11 febrero 2011

Bisutería pop

INVENDIBLES
4ª parte



Lo habré contado una y mil veces: el Ep de Clavel i jazmín fue uno de mis deseos "inalcanzables" durante la adolescencia. Cuando atravesé la veintena resultó no ser tan dificil. En el catálogo de la lupa aparecía y no muy caro. No sé si es que la portada horrenda -como de promo total- despistó al vendedor pero la cuestión es que mío fue en ese pedido. Mítico vinilo donde los hubiere. Cualquier romántico de la movida lo habrá elegido como el primer artefacto independiente de la historia del pop español, por encima de cierta obra magna del Profeta de Albacete o aquél antiquísmo de los deliciosos Kandi-Palas. La producción del malogrado Yayo Aparicio (para la Via láctea), el sello Tic-Tac, las cuatro cancioncillas tan bien escogidas por Miñarro (Twist del autobus, No lo vés, Marcianita, Rock and roll de la alegría) redondeaban el pintoresco conjunto además de redefinir un momento del campysmo muy alejado en intenciones a las que por aquel entonces dedicaron sus esfuerzos gentes "en otra onda" como la Topolino, Patxinguer Z o el propio Sisa. Dos años después de la compra, el propio Clavel me lo firmó en una fiesta del comité anti Sida, donde se juntaron entre otras celebritis del rosa intenso Parada (de incontinente verborrea), José María Comesaña (que tuvo mala muerte), el caricato serie Z Miguel Caiceo (que preguntaba de refilón qué era aquel cartón que Paquito estaba garabateándome), el showman de romaría y cuarto oscuro Jose Manuel Piñeiro, la mariladilla gallega del Vuélveme loca, etc.



Está hecho trizas. Por dentro y por fuera. Humedad, dentelladas ratoneras, rayazos guatequistas. Pero ni por asomo noto que se me haya muerto. Suena resplandeciente y genuino a día de hoy el segundo disco de este combo de pioneros del rock and roll en castellano. Y en no castellano, pues eran también políglotas, que para algo su vocalista llegó de Italia. Poseídos de un ritmo irresistible y contagioso invitaban a bailar desde Variety, sello de efímera existencia pero a todas luces importante para quien guste del bizarrismo pop de finales de los cincuenta- primeros sesenta. Me pregunto si Loquillo en sus años mozos sacó ideas de estos gamberros de la mascota Woody Woodpecker entre champús, peines y brillantinas.



Cuatro standards internacionales que me reconciliaron piano piano con los relamidos vozarrones vía Mexicos. Al menos, este no iba de prepotente, de siete machos a lo Negrete. Lo reconozco: aún me chirría hasta el traumatismo una ranchera con mariachi. Me gusta correrme sin corridos, a media luz, como muchas Chavelas que buscan que les meta mano Macorina o incluso crooners todoterreno que creen que el susurro en determinadas ocasiones no tiene porqué ser poco viril como Pedro Vargas. No salía en la funda Rca Mexico pero me lo imaginaba en un ambiente sofisticado y nocturnal, actuando en una terraza de verano de un Acapulco copiado de los paneles del Hilton para turistas enamorados. Lunitas de nácar, derroche de burbujas, farolillos de feria, vestidos de raso y trajes de alpaca. Y él en el centro de las miradas, fuerte como un roble, smoking blanco, todo languidez y prestancia, con ojos de chinito expresando la lágrima del amor, entonando divinamente y acompañado de un coro de ángeles disfrazad@s de chamaquitas a lo Columba Dominguez (que se saldrían de la portada porque el diseño no daba para el scope, tan provinientes de un cielo Century Fox eran) mientras mecían con sus vibratos cursis las partes orquestales del Deep Purple, del Blue Moon, del Stardust o de un siempre emocionante Adios, me voy linda morena, me voy de aquí a llorar mi tristeza lejos de tí... 



Cualquiera de los singles y  el lp que conservo de esta romántica banda podrían haber aparecido en este cachito del blog. He elegido éste por su portada curiosa, en donde les vemos los jetos (raro en ellos la sobreexposición pública) a través de la coña velazqueña. Carlos Faraco conserva un culto minoritario todavía en 2011. Y con razón. Pero es posible que los motivos del culto se restringan a su faceta radiofónica. Es momento de que se reedite su obra musical como Dios manda. Y que se descubra entre otras muchas golosinas (Merlín, Dos años dos, la banda sonora de Briones) una preciosa nana -¡en este single, precisamente!- de título El trigo crece al sol con letra de Fernando Luna ("El trigo crece al sol / y creces tú, mi chiquitín amor./ El sol te pintará y crecerás como una espiga más / Un gorrión pasará, te cortará y te llevará con él, / y luego entre los dos / un nido haréis mi chiquitín amor"). Fabulaciones y medioevo. Bohemia nada movidesca (aunque siempre fueron muy Foreros, coincidentes en el tiempo pero no en el mismo bar, como les pasó a las Vainicas, otras anómalas) y por eso mismo tan recomendables.



