera- etapa cinematográfica fue La mujer soñada donde era la princesa de Bukistán, la simpar Tarji a la que conocía Cary Grant durante un viaje de negocios. Como recordarán algunos, para Grant supuso el hechizo inmediato. Primero, porque venía de un mundo (neoyorkino, of course) en el que la mujer moderna solía pasar más tiempo en la oficina que en el hogar (el caso de su prometida Deborah Kerr, funcionaria del Estado, con la que acababa de romper precisamente a causa de esto). Tarji desde su nacimiento había sido enseñada a complacer  a los hombres. Grant decidía pedirla en matrimonio mediante un telegrama. A causa de la crisis del petróleo, el departamento de Estado se inmiscuyó  y le encargaba a Elfie (Deborah Kerr) que controlase a su ex para que éste llevara a cabo su noviazgo según señalaba el protocolo. La princesa se desplazaba a los Estados Unidos, pero la habilidad de Elfie convencía enseguida a Tarji, que acabó imaginándose que la emancipación era más divertida  que ser una esposa de ensueño. Y quien dice la emancipación, también la fiebre del consumismo. En realidad, era una treta de miss Kerr para que su caballero regresase junto a ella.  

La mujer soñada fue una típica comedia del productor Dore Schary  con el tema de "la guerra de los sexos" bien presente pero también  viniendo a demostrar que Oriente y Occidente  se cruzan pero nunca se encuentran. Incluía escenas hilarantes (mucho confusionismo homosexual que luego heredaría Rock Hudson en sus cosas con Doris Day; el harén transplantado al divino loft, slapsticks a cargo de Grant), una Deborah nunca tan lujosamente vestida y una Betta fascinadora que, de alguna manera, en tanto que objeto precioso venido de cualquier Shangri-La, pondría la base para lo que serían unos cuantos futuros papeles.
Si en este título atrajo al misógino rey de la comedia ejecutando una lira, siguió seduciendo a otros ilustres con instrumentos de cuerda. Por ejemplo, en La túnica sagrada, sólo que con un atuendo diferente. Ella era Miriam de Canaan. Y él el centurión Marcellus Gallio (Richard Burton). Betta estaba tullida asi que no había podido ir a las bodas famosas donde Jesús hizo trabajos extras. Aun así la visitó en su domicilio, si bien por racanería o por simple agotamiento sólo le concedió la alegría de la música y la capacidad transmisora del célebre mensaje. El mismo que ahora ella le traspasaba al romano Burton que, a partir de ahí, cambiaba su pintoresco spleen del principio por la histeria más descontrolada (esto sucedía justo cuando caía sobre sus manos la túnica de Cristo. Fetichista que salió el shakesperiano). El embolado tuvo su importancia histórica al ser la primera super producción en Cinemascope que emprendía la 20th Century Fox. Pero el resultado, a pesar de figurar entre los más taquilleros de esa década, era un total aburrimiento.
Ese mismo año también intervino en Todos los hermanos eran valientes dentro de lo que yo considero que es la parte más bonita de un clásico del cine de aventuras marítimas y del camp en general. Aparecía en forma de flashback. Stewart Granger, hermano al que Robert Taylor consideraba muerto, explicaba su desaparación con el relato de sus últimas andanzas. Era cuando surgía ella, preciosa  isleña de los mares del Sur, rompiendo su mudez cuando a punto estuvo de ser violada por los futuros miembros de la tripulación improvisada de Granger, salvada del estupro por éste y, finalmente, muriendo dentro de una balsa por una flecha indígena que le atravesaba el costado. Ann Blyth, por la que luego pelearían ambos hermanos, no consiguió seducir tanto.
Continuó en lo étnico en Dangerous mission (1954. Louis King), producción RKO filmada en 3D y rodada en el parque nacional Glacier en Montana. Película sin duda mediocre, de las muchas majaderías que esta productora hubo de lanzar durante la dictadura de Howard Hughes. Su argumento, saqueado con toda probabilidad de algun divertimento de Gene Autry, fue tratado con formulaciones tanto de western como de cine negro. Sólo el reparto y algunos efectos especiales de avalanchas de nieve (donde ya empezaba a apuntar maneras -inanes- el catastrofista Irwin Allen) la librarían del descalabro general. Así Victor Mature no estuvo tan horrendo como solía, la trigueña Piper Laurie salía riquísima, Betta hizo lo posible por salvar su india color chocolate y Vincent Price garantizaba con su sola presencia  uno de sus tantísimos villanos afeminados. La parte final con el duelo entre Mature y Price llamó la atención. Allí Betta, que portaba pantalones y que del lado de Price quedaba más menudita que de costumbre, acabó pareciéndose no ya a la mujer soñada, sino al indiecito que muchos de nosotros alguna vez soñamos en conocer (me refiero a White Bull, el que crió al caballo Tonka, trenzas incluidas).
