16 julio 2010


¿El blog de vacaciones?



Casi. Nos vamos a "trabajar" a la playa
Pero no nos olvidamos de usted, lector fiel. Y le emplazamos del 9 al 13 de agosto...



... para más aproximaciones sobre la arena

LIBRERIA QUEERMAN


Las joyas pulp del arqueólogo Andros Queerman* al descubierto



LAS AVENTURAS DE GOLDEN GAY
en...


G. G. contra la banda Rigaud

Episodio 15 (y último)











FIN



* Andros Queerman es trabajador sindicado de la revista LUXURIA & CONFETTIS

Aquellos juncos salvajes (9)


Capítulo sexagésimo sexto


Mórbida con convulsiones
Una de las sorpresas más gratas (mejor dicho: flipantes, por lo que tiene de conexión con facetas de mi mundo fantasioso) con las que me he topado desde que tengo internet ha sido descubrir a Louella en su blog "De Cine" desde la página de TCM Clásico. Dicho hallazgo vino a partir de los comentarios esporádicos que me iba dejando su autor en este sitio. Resultó un sitio altamente adictivo y, no sólo eso, terriblemente conmovedor. Porque Louella, o el chico exquisito que se escudaba tras ese seudónimo, parecía haberse metamorfoseado en el personaje que yo mismo había parido hace ahora la friolera de veintidos años. Su nombre era tan prosopopéyico cual su barroca apariencia. Mórbida von Convulsions. Mi querida Louella, desde su pragmático sentido de la comunicación y de lo que es el lector medio que visita internet, no debió darle muchas vueltas al colocarse el seudónimo. En el fondo, no era lo fundamental un nombre, antes bien dejar en él su fascinación (una mezcla de atracción-repulsión) por las comadres de Hollywood, verdadero azote de la profesión en aquellos tiempos del glamour. Cual una Mame Dennis, mi chico favorito la revistió de oropeles, vitriolo y mucho, muchísimo alcohol. Las primeras lecturas de su blog me enrojecían, más allá de su divertidisma y elegante prosa, digna de un fecundo discípulo de Capote. Y también me sentía preso de una insana envidia (que es como tienen que ser -¡y, de hecho, lo son!- todas las envidias) por que hubiese conseguido un hueco (remunerado) en el inconsistente universo del periodismo digital. Gracias a su simpatía provocadora rozó el cielo del éxito, estoy seguro, a juzgar por los múltiples comentarios que le dejaban a diario los lectores (entre los que me incluyo). Quizá porque cuando se toca ese cielo lo que resta es bajada, hoy ya no está a cargo del blog. Una pena. Ignoro si el personaje quemó al escritor, si la "bruja" en cuestión se quemó por su gusto ella misma en la hoguera de las vanidades o si, simplemente, ya tocaba cambiar de rumbos. Lo que sí sé es que Louella le perteneció tanto a él como a mi propia biografía, cuando Mórbida von Convulsions empezó a asomarse a las libretas del colegio con su pervertidas crónicas del Hollywood más amado.
¿Es necesario describirla?. No estaría de más, vistos los tiempos que corren. Ya no hay mujeres como Mórbida. Ni siquiera se le parecieron ninguna de las picoteras reales que manchaban de mierda las columnas de Silver Screen. Sofisticada y frívola, wise craker pornográfica, reporter de casta. Tremenda. Llevaba un von que era una forma germanizante de enfatizar su dureza de gobernanta. A su lado, las Parsons, Hoppers y Grahams quedaban a la altura de las señoritas March.
La primera aventura de Mórbida von Convulsions transcurrió en la granja Fairmount, lugar de vacaciones estivales (más ficticias que verdaderas) de James Dean. En su día la recuperé. Por aqui anda. Luego vinieron otras. A diferencia de una Louella TCM, siempre más humana de lo que ella misma hubiera deseado, mi Von Convulsions era una diosa de comics para adultos, maleable, fácil de trasladar a paises delirantes, retrofuturistas, a incógnitas Atlántidas en cuyos reinos se escondían, tras intrincados pasadizos, cámaras de hibernación donde el semen de John Wayne y el óvulo de Marilyn (guardado en probetas) esperaban engendrar a excepcionales criaturas destinadas a retomar la historia de un Tinseltown perdido, desgraciado por las modas. Mórbida pasó en un punto en concreto a ser la Barbarella de la prensa sideral. Y Luxuria & Confettis, la revista que publicaba sus crónicas mundanas. Y a partir de Luxuria, fueron surgiendo nombres y más nombres de féminas tan o más cosmopolitas. Celeste Verdugo, Altar Armandie, Viveca Curtis, Alicia Sucarno... A la sazón, sus amigas maravillosas, colaboradoras cinéfilas con gafitas Polaroid a prueba de Cinerama y 3D, con almas de portera (cuando las porteras no eran como las de ahora, que se parecían a Thelma Ritter o, puestos en europeo, a Tina Pica o a la divina Guadita), excéntricas y locas. Un equipo de bichas elegantes.

