13 agosto 2010


Como comprenderán por la foto, andamos muy liados. Los compañeros de juergas vuelven en agosto y hay que procurarles los más gratos placeres


Así que, haciendo cálculos, he decidido que no volveremos a postear hasta la semana del 13 al 17 de septiembre

Mientras tanto, ¡que tengan vds. unos buenísimos chapuzones!

Aquellos juncos salvajes (y 10)


Epílogo


"Ahora me digo que, para los espíritus más inmaculados y más corrompidos, la muerte es una saturación de vida, es el cumplimiento de un conocimiento"
Crónica familiar, Vasco Patrolini


Los 59 no son una edad razonable para morirse. Al menos, si uno no es Lord Byron, quien de haber llegado se hubiera matado por lo menos dos veces. Como aquél pre-dandy, padre era considerado por sus amistades y allegados en general un árbitro de la elegancia. Siempre trajeado, siempre brillante, siempre apuesto. Eso es lo que la clase media debía imaginar que era un dandy a esas pervertidas alturas del siglo XX. Su desaparición instauró en casa una etapa llena de inseguridades, de pasos decisivos, de la culminación de unas personalidades que dormían agazapadas bajo el manto acomodaticio del confort pequeño burgués. Fue, sin duda, el triunfo del mito de la gran madre, a la manera italiana. Sólo que ésta ya tenía unos años como para poder erigirse, si le hubiese salido del moño, monumento a la abuela universal. Escribo estas líneas pensando tanto en ella como en el padre que se me fue. Mi obsesión por la muerte (de esta ya venerable anciana o de este abominable cuarentón según mi DNI) sigue siendo ahora contínua. Nunca me ha abandonado, desde el día que presencié en vivo su rutina. El protocolo del último suspiro. De nada valen mis traviesas aproximaciones al culto a los muertos, mi pasión por lo ultraterreno, mi fascinación por lo necrofílico, mi simpatía por los espíritus burlones. Porque a la hora de la verdad, Ella me va a vencer arrastrándome a la vorágine de la nada más absoluta. Carezco de sentimientos religiosos. Me niego todavía a aceptarlos al llegar el momento fatídico. Las conversiones así, in extremis, son fruto de las mentes corrompidas con sus actitudes hipócritas, pragmáticas, utilitaristas. A uno no le quedan más cojones, ante una evidencia tan irrefutable, que luchar durante toda su vida contra el Tiempo, apurando los días en cosas que considere provechosas. En mi caso, de unos años a esta parte, consagrándolos en gran medida a la escritura.
Pero la escritura es una forma de encierro. Por lo tanto, de negación de la Vida. ¿O tal vez sea un tipo de vida diferente consistente en el desarrollo de una imaginación que al final me evade de esa realidad tan temida?. Mentiría si aseguro que no salgo, que no tengo contacto con los demás. Pero los demás cada vez me incumben menos. No confío en los seres humanos, a no ser que estos salgan de una pantalla de cine clásico. Ni siquiera mi búsqueda desesperada de sexo a diario me place ya. Es una rutina, una operación iniciada con voluntad de quitarme etiquetas absurdas que aludan al artista anacoreta. Pero el sexo rara vez ha conseguido hacerme feliz. Escribir, en cambio, me ha llenado demasiado. Leer también. Y el cine, lo que más. Sin las películas yo no sería el que soy. El cine ha sido el mejor camuflaje del solitario Maciste.

Escribiendo estas memorias me he dado cuenta que la superación en la pubertad de esa soledad característica de mi infancia, fue tan sólo un espejismo, un desmadre pasajero. Pronto mis amigos me fueron dando de lado como yo los fui abandonando conforme percibíamos síntomas de apatía en nuestras reuniones. Pero de ahí a la desconexión absoluta de la actualidad es como para plantearse más de una pregunta. ¿Dónde han ido a parar Carlos, Javier, Luis, Juan, Pedro, Héctor...?. ¿Cómo pudimos un día brindar por nuestra amistad conservada durante más de veinte años y de repente encontrarnos sin una pizca de valor para descolgar el teléfono y confirmar que aún respirábamos?. Si. En una de nuestras últimas confidencias, Carlos se refería al hecho de que aunque tardásemos en vernos, él estaba ahí, para lo que fuera menester. Pero más que nunca hoy me parecen todos esos rollos simples palabras bonitas, nada aplicables luego a la hora de la verdad. También es lógico. Ambos hemos pasado malos tragos en este comienzo de siglo. Mi actitud quejicosa ante cualquier nimiedad, colocándola por encima de sus males, la llevaba al principio el amigo con paciencia de santo. Así uno terminó cansando al más pintado.

