15 enero 2011

SOLO PARA SIBARITAS

KERIMA (1925-)

Diosa de paso
Es una lástima que si buscamos a Kerima en el dichosito Google apenas nos salgan dos datos de su vida y obra. Con lo maravillosa que fue esta actriz argelina.... Los cinéfilos que la hayan visto en, al menos, sus dos grandes papeles en Desterrado de las islas (1952) y La loba (1953) no la podrán olvidar jamás. A poco que seamos razonables entenderemos que esta omisión en plena era de Internet tiene una plausible justificación. Ella es de minorías. De haber explotado su arte para el meneo del vientre con o sin velos estaría ahora siendo reverenciada en todos los lugares que consagran sus páginas a la exaltación de las bellydancers. En cualquier caso, los años no pasan en balde. Y ya van cincuenta que se alejó del mundanal ruido. En su tiempo tampoco fue considerada una estrella, ni grande ni pequeña. Su trascendencia fue mínima, en tanto que durante la década conflictiva de los fifties su carrera la llevó a cabo, sobre todo, en Gran Bretaña e Italia. Es decir, bien apartada del Hollywood de los mitómanos, esa fábrica de estrellas que, por otra parte, estaba agonizando, si no había muerto ya.
Lo que ha aportado Kerima al mundo del cine ha sido una presencia poderosa y un erotismo desaforado, que en pleno siglo veintiuno continúa sonrojando y excitando a partes iguales. Ella ya de por sí era una hembra rotunda, grande, maciza, morena. Una típica mujer mediterránea. Pienso que se adelantó a otras más reputadas de su generación como las griegas Mercouri o Papas en la transmisión de esencias míticas. Como ellas, dominaba unos recursos de gran trágica dentro de lo que sería una herencia milenaria que se remonta a los clásicos. Y, como ellas, la sexualidad y el temperamento eran tan sinceros y violentos que, de tener que enfrentarse a su influencia, provocaría en cualquier aspirante a hombrecito una mezcla de atracción-repulsión que excedería toda lógica.

Pasión de raza
Es una pena que en sus contados títulos norteamericanos los directores no acertaran en ver su valía. A cambio, cuando fue la reina buena de Tierra de faraones, abnegada, sumisa y demasiado breve, supo aprovechar al máximo su extraordinaria escena de muerte (se arrojaba sobre la cobra que amenazaba con terminar con la vida de su hijito). Lo que hubiera hecho Kerima con una Ifigenia o una Andrómaca sobre las tablas es algo que nunca sabremos pero que tampoco nos costaría demasiado esfuerzo imaginar (a lo más que llegó fue a vecina de una Lisístrata popolana, como de tarjeta postal, a la manera de Jean Negulesco).
Estuvo casada con el director de origen francés pero afincado en Inglaterra Guy Hamilton, famoso en los sesenta por dirigir Goldfinger  y que, a finales de los cuarenta, trabajaba en los estudios británicos como asistente de dirección o segunda unidad en unos cuantos filmes de Carol Reed. Justamente Kerima y él se conocieron durante el rodaje de uno de ellos, Desterrado de las islas, título no muy conocido dentro de la filmografía de su director y que supuso el debut de nuestra homenajeada en la gran pantalla. Ha ganado con los años esta adaptación de un cuento de Joseph Conrad. Se filmó en Ceilán y se beneficiaba del gran estilo de Reed que aplicó su conocido vigor neoexpresionista en la creación de una atmósfera subyugante y en enfatizar todos los resortes dramáticos a la decadencia del personaje principal, interpretado por Trevor Howard en tesituras que se adelantarían de alguna manera a las del Richard Burton de La noche de la iguana (ambiente mórbido, entre histérico y soporífero incluido). Todo el reparto está magnifico. Aparte de Howard, salía Ralph Richardson y, desde luego, el siempre maravilloso Robert Morley (aqui literalmente alucinante). En cuanto a Kerima, ella era la nativa y el foco de atracción sexual de Trevor Howard, cuya sola presencia lo va trastornando, hasta el punto de no sólo quebrantar las sagradas leyes interraciales sino de perder la cordura. Kerima sublime, en su morenez nocturna, con sus ojos inmensos que son tan elocuentes como que en ningún momento echamos en falta que su papel careciese de una sola línea de diálogo. Con su mirada, a ratos generosa y cálida, otras implacable y demoledora expresaba toda la grandeza de una raza que bajo el yugo del imperalismo británico se negaba a dejar de existir. De todas formas, pese a que Carol Reed procuró respetar lo esencial del texto de Conrad, hay veces que escuchando las interminables réplicas entre Howard y Richardson a grito pelado en plena selva nos preguntamos si no sería en realidad todo aquello un ejercicio de estilo (inglés) con un par de shakesperianos tan locos como desubicados peleándose por regresar a Stafford-von Avon.

