15 octubre 2010

Ya se ha terminado de actualizar el mes con  Los fotógrafos de Adán, los azotables, The Bugaloos, The Smothers Brothers Comedy Hour y la Night Gallery (incluida una ampliación justa y necesaria al post porteño consagrado a la gran Zubarry)


Pronto será noviembre y reaparecemos con más sorpresas



Empezamos a trabajar en ellas YA mismo

Los fotógrafos de Adán

COLECTIVO PAJAMA
Donald Windham, 1942

Jared French, Paul Cadmus, Donald Windham, 1942

George Tooker, 1947

José Martinez y Paul Cadmus, c. 1942

Chuck y Ted, 1953

Ted y Chuck, 1953

"El grupo PAJAMA, es decir, Paul Cadmus, Jared French y su mujer Margaret French fueron tres pintores pertenecientes a la corriente del realismo mágico. Realizaban fotos para utilizarlas como inspiración en sus cuadros, que representaban seres humanos y lugares sumidos en una atmósfera irreal e idealizada.
Sus fotografías solían incluir hombres desnudos.
Todos formaban parte del mundo artístico neoyorquino, en el que numerosos artistas y fotógrafos posaban a  menudo unos para otros. Platt Lynes solía fotografiar a Paul Cadmus y a los French, a veces a los dos hombres desnudos. A principios de los años cuarenta, Platt Lynes también había fotografiado algunos grupos de jóvenes desnudos descubiertos en la YMCA por Jared, quien se encargaba de su disposición delante del objetivo. Se ignora el uso que hizo de estas fotografías.
Si bien casi todas las fotografías de Platt Lynes estaban realizadas en estudio, la mayoria de las del PAJAMA (Paul Cadmus, Jared French y Margaret French utilizaban este acrónimo formado por las primeras letras de "Paul, Jared y Margaret", ya que no se acordaban de quién era el autor de las fotos) eran de exteriores, tomadas generalmente durante las vacaciones a la orilla del mar en Fire Island o en otros balnearios. No realizaban esfuerzos conscientes para conseguir que los hombres que fotografiaban estuviesen especialmente atractivos, y recreaban en sus fotografías la misma atmósfera mágica de sus cuadros.
Estas imágenes tendrían que esperar hasta los años 90 para ver la luz."

David Leddick

Televisión de culto

THE BUGALOOS (1970. Marty and Sid Krofft)

Todos los aficionados españoles al soft pop de finales de los sesenta, incluso del chiclé ya más evolucionado de la década siguiente, deberían reverenciar (si no lo han hecho ya) a los hermanos Krofft. Supongo que esto exigirá una labor de profundización vía Amazon con la compra de sus series infantiles-juveniles editadas poco a poco en formato digital. Y es que en nuestro país ninguna de las series que produjeron fueron emitidas por la tele. Quien no los conozca aún podría empezar por agenciarse su opus. Para abrir boca H.R. Pufnstuf, luego The Bugaloos,  remataríamos con la alucinada Lidsville. Pero ¡ojo! porque los Krofft, ya avanzados los setenta, también se responsabilizaron de artefactos campy de la categoria de un Land of the lost (74-75) que era de dinosaurios, temporadas enteras de la talludita familia Brady, Wonderbug (como un Mod squad pero con chavalotes de pantacas acampanados y melenones suntuosos montados en un coche a lo Herbie), la superheroica Electra woman and Dyna girl (su sólo título ya es una invitación al refocile) y, muy en especial, esas dos perlas super pop que fueron los especiales sabatinos dedicados a la banda de chiclé glam Bay City Rollers y la sitcom consagrada a los hermanines más carismáticos del clan de los Osmonds (hablo, claro está, de Donny y Marie). Visto lo cual, habría que calificar el legado blandiblú de sus responsables como bocata di cardinale con nocilla por medio. Sólo para conaisseurs de lo superfluo.
Desde luego que durante todos esos años (el lustro 69-73) la televisión de las mañanas de los sábados les perteneció. Esa franja de horario infantil y juvenil a todos nos traerán gratas añoranzas. Pero como no fuimos niños yanquis las nuestras poco tendrán que ver con los tripis sicodélicos de la marca Krofft..Por no andarme con diplomacias,  Los Chiriplitiflauticos no les llegaban a la altura del zapato al enorme dragón H.R. Pufnstuf, a la luciérnaga Sparky o a la conejita Raunchy. Pero ya que he querido centrarme en The Bugaloos pienso que algún detalle de esta historieta luego se pudo ratear para programas autóctonos como La banda del Mirlitón o La Guagua donde una Lady Pauloca, a pesar del préstamo, nada tenía que envidiar a su supuesta santa patrona, la mala del programa krofftiano, la impar Benita Bizarre (nueva vuelta de tuerca al estilo Cruella de Vile). No me dirán que no es un estupendo nombre para una drag que se las dé de original. Benita Bizarre. Desde luego que si. Suena inspirado, a lo más selecto del petardismo queer de la joven América. En esa onda, me recuerda a aquella vampiresa de la bomba atómica que fue Mamie van Doren cuando en los primeros sesenta dio con sus carnes magras en el casto hogar de los Nelson (Ozzie, Harriet y cía.). Creo que hacía de empleada del hogar (en cualquier caso papel de un día) y respondía al suculento apodo de... ¡¡¡Bubbles La Tassle!!!. ¡Guauu!. Fascinante. Aunque, como siempre en Mamie, sonaba a zorrón de night club de lo más arrastrado.O sea, no apto para menores.

