17 septiembre 2010

Televisión de culto


THE CHAMPIONS
(1968-69)


Lo del aluvión de agentes secretos que se asomaron a la pequeña pantalla a raiz del tontorrón 007 no tenía nombre. No contentos con plagar la serie B -vía cines de barrio- con toda clase de combinaciones numéricas de tres cifras, la tele sesentera nos bombardeó con similares de dudosa y aburridísima catadura. Claro que en cuestión de combinaciones se desbarró un poquitin más. Y si 007 sólo hubo uno, agentes como The champions se multiplicaron por tres. También estarían los de Misión imposible que a punto estaban de formar una coral. El resultado siempre era el mismo. Tramas rocambolescas, mucho dialogo para tan escasa acción, pobreza de medios para lo que se pretende explotar (básicamente, cosmopolitismo sofisticado) y fuerte colorido en consonancia con la estética más pop.
The Champions
al menos contó con una buena factura, una producción decente. Sus guionistas venían de proponer cientos de acertijos a Los vengadores, por ejemplo. Esto se nota en el papel de la chica de la serie, inspirada en la inmortal Emma Peel. Y es que el trio lo formaban dos varones y una fémina. Pero qué fémina... Uno de los rostros más hermosos de finales de los sesenta y primeros setenta. Ella era Alexandra Bastedo, muy conocida por el público español de la pre transición pues apareció en algunos terrores casposos como bella inquietante. Probablemente la cumbre de la Bastedo la hallemos en El mirón del mediocre director (pero gran erotómano) Jose María Larraz, donde miss Bastedo era una dulce esposa que padecía a un trastornado maridito (impagable Alterio) obsesionado en jugar a que ella le sea infiel, forzándola psicológicamente a ello para luego, bien cornudo, ponerla a caldo sin más justificaciones que las puramente neuróticas.

En The champions, tamañas corrupciones de la virtud no se podían aún intuir. Alexandra sólo era Sharron McReady, una doctora con poderes sobrehumanos. Lo mismo les pasaba a sus dos compañeros Craig Stirling (Stuart Damon) y Richard Barret (William Gaunt), agentes de las Naciones Unidas instalados en el edificio Némesis con base en Ginebra. La causa de sus superpoderes (fuerza descomunal, capacidad para dar saltos enormes, facultades extrasensoriales/telepáticas) vino a raiz de un accidente aéreo durante una misión al Tibet. Fueron rescatados en pleno Hilmalaya por un monje que los condujo a su civilización secreta y avanzada. Un nuevo Shangri-La pero con derecho a retorno. Todo esto se vio en el primer episodio. Otra cosa es que nos lo creyésemos. Por si flaqueábamos en nuestras dudas, cada semana (tras la inevitable viñeta dramática y careta de presentación) nos informaban de las habilidades de The champions. Son mis momentos favoritos (cabecera aparte). La voz en off nos avisaba que estas gestas debían ser preservadas del conocimiento público (de hecho, el propio jefe del trio ignoraba todo lo acontecido en el Tibet), sin embargo, las imágenes nos los mostraban probándolas delante de muchas personas.
Los invencibles de Némesis, que es como se tituló en España y en la America latina, lucharon casi siempre contra enemigos de la democracia, bien fueran dictadores sudamericanos, nazis en el exilio o los sempiternos chinos. Lástima que las escenas de acción fueran discretitas. Que los chicos resultasen tan sosos. Que la propia Bastedo, al pretender transformarla en una Emma Peel rubia y de pelo recogido en perfecto moño italiano no llegase al prototipo ni por asomo, esfumándose la posibilidad de desarrollarse como personaje (aún sonrojan sus llaves de judo: tres posturas estáticas y adiós muy buenas). En cambio, la serie (que afortunadamente duró sólo 30 episodios) se animó mucho a la altura del episodio 25 (Desert Journey), porque de pronto surgió el erotismo, la seudo pornografía. Y la Bastedo se puso sexy antígua, colgándose un vestido escotadísimo parcialmente tapado con una boa de plumas y se lanzó a las noches romanas en funciones de espia guapa. Como si fuese una estrella de Fellini terminó en una orgia privada con culturistas, intelectuales petardos, gentiluomos psicodélicos, prostitutas de postín y champán a raudales. Esa explotación del físico de Alexandra vale por toda una serie que en el fondo fue el canto del cisne del fenómeno de agentes secretos. Y aunque la incómoda obsesión por el cosmopolitismo de cartón piedra siguió unos años más (Los Persuasores) y todo por culpa de esa estupidez de origen llamada El santo, primer seudo Bond de la televisión británica, los años setenta ya entraban para la ruptura. Que fue cuando la televisión del pais se colmó de otros géneros donde los ingleses sí serían maestros: el terror a lo Amicus, las pesadas Tudor, el humor de signo laborista y las sagas domésticas de la época eduardiana.