De "tríos" por la dopoguerra
Afincada en Cinecittá, debutó para el público italiano en una increible versión en relieve y sin música de Cavalleria Rusticana (1953), ópera de Mascagni, donde Turiddu era Ettore Manni, Santuzza era May Britt y Lola Kerima. El trío funcionó tan bien que volvieron a repetir ese mismo año en La lupa. Para la adaptación al cine del célebre drama rural de Giovanni Verga se buscó la colaboración del mismísimo Alberto Moravia que, por lo de pronto, contemporaneizó la historia llevándola a la inmediata posguerra. Como dirigía Lattuada los traumas y la desolación intrínsecos a la época no impedían que los deseos carnales de sus protagonistas circulasen a sus anchas. El ansia de sexo que ofreció Kerima en este filme fue de antología. Daba mil vueltas a muchas maggiorate de pura cepa. Ella era la madre soltera de May Britt, personificación de la virgencita ingenua. Ambas se entregaban de una manera diferente a Ettore Manni (más apuesto e hirsuto que nunca). Así May Britt, esposa adecuada para todo putero. Confort de hogar, rozando la santidad. Kerima todo lo contrario: directa, descarada, en celo contínuo, era el mismo demonio que reclamaba al macho, rastreaba hasta encontrarlo. Carecía de facultad de amar. Ni a su hija siquiera. Por ejemplo, mientras la Britt, muda de dolores de parto, rompía aguas ella miraba a otro lado y seguía fumando (estaba claro que andaba pensando en su amante). Hay una secuencia en la que Manni aparecía notablemente excitado por la tentadora suegra y no le quedaba más remedio que pelearse injustamente con May Britt pues era su manera de desfogarse. Luego, en el umbral de la puerta, vigilaba de soslayo cómo la lupa se frotaba el sexo, acostada sobre el jergón, boca abajo, sabiéndose ad-mirada, ofreciéndole un culo tan expresivo como lo era su cara cuando se giraba hacia el macho: ahí le estaba diciendo sin palabras -por activa y por pasiva- que si no le aliviaba de una vez la hambruna acabaría por saciarse ella misma. Ninguna italiana de la época llegó tan lejos (las Pampaninis eran provocadoras profesionales pero te dejaban respirar con ese punto de simpatía típico de una mujer-niña). Lo suyo no es que fuera insinuación. Eran órdenes de tirana. Es lógico que el guión de cara al final la dejase hecha una Proserpina, una stregha muriendo abrasada en el incendio, aferrada a los barrotes de la fábrica, con su rostro pavoroso mientras, afuera, el populacho la observaba entre atónito y aliviado. Criatura gótica, Prometeo en femenino. Si Riccardo Freda se hubiera casado con ella y no con la Canale está claro que Kerima hubiese gozado de una carrera bien jugosa. Como maestra catedrática de la escuela del terror italiano.
Prosiguió el ménage à trois (Britt-Manni-Kerima) en La nave delle donne maledette (1954) que, al dirigirla Raffaello Matarazzo, era un folletín. Pero folletín decimonónico y de aventuras, que para algo estaba de moda en las carteleras de Italia don Emilio Salgari (Il corsaro rosso, etc). Una delicia. Malísima pero muy divertida. A May Britt la chantajeaba su prima (Tania Weber) de modo que aquella asumiera el horrible infanticidio que cometió la otra (ahogó a su propio retoño en un pozo). Manni defendía con arrojo a la inocentona en el juicio pero la Britt tenía miedo de decir la verdad y era declarada culpable. La mandaban deportada a unas islas. En el barco coincidía de nuevo con su parienta (que, por supuesto, viajaba sin remordimientos en calidad de dama mientras que May abajo, iba encadenada al lado de un montón de reclusas). Era cuando conocía a Kerima. Y, entonces, las lesbianas que les gusta el cine de hembras piratas (que serán todas) podrán sacar muchas significaciones de la relación de amistad que las fue uniendo. Hubo un motín. Y de ahí hasta el desenlace el delirio se conjuraba con la confusión narrativa y la torpeza directorial. Tiempos muertos confluían con otros bien moviditos. Coreografías de harén se alternaban con la pesadez de masas en prietas filas. Faltó espacio para tanta extra. Cobraban fuerza las escenas de flagelación lésbica que pronto derivaron en un tratamiento hetero cuando las reclusas tentaban con sus orondeces a los marineros para que se uniesen a ellas (increible barrido de cámara de poitrines en primer plano). Y cuando el orgiástico descontrol se adueñó de la nave llegó la apoteosis. Una tormenta hundía el barco del pecado, salvándose sólo los guapos y los buenos (Manni y Britt). Lo que hubiera sacado DeMille de todo esto (un sexy super espectáculo, a no dudarlo)...