Acto seguido, hubo una donna de la Italia renacentista en su currículo, pero el subproducto era tan estúpido que menos mal que no se difundió demasiado. De hecho, nadie debió ver ni antes ni nunca The Saracen Blade (1954. William Castle), lo cual no es óbice para que yo mate por una copia de tamaño despropósito que incluía entre sus perlas, amén de ese regalo llamado Betta, un Ricardo Montalbán imposible, vengándose de algo en prietas mallas de garzoncel.
Recordando que un día fue princesa de un país imaginario, probó suerte como pretendiente real del príncipe prusiano más cantarín y menos estudioso de la corona austrohúngara. Fue en la inolvidable (para la generación de los cincuenta) El príncipe estudiante, según la opereta de Sigmund Romberg que ya había conocido una versión silente con Ramón Novarro de titular. En ésta, Edmund Purdom hacía que cantaba moviendo los labios mientras Mario Lanza interpretaba divinamente un puñado de preciosas canciones. Alguien dijo que esta versión sólo vale por su banda sonora pero creo que esta afirmación es una boutade como cualquier otra. Sigue siendo un agradable espectáculo, lleno de virilidad y atildamiento, de romanticismo y elegancia made in Hollywood (en realidad, un ejemplo de la nostalgia que la clase media siente ante los mitos de la realeza y la decadencia centroeuropea). Y con Betta como un cameo, muy al principio, sin más tela que cortar que la de tratar de apartar de la soltería a Purdom, si bien todos supimos que eso no pasaría nunca (al menos que lo viésemos) pues el corazón del príncipe, ya en Heidelberg, iba a pertenecer por siempre a la camarerita Katy (Ann Blyth) aunque luego renunciase a ella por cuestiones de Estado. Betta salía guapa de retrato pero con una expresión tan adusta que la intuímos egoista e interesada, con lo cual nos figuramos que jamás sería la elegida.
Por desgracia para quienes la preferimos con miriñaques, organzas y sedas, regresó a la mugre del west para dar (insípida) vida a una mexicana de lo rural, con su angustia casi existencialista en lo que fue un Oeste fronterizo del director de culto Edgar G. Ulmer. The Naked Dawn fue una peli con pretensiones en lo que atañe al psicologismo de su personajes. Contenía una esforzada creación del gran característico Arthur Kennedy (aquí en tesituras bogartianas). Sin embargo, su planteamiento no dejaba de invocar patrones muy básicos (y más logrados). Y estos serían, por un lado El tesoro de Sierra madre (el dinero que aparece de improviso como elemento cegador y corrupto en una colectividad de aventureros) y Raices profundas (en el tema del triángulo formado por un matrimonio incontaminado y el forastero "de vuelta de todo" que se introduce en su privacidad). En cualquier caso, la factura era tan pobretona que deberíamos dejar su reivindicación a los franceses, expertos en recuperar materiales imposibles. Reservamos los fans de Betta un extraño recuerdo de su insólita ducha en el umbral de la cabaña que, dentro del tono de melancolía que arrastraba el metraje previo, no dejaba de ser un acto de purificación frente a lo sucio y podrido que se había vuelto su entorno.