Los fotógrafos de Adán


MINOR WHITE
(1908-1976)










* Conoce mejor a este artista:



- Fragmentos de la obra "Found Photography" (en inglés)

- Las enseñanzas de MW (en inglés)

16 septiembre 2010

Televisión de culto


THE WILD WILD WEST
(1965-69)


En varias ocasiones he hecho hincapié en el delicado tema de los pantalones de Jim West. No eran unos simples vaqueros decimonónicos pues el mozo era un antivaquero de Oeste rarísimo. Digamos que iba disfrazado de torero cordobés, con todo lo que esto conlleva de ceñimientos de lo más desmadrados. No creo estarles exagerando o dándoles una óptica unidimensional del asunto. Hay quien dice que los creadores de la serie decidieron vestirlo asi para atraer al público mujeril. Sin embargo, al llevarlo a terrenos ilusorios de lo taurino, el efecto seductor se ampliaría a vastos sectores de la audiencia. Bien es sabido que la figura del torero se feminiza en el ruedo, con lo cual también los heterosexuales masculinos pudieron verse involucrados de forma subliminal en la fisicidad de un héroe loco de ganas de ser contemplado. En cuanto al público gay, simplemente se derritieron, enamorándose con locura de sus bondades, que eran muchas. Desde luego no acababan en unos pantaloncitos al borde de la descostura. Fíjense sino en sus impactantes ojos azules, en su perenne bronceado californiano, en su torso apolíneo al que no le faltaba ni le sobraba un pelo. Sólo podía haber encarnado al personaje un atleta all american como Robert Conrad, experto en exhibicionismos mil. Sus fotografías beefcake de principios de los sesenta son material divulgativo de primer orden en esto de los destapes adánicos. Algunos ya lo degustaron en Hawaiian Eye (1959-63), donde llegó a retratarse semidesnudo delante de una tabla de surf.



Al acabar la serie realizó un escarceo insólito en un título de nuestra Marisol, que fue La nueva Cenicienta. Como además en el reparto estaba el bailarín Antonio entenderemos fácilmente de dónde le vino el salero para lucirse con atuendos de rejoneo. Y sin miedo a caer redundante, insistiría en que el público homosexual lo colocó en una hornacina cuyas velas no se extinguirían en el tiempo. Superando generaciones pajeras, nos encontramos a un montón de mariconas juveniles en Internet que se preguntan ensimismadas de quien es ese culo sesentero que una de tantas ha colgado en un video. Esto lo comprobamos visitando Youtube y buscando las elocuentes palabras actor nalgón. Para ellas, vacaburras del siglo 21, para todos, es tiempo de hablarles un poquito no sólo de un culo espectacular, sino de la serie televisiva en que lo mostró a discrección, pero siempre forrado de una tela gris o azul que se le rompía cada dos por tres, aunque no lo viéramos entonces (ni ahora, pues en la era del DVD/Blue-Ray no se han decidido a incluir tan vergonzante asunto ni de Bonus track).