Desde el saloncito malva con amor
Y una mañana de abril, durante el recreo, el efebo Araujo se me acercó con ánimo de ofrecerme un proyecto tentador. El, que siempre andaba involucrado en los temas culturales salesianos, lo estaba ahora en una publicación trimestral, tipo fanzine para curitas. Y necesitaba colaboradores. Como había leído el año anterior mi Fauna Ibérica, supuso que yo podría estar interesado. Por supuesto que lo estaba. Ansiaba desparramar sobre un texto impreso miles y miles de nombres de la serie B y Z que tanto me venían fascinando de unos meses a aquella parte.
Como siempre sucede cuando alguien te ofrece escribir algo, hay que aguantar sus muchas prisas. No hubo problema. Mis maneras eran las de Billy el niño. Le prometí que haría algo sobre cine. Tras el recreo y en escasa hora y media le rellené tres hojas cuadriculadas que no firmé yo sino mi creación más querida. Me inspiraba tanto en el sombrero de Hedda Hopper como en la sección legendaria de Fotogramas de Mr. Belvedere (y sobrino). Por eso, decidí que Mórbida debería momentáneamente dar por cerrada su etapa itinerante y dejarla que se relajara en su saloncito malva. Porque allí estaba su escritorio, su máquina de aporrear teclas, sus botellas de Pacharán y sus miles de recuerdos hechos trizas. Saloncito idéntico al que me había enseñado ese fin de semana desde las páginas del ¡HOLA! la momia de Barbara Cartland, por cierto. Y, aunque igual de anciana, su derroche de vitalidad hacía sospechar que la mujer conservaba el alma de adolescente. Es decir, era rápida de reflejos y una obsesa de sus años mozos, los fifties.
Cuando le pasé antes del final de la jornada matutina a Araujo los textos, se quedó anonadado. Le parecía imposible que en tan poco tiempo pudiera memorizar tantos nombres y títulos de películas. Mezclar a Sandra Dee con Linda Lovelace, a Woody Allen con la primaveral señora Stone, a Van Gogh con Jan & Dean, a Saga de Xam con Jose Luis Garci, al Jacopo Ortiz con los pesados marchetti de Via Veneto era un desafío al orden mental de cualquier ortodoxo del séptimo arte. No lo consideré digno de encomio. A fin de cuentas la labor de los salesianos estribaba en que los alumnos repitiésemos lo que ya está escrito de carretilla. En realidad lo que veía más interesante en ese texto fue el boceto de un personaje que no existía más que en mi imaginación. Abordar algo tan convencional como una crítica de cine desde otras perspectivas. Y, siempre, jugando con una imposible complicidad con el lector más maduro y experimentado en tanto que homenaje distanciador al estereotipo de la periodista viperina. Tal cual hizo en su día el gran Mr. Belvedere. Tal cual haría en el futuro mi amiga Louella. Y, en última instancia, preparado con un cariño parecido al del amante silencioso que quiere regalarle un estuche precioso a una amada ajena a sus palpitaciones. Otra vana ilusión, otro nombre a sumar a mi lista de fracasos. Y es que Araujo era uno de los compañeros más entrañables de mi generación. Sentía por él un respeto, una admiración y ¡por qué no! un deseo fuera de lo común. Porque era leído, porque era reservado y porque su cuerpo de perfecta estructura ósea bien habría podido inspirarle al poeta Horacio los más efusivos elogios hace muchísimos siglos. El garzoncel en otras épocas más reflexivas hubiera sido el más lindo capellán encargado de la biblioteca de un monasterio cisterciense. Apuesto a que las togas le quedaban de impresión. Ni siquiera su terrible problema con el acné logró afear ante mis ojos aquella carita tan interesante. Es más, fue por eso que luego lo de los granitos acabó por sumarse a mi copiosa lista de guarreos favoritos. Jardines floridos. Claveles rosas. En eso quedó el amor...

continuará el mes que viene

Los fotógrafos de Adán


VINCENZO GALDI
(1871-1961)









Wikipedia:

He was born in Naples in 1871. He started as a model and pupil of photographer Wilhelm von Plüschow while he worked in Naples, then he moved to Rome with him, and eventually he ran a studio of his own in Roma between 1900 circa and 1907, taking photos of naked people (especially women). He was probably one of Plüschow's lovers.

After the 1907 scandal and trial that put an end to Plüschow's career, which involved Galdi as well, he abandoned photography. He inaugurated an art gallery in Rome, in Via del Babuino, the "Galleria Galdi", still operating in the 1950s. Rumors about Galdi's death during WW2, circulating in the past, are therefore groundless.

