18 junio 2010

LIBRERIA QUEERMAN


Las joyas pulp del arqueólogo Andros Queerman* al descubierto



LAS AVENTURAS DE GOLDEN GAY
en...


G. G. contra la banda Rigaud

Décimo episodio












continuará el mes que viene



* Andros Queerman es trabajador sindicado de la revista LUXURIA & CONFETTIS

Aquellos juncos salvajes (8)


Capítulo sexagésimo primero


Contra los académicos
Tan pronto padre encendió las luces del comercio se dio cuenta de que allí algo había pasado. Yo no daba crédito. Si hasta me había esmerado en borrar por todos los rincones cualquier posible huella dactilar. Me entraron dudas del estado de la caja fuerte. ¿Era posible que con tanto brillo y tanta limpieza me olvidara de cerrar la caja fuerte?. Es broma. Esa caja no se había tocado. El instinto de jefe aún no fallaba pese a lo precario de su salud. Su cabreo ya no fue monumental. Pero retornaba en él un triste rictus que indicaba decepción. No había más que echar un vistazo al estado del maniqui. Aquella obra escultural de las que ya no se esculpían en bottega alguna. La decepción ante el hijo de siempre, su garbancito negro desechable para el potaje de la vida, se acrecentaba cuando lo visitaban los vecinos y algun cliente ocasional alarmados por el cierre tan largo de la tienda. Esto demostraba que yo no me había dignado en ponerme detrás del mostrador ni un sólo segundo. Y me lo recriminó entre toses. Aludí a mi condición de estudiante y poco más. Lo del maniqui y otros restos de bacanal me lo callé, como haría cualquier hijo pródigo en mi lugar.
Se reiniciaban las clases tras el parón navideño y me imbuí en plan masivo en los últimos detalles del programa radiofónico. Había escrito docenas de cuartillas. Hablaría de grupos vocales, de chicas ye yés hispanas, de lolitas francesas. Y de cine, de mucho cine.
Durante las clases de literatura encontraba buenos momentos para estas y otras dedicatorias. A fin de cuentas la pánfila maestrita, en su estilo de llevar una asignatura mediante la ley del mínimo esfuerzo, se escaqueaba de sus deberes mandándonos leer para nuestros adentros algun coñazo clásico, tediosos minutos que yo aprovechaba para lo mío. Por ejemplo, unas glosas a Christopher Lambert y Kathleen Turner, protagonistas de una de las secciones que se iba a titular La polla y el coño del mes. La docente treinteañera se levantó de su mesa y vino a mi pupitre. No me dijo nada pues nada me había dicho jamás. Se limitó a arrancarme de los dedos los folios. Luego volvió a su mesa y los leyó con detenimiento, procurando no pestañear ni mover una puta ceja. Sólo le noté un arqueo ligero hacia abajo de su labios. Indicaría desprecio de bobita. Me dio por perdido en público. No me callé en esa ocasión. De buenas formas le contesté que no estaba molestando a nadie. Replicó que mi actitud pasiva era de lo más nefasto, para mí y mis compañeros, pues esas ondas negativas que yo emitía sin darme cuenta alcanzaban por lo menos a veinte alumnos a la redonda. Le devolví la pelota con mi tono más mordaz: Si soy pasivo es mi problema. Prefiero estar antes a lo mío, aprovechando mi tiempo, que con las narices dentro de un libro pero la mente en otra cosa (como hace el resto de su clientela). Y luego añadí: Estas lecturas plomizas y obligatorias del "Tartufo" y similares si que son nocivas para los jóvenes, pues en vez de atraerles a la lectura los espantan definitivamente. Ella, como si le hubiesen dado dos hostias, respondió con un desesperado: ¿Ah, sí?. ¿El Tartufo es mala literatura?. Posiblemente me había pasado pero consideré que mi reacción equivalía a los efectos de su asalto. En cualquier caso, ella no me entendía y la mandé a la mierda para mis adentros. No me di por vencido y al final de la clase le pedí que me devolviese el escrito. Ni me miró. Se largó con lo robado y con ansias de represalias. De nuevo en el pupitre-trinchera los comentarios alrededor fueron escasos pero contundentes. El de atrás le decía al de su derecha que los pringados acababan mal. Pero como yo con aquellos dos bellísimos deportistas homófilos no me hablaba por una cuestión de principios sus juicios me trajeron al pairo. El guapito rural de mi izquierda, en cambio, parecía estar de mi parte: "Di que sí, la Maite es una gilipollas. Lo malo es que es la tutora. Le puede ir con el cuento al jefe de estudios".
Lo que tuviera que pasar que pasase. Estaba ya hasta los cojones de toda aquella chusma. Lo único que me dolió fue mi atrevimiento por despotricar contra un autor francés tan importante. Aunque me autojustifiqué aduciendo que había tratado a Molière con la misma saña que el joven crítico François Truffaut lo haría a un Autant Lara. En contra de los academicismos. Me amparaba pues en los azogues de una furiosa mocedad. O, para ser exactos, en la capa del inconformismo incontrolado con el que disfrazaba mi inmadurez.
Entre la irreflexión y la rebeldía seguí atravesando esa jornada gafante el patio del colegio. Y vi a la de Literatura con antipática locuacidad delante del Jefe de Estudios. Estaban hablando de mi. Este buen hombre debió restarle importancia al hecho pues no recibí ninguna amonestación. Sólo una muestra de su interés por el estado de padre. Alguien le comunicó que en mi casa había un drama y que, por lo tanto, Maciste iba muy estresado. Ni idea quien le pudo decir esto al religioso. Sea como fuere, la Familia para esta gente era algo sagrado. Y un padre con cáncer motivo para indulgencias, para perdonar pequeños deslices cinéfilos y/o blasfemos.