The wild, wild west es un típico caso de serie que busca urgentemente el éxito mediante la dudosa táctica de la mezcolanza de géneros de moda. Es de suponer que planteada como un western más no hubiera tenido ese gancho que pronto alcanzó. Asi pues, los guionistas se esforzaron en introducir elementos tan dispares como el cine de agentes secretos, el terror, el misterio, la ciencia ficción, la Orientalia, las artes marciales aún en perjuicio de toda verosimilitud cronológica. Todo el encanto del concepto original estriba en estos enloquecidos pastiches. Los fans del delirio quedaron bien empachados tras cuatro temporadas de noches borrascosas. Tampoco dudo que los aficionados a "las de vaqueros" bostezaran mucho. Y es que no faltaron tópicos, ni indios ni vaqueros, ni sherrifs ni pistoleros, ni mascadores de tabaco ni señoritas de saloon. Y Jim West como jinete era un fenómeno. Y más lo era como 007 fronterizo. Sus armas fueron infinitas. Disponía de dispositivos para trepar muros, botas con navajas ocultas, telégrafos portátiles, explosivos en el interior del tacón, fonógrafos de bolsillo... Uno se pregunta de dónde podía sacar tan alta tecnología nada típica del siglo XIX, que es cuando se desarrollaba la acción. Sólo Julio Verne pudo atreverse a tanto sin caer en la insensatez. Se solucionó con una contundente evidencia: tanto él como su compañero de fatigas (Artemus Gordon, buen secundario que luego se convirtió en su mano derecha, personaje clave hasta el punto que hubo episodios que trabajaba más que el titular, gracias a su sofisticación, a su facultad para los disfraces y su ironía ante lo absurdo de las peripecias) eran agentes secretos pagados por la presidencia de Ulysses S. Grant. Y como bien sabemos por la Historia y ahora los telediarios, lo que no perpetre la Casa Blanca no lo perpetra nadie en el universo.
Si fallaban las armas quedaban los puños. Conrad era un buen karateca, pero según avanzaron las temporadas quiso también especializarse en el boxeo, en las peleas a puños. Casi siempre realizó las escenas de acción sin dobles, lo que le acarreó más de un severo disgusto. Otro de los aspectos relevantes de su personaje era su obsesivo cariz masoquista. Ver esta serie es presenciar hasta el hastío al bello Conrad atado de pies y manos, bien en cruz o en aspa, con grilletes o cadenas, enjaulado y colgado del techo o aprisionado por unas enormes manos de mujer fabricadas de sólido marfil.
El narcisismo de Jim West es proverbial. Por eso no es de extrañar que su silueta en esos y otros instantes de retorcido placer sea fotografiada hasta la extenuación con un deleite bien morboso. Nuestra mirada es lógico que se vaya paseando consciente o inconscientemente en sus carnosos glúteos, que a menudo ocupaban dos tercios de la pantalla (no era cuestión de tamaño, achaquémoslo a la manera en que los directores tenían de distribuir los objetos en los encuadres). Su fama de playboy hedonista, de mujeriego, de galán sofisticado que no rechaza ser valorado como objeto para el consumo (como un hombre anuncio de revista de modas) aunque heredada del mito James Bond es lícito que se ponga en duda. Bien por esa feminización de su cuerpo entallado, bien porque Sean Connery ya nos levantó serias sospechas de "lo suyo" justo cuando se encontró con la Andress en aquella playa de aguas revueltas. Seas como sea, las mujeres de Jim West son siempre intrigantes, mosquitas muertas, primero ángeles y luego diablesas. Un ejemplo de misoginia aguda que se ajusta de nuevo al culto al macho ajustado (más dorsal que frontal, curiosamente) del que bebe toda la iconografia fisica de la serie. Lástima que el desfile de chicas fuese tan mediocre. A menudo se recurría a señoritas absurdas que hicieron algún western serie B la década anterior y ahora se encontraban talluditas y sin norte, confinadas en tanto que has beens al cementerio catódico para "olvidadas": Audrey Dalton, Yvonne Craig, Beverly Garland...