Acepto mi soledad. La eterna soledad del hombre sobre la tierra. Hombre, sin más calificativos. Nada tiene que ver esto con las opciones sexuales, antes bien con algo más profundo, como un bramido interior que la Humanidad ha sentido a lo largo de los siglos. La mala sombra negra, agorera de sepulcros. Es como si el día que le colocamos la mortaja a padre yo también hubiese muerto. Y siendo consciente de aquello, sabiendo que mi muerte iba a durar muchos años. Aún tenía unos cuantos escritos que acabar y muchas personas por conocer, pero toda la excitación que la década de los noventa iba a depararme no debía engañarme sobre mi estado actual. Navegaba a la deriva por el sumidero que arrastra sueños y quimeras, sueños que quedaban aprisionados en los estrechos pasillos por los que el empleado de la funeraria y yo subimos el ataud destinado a aquel hombre que amé y odié a partes iguales; en aquel mismo cementerio en el que lo enterraron, ante la presencia de cuatro pelagatos que se acreditaron como familiares y que buscaban con ansiedad silenciosa el derramamiento de una sóla de mis lágrimas, detalle que no les concedí en absoluto, pues todas las estaba madre ofreciendo en el interior de un coche a escasos metros de allí. Recuerdo entonces, acabado el ritual del sellado, avanzar como sonámbulo hacia ese automóvil. Pero, ¿hacia donde?. Hacia la literatura. El cine. El tocadiscos. O tal vez, hacia ese gran espectáculo de mí mismo hecho novelitas. ¿Para curar mis heridas?. No lo creo, porque ninguna de ellas ha conseguido curar las heridas ni el dolor, pero sí revivir al niño que estaba muriendo y, al mismo tiempo, al personaje que ese niño estaba dispuesto a inventar.


FIN DE AQUELLOS JUNCOS SALVAJES

Octubre 2008- agosto 2010

*Ilustraciones de Herbert Tobias

Los fotógrafos de Adán



EDWIN F. TOWNSEND (1877-1948)

...a mayor gloria del legendario TONY SANSONE (1905-1987)










12 agosto 2010

Aquellos juncos salvajes (y 10)