Domestic Pop: el programa
Me tomé dos tilas antes de salir de casa la noche del 15 de enero. No valieron de nada. Era manojo de nervios cuando entré con la pandilla en el edificio que albergaba a Radiocadena Española. No había nada que temer. Charly era un tío de puta madre. Si hubiese sido un cabronazo hubiera utilizado a su caterva de jeviecitos de siempre para montarse una secta pedófila en la línea del setentiano Anthony Perkins pero con estilazo Pete Townsend.
Aparecimos con docenas de cintas y pocos vinilos. Charly, que iba a hacer control, tembló. Sonsacó que la noche iba a ser larga. Yo le añadí, para tranquilizarlo un poco, que "larga, gorda y bien dura". El guión que le pasé estaba bien claro. Para mí. Pero no para un experimentado técnico de las ondas. Aún así, salió al aire Domestic Pop con voluntad rompedora. Mi presentación iba entre lo brutal y lo cursi, entre el buen chico que lo escribe y la pécora que lo lee, entre la transgresión y lo inmovilista. Fue decisivo mi último saludo antes de la canción inicial para que la peña empezase a marcar los números de teléfono de la emisora: lancé goras a Eta político militar y a la cantante Gelu. Tamaño despropósito no creí que lo estuvieran oyendo más de una docena de acnéicos en camiseta negra. Al parecer, la audiencia podía llenar el estadio de fútbol de la ciudad como cuando vinieron Barón Rojo. Nadie me lo contó, por fortuna, asi que mi nerviosismo conforme transcurría la noche fue a menos. Como no había cenado aún saqué un bocadillo de salchichón y me lo zampé a gusto mientras The Dovells invitaban al Stomp y Frankie Lymon le aclaraba al juez de menores que, aunque negrito, no era un delincuente juvenil. Justo cuando sonaban Los chupetes de Gainsbourg sorprendí a Charly pelando con deleite un plátano. Un postre, vamos. Me confirmaba por los cascos que lo estaba engulliendo con auténtica lascivia.
Las partes que traíamos grabadas de casa ocupaban dos bloques de cuarenta y cinco minutos cada uno. Su calidad de sonido era mínima. Allí había de todo, desde chismorreos de peluquería (nos inventamos una jet set local hacia la que Luis, Angel y yo clavábamos nuestros venenosos dardos sobre ruido de secador de mano) a listas de éxitos con los peores discos de la historia del pop español, todos presentados a la manera 40 principales. O la intervención originalísima de Frantxu en el papel de seudo Inspector Gadget con una ficción detectivesca (aventuras en la sex shop), narración en primera persona a lo Chandler y peripecia posterior que, en realidad, era una entrevista de bar con el responsable de esta novedosa tienda erótica.
Para la pandilla el programa estaba resultando bárbaro. Yo lo dejaba en excesivo, como excesivo siempre fue Maciste. La audiencia respondía con unas cuantas llamadas de desaprovación. Lo que menos le interesaba a un metalero era escuchar a Emilio el moro antes de irse de marcha, algo que siempre me pareció un error lamentable en esta tribu juvenil. Esto nos lo iba contando con suavidad Charly, que se sentaba en nuestra mesa mientras iban los bloques grabados. Buscando una conexión con lo suyo, entablaba largas disquisiciones con Carlos y Marcos sobre rock sinfónico y heavy en general, de todo lo cual eran expertos hasta decir ¡cállense!. A mi, en cambio, el tema me desconectaba por completo (había puesto rock and roll primitivo pero Charly no se dio por enterado. Para este mamut seudo progre el rock aún no había nacido en los cincuenta, detalle que me cabreó una barbaridad) e hice que pulía una presentación de los fenomenales The Records. De nuevo en el éter canté La más bella del baile (sustituyendo "bella" por una guarreria) y empalmé a todo quisque con unas cositas sobre el dichoso Marlon.
A la una de la noche, agotados todos, nos fuimos a la porra, sin más elogios por parte de Charly que mi experta lección de cómo hacer desaparecer dentro de mí una banana. Me sentí un poco Susana Estrada (que no mona Chita) asi que le agradecí el haberme dejado demostrar mis habilidades bucales y nada más. No volví a pisar su tienda. El siguiente viernes y los que restaban por llegar se volvió a la normalidad del rock duro. Que es como decir que se impuso la normalidad de los atrapados en un cul de sac del todo normal.