Más interesante fue la galería de villanos. Victor Buono, por ejemplo, y su orondez que casi evocaba al Nerón de Ustinov; Ida Lupino, doctora Frankenstein creando un monstruo a partir de un West más pasivo que nunca o Hurd Hatfield evidenciando que hasta para Dorian Gray los años no pasaban en balde. Quien más repercusión tuvo fue el cantante enano Michael Dunn como Miguelito Loveless, con el que se enfrentó hasta en diez ocasiones. Este carácter excéntrico y bizarro de los malos (y un enano siempre lo es) es equiparable al de todos l@s enemig@s del televisivo Batman. En cualquier caso, tanto el hombre murciélago como el vaquero toreador responderían a unos intereses comunes: los de la mejor evasión populista de ese siglo, llámense pulp, comics o los seriales por entregas.
La sintonía de cabecera era extraordinaria. La firmó Richard Markowitz y tenía el sabor indiscutible del Oeste clásico. Otra cosa fue la música incidental. Según si el ambiente era de espionaje o de una India improbable de marajás karloffianos la recreacion de Markowitz se ajustaba correctamente a las imágenes (por muy pobres que estas fueran). Estoy por creer que el suyo debió de ser un trabajo muy complicado.








Vagos y maleantes (1)


Anexo de Aquellos juncos salvajes: el archivo fotográfico

Curado de verguenza, les enseño mis imágenes más inconfesables. Ya está bien de tanto monólogo. Estas fotos valen por miles de palabras. Pertenecen a los años 88 y 89. Plena mitomanía maniática. Véan aqui un trocito de mi habitación, lugar desde donde les tecleo el blog desde hace cinco años. Esa pared, ese poco de cadena musical (que aún me da media vida). Y mi look a lo Paquito Clavel. Menuda buatiné, mon dieu. El gorrito fue cobertor de taburete. Las gafotas, seventies, made in Bremen, de mi tía Rosa (pobrecita, que se acaba de morir hace pocas semanas).
Ay, mis dieciocho noviembres, mi estilazo inimitable y esos Ep's esparcidos por mi cuerpo serrano (incluidos los Mecano)...



Subidos a una mesa, Luis y Maciste rivalizan en ídolos del cinema. El primero reivindica a Lambert. El segundo, con garras y piños, a Cruise (esa foto le parecía a mi amigo de lo más hortera, por cierto). La vestimenta del gran bloggero no es Miami Vice, es un sencillo piyama de los que vendían sus padres en el comercio. A anotar las nuevas postalitas que desde las alturas les miran. Kiki d'akí, bien visible, claro. Doblando la esquina, a su derecha, se entra en la avenida James Dean


Publicidad de Tampax a cargo de tres redomados zorrones. Los tiempos de las sesiones fotográficas, de las performances, de los conciertos en la buhardilla de Javier. A él, fotógrafo de ocasión, le alucinaba la manera tan natural de colocarnos. No nos hacían falta indicaciones, no desesperábamos a nadie con ínfulas de artistiña por nuestra nulidad para el poseur. Al contrario, lo nuestro era instintivo, como si hubiésemos nacido para portada de un Vogue by John Waters. Le echábamos muuucha starletería. Así de bien quedamos. Charlie's angels del arrabal. De izquierda a derecha: Maciste, Angel y Luis (él detestaba esa peluca "azul de clown")



continuará

15 septiembre 2010

Televisión de culto


COLE PORTER. An All-Star Tribute (Bell Telephone Hour, 28 de enero de 1964)