 Has been of England
Fue uno de sus últimos filmes en Hollywood. Quiso probar la suerte en la televisión pero pronto le surgió la posibilidad de regresar con su esposo a trabajar al Reino Unido. Esto sucedía en 1957. Los ingleses tampoco le dieron buenos vehículos como para que la actriz se ilusionara en su nuevo periplo. A finales de los cincuenta, el cine comercial inglés estaba a punto de inaugurar la tercera etapa del Cine Fantástico. Esto a ella no le debió de entusiasmar demasiado. Mientras no llegaron los espeluznes de la Hammer (y productoras inferiores) se metió en camisas de once varas con esa alternativa llamada Tarzán. Y un Tarzán más cerca de Greystoke que nunca (se filmó en el condado de Hertfordshire). Indudablemente, en el 57 Tarzán ya aparecía en la gran pantalla bajo los volúmenes infinitos de Gordon Scott, el mejor hombre monísimo después de Weissmuller, asi que la película presenta a ojos modernos detalles suficientes como para que tengamos que andar alimentando la morriña por unos cuantos viejos taparrabos. El ciclo Scott peca de falta de inventiva, es la misma película una y otra vez. Lo único que se aportó fue el color, las localizaciones (ocasionales) en Africa, el presagio de que la única salida para el mito iba a estar en la televisión y, por descontado, un subliminal reclamo publicitario de la depilación masculina y del bodybuilding como deporte democrático, factores de los que hacía gala permanentemente el bello atleta. En Tarzán y el safari perdido la función de Betta no fue de ser Jane (como he leído en alguna parte) puesto que Gordon o estaba separado o viudo o vivia arrejuntado con Chita, si no de ser miembro de una accidentada tripulación cuyo avión caía en la indómita selva que todos conocemos. Asi pues, Betta se vistió para un safari, debió tropezar en cualquier cartón piedra, fue acechada por un cocodrilo de plástico mientras -inconsciente del peligro- se daba un baño de lago y aguantó los manoseos de los negros más impíos y crueles de la jungla londinense. Y todo esto sólo por probar cómo Gordon Scott podía sacarla de todos los líos (a pesar de que el buenorro tenía una agenda de actos rousseanianos muy apretada). Eso sí, tanto en el safari perdido como en la siguiente, sin miradas lascivas, pues para eso estaba siempre otra mujer, por lo general una vamp rubia, encargada de perturbar al imperturbable.
Terminado el safari, Betta empezó a aceptar las macabradas del momento. La máscara submarina (1958. Guy Green) era un entretenidísimo filme de terror psicológico hecho en la Hammer, con producción de Michael Carreras y guión de Jimmy Sangster. Mayor garantía, imposible. Ella no era ninguna heroína amenazada. Llegaba acompañando a una adolescente rica que abandonaba forzosamente sus vacaciones estivales al enterarse que su madre se había suicidado abriendo el gas. Esto había sucedido en el dormitorio de la villa italiana en la que residía con su segundo marido. La menor sospechó desde el primer momento del padrastro (Betta no la creía, así que pensó que estaría mejor en un manicomio). Desde luego, el padrastro había sido el asesino pues así lo vimos con todo lujo de detalles en el portentoso arranque del filme, un sofisticado one man show que incluía máscara de oxígeno y pasadizo bajo la alfombra para ocultarse. Gran interpretación de Peter van Eyck y aún más la de la muchachita que terminaba, por una ingenuidad típica de sus años mozos, dándole al psicópata de su propia medicina. Fue en un final climático y que bordeaba la genialidad, privilegios de un guión calculado al milímetro (sí, muy inglés) pero que no dejaría de suponer la última usurpación que el cine mundial efectuaba de Luz de gas (a diez años de la versión de Cukor y a dieciocho del original). A partir de ahí, lo que le quedaba al suspense sería expoliar Psicosis. 
En Pasillos de sangre (1958. Robert Day) gozó de un encuentro con el legendario Boris Karloff. Betta hacía de su sobrina. Como la acción transcurría en un Londres de principios del XVIII salió muy romántica. Pero aunque no hubiera aparecido tampoco la película hubiera cambiado un ápice. En una sóla secuencia pudo hacernos fantasear a sus admiradores con lo bien que hubiera fotografiado de damisela gótica para Siodmak: justo en el momento en el que subía por las escaleras a su alcoba, en medio de la penumbra y alumbrándose con una lamparilla de mano. No era una escena que motivase ningún suspense pero quedó evocadora. La película se define por entero como una muestra del talento del veterano monstruo de la Universal. Karloff, cirujano obsesionado por inventar la anestesia. Probaba en su pequeño laboratorio casero un sin fin de inhaladores a partir de la combinación de diferentes fórmulas. Terminó adicto al láudano y el opio. Y no probó con el vitriolo porque ardía tanto o más que el aguardiente de hierbas. Todo lo llevaba apuntado en una libretita que acabó siendo hurtada por un raterillo en una taberna donde se reunía lo peor de la city. La libreta pasaba a estar en manos de la chusma que chantajeaba al viejo de mala manera. Entre ellos un Christopher Lee alucinante, tan lujurioso y pendenciero daba. El encuentro entre Karloff y Lee fue imponente. No sólo se habían juntado dos grandes actores. También estaban cruzando armas el pasado y el presente del mejor terror internacional. Sin embargo, la cinta es muy irregular. No se supieron apurar las premisas de partida (toda esa carga de ambiguedad del personaje karloffiano, en el fondo un yonqui de la rebotica, entre la bondad y el sadismo más amoral) conformándose el director de la de Tarzán con la vulgar exhibición de una desagradable serie de necromanías no muy alejadas a las que atrajeron en tiempos a los públicos del circo romano.