continuará el mes que viene

Los fotógrafos de Adán


KURT REICHERT








"Los naturistas existían desde principios del siglo XX y contaban entre sus miembros con el dramaturgo George Bernard Shaw. Sin embargo, los foógrafos de campamentos de nudistas que empezaban a aparecer en Alemania, Francia y Escandinavia eran de otro tipo. Los legisladores tenían serios problemas para decidir si las revistas que las publicaban competían al ámbito de "la salud" o de "la sexualidad". La idea de que pudiese pertenecer un poco a los dos era demasiado desconcertante como para ser considerada. A juicio de la ley, la sexualidad no tenía nada de sano.


En los años 20, el ejército alemán pensaba que la desnudez era sana y revigorizadora. El mayor Hans Surren publicó "Der Mensch und die Sonne", donde expresaba sus ideas sobre la importancia del ejercicio y del sol para fortalecer el cuerpo. La tendencia a fotografiar los desnudos masculinos en un contexto de salud continuó con las obras de Josef Bayer, Karl Willi Damm, Gerhard Riebicke y Kurt Reichert y Herbert Lehmitz. Algunas mujeres se les unieron, como Ingeborg Boysen y Lotte Herrlich. "

David Leddick, THE MALE NUDE (Taschen, 1998)



GERHARD RIEBICKE






17 junio 2010

LIBRERIA QUEERMAN


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Noveno episodio












continuará mañana



* Andros Queerman es trabajador sindicado de la revista LUXURIA & CONFETTIS

Aquellos juncos salvajes (8)