Porter moría unos meses después de este programa dedicado a su magna obra musical. Eso ya es mucho. Poco importa que el desfile de estrellas fuese reducido, que los decorados nos parezcan algo pobretones, que la hora de duración más que insuficiente. Gajes del nuevo medio. La televisión todavía en sus años de existencia no podía compararse en espectacularidad con el cine. Y sin innovaciones. Las series, por ejemplo, recogían la herencia, el look de las grandes productoras de Hollywood. Luego fue al revés. Al menos, hasta los años noventa el cine imitó a los telefilmes. Hoy en día, series y bastante cine sólo imitan a los dibujos de los Simpsons. También en la actualidad, los tributos a Cole Porter se han vuelto más aparatosos. Y recurrentes. Las generaciones que precedieron al maestro mantienen asi vivo su recuerdo. Sin embargo, gentes como Sting y similares poco habrían de evocar en su trayectoría personal el charme, el atrevimiento bitchy, el espíritu urbanita del talentoso de Indiana. Asi pues, dentro de su aplastante humildad, el homenaje que nos concierne se nos revela enternecedor y sincero. Porque sus protagonistas fueron sus amigos. En diferentes épocas, desde luego, que por algo Porter anduvo muy ocupado durante más de tres décadas. Entre Broadway y Hollywood. Más Broadway porque Hollywood tenía aquello tan feo para la libertad de expresión que se llamaba el Código Hays.
La celebración tuvo lugar en el espacio más elitista de la televisión americana: The Bell Telephone Hour, lugar de encuentro de las grandes figuras del espectáculo, en cualquiera de sus facetas (ballet, música de concierto, ópera, teatro musical, jazz, crooners, country, folk...), de esa primera mitad del siglo XX. The Bell Telephone Hour es el vivo ejemplo de la democratización de la alta cultura. De la cultura que implica un coste para su disfrute y que, al fin, está al alcance de las clases medias. Gracias a este programa, la gran ópera italiana pudo ser escuchada desde las cocinas de Illinois. El rutilante show que congregaba a cientos de neoyorkinos todas las noches en el Amsterdam Theatre sonaba ya en ranchos sitos a pocas millas del desierto de Colorado. Los snobs yanquis de mucha edad contarán todavía en este 2010 lo grande que fue el programa aquél con la impar Birgit Nilsson, destacando la maestría de la soprano alemana para otras cosas que no fueran Wagner. Aunque matizando que cuando la Tebaldi y la Sutherland vinieron a la NBC éstas no se quisieron apear de las arias que las hicieron diosas de los públicos más petardos. Para ellos, siempre quedarán esos sensacionales momentos junto a Patti Page, Belafonte o Iturbi.
Porter, desde luego, podría sentirse orgulloso del reconocimiento a su labor. Fue de los escasísimos compositores de música popular al que le dedicaron una hora los del Bell Telephone. Cómo iba a fallar su amiga del alma, la Merman. Esa Merman de siempre, con su mismo chorro de voz, sabiéndoselas todas, porque la mayor parte las estrenó ella cuando era muy jovencita. Podía habernos contado tantas anécdotas... Pero no lo hizo. Prefirió aglutinar en el más corto espacio de tiempo las más variadas canciones a base de medleys de infarto. Desde lo más conocido a lo más rebuscado. Eso que sólo conocen bien las mariconas hechas una pasita de Yanquilandia y el West End. Malo reducir el arte del sibilino Porter a unas cuantas cacatúas de la memoria. La canción ligera, romántica, el pop de ese país no se entendería sin la labor de Cole, de Irving, de George e Ira, de Jerome y del resto de habitantes del Tim Pan Alley.
Estamos en la Merman que arrasaba con todo. En este especial se transformó en una elegante sinfonola. La acompañaron el meloso duo formado por John Raitt y Martha Wright. Tenían tablas. Y Peter Nero además contaba con un banco para sentarse y un piano de cola. Este pianista se atrevió a ejecutar Night and day en dos movimientos opuestos. Empezó como un réquiem (a Porter esto le debió asustar al recordarle lo chungo de su problema renal) para, en seguida, soltarse a ritmo de jazz juguetón. Quedaron bonitos los arreglos. La posterior aparición de Gretchen Wyler otorgó un dinamismo al programa que hasta entonces brillaba por su ausencia. Porque Gretchen se salió por bailes camperos mientras cantaba con un corito de vaqueros bien salados algo del Don't fence me in y otro poco del Hey, good looking!. La artista trabajó en teatro para Porter en Silk Stockins. Era un papel secundario. La que deslumbró allí se llamaba Hildegarde Neff. Fantástica. Gretchen parecía una pálida imitación rubia y pizpireta, algo impertinente, de Carol Channing. Tras un nuevo medley de Nero, más jazzístico que nunca, el plató se hizo ballet cutre, no por la primaballerina, sino por los decorados, pequeños y con un parapeto absurdo que representaba el número 18 según nomenclatura romana. Jillana, directamente usurpada de la compañía de Balanchine, bailó vestida de antigua griega el Beguine the beguine, que es una rumba. Un anacronismo como otro cualquiera.
Y cuando a punto estaba de cumplirse la hora de emisiones, llegó el Finale con un tour de force donde todo el elenco interpretó fragmentos de éxitos inmarchitables del autor mientras paseaban por los carteles de los espectáculos a los que correspondía cada tonada. Como sea que en menos de diez minutos cupieron más de veinte, hay que asegurar que algo de mérito tuvo la iniciativa. Entonces, nos dimos cuenta que aún nos faltaba rememorar su Paris, su Oriente aladinesco, sus lolitas (más cercanas a Leslie Caron que a Sheila) en ese himno que fue el My hearts belongs to my daddy. Y, sobre todo, ese pedazo de Everest en partitura: el You're the top. No podía hacerlo más que la Merman. Fueron los segundos más sentidos de la velada. Porque todos los cómplices sabíamos que aquél al que estaba tratando de "tú" y que ocupaba la cima de la frivolidad sofisticada era Porter y nadie más que él. Un gigante en la cumbre.