Pero antes de que nos metamos en el dragerio de Benita Bizarre, presentemos a los Bugaloos. Una panda de insectos humanoides, todos jovencitos de bello acné, adolescentes a la moda horripilante, con alas de mosquito pegadas a sus espaldas e hilos como alambres de cobre que los elevaban por el cogote (pues podían volar), que vivian en un bosque encantado (aunque muy cutrón y de un kitsch casi casi insoportable), rodeados de vegetación de plástico y que, como en las sinfonias tontas de Disney, se comunicaban con ellos al tener boca, ojos, orejitas y porque eran sus amigos de verdad... Racimos de uvas parlantes, enormes gladiolos meticones... Es una pena que las "sinfonías" desapareciesen y, en su lugar, se conformasen con cancioncillas de fácil digestión. Sólo se quedaron con el "tontas". El LSD los redimió. Las malas lenguas afirman que toda aquella fantasía de los Krofft la inspiraba el consumo de drogas de sus responsables. Ellos lo negaron con rotundidad. Nosotros queremos pensar que mintieron por razones de pura lógica. Eran otras épocas. El tontipop estaba perita en dulce. La psicodelia los amparaba. Los alucinógenos los redimían.
The Bugaloos durante diecisiete capítulos cantaron su idiocia (o lo hacían por ellos The Banana Splits o cualquier proceso instantaneo de laboratorio) amparados por melodías de Charles Fox y Norman Gimbel. El repertorio entraría como un guante en el archivo sonoro de una A & M o el sello Buddah. Con los años, tanto Fox como Gimbel fueron elevados a figuras de culto por dandys del pop oscuro como Louis Philippe y Richard Preston desde Reverie, garantizando, al menos en un par de álbumes dedicados a los niños, las claves de una atemporal fantasia pop. Al unirse al empeño la compañia madrileña Siesta los dos discos fueron distribuidos a finales del siglo pasado en nuestro país. Que fue cuando Fox y Gimbel empezaron a sonarnos en nuestros oidos con categoría de hechiceros de lo naif. 



Pues si alguien se preguntaba qué imágenes aderezarían todo su neo sunshine pop sitúenlas en las series de los Krofft y tendrán todos los videoclips. Como The Bugaloos, que eran como The Archies pero en carne y hueso y, claro, habitando un mini mundo de Oz. Y, como en Oz, con brujas malas que quieren acabar con la felicidad de los ciudadanos de un pais de piruletas. Entraría pues Benita Bizarre, a la que interpretó sin ningún pudor la caricata Martha Raye con histrionismo,  voz aguardentosa,  extraños tocados de plumas, alta posticería, maquillaje repelús, brillos infinitos y vestidos que amorcillaban sus kilos de más. A su manera, se adelantó a las dancing queens de la etapa disco music. Vivía en una enorme juke box, su obsesión era convertirse en estrella del rock (como nuestra Azucena). Tenía muchos medios a su alcance. Podía autoeditarse sus discos, el estudio de grabación era de gran jugueteria. Pero la pobre carecía de oido. Y de repertorio. Cuando captaba las ondas de los Bugaloos se volvía locaza y planeaba lo inimaginable. Desde raptarlos a todos hasta piratear sus canciones o  apropiarse de la voz de la chica del grupo (la encantadora Caroline Ellis) gracias a una máquina que transplantaba cuerdas vocales. Para trasladarse por cielos estrellados utilizaba un cochazo futurista que pilotaba una curiosa rata disfrazada de nazi. Y, por supuesto, ella  no era ama de casa. No fregaba un Lp. Para eso estaban dos alegres robots (bastante torpones como para que fuesen de ayuda). De nada le valían sus estrategias. Al final, se llevaban el gato al agua los simpáticos cantarines.