Capítulo septuagésimo


La caída de la casa Betanzos (II)
De los muchos amigos que padre decía conservar, sólo pareció serlo ese mes fatídico el señor Rego. No lo conocía de nada aunque pronto se presentó él mismo como banquero del Bilbao. Pero, lo principal, lo que me recalcó es que apreciaba a padre una enormidad. Este señor gris y aburrido, como suelen ser los empleados de Banca, y encima esos empleados que llevan varias décadas con sus posaderas en la misma silla giratoria, ofrecía al hogar de los Betanzos un aura de paz solemne muy similar a la que otorgan a su feligresía los párrocos bonachones en las homilias de los domingos. Desde luego que el señor Rego era un hombre de orden, una "gran persona", un caballero a la antígua usanza en cuanto a modales. No en vano era amigo de padre. Y lo demostraba en sus asíduas visitas. Que su rectitud podía ser insoportable de presentarse la situación de tener que convivir con un Maciste lo noté de refilón en sus salidas de casa, cuando uno dejaba pasar los minutos en el portal con los amigos. Nos cruzábamos en un instante fugaz, durante el cual nos despedíamos. El mantenía la mirada excrutadora típica del que quiere saber para luego enjuiciar. Fijo que no le parecieron nada bien mis gestos de frivolidad con la pandilla, ni la pandilla siquiera, mientras padre arriba luchaba con el mal (para esta gente los jóvenes siempre son sospechosos). Y, más aún, cuando seguro acababan de saborear una charla digna de un crepúsculo de Lampedusa.
Con el paso del tiempo, madre conservó un roce básicamente financiero con el empleado del banco. Y, cuando ya estaba a punto de jubilarse, fui yo quien sostuvo con él más de una discusión por un "quítame allá esos ingresos". El recto y cabal señor Rego, de misa los domingos y fiestas de guardar acabó en su vejez almacenando en el desván de su domicilio una pequeña hemeroteca amarillenta (porque le gustaba aprender la Historia según la contaron los periodistas conservadores), nostálgico de las dictaduras de derechas y fóbico de lo rojo (y sucedáneos). Repitiendo los mismos clisés vertidos en una asamblea de reaccionarios, inamovibles, hasta graciosos (por lo deja vús) en su a-b-c. De eso me enteré en su debido momento cuando, ocioso de más, acudía a los cutre-platós de las televisiones de la ciudad para ganarse un puesto de involuntario freak con ramalazos de mascota de lo políticamente incorrecto en el apartado de la memoria histórica, esperpéntico por lo rehén del término democracia y, por tanto, miedoso de declararse franquista recalcitrante, aún estando bebido (y bebido apareció en uno de los programas más locos de la troupe del partido Democracia Ourensana. Fue cuando para no brindar por el Caudillo -y buscando quedar de original a la par que estudioso- orientó su morriña política a la dictablanda de Primo de Rivera).
Mientras el pintoresquismo de este personaje, nada raro en una ciudad decrépita y decadente como la mía, acababa de cuajar, él mismo se fue anunciando esa primavera horrible con la excusa de que el lecho de padre permanecía aún febrilmente caliente. Su obstinación de visitante era también algo enfermiza. Fue cuando pensé si Rego y él no habrían disfrutado de una relación "especial", paralela a la de sus matrimonios respectivos, en esos años ochenta. Al menos, aquellas despedidas del mes de mayo y primeros de junio del 88 parecían esquemas vivientes de la secuencia culminante de A mi la Legión, sólo que sustituyendo los uniformes castrenses por un pijama y un traje de lino. Con todo el amor fraterno, padre regaló a su amigo una estupenda pluma estilográfica. Sin yo predecirlo, este detalle acabó por unirnos (más por su voluntad samaritana que por la nuestra, bastante impía) en la siguiente década.
La primera semana de junio fue la del final. Padre vomitó una sustancia espesa, abundante, negra como el petroleo. Sus dolores aumentaron. Llamamos a un médico. No queríamos verlo sufrir asi. Le inyectaron morfina. Una manera salvaje de calmarle un chisco. Fue un alivio temporal. Luego vino un impertinente hipo que no le dejaba ni respirar. Me pidió ayuda queriendo que buscase en el absurdo libro de la salud algo referente al asunto. Pero este libro, siendo absurdo, no era tonto del todo. Y en el apartado consagrado al hipo aparecía entre muchas causas posibles estar padeciendo cualquier tumor maligno. Y ahí surgió otra vez la palabra clave. El dichoso cáncer y una de sus innumerables putadas. Mi madre me censuró con la mirada. No era momento para demostrar mi buena dicción. Debía haber sido más precavido. El enfermo se resignó ante la evidencia. Sin embargo, pocas jornadas después nos sorprendía con una repentina recuperación. Había amanecido con un formidable aspecto, con sus ojos despiertos y vivaces, con un tono de voz pletórico. Y de sus labios, un capricho. No había comido nada en dias y de repente quería unos melocotoncitos en almibar. De nuevo me atontó la situación. Recobré la esperanza. Hacía nada que había echado los higados por la boca y ahora, glotón, era como si pretendiese recuperar el buen aliento con ambrosías. Madre me sujetó sentenciando en la cocina: "Es la recuperación de la muerte". Qué razón tenía. A la mañana siguiente casi no podía hablar. Estaba en las últimas. El señor Rego lo certificó apretándonos las manos, como un curita ungidor que nos diera el pésame antes de tiempo. Durante la sobremesa empezó con las convulsiones. Aferrándose a la almohada, enroscándose como una culebra, sujetándose a un salvavidas imposible. Y madre y yo a la máxima impotencia. Volvieron los médicos. Lo único que le dieron fue un chutazo mortal, de esos que había que firmar y todo. Algún pro-vida lo llamaría eutanasia, en casa Betanzos sólo era un desesperado acto de humanidad. En esos momentos el agonizante no oía ni veía. Me desesperé. Perdí los estribos. Me abracé a él con fuerza. Su esposa, increiblemente serena, nos separó. Y luchando, se murió. Su boca entreabierta exhalaba un aliento frío que me descompuso. No era de este mundo. Golpeé las paredes. Me tiré al suelo ahogado en lágrimas. Mi cuerpo no lograba ni quería tampoco sostenerse en pie. Sin adoptar el comportamiento de una Leonor de Aquitania, debí parecer Carl Trask al final del Edén. Sin embargo, les juro que a las cinco de la tarde del 5 de junio de 1988 yo había apagado mi personal proyector de películas, dando permiso de abordaje a la realidad desnuda, inclemente, demoledora. Y su plasmación más natural e irrevocable. Que es la muerte, nada menos. Esa gran jodía.