Revistero campy


Por Gilda Love


El horror según CONNIE STEVENS



Tv Star Parade (First and Best in Today's TV Magazines)
Abril, 1963


Y tan sólo un par de años después...

Fotograma perteneciente a Two on a guillotine

14 septiembre 2010

Televisión de culto


BEAT CLUB
(1965-72)


Sólo he visto cuatro o cinco DVD's recopilatorios de Beat Club, los que responden mejor, por época, al título del programa (años 65 y 66) y me parece uno de los grandes televisivos a escala mundial de los años sesenta. Permanece totalmente válido en la actualidad. Es un testimonio histórico de un momento juvenil irrepetible. Y, además, un ejemplo de cómo conjugar elementos pop muy comerciales con otros más alternativos. Habría mucha tela que cortar en este sentido. Por allí desfiló todo lo in. Los chicos buenos y los malos. De los Rolling Stones y Beatles a los Beach Boys y Deep Purple, pasando por Donovan, Led Zeppelin, Alice Cooper y Santana. Los primeros años, los del beat puro y duro fueron memorables. La escena inglesa, super garagera estuvo representada casi de la A a la Z. Por si aquello fuera poco, no se descuidó a los grupos nacionales, aquellos que mimetizaban el sonido anglosajón hasta extremos obsesivos. Es posible que esto sea lo menos interesante de Beat Club. Salvo honrosas excepciones, los grupos alemanes sonaban tan perfectos y, a la vez, impersonales, que dejan indiferentes. Al menos al espectador desde casa. Otra cosa era el público asistente. Esos eran para darles de comer aparte. La juventud bailonga de Beat Club eran un espectáculo en si mismos. Ye yés germanos lindos como una mala cosa. Donceles y matroncitas alucinados por el ritmo trepidante, los sonidos estridentes que disimulaban los estribillos facilones de las melodias más infantiles. Muchachitos drogados con el elixir de moda. Ellos con sus flequillitos, camisas limpias y cazadoras entalladas, ellas con sus medias melenas, jerseys de punto y minifaldas totémicas. Y dando codazos, de vez en cuando, un cámara loco que buscaba huecos para alcanzar el pequeño escenario donde The Hollies presentaban su flamante último Ep. Captar los gestos de apatía adolescente de alguien que permanecía sentado en las gradas, los reojos de un golferas que no se perdía ni un cruce de piernas de su desconocida compañera de al lado son material impagable, idóneo para ratificar que en tierras friísimas como las de Bremen se estaba produciendo el esperado deshielo.
La culpa de Beat Club la tuvieron los Beatles, eso es evidente. Son los programas en blanco y negro, con la omnipresente Uschi Nerke, fabulosa conductora, ejemplo de la nueva mujercita alemana, moderna, aerodinámica, receptiva, inasequible a las provocaciones de los melenudos británicos y yanquis. En esto sus responsables fueron implacables. Nada de italianos, ni franceses, ya no digamos españoles, sospechosos todos de petardismo. En Beat Club sólo desfilaban los originales, con los ya mentados casos de chauvinismo patrio (que excluirían a los Freddys y las Valentes de papá). Sin embargo, cuando aparecieron la banda alemana The Monks, allí quedó claro que para originales nadie como los de la tierra suya. The Monks, con sus rasurados monacales, su aspecto elegante de Kraftwerks antes de tiempo, experimentando con los instrumentos, con lo viejo y lo nuevo, con lo repetitivo, y eligiendo una puesta en escena anárquica, beat-nick, con ese sarcasmo tan demoledor y que afectaría a su entendimiento de lo que era por entonces la música joven (a medio camino entre una vanguardia neo-dadá, la electrónica troglodita, el inminente kraut rock y el surrealismo Hippyloyas) son minutos que conforman un antes y un después de los musicales televisados. Y nuestra Nerke favorita, sin perder la compostura, porque era una avanzada, porque seguro que era super fan y coleccionaba todos sus discos. Porque The Monks no fueron The Lords, que anda que no eran payasetes estos últimos y menuda cancha les dieron.
El concepto de directo, de música en vivo, del anti play back encaja de forma brutal en el programa. No hubo una sensación de claustrofobia de plató, al menos hasta que llegaron los colores y los nuevos decorados. Beat Club esos primeros años parecía un espacioso garito londinense, una caverna de Liverpool, un sitio sagrado donde los congregantes aceptaron a regañadientes que fuese vulnerada su intimidad por unos técnicos nerviosos y unos presentadores zalameros situados en cualquier rincón pop-art. No es que La Edad de oro de la Chamorro tomase nota. Es que, simplemente, Beat Club ocurrió antes. Y sanseacabó.