Capítulo sexagésimo


La casa de la bomba
En un par de horas Carlos y yo sacamos adelante un espantoso guión para una fotonovela. Nada podía fallarnos. Ibamos a necesitar localizaciones varias, unos cuantos interiores y un exterior bien concreto. El resto lo dejamos a la improvisación, a la genialidad que suele surgir cuando se busca superar las limitaciones típicas de los pocos medios y a la aportación de un casting que tenía que ser antológico. De superproducción. Carlos ponía la cámara de fotos. Yo mi casa y hasta el comercio. Luego vino el boca a boca. Más de diez chavales de clase se pusieron en nuestras perversas manos en lo que era, a todas luces, la historia de amor más cutre jamás contada. Yo quería hacer Tamaño natural contaminada por una trama de agentes secretos. Carlos entonces exigió que la protagonista femenina fuera la maniqui de la tienda. Sacamos a hurtadillas a la modelo del escaparate. La manejamos a nuestro antojo. Ya en casa cundió el caos. Un desorden apabullante al modificar la ubicación de los muebles. Todo para facilitar una perspectiva, una toma única del fotógrafo Carlos. Como sea que su perfeccionismo ya empezaba de aquella a dar síntomas de neurosis compulsiva, los flashes se demoraron hasta el infinito, lo que provocó más de una espantada de algún que otro extra. Por otro lado, teníamos un tiempo record de rodaje: tres días.
Las fotos llegaron al centenar. Se consiguió nuestro objetivo pero mi sensación de angustia y de tensión quedó inmortalizada en cada flash en el que participé. Que fueron muchos pues yo era el protagonista masculino de la tramoya. Hacía de un empresario textil, trasunto de mi padre, casado con una ninfómana seudo Modesty Blaise, sofisticada en el vestir (cuando no estaba en pelotas), detalle terrible porque en cada fotografía tenía que aparecer con un modelito nuevo como una Lana Turner cualquiera y cuyo apetito sexual era tan enorme y el mío tan pequeño que me era imposible satisfacerla siempre. Mis aportaciones fetichistas iban marcando la pauta según Carlos iba rebajando el nivel de creatividad argumental en favor de sus luchas por una luz. El ingenuo erotismo se tornó pues grosera pornografía al obligar a un cazurro alocado del cole que apenas salía en dos instantáneas a que se sometiera a sexo oral. Fue uno de los momentos más desternillantes de la historieta, dicho sea de paso. Recuerdo de manera entrañable que a Luis y Angel los disfracé de vecindonas made in Italy, las típicas secundarias robaplanos cuya labor era chismorrear sobre los casquivanos protagonistas que vivian en la puerta de al lado. Con buatiné y redecillas salieron ambos como verdaderas raídas mientras hacían que ojeaban un deshojado Grand Hotel que quedó muy acorde a las circunstancias de posguerra (las imaginaba Tina Pica versus Ave Ninchi sin que nadie lo terminase de intuir).
Esto de los atrezzos era fantástico. El látigo comprado en la excursión a Madrid sirvió como ejemplo de bondage. Los Ep's de Lita Torelló y Gelu como motivo para que los actores pinchasen música en el pick up en la divina serie fotográfica del cocktail party. Tal vez el momento más sonrojante fue el de los exteriores en el balcón de casa. Yo tenía que asesinar a mi mujer. Esto es, tenía que arrojar al maniqui por la barandilla. Unos cuantos viandantes se quedaran paralizados mirando nuestras macabras evoluciones. Ahora que lo pienso, nuestra fotonovela era un poco políticamente incorrecta, sobre todo en lo referente a la violencia de género. Es de suponer que aquel filme de Richard Quine con Virna Lisi nos había hecho como éramos. Y así nos salió.
Lo que restaba era revelarlo y disfrutar de los resultados. Aún quedaba otra cosa. Colocar los diálogos. Esto nunca se llegó a hacer. Y es una lástima que toda la partida se perdiera al prestársela a Juan. Al cabo de un tiempo se la exigimos y dijo que no sabía dónde la había metido. Hubiera ahora sido fantástico escanearla para el blog.
Lo que no fue nada fantástico era el tema del desorden. A cada final de jornada Carlos y Hector me prometían volver a poner los muebles en su lugar. Pero las horas pasaban y la peña se escaqueaba dejándome el marrón. No había paz al acabar con el asunto del hogar. Luego aún debería revisar el estado del comercio. Colocar el maniqui en su sitio, intacto, completamente virgen. Pero esto último ya era imposible porque la rubia starlette había quedado mancillada, resquebrajada, su peluca hecha jirones, el precioso modelo de seda natural (tela moldeada a su cuerpo con alfileres) un saco estampado de lo más pobretón. Me sentía como Tom Cruise en Risky Business pero sin ánimo de lucro.
Ya cuesta abajo, mis amigos y mis amigotes seguían acudiendo muchas tardes con clara intención de desmelenarse a la brava. Defintivamente me habían perdido todos el respeto. La casa fue ya la de la Troya y la de Toquemerroque en duplex infernal. No era nada raro en aquellos días que mientras Carlos, Héctor y yo grabábamos secciones para el programa de Radiocadena en la habitación del Séptimo Cielo, en el dormitorio de mis padres Eulogio y su ambiguo amiguito Jaime (efebo rubio con belleza de nadador) se metieran mano como por un casual mientras gastaban bromas telefónicas a alguna jamba de su barrio. Y cuando, de repente, se me ocurría ir a mi cuarto a por una cinta vieja, oteaba de refilón a Frantxu que debajo de la cama se magreaba incómodamente con una zagala del rock que se había colado sin darme de cuenta. Pedro aportaba locuras similares. Como aquella absurda expedición de gachós de extrarradio que recalaron en mi fonda una noche para nada en concreto, revolviendo mis cintas, manoseando mis discos, descolocando mis postalitas y yo dejándoles hacer sólo porque alguno era muy moreno, muy atlético y ostentaba una bragueta maciza y medio abierta.