Bibliography

  • Albers, Bernhard (editor), Galdi / Gloeden / Plüschow. Aktaufnahmen aus der Sammlung Uwe Scheid, Rimbaud Presse, Aachen 1993.
  • Et in Arcadia ego. Fotografien von Wilhelm von Gloeden, Guglielmo Plüschow und Vincenzo Galdi, Edition Oehrli, Zurich 2000.
  • Janssen, Volker (editor), Wilhelm von Gloeden, Wilhelm von Plüschow, Vincenzo Galdi. Italienische Jünglings-Photographien um 1900, Janssen Verlag, Berlin 1991.
  • Poésies Arcadiennes. Von Gloeden. Vincenzo Galdi. Von Plüschow. Photographies fin XIXe, Galerie au bonheur du jour, Paris 2003.
  • Puig, Herman (editor), Von Gloeden et le XIXe siècle, Puig, Paris 1977.
  • Puig, Herman (editor), Les jardins interdits - Puig, Paris, s.d. ma ca. 1985.

15 julio 2010

LIBRERIA QUEERMAN


Las joyas pulp del arqueólogo Andros Queerman* al descubierto



LAS AVENTURAS DE GOLDEN GAY
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G. G. contra la banda Rigaud

Episodio 14














continuará mañana



* Andros Queerman es trabajador sindicado de la revista LUXURIA & CONFETTIS

Aquellos juncos salvajes (9)