En la televisión británica Betta prosiguió en ambientes criminales. Parecía su destino. Así en el episodio El señuelo de la curiosa El hombre invisible se puso en la piel de dos hermanas gemelas, pareja artística en varietés. Una de ellas presenciaba un asesinato desde la ventana de un hotel. Inmediatamente era secuestrada por los responsables del crimen. Todo resultó ser un turbio asunto de Estado con delatores, espías y ministros del gobierno. El hombre invisible se encargaba de ayudar a la otra hermana cuando acudía en busca de la desaparecida. Pero nada resultó interesante. El personaje de H.G.Wells, ridículo cuando se trasvasaba a la pantalla, era ya una caricatura sólo digerible desde una percepción camp. Ni siquiera había que recurrir al escritor para justificarse. Era un Hitchcock sin Hitchcock que lo redimiese. Sólo televisión.
Regresó a las junglas tarzanescas con Robert Day y Gordon Scott para un "más de lo mismo" en Tarzán el justiciero. Con esto quiero decir que volvió a tropezar en la misma piedra, se embadurnó de fango hasta su adorable barbilla y poco más porque, en seguida, se quedó sola. Entonces apareció una leoncita de ensueño que se jaló a la moza sin pedir ni carta al camarero. Tarzán no acudió porque se hallaba en esos momentos restregándose la cebolleta con otro fulano en unas horripilantes arenas movedizas. Quedaría muy agotado pues ésta fue una de sus últimas incursiones en el personaje de Burroughs. Aún asi, le dio tiempo a adoptar numerosas posturas (tanto de relajo como en tensión) de grandes efectos homoeróticos. Y en el duelo final, pegando unos saltitos que le iban continuamente introduciendo la tela del histórico slip marrón en su lampiño ojal. A esas alturas del cine de barrio, los más perspicaces sacaron como conclusión que Gordon Scott no tenía nada de salvaje: era un eterno boy scout en busca de su Baden Powell.
La ultima película de Betta St. John se llamó The City of the Dead (1960. John Moxey) y, por supuesto, era más terrorífica que ninguna. Brujería contemporánea, con un excelente Christopher Lee de sacerdote del lado oscuro y una inquietante Patricia Jessel como bruja rediviva unos cuantos siglos después de tostarse en la barbacoa de turno. Ahora ella trabajaba de recepcionista en un motel, acostumbrando a encontrarse en los pasadizos subterráneos del negocio con sus fieles sectarios, encargándose entre todos de capturar víctimas que no eran otras que huéspedes demasiado interesadas en las supersticiones que estremecían a los habitantes de ese pueblo. Betta llegaba al lugar buscando a la estudiante que quiso saber demasiado y a punto estuvo de ser sacrificada en plena fiebre de la noche del Sabbath.
Lo interesante de esta ignota película es su climax final y la fotografía en blanco y negro. Lo peor, utilizar demasiados motivos de la reciente Psicosis (la rubia que llega al motel luego de una noche lluviosa de viaje en coche, la desaparición de la rubia a mitad de la película, el escrupuloso lavado de manos del matarife tras la sangría, su propio mimo por las aves que mantiene enjauladas, el familiar que vuelve al lugar del supuesto asesinato con ánimo de encontrar pistas...). Los estudiosos también se entretendrán comparando su sentido del delirio con el de su coetánea La máscara del demonio del italiano Mario Bava. Dos maneras, a todas luces, diferentes de entender y abordar el mismo tema.
Dicho todo esto, podríamos asegurar sin llevarnos a error que Betta St. John quedó bastante aburrida de la profesión. Su retirada no dejó de dolernos pues sabíamos que se trataba de un ejemplo más de desaprovechamiento imperdonable. Hubiera dado tanto de sí esta actriz en otras épocas y lugares (si hubiera quizá nacido diez años antes... ). Al menos, su paso por la gran pantalla valió para empapar a los libantes de flores selectas de una fecunda sustancia femenina tanto de primaverales lirios como de mortecinos crisantemos.





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