Los hermanos Krofft lograron hacer un programa infantil agradable, con los justos efectos secundarios en niños diabéticos. Se fijaron para ello en los cartoons del momento (The Archies y Los Autos locos, sobre todo) y estimularon la imaginación del televidente con una pizca de ironía adulta que, hoy en día, cualquier iconoclasta puede saborear con la debida distanciación. Quedaría como anécdota final el hecho de que un adolescente Phil Collins se presentó al casting original, resultando uno de los tres finalistas que aspiraban al papel de I.Q. El papel se lo terminó arrebatando el también farandulero británico John McIndoe (con una pluma que ni la Bizarre). Personalmente, me quedo con  el chavalote John Philpott que hacía de Courage (el blanquito de melena negra) porque, quizá, pre anuncie en su look al delicioso Donny Osmond y, por consiguiente, a todo el fenómeno de fans que trajo consigo: el de los glitterones y patilleros setentas. Era un solete. Si yo hubiese sido un bebé de San Francisco cuando se puso por la tele de alli, no me hubiese importado nada que me picase bien picado tan agradable moscardón.

AZOTABLES DEL MES



























14 octubre 2010

Televisión de culto

THE SMOTHERS BROTHERS COMEDY HOUR (1967-69)
2ª temporada (1967-68)

Qué buenos eran estos hermanos... Cáusticos, ingeniosos, desenvueltos sobre un escenario. Hasta atractivos los hallo revisando el pack de deuvedés que incluyen una seleccción de programas de la segunda temporada de su show televisivo. Y miren que tenían pinta de modosines, de pesados mormoncillos, de no haber nunca roto un plato, de estudiosos y de buenas familias, con esas vestimentas pulcras, como acabados de salir de la universidad. En la España infrapop sólo se vestían asi el Duo Dinámico. Ellos en cambio guardaban mucha sorna en sus speechs, los mismos que utilizaban como diálogos complemento de sus canciones folcloristas. No eran astutos estos Smothers, ya digo. Trasladada su imagen al prime time llegarían a atraer con facilidad a millones de abuelitas de América. En seguida, estas se vieron asaltadas por un verdadero arsenal de dobles sentidos, de parodias sangrantes de los temas que acuciaban a la sociedad y la política del momento. Si especificamos que sucedió a finales de los sesenta, entonces sonsacarán que su espectáculo causó a sus responsables infinidad de problemas. Las abuelitas pronto desconectaron dejando como grandes fans a sus nietos más rebeldes, a los pacifistas, anti armamentistas, anti xenófobos. Los progres new generation.
Las tablas de estos hermanos llamados Tom y Dick fueron construyéndose desde finales de los cincuenta, cuando tan sólo eran unos pipiolos fanáticos del folk americano en la línea de The Brothers Four o Peter, Paul and Mary (salvando las distancias). Su sentido del humor ya les hacía distintos cuando iban intercalando diálogos entre ambos que despertaban hilaridad y asombro entre sus fieles: los concurrentes a locales swinging del área de San Francsico. La televisión de los sesenta terminó fijándose en su estilo directo, espontáneo y los fichó en 1965 para una comedia de situación llamada The Smothers Brothers Show (Tom era un ángel que bajaba a la Tierra para ocuparse de su solterón hermanito, un libertino músico al que había que enderezar). El relativo éxito de la sitcom les abrió las puertas de la CBS. Sus ejecutivos pensaron que las músicas de los hermanos quedarían mejor en un espectáculo de variedades con público en directo obviando el resto de su línea de estilo. Y asi surgió el programa de culto The Smothers Brothers Comedy Hour, que fue tormento para la cadena cuando empezaron a dar muestras de insumisión. O de "hablar de más".
Según avanzaron los programas Tom y Dick se politizaron. Esto coincidió con la nefasta acción de Lyndon B. Johnson en el conflicto vietnamita. Sin embargo, una sociedad tan ultraconservadora como la americana alimentaba los suficientes argumentos para la crítica como para que guionistas e intérpretes se fueran a agotar a la mínima de cambio. No sé porqué se extrañaba tanto la audiencia pues la folk song de la que provenían los simpáticos chicos era tributaria en gran parte de mensajería izquierdosa a la par que de un nacionalismo pegado a la tierra capaz de dejar en evidencia la sensibleria de los más penosos patrioteros de capital.