Nuevas incursiones en un cine de habla inglesa
Antes de su intermedio faraónico en Hollywood, Kerima aún rodó en Italia dos filmes bastante ignotos y que todavía no he visto. Uno fue Yo soy la pimpinela rosa (1955. Giorgio Simonelli) junto al cómico Renato Rascel (se supone que se tomaba en tono bufonesco la entrañable invención literaria de la baronesa de Orcy) y el otro Tam Tam Mayumbe (1955. Napolitano e Quilici), rareza donde las haya ambientada en el Congo francés (a decir de los cuatro que la vieron incluía una tórrida escena entre la argelina y Mastroianni).
La que sí hemos visto y revisto todos es Tierra de faraones. Menudo epic. Dirigía Howard Hawks aprovechando el cinemascope de reciente invención y ambientándolo en la antiguedad para darle más lustre a este sistema técnico. Fue el más claro contraataque de la Warner a Sinuhé el egipcio, uno de los más exitosos títulos del cinemascópico lote Fox de esa temporada. Para ello viajaron a Egipto lanzando a miles de nativos a la construcción de la pirámide de Keops. Se encargó el guión  al prestigioso William Faulkner (el escritor las pasó canutas porque aseguraba que no sabía cómo hablaban los monarcas de aquél lejano período). El resultado fue tan espectacular como irrisorio, por ello que sea una pieza clave de la memoria campy de toda una generación de espectadores que se las gasten de irónicos. Kerima como la reina Nailla aparecía en tres breves escenas. En la primera recibía al faraón que, vuelto de la guerra, le confiaba sus deseos imperiosos de tener descendencia. En la segunda, recogía al principito de los brazos del padre para irlo a acostar y en la tercera se entregaba en sacrificio cuando se daba cuenta de que la cobra que le había preparado al niño Joan Collins (espléndida como la pérfida Nellifer) avanzaba sobre su lecho al compás de la melodía que tocaba con la flauta. Fue éste un momento inolvidable. Como cobertor suicida estuvo egregia, casi operística. Pena que ya hubiera cumplido con su papelón en la historia. Como no podía ser menos, el faraón la honró con un funeral imponente.
Y de un filme de alto coste pasó a otro prácticamente independiente pero con la marca Figaro Films, que es señal de prestigio en tanto que era la productora de Joseph Leo Mankiewicz. Pero The quiet american (1958) es un título que ha pasado demasiado desapercibido para los estudiosos del cine y de la carrera del magnífico autor de All about Eve. Pasa por malo cuando sólo era controvertido. Habría que empezar a recuperarlo pues todo él es puro Mankiewicz aunque partiese de una novela de Graham Greene (el novelista, crítico de cine y acérrimo anti comunista no supo entender el complejo enfoque del director, reduciéndolo de manera simplona a la categoría de panfleto pro-americano). Ambientado en el Vietnam de los años cincuenta, exponía con inteligencia inaudita para un filme bélico la realidad sociopolítica de un pais asediado por dos invasores radicalmente irreconciliables: la Francia colonialista y el comunismo chino. En ese ambiente caótico y tumultuoso se fumaba muchas cajetillas de tabaco un personaje típicamente mankiewicziano como es Thomas Fowler (interpretado por el británico Michael Redgrave), pusilánime, irónico, misógino y un dechado de elegancia. Todo lo contrario de Audie Murphy, el americano impasible del título que venía a venderle a la nación su tercera vía (efectivamente, la democracia usaca). Sea como fuere, este filme puede irritar o fascinar a partes iguales. Irritará a los fanáticos de las películas de guerra, que no soportarán que en plena trinchera o en medio de un ataque terrorista sobre la población civil los personajes se dediquen a hacer metapolítica de salón. Fascinará a todos los snobs del mundo. Los fans de Kerima se contentaron con verla, otra vez de nativa, en una única escena. En un restaurante cosmopolita se acercaba a la mesa de Redgrave y Murphy para "interrogar" al segundo sobre su solvencia económica, en tanto que pretendía casarse con su hermana (la italiana Giorgia Moll pasando por vietnamita). Cuando se alejó, los dos hombres se ponían por primera vez de acuerdo en algo: aquella mujer sabía hacerse entender.