Cuando era menor, Beat Club dejó que el guaperas tudesco Graham Bonney flirteara con una estudiante sosilla, haciéndola creer durante dos minutos y medio que era la auténtica Supergirl de su canción. Cuando Beat Club era menor, los zapatitos abandonados de tacón bajo de Sandie Shaw ocuparon unos segundos -no exentos del fetichismo aquél- en pantalla, pues el resto era la chica Andrews explotando su eurovisiva apariencia de zingara del Chelsea más anémico. Cuando Beat Club era menor, los Walker Brothers demostraron que eran los efebos más hermosos, más vozarrones, más talentosos del baladón descomunal y que si alguien (chico o chica, da igual) se atreviera a hacerles el amor del buen groupie alcanzaría el orgasmo en mitad del mismo cielo. Luego vino el resto. Beat Club se hizo mayor. No burgués. Sólo más complicado. Lo que entraría de lleno en la evolución del pop hacia estadios más adultos. Mientras tanto, que la juventud baile.











OLD BROADWAY. Por Saba Sorrento*

Red, Hot and Blue (1936) de Porter fue la última oportunidad para las audiencias de ver a Bob Hope en Broadway y su gran canción fue "It's De-Lovely", más o menos una continuación de "Anything Goes". Compartiendo esta rutina aparecían Ethel Merman y Jimmy Durante, que interpretaba al "Police" Pinkle



Ethel Waters cantó el inmortal "Heat Wave" en As Thousands Cheer (1933), una revista musical de Berlin que tomaba su estructura de las secciones de un periódico de tirada diaria


Noel Coward y Gertrude Lawrence interpretaron a una pareja de music hall inglés, los adorables "Red Peppers" en Tonight at 8:30 (1936) del propio Coward. La canción es la disparatada "Has Anybody Seen Our Ship?" y con ella, Broadway logró un elevado nivel de finísima alegría



El libreto de Alan Jay Lerner para On a Clear Day You Can See Forever (1970) partía de una historia original sobre una estudiante (Barbara Harris) que recordaba, bajo hipnosis, una vida previa durante el siglo XVIII. Aqui aparece cantando "Tosy and Cosh" de Lerner y Burton Lane, momento para rememorar a sus más atildados pretendientes



Ogden Nash escribió las letras para el mayor éxito de Weill en Broadway, One Touch of Venus, y colaboró en el guión junto a S. J. Perelman. Aquellos eran tiempos en que la sofisticación era comercial y los más inteligentes escritores americanos estaban trabajando en el teatro. Mary Martin consiguió su primer rol estelar en este musical de 1943. Su galán fue Kenny Baker, el último tenor irlandés en Broadway, y su gran canción era "Speak Low"



*Miss Sorrento es trabajadora sindicada de la revista del espectáculo LUXURIA & CONFETTIS