La segunda temporada en esto fue la más conflictiva. La que hizo surgir la figura del censor y en la que el censor trabajó sin descanso. En el primer programa tras la vuelta de las vacaciones estivales el plato fuerte fue la actuación de Pete Seeger, nada menos. El venerable artista, miembro honorífico de todas las listas negras, llevaba vetado en la televisión americana desde 1950. El anuncio de su asistencia al plató de la CBS provocó un mes antes un revuelo de cartas y telegramas que excedían toda previsión. Los opositores superaron a sus fans. Lo tachaban de todo lo peor (para esta gente), lo acusaban de la verdad: de vendido a la URSS, de hacer campaña anti USA en la Cuba castrista. Amenazaban con no volver a sintonizar el programa mientras siguiese en cartel ese peligroso subversivo. El día de marras al grandioso Seeger le dejaron cantar Where the flowers gone (por su sentido homenaje en la letra a los caídos en cualquier guerra) y Guantanamera (cuyo contenido político se pasaría por alto dado el nulo conocimiento del idioma español de los responsables de los tijeretazos, quedando como una tonada latina típicamente pegadiza que a todo el mundo gustaba). En cambio, se eliminó el emblemático Waist Deep in the Big Muddy, medley emocionante de diferentes canciones soldadescas yanquis desde el nacimiento de esa nación hasta la segunda guerra mundial, lo que ratificaba lo estúpido de los prohibicionismos, al resultar que un pacificista como Seeger superaba en especialización en melodias bélicas al más sanguinario militar.
Distinto escándalo formaron los Who con su actuación. Si Seeger era todo templanza, remanso de paz, austeridad en la puesta en escena, los británicos fueron todo lo contrario. El My generation lo bordaron, sólo que al final vino la sorpresa. Pete Townsend hacía añicos su guitarra mientras Keith Moon, visiblemente beodo, con la ayuda de Daltrey inició un barullo pirotécnico gracias a una botella de whisky que se medio había plimplado y a unos cuantos petardos de colores servidos por la productora. Los Smothers Brothers mantuvieron el tipo sabiendo para sus adentros que lo que se estaba exhibiendo desde el otro lado del Atlántico era una descarga de anarquia bien necesaria en unos turbulentos momentos de desasosiego, represión y protestas civiles. Resultará ingenuo hoy en día pero aquello era mucho entonces. Y más, si pensamos que sucedía a la misma hora de Bonanza, acaparadora de las audiencias conservadoras y su supuesta competencia. Ilusos todos, pues la real competencia de los hermanos fue otro duo inolvidable, Rowan y Martin que, sin embargo, efectuaron tras bambalinas cameos deliciosos y, por descontado, cargados de mala leche, vigilando a aquellos folkies de night club.


No todo era sonido instigador, himnos para tiempos turbulentos. También asombraron los Temptations con su fino estilismo (en la pugna solidaria entre lo viejo y lo nuevo, verdadera arma de doble filo con la que jugaban los Smothers Brothers, su intervención fue adecuadísima al reinterpretar a su manera la vieja canción de Al Jolson Swanee); The Association con su sunshine pop buenrrollista; los Byrds, perfectamente preparados para plantarle cara a los Beatles mientras no perdían su puesto en el fenómeno de la dylandmanía; Mason Williams (artista mutidisciplinar pues también trabajaba en los guiones) que bordó al piano su maravilloso instrumental Classical Gas; Glenn Campbell y John Hartford con sus paisajes country; un resucitado Jimmy Durante (ya muy anciano) demostrando lo que valía el burlesque o, en fin, la única aparición en la televisión americana del exótico Ravi Shankar o la explicación de lo que les estaba pasando a The Beatles de un tiempo a esa parte. Féminas como mama Cash (de pin up rubensiana) o Janis Ian (quieran o no, su Society's Child levantó ampollas puritanas al tratarse entre arrullos bucólicos el tema del amor interracial de una chavala de 16 con un negrazo imponente) apaciaguaron dentro de lo que cabe los ánimos más cargados. No así Joan Baez que tras su actuación se obstinó en recordar a su marido de entonces (David Harris), preso por negarse a hacer el servicio militar (los censores cortaron el trozo en el que explicaba las razones del encarcelamiento).