Las ruinas de Cinecittá
Tras ese breve intermedio internacional, Kerima retornó a los estudios de Cinecittá. Quizá recordando lo bien que había lucido de antigua, el gran Vittorio Cottafavi la eligió para un papel no protagónico en "una de romanos", género en el que fue un verdadero especialista. Poco recuerdo de aquella película que se llamaba La rivolta dei gladiatori (1958), tan sólo que volvía a coincidir con Ettore Manni, que ya se estaba empezando a repetir en su disfraz de centurión (aunque nadie dudó que no hubiera nacido para portarlo, tan clásica era su estampa) y que vencía en mi apreciación Gianna Maria Canale, la suprema, de pérfida extranjera (creo que en ésta pagaba sus males de una manera bien cristiana: era devorada por uno de sus tigres amaestrados). Frente a la Canale, Kerima es una nebulosa en mi mente. De pronto, mi imaginación la reproduce guapísima, dramática y a todo eastmancolor.
A continuación fue introducida en el reparto de Il mondo dei miracoli (1959. Luigi Capuano), título sin ninguna trascendencia (ni para ella ni para nadie) salvo que era "cine dentro del cine", y un cine (el italiano) entendido si no como cloaca si como burdel para nuevos ricos. Es por eso que se puede hallar en este Capuano un tímido boceto de lo que en breve sería uno de los apuntes más recordados en el bloc de notas de Mastroianni cuando éste fue observador impávido de la sociedad del momento en La dolce vita (episodio Ekberg). Kerima era una diva latina (se llamaba Carmen Herrera) -aunque con acento francés-  que regresaba a los platós para interpretar al último amor de Napoleón Bonaparte (María Walewska). Encaprichada de Jacques Sernas, que buscaba su oportunidad en el cine, le ofrecía ser el gran Corso a cambio de que este rubio galán le devolviera el favor en la cama. Iba a dirigir el embolado de ficción De Sica pero éste, que aún albergaba un sentimiento romántico por el mundo de la actuación, que prefería montar a gusto una versión provinciana de La gaviota con gentes que amaban de verdad el arte de Talía antes que enriquecerse con un bodrio seudo histórico para la Titanus,  rechazaba el proyecto.
Los años pasaban, la nueva década se inauguraba y Kerima seguía sin prosperar. Una de sus últimas apariciones llevó la firma de Jean Negulesco pero este director atravesaba sus horas más bajas. Rodó Jessica (1962) cerca de Taormina para glorificar la gloriosa belleza de Angie Dickinson y, para eso, destrozó el mito de Lisístrata caricaturizando las costumbres y comportamientos de las mujeres sicilianas. Todo resultaba falso y tópico, como de agencia de viajes para turistas necios. Ni el poderío de la Dickinson pudo levantar un personaje femenino (era la nueva matrona del pueblo) que oscilaba sin ton ni son entre la discreción y la frescura. Lo único que quedó claro de aquella excursión fue que la Dickinson estaba maravillosa en falda tubo montando en Vespa, que Cifariello seguía siendo un popolano de brazos musculosos y broncíneos, que a la Moorehead sólo nos la creímos cuando afirmó que lo del plan Lisístrata estaba muy bien si aparte de pasar de los hombres se liaban entre ellas y que Chevalier era un pesado que no se moría nunca. Ah, y que Kerima estaba perdiendo el tiempo en esa imbecilidad (cosía, tocaba el órgano de la iglesia y salía más tapada que una virgen cristiana. Imperdonable Negulesco: vestir de beata a la antigua loba...).
Prácticamente después de esto Kerima se retiró para siempre. Quizá la guinda picaresca nos la ofreció en una insólita reintreé con un subproducto porno llamado The love box (1972) y que sólo verían en su época unos cuantos pajeros americanos habituales de las salas para adultos y, en la actualidad, los más enfermos compradores de deuvedés de la casa Something Weird.
En cualquier caso, hay algo en el sino de esta actriz argelina que me obliga a compararla con otras damas de su generación como Anouk Aimée o Capucine. Todas bellísimas, fascinantes y exóticas, todas aburridas de un cine que las malgastaba, todas lo suficientemente indiferentes por su carrera como para que tarde o temprano no nos fueran a esbozar un discreto, furtivo adiós.

1 comentario:

angelito curioso dijo...

creo que fué un error no ponerle un apellido adecuado .decir Kerima a secas es reducirla a mujer objeto...y si encima era argelina