Femenino singular


JACKIE DeSHANNON
(1944-)













* Discografia recomendada

- Jackie DeShannon (1963)

- Jackie in the wind
(1965)

- For you
(1967)

- Laurel Canyon
(1969)

- Songs
(1971)

- You're the only dancer
(1977)



* En Youtube













* Para leer en la red

- Sitio oficial

- Wiki DeShannon

11 agosto 2010

Aquellos juncos salvajes (y 10)


Capítulo sexagésimo noveno

La caída de la casa Betanzos (I)
Padre recayó a principios del mes de mayo. Ya no se encontraba bien a finales de abril, cuando compartíamos los dos una reposición del Alien de Ridley Scott. Tal vez aquello fue el detonante, un sobreaviso, el anuncio de algo muy parecido a lo que dentro de su interior se estaba gestando. Me refiero a la escena clave de John Hurt saliendole el bicho (¡y qué bicho!) de su birrioso pecho. No era un plato fuerte para nadie, sano o enfermo. Y para él menos. No aguantó el alien espacial y se fue con el suyo a dormir. Dias después se encamó. Su corta vida sucedió entonces allí. Madre tomó las riendas del negocio. Ella también sufrió el cambio repentino. Se le agolpaba el trabajo. Abajo y arriba, en la casa. No viví lo de abajo. Sólo sé que como enfermera resultaba admirable. Presencié imágenes terribles del "alien" doméstico. No hacía falta que me lo edulcorara Tom Savini ni cualquier nieto de Jack Pierce. Lo que a padre le fue creciendo en su estómago superaba con creces cualquier ciencia ficción terrorífica.
Ese mes de mayo me costó trabajo ser yo mismo. Los amigos dejaron de visitarme, salvo Pedro, al que todo parecía darle igual, restándole importancia a cualquier tipo de hechos que me afectasen, a no ser los que incumbían a mis orificios penetrables. Recuerdo que en esto fue muy pesado. Abusó de mi cariño por él, de ese enganche que, quiera uno o no quiera, sucede cuando se llevan más de dos centenares de polvos entre pecho y espalda. Claro que Pedro, a pesar del ambiente de enfermedad que se había apropiado del hogar, seguía turbándome. Era una situación tan incómoda aquella... El dormitorio de mis padres estaba a escasos cinco metros de mi habitación de las juergas. Y cuando regresaba del colegio el enfermo lo único que buscaba de mi eran atenciones. O tal vez una compañía que se disfrazase con algún argumento razonable para una conversación distendida entre adultos. Dos o tres veces a la semana Pedro entraba conmigo en casa. Le avisé reiteradamente que el horno no estaba para bollos ni para gayers. Pero siempre me camelaba con la excusa de grabar un Kraftwerk. La historia se repetía pese a mi obstinación de dejarlo. Me cogía desprevenido, con la astucia del depredador más amoral, permitiendo a su presa seguir con sus tareas normales mientras le iba inoculando el veneno del regustillo. Jugueteaba con mi esfinter mientras yo leía contraportadas, sabedor de donde tenía el punto G, misterioso epicentro del placer del que hablaba hasta el Muy Interesante. Utilizaba el vértice de un cartabón o cualquier elemento fálico que tuviese a mano y empezaba sus masajes estimulantes. Era cuando no lo podía resistir y me entregaba a un galope. Sin salir de la silla en la que el sementalito se sentó. Pienso que padre algo oía. Una vez su llamada fue un desgarro lleno de dolor. Me quería a su lado. Pero yo no era el analgésico ideal en aquellos momentos. ¿Qué podía hacer?. Inútil telefonear a Urgencias pues los médicos lo daban por desahuciado. Inútil infundir serenidad pues Maciste era un pasivo bien tenso. Se estaba convirtiendo en una figura terrorífica. También pienso que no era consciente del todo de la gravedad de su estado porque conservaba una estúpida esperanza, la ilusión de que se sobrepondría tarde o temprano. Pero no era eso lo que prevalecía en mi cabeza. Escenas clave como la de golpear con los nudillos en la cabecera de la cama, implorar que acabase con él de una puta vez en nada despertaba en mí una conmiseración por el padre que se iba, antes bien una imagen de villano de la escuela Universal a lo Lugosi o Atwill. Me daba miedo entrar en la habitación, sencillamente. Era un cobarde con todas sus letras. No estaba preparado para una agonía. Tampoco lo estaba madre, que siempre fue una criatura mimada y algo caprichosa, y ahora no le quedaban más ovarios que hacer de tripas corazón, y de cáncer desinfección.