El buen hombre de la tienda Quintairos aún sobrevivía a finales de los ochenta en su pequeño negocio de instrumentos musicales sito en unas galerías céntricas. Después de más de veinticinco años desde su apertura, entrar allí era algo mágico. Como si el tiempo se hubiese detenido en el 64. Tardes invernales después de clase con anécdotas del Festival del Miño, fotografías enmarcadas de Los 3 Sudamericanos, Luis Gardey, los TNT o Salomé con el dueño, el escaparate con singles de Los Sirex o Los Salvajes, exhibidos sin ninguna retórica, antes bien con la paciencia del vendedor autista, confiado en que le alquilasen al fin el local, convencido de que antes de terminar el siglo algún efebo solitario ( friki de lo recoleto) entraría a preguntarle por De Raymond y no por Modern Talking o Rick Astley. Compré un mazo de discos allí a mis dieciocho años. Para redondear los anacronismos, me los entregaba en bolsitas de papel de diseño sicodélico. Y lo más milagroso de todo es que nada de aquel material no renovado olía a viejo, ningún disco manchó en mis múltiples visitas mis ávidas garras. Yo también creí que nada pudo haber pasado de moda pues la moda, que ya me empezaba a traer al pairo, es capaz de volver sus ojos copiones atrás las veces que hagan falta (es lista y sabe que todo está inventado). También entonces apareció Sonia en los estantes del bazar de las sorpresas, niña ye yé de tono de voz entre ingenuo e infantil que identificamos con la primera Karina o la Baizán del Ep para la Columbia. Dos copias. Una para Manolo, otra para mí. Albergamos en un rincón de nuestra melomanía por las cancioncillas tontas ese fetiche titulado Cuenta estrellas, de origen italiano. Sobre todo la frase: Y por cada besito, la música divina de los ángeles escucharemos. Siempre suspiramos cuando lo repite melosa y pizpireta. Nuestros respectivos amigos siguen sin comprendernos. Era una parte tan agresivamente ñoña...



Se revelaron internacionalmente cuando le pusieron sintonía al capitán Escarlata de los expertos en marionetas Gerry y Sylvia Anderson. Mismamente su nombre de guerra correspondería a la organización de seguridad terrestre que aparecía en la más conocida de las series televisivas del tándem británico, los Thunderbirds. El propio grupo no le hacía ascos a los uniformes retrofuturistas de tan inolvidables muñecos animados cuando se atildaban para las portadas. En cambio, su música no era nada tontorrona, infantil, ni chiclé. Era barroquismo ligero, de fácil consumo sí, pero muy bien hecho. Su gran canción fue Samantha's mine, sofisticación a base de armonías en falsetto, órgano, clavioline y maracas... Psico-pop dulce y a la vez intrigante. O sea, made in Portobello Road. Sinceramente, debería cuidar más este single porque en los últimos años lo he sobrexpuesto con total indiferencia a tales corrientes de aire y lluvia que ahora, al rescatarlo del hueco de mi habitación y verlo tan deteriorado, me ha dolido en el alma.



Los autores de las canciones más bonitas de los Monkees también se me están estropeando con las humedades de varios inviernos consecutivos. No tengo perdón. Como diría el tío Honorio (el de la Charanga) "hay que lavalo". Porque esto es cool hasta visualmente. Pop de orfebrería. Calidad con marca registrada (A&M). Estos son dos bellezones en una mala época para los dúos masculinos (todo eran solistas y conjuntos, Simon & Garfunkel parecían ser imbatibles). Mi pichoncito es maravillosa, con un ritmo dixie / rag que bien podría haberla compuesto la lumbrera del Randy Newman pensando en regalársela al borrachuzo del Nilsson. La cara B es más beatleiana. Al venír de Norteamerica, perfectamente Monkee. 

 

En un guateque retro son de pinchada obligatoria. Empiezas con La reunión de Marieta y luego saltas al Baby night de Torquato y los Cuatro y ya has triunfado. Luego todo corre como la seda. Estos señores iban más lejos que Celentano, a pesar de las versiones. Como si supiesen de antemano que por el lado grotesco nada tendrían que perder, tan conscientes ellos mismos de su rango serie B. Rizaban el rizo del paroxismo. Digamos que fueron para Celentano, lo que Marino Marini para Carosone: el ejemplo más descarado de la falta de término medio, del delirio mediterráneo. Me los trajo en su primer viaje Manolo y me sedujeron hasta el infinito (y más al saber que de ellos se sabía muy poco o nada). Mmm, el vértigo por partida doble: Torquato y los Cuatro ofrecían, por un lado, trepidación y, por otro, mucho misterio.



Estampa curiosa de un juvenil Torrebruno con polvazo. Editado por la Music Hall argentina, subsidiaria de Hispavox, con lo cual aparecieron canciones expresamente dedicadas al público de Buenos Aires (Porteña) que no creo que vieran la luz en otros paises. Plenamente reivindicable el bajito por estos años. Rockanrollero y melódico, sin nada que envidiarle a otros urlatori de mayor nombradía. El delito de este artista fue venirse a España y consagrarse a ser tormento televisivo de infantes de varias generaciones. Si hubiese hecho su carrera en Italia (y el jamás renegó de sus raices, ni perdió su acento, ni un "estilo") otro gallo le cantaría. A retener otros dos detalles de este vinilo: iba a 33 revoluciones por minuto e incluía un precedente de space pop al dedicarle el cantautor un chá al cosmonauta ruso Yuri Gagarín.



Creo que la portada es su mejor promoción. Este single cuesta un pastón en cualquier parte. Nadie en su sano juicio osaría preguntarle al vendedor las razones de la alta tasa. Hay que ser muy mula o muy buey para no verlo. Sólo deseo que me queden muchas navidades para poder escucharlas (¡a ELLAS!) cantar este villancico. Tradicional, respetuoso y a la vez muy de sus autoras. Ahí está el prodigio. O como se puede hacer de la cursileria arte mayor. Pues eso, que me queden años de vida para disfrutarlas. Junto con De Gregori, Piero Ciampi y sus respectivos Natale...  Que me queden, en fín, muchos sin (mal) vender.

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