Capítulo sexagésimo quinto


La paja de un rebelde
Llegaron a casa pronto nuevos pedidos de la tienda Cinelandia. Les había encargado esta vez que rebuscasen entre las revistas antíguas que almacenaban sus estantes y me embalasen unas cuantas del período comprendido entre 1955-65. Asi fue que al desenvolver el paquete salieron media docena de números de Motion Picture, Tv Star Parade y Photoplay. Extra frágiles, a un twist de desgraparse. Alucinante material camp. Eclosión de la juventud pija, de la high school norteamericana. Y el fenómeno de las bobby soxers, de los cachorros "italianini" de la inmigración. Los one hit wonders del sello Cameo Parkway... Increibles fotos de la estulticie más sana que imaginarse usted pueda en tonalidades kodachrome. Y, por encima de todo, la explotación del beefcake adolescente para consumo de sus lectoras, las pavas de la colita de caballo. Todavía conservaban su columna las comadres del libelo, escleróticas perdidas, agonizantes tanto o más que el sistema de estudios que las dio de comer, difamando ahora a las insustanciales nuevas generaciones, como la panda de tontuelos de la Warner o la soldadesca Buenavista de los estudios Disney. Justo castigo el de la pecata minuta para las Parsons de nunca acabar. Mis nuevos cromos se llamaron entonces Edd "Kookie" Byrnes, Fabian, Troy Donahue, Robert Conrad, Shelley Fabares, Roberta Shore, Dick Chamberlain, Connie y Dodie Stevens y, desde luego, Ricky Nelson. Los quise a todos. Me volví tan desfasado que a punto estuve de cubrir el amarillento boleto de pedido del anillo auténtico de Elvis o aquel que aseguraba que entraría en un sorteo por el cual, si ganaba, pasaría 24 horas de mi vida con Sal Mineo.
No pudo haber mejor regalo por mi santo que éste y, luego, el robatorio del libro sobre James Dean del donostiarra Luis Gasca. Editado por Ultramar ese mismo mes de abril, contenía ilustraciones capaces de desmayar al fan más adolescente. Ya se ve que ese podía ser yo mismo. Pero es que, además, las revelaciones del, hasta entonces para mí, serio crítico y escritor escarbaban en aspectos dignos de cualquier biografía querellable. O sea, no autorizada. Como el jinete del Porsche plateado había muerto hacía una eternidad nada debió quedarle en el tintero al experto en comics y otras hierbas.También es verdad que libros como éste o, luego, una serie de bolsillo suya para La Máscara sobre actores de Hollywood terminaron por hacer descender del pedestal en el que le coloqué al insigne estudioso, reduciendo su criterio cinéfilo a la bajura de un Juan Pando o un Donald Spoto. O sea, a bien poquita cosa. Pero a los dieciocho años me agarré como hierro ardiente a los desfases de Vampira, Tab Hunter y Steve Reeves en los que, al parecer, se involucró el rubio actor con un sentido del libertinaje sexual heredero de una Caroline Cherie. Una lectura facilona que muy pronto proseguiría por esa línea (o más cruda) con el díptico Hollywood Babilonia de Kenneth Anger ese mismo verano. Me introduje en ambos casos con la debida desmitificación (no en vano el romanticismo del protagonista de Rebelde sin causa se reveló pronto muy trivial. Baste compararlo con Monty Clift) y me empalmé con las numerosas escandaleras que allí se denunciaban.
Pero lo que me infartaban, sobre todo, eran las fotos. Dean había sido un cabezón (y un orejudo y un cegato y un tapón) realmente guapo a sus quince abriles. Al este del Edén fue su primera película y, para mí, su cumbre. Tocó techo en determinadas fotos fuera de rodaje, en la intimidad del cuarto Warner que compartió con el también muy hermoso Dick Davalos. Sin embargo, el shock no fue ese. Tampoco el héroe vestido de torero muerto, tal como lo inmortalizó en un óleo poco conocido el artista Kenneth Kendall. Ni siquiera, hilvanando escabrosidades, Sal Mineo dando por culo en un presidio de cartón piedra a un jipioso Don Johnson. El shock estaba en la página 29, sugerente foto de pubertad, que reproducía a un muchacho parecido a Jimmy en pleno pajote subido a la rama de un árbol. Gasca, con olfato superventas, daba por probado que el manipulador de sus genitales era el mismísmo actor. Yo también, por necesidades de la edad o en nombre de los sentimientos más altos... o de la más baja pasión. Nunca se ha podido confirmar su autenticidad, dada la mala calidad de la foto. En aquella época, los bosques de Indiana debían estar plagaditos de sátiros rurales, pastorcillos nudistas, babuinos del amor, country boys lúbricos agazapados entre la flora, sin tener que echarle la culpa, cual Carl Trask, a James Dean. Que no dejó de ser, en cambio, el de los revuelos.
Y hablando de revuelos, el que armó la foto de marras cuando me la interceptó el niño Eladio, siendo de características menores a los que acontecían en la California de 1955 bien que le llegaba pues, en seguida, me arrebató el libro de un puto tirón pasándoselo a todo quisque. Encontraba tan rara aquella situación... Primero, por ver a ese compañero sosteniendo un libro de librería en las manos, pues lo normal sería un balón o una carraña. Luego, porque todos los que fisgoneaban a su alrededor daban la apariencia de conocer al actor, hecho por el que no pasaba en absoluto. Dean era mío, un ídolo de una generación a la que me hubiera gustado pertenecer. A la que pertenecía en mi subconsciente. Es posible que esa porción de aula lo conocieran. Era un icono bien exponible todavía en bazares, papelerías y tiendas de decoración y regalos. Tal vez lo que sucedió es que, ignorantes del mito, redujeran la instantánea a sus aspectos más elementales. O sea, los pornográficos. Entonces, era lo gayer que estaría sobrevolando el aula, una vez más, con inesperada intensidad. Sea lo que fuere, el libro tardó en regresar a su dueño. Eladio se encaprichó de él y me lo secuestró hasta esa tarde. Temí que en ese tiempo James Dean hubiese terminado por ganarse una reputación por los barrios de la ciudad de salido peor que los de Porkys. Y, por encima, de salido que se la agarraba con papel de fumar.
Asi fue como Dean complementó de maravilla mis fetichismos fotográficos junto con el protagonista de Piel de serpiente esa primavera. Además habían abierto un par de tiendas de regalos en la zona centro donde solían tener unas estanterias dedicadas a la memorabilia cinematográfica. Postales y carpetas, posavasos y tacitas, bolsos y accesorios con las efigies de Elvis, Marilyn, Audrey y el rubio de marras... Gadgets que me volvieron un pesado visitante de estos bajos comerciales. Lo que más me sorprendía es que el blondo rebelde se hubiese hecho tantas fotografías en su corta vida. Más que actor, parecía un modelo de revista. Recuerdo que la que más me arrebató de la tienda fue una postal en la que salía vestido de granjero sin otra compañía que un enorme cerdo rebosante de felicidad. No había ningún glamour en aquello, desde luego, pero me resultaba tan entrañable como diabolicamente morboso. No daba la impresión de pertenecer el momento a película alguna. Yo soñaba que transcurrían en ella sus años de adolescencia, cuando vivía en la mítica granja de sus tíos en Fairmount. Y que siempre estaba enguarrado. Y que se escaqueaba con los amigos más personales para jerk off's que Bel Ami se perdió. En pajares bien moviditos. Me imaginaba el ano de Jimmy como una sucia cueva imposible de llenar si no eras un pollino similar al lírico Platero. Y luego mal lavando su polla de requesón y otros excrementos en el rio cercano. El animalote no era a su lado un pequeño Lord. La suciedad de este sabroso manjar era equiparable a la que las comadres de Hollywood aseguraban que exhibía el chico en los actos sociales a los que acudía obligado. Verlo zumbándose al provocativo cerdo en la cochiquera aquella era un pensamiento que me duró días. Era una jodienda entre sex symbols de una misma especie. Y tanto me turbó que decidí transcribir mi fantasía en cuartillas. De una forma original. O, quizá, sólo especial. Fue cuando alumbré a Mórbida, la zoófila.

continuará mañana