Buscando el nido radioactivo
Llegaron las vacaciones navideñas y me fuí pitando a La Coruña. Estaba hasta las narices de tanto descontrol. En mi tierra iba a volver a la crudeza de unos hechos que se me habían velado. Era de suponer que a padre se le habría caído el cabello. Que habría adelgazado considerablemente. Que ese año no habría turrón, ni mazapanes, ni champán del bueno. Exageraba. No era para tanto. Conservaba algo del pelo. Se me ocultaron los aspectos más delicados de la quimioterapia. Sólo mamá dejó caer de refilón que aquello era muy fastidioso. Que no todos los cuerpos lo aceptaban. Pero que padre había sido muy valiente. Por mi parte tenía bastantes cosas que ocultar también. Y hasta hubo tiempo para mentiras del estilo que había abierto al público una mañana de sábado el comercio para acabar vendiendo dos trajes a un fulano.
Le acompañé a la última sesión. Antes de entrar en el centro médico reparé en la placa de la fachada. La palabra tumor grabada en marco de plata podía leerse con claridad. Fue cuando pensé que padre estaba de vuelta y media. Mientras, madre seguía su absurdo juego de ocultamientos. Perforación intestinal sonaba en sus labios como un agradable producto de teletienda. En la salita de espera padre ya era un conocido. El resto de familiares de enfermos lo trataban como un señor. Motivos no le faltaron. Durante media hora improvisó un extraordinario discurso en torno a los problemas de la judicatura en España o algo parecido. Dejó a sus oyentes con la boca abierta. Incluído yo. En verdad, era un orador excepcional. El típico self made man a lo Gary Cooper, que brillaba tanto cuando callaba como cuando le tocaba ser portavoz de los oprimidos. Nunca albergué motivos de admiración hacia mi padre. Sus ataques de ninguneo ante mi carácter le convirtieron muchas veces en un enemigo despreciable. Esa debió de ser la primera vez que lo vi como a un héroe (Brando tendría algo de culpa pues ese martes tocó ofrenda fúnebre ante el cadáver de Julio César). Justo antes de someterse a una descarga de mil diablos que a las pocas horas lo llevaba al retrete a vomitar mierda.
Por la tarde fuimos a dar un paseo. Bajamos al centro en bus. Disfrutamos de las pequeñas cosas de la vida. Pasos lentos, abstraídos y a la vez cómplices... Los Cantones engalanados de Navidad. Entonces nos paramos en el Teatro Colón. Me encantaba hacerlo, sobre todo cuando nuestros cómicos venían con una nueva revista. Esas magníficas carteleras que podían otearse desde la esquina de Juana de Vega formaban parte de un imaginario ligado a mi educación sentimental. Pero aquella semana estrenaban Requiem por los que van a morir, una con Mickey Rourke. Padre leyó el título por lo bajo. Yo agaché la mirada y callé. Luego seguimos caminando. Nuestro silencio era de una elocuencia demoledora.
Fueron unas fiestas atípicas. En fin de año no trasnocharíamos. El primero de enero nos venían muy temprano a buscar para llevarnos de vuelta a la casa de siempre. Pero aún nos dio tiempo de tomar las uvas y de quedarnos un rato a ver el especial Nochevieja. Como sabía por la publicación Deutsche Gramophone Magazine que a la inmortal primadonna Sabrina Salerno le iba a salir una ubre durante la ejecución del aria peliaguda Boys, boys, boys, los tres esperamos este acontecimiento con el ánimo en suspenso. Creo que toda España hizo lo mismo. Se cumplieron los augurios y a eso de las dos de la madrugada daba el do de pecho. El sostén de la diva (por llamar de alguna manera a estos dos objetos) le causó la mala pasada. Se lo agradecimos de corazón (cosas así ya no se ven en Tele 5) y acto seguido nos fuimos a la piltra. Ni padre ni madre ni yo nos hicimos ninguna paja, que me conste. Había cosas más importantes en las que soñar. Por ejemplo, en un recalentado Rascayú en trípode sobresaltando a las muertas por su camposanto favorito.