Cuando Pedro se iba con su polla a otra parte retornaba la muerte en directo. No me acordaba de la tendencia habitual en casa a la exageración, la querencia por las situaciones límite. Y como no me acordaba me vine abajo. Escucharle decir que un día se levantaría de la cama para coger la pistola que guardaba en un cajón del armario de luna para volarse la tapa de los sesos me retrotrajo a sólo cinco años antes, cuando su intento de suicidio logró apaciguar a acreedores y banqueros. Madre no podía tolerar semejantes amenazas. Sin embargo, jamás se deshizo de aquella pistola. No sé si por respeto a unas huellas dactilares o porque en casos extremos un balazo no sería tanto pecado pues supondría el alivio definitivo para un hombre que vivió siempre con aires épicos. O, por lo menos, de spaguetti western. En última instancia, solventaría los drásticos efectos de la morfina que ya estaba pidiendo a gritos.
Tanto disparate para mayores de 18 me hizo huir en más de una ocasión del hogar. Buscaba en el periódico la cartelera del jueves del Cine Club y aunque no me interesase en lo más mínimo lo programado salía pitando para no regresar hasta pasada la medianoche. Eran dos horitas que me evadían del infierno. Por fortuna la filmoteca provincial no fallaba en sus selecciones y así volví a ver Lolita para seguir mi romance con Sue Lyon, tan distinta a Alien, aunque al final de la película la coqueta exhibiera un bulto de lo más sospechoso en el bajo vientre.
Cuando los calmantes nos dejaban un minuto de paz, entonces no me importaba acercarme al patriarca. Notaba mis miedos. Me tranquilizaba, me recordaba mi papel en aquel microcosmos familiar. Sólo lograba acrecentar el pánico. La tele pequeña en su habitación relajaba mis ánimos. Hubo entonces una película, decisiva para poder dedicarnos finalmente padre e hijo una frase capital, de esas que dejan huella, cuando el debate abierto no admite en tales circunstancias más que un par de mensajes telegráficos y puntuales. O sea, todo lo contrario a los reproches en forma de monologazos que se soltaban en nombre del Método Paul Newman y Burl Ives en La gata cachondona. Más que película era un documental. Se llamaba Dolores y lo dirigió Jose Luis García Sánchez a principios de los ochenta. Hagiografia de una atea, de una bestia parda del Frente Popular, en tiempos en que los españoles se mataban en una más que merecida guerra consanguinea. Sabiendo de nuestras posturas irreconciliables, admiré mucho el aguante de padre ante lo que era una exaltación de la extraordinaria arrastradora de masas obreras Ibarruri. Y aún cuando a mí la enlutada mujeruca me parecía una heroína mortecina y carente de glamour comprendía que vencía el carisma, esa personalidad, insustituible en mi iconostasio ideológico. Dolores no era, pesara a quien le pesara, una frívola pin up para milicianos. O como se me venía inculcando en casa durante años en maniobras de desprestigio rojeril, "una bruja, puta y mala madre". Es decir, epítetos lindantes con los potines de vecindona que nunca entraron dentro de mis intereses básicos, intereses que, en este mito concreto, se circunscribían antes que a los trajines de alcoba de la supuesta a los de las barricadas. La visión unilateral de García Sánchez la revistió de una humanidad que me hizo acabar con los ojos vidriosos. Cuando miré a padre me soltó un irónico y descreído: Bueno... Y yo: ¡Qué...!. El miró para otro lado como pensando "para dolores los míos" y entonces entendí que hubiera sido bonito que tras este documental hubiesen emitido en compensación algo de la juventud de la Collares. Sin embargo, padre no había sido más que un urbanita niño de la guerra y, como tal, sin más visión de la realidad (una realidad sin muertos en la familia) que la que podría percibir a sus diez años. Y que a sus dieciocho (los míos de entonces) ya se había dejado imbuir por las coyunturas de su época, que eran las consignas del Movimiento, es decir, del pensamiento obligatorio (asquerosamente apolítico), de las fanfarrias (de NO-DO) de un bando de moda. Aún con todo, no quise entrar en debates generacionales. Me autoimpuse el respeto y preso de no se qué sentimiento reconciliatorio similar al de nuestra Transición (entre la memoria y la amnistía) lo estreché entre mis brazos y le dije que lo admiraba muchísimo, porque había llegado al final del viaje coherente a sus ideas de siempre (prestadas, impuestas o como fueran). Hoy por hoy, gente de esta encarnadura ya no se encuentra.

continuará mañana

Revistero campy

Por Gilda Love

LUI CONMEMORA SU VEINTICINCO ANIVERSARIO CON LIO


LIO par GUY BOURDIN







Lui
Le magazine de l'homme moderne
Especial anniversaire 25 ans

Décembre 1988