Los sketches de humor oscilaban entre lo convencional, lo autóctono y lo vitriólico. En el primer apartado señalaríamos las parodias de filmes de estreno más o menos reciente como Mutiny on the Bounty (al adaptarse el gag a lo musical sus protagonistas Tom y Dick, George Segal, Pat Paulsen, Paul Revere and the Raiders y una inesperada Carol Burnett, a la sazón esposa del productor del programa, más bien parecían los célebres piratas de Gilbert and Sullivan arrojados al caos de las 625 líneas) o la elizabethada que se atrevió a recuperar del fondo de armario la mismísima Bette Davis de una manera francamente innecesaria (¡otra vez su virgin queen!).
De autóctona habría que definir la asistencia de la vieja Moms Mabley con un tufo de homeless borrachuza que caída de espaldas o de la chavala Leigh French como hippy muy pija. En el tercer apartado, no dudaría en coronar como soberano el salvaje sketch  Gun Control donde The Smothers Brothers, con la ayuda de una alucinante Tallulah Bankhead, describían a los propietarios de armas de fuego como una mezcla de ciudadanos francotiradores, criminales y psicópatas en potencia. Dudo que miss Bankhead se sintiera identificada con aquella masacre de discurso aunque su aspecto feroz ya dejaría a las claras que ella era tan partidista en ese asunto como sus amigos televisivos. Sea como fuere, funcionó como bomba de relojería. Las protestas al dia siguiente fueron innumerables. Los primeros en apuntarse al boicot del programa fueron las hermandades de turno (los amigos del revólver, creo), luego el ejército. La cadena agudizó la censura. El show dejaba de emitirse en directo. Grabándose se sometía su edición al dictámen semanal de un comité de censura.
Nada arredró al duo de garbanzos negros y sus rojos secuaces. Antes bien, envalentonados, con la inteligencia por bandera, incorporaron a sus puyas la figura peripatética del censor. Era presentado con un cariño tan paternalista que ningún mohín dulzón podía ya solapar la sorna en su transfondo. Aquello era un recurso típico.
Se iba al traste la mezcla de picardia e ingenuidad de los niños mimados de apellido Smothers.Y la palabra "rojo", pronunciada a lo mejor por la fabulosa cantante negra disfrazada de rana Nancy Wilson como acusación de anomalía hacia un sapo del color de marras que era Tom, dejaba de ser una inocente gracia de cuento infantil para ir a golpear directamente en las conciencias adultas. Con mucha quina, tal vez demasiado rencor.
Pat Paulsen hizo flaco favor por un armisticio en las formas. Suya fue la descacharrante sección Pat Paulsen for President, simulacro de una campaña electoral paralela en la que Paulsen era candidato imaginario, circunstancia que lo mostraba en un púlpito, lanzando mitines estrafalarios a la vez que se mofaba de senadores, políticuchos y aspirantes a la Presidencia. Y sin perder jamás esa expresión entre lacónica y amargosa tan característica. Ignoro si nuestro Fernando Gª Tola  vio alguna vez este espacio y tomó ideas para su futuro Si yo fuera presidente. Todo es posible en la tonta caja.




Las bromas de Smothers Brothers cesaron definitivamente en 1969. La cadena alegó que los censores no tenían tiempo suficiente para currar en lo suyo. Vamos, que los censores eran muy vagos y los censurados infatigables currantes. Tamaña excusa no impidió que el show pasara a ser emblema de toda una época tan dificil para los Estados Unidos pero vigente en la actualidad (Afganistán, la Crisis económica y de valores), sea uno afiliado a la nostalgia o no lo sea. La deliciosa trampa de compatibilizar lo viejo con lo nuevo, la cal con la arena, la crítica más o menos sutil con la frivolidad inteligente tendría que ser materia prima para todos los responsables del entretenimiento catódico de este nuevo siglo que estamos sufriendo. Entretenimiento bien digital si, pero espantosamente aciago.