continuará mañana

BISUTERIA POP


SPANISH BUBBLEGUM

Chiclé a la española. 2ª parte


Sobran las presentaciones. Excepcional Ep que incluye dos temas de los Beatles muy poco versionados en castellano (ya sabemos que Carulla y sus chicos eran especialistas en esto). Pero lo que los trae aqui es el resto del disco. Dos explosiones de colorido pop, una original de Dave Clark Five (Tabatha Twitchit) y la otra de los Turtles, más conocida por el aficionado (Happy together).


El gran Palito se destapa con una delicatessen ajena al estilo de sus creaciones habituales, más... petardonas. Y eso que el autor original luego se desvirtuó tanto como el propio Palito, Neil Diamond. Pero, ¡ah!, el Diamond de los inicios, el de este A little bit me, a little bit you (bien popular allende los mares por los chicleteros Monkees) ya son palabras mayores. El argentino lo tituló Un poquito tú, otro yo.


Una chica ye yé como Rosalía bien podía aportar unas cuantas gemas en sonido bubble gum. Quizá el más evidente sea este Siempre fuimos compañeros, que defendió la guapetona en uno de tantos festivales veraniegos. La cancioncilla de hecho tenía un título muy festivalero. En cambio, si le hubieran puesto mejor lo que canta con insistencia el coro masculino que la acompaña (algo así como Chi quin danga, chiqui, chiqui, chi quin danga) se hubiera definido con exactitud de qué iba la tonada: pegajoso bubblegum a la española.


Eran buenísimos los Stop con Cristina, sin ella, o ella sóla, sin los Stop o con los Tops... Pero hay que elegir y yo elegí un clásico que todos ustedes tendrán en sus casas. El single de Tres cosas. Pero no por este tango pop sino por El remo. ¿El motivo?. Por ser tan petardo, rotundo, porque te hace bailar de forma despreocupada... Y, en fin, porque la voz de Cristina es adictiva y resucita a un muerto.


Viajamos a la Argentina con Joe Borsani y su troupe. Una mezcla de New Seekers, The Rocky Horror Picture Show y... ¡hasta de los Glitter band de Lets Get Together again si me apuran!. O al menos eso parecían o querían parecerse en su etapa setentera. Soul amable, resaca ye yé y glam horteribiri con en ese estimulante Por eso vuelve, por favor.


Tras los pasos de Los Angeles y Formula V. Fue su único disco. Un single. Una cara A más animosa (si, como chiclé pero del fino) mientras que la cara B era pop melancólico y preciosista. Lo dicho, perfectamente encuadrados dentro de las directrices estilísticas de unos Herrero-Armenteros (de hecho, la producción era del primero). Algunos de los miembros de este grupo fugaz reaparecieron en el panorama musical nacional bajo el nombre de Noya-Monroy, ya avanzados los años setenta.