26 marzo 2010

SEMANA ESPECIAL Aquellos juncos salvajes (6)


Capítulo quincuagésimo primero


Con tu conjunto quiero debutar
Menos mal que no todo fueron calamidades durante el mes más bonito del año. Puede decirse que tuve un segundo hogar si repaso con tiento esos recuerdos de aquel mayo. Este fue la Casa de la juventud, de la que no debí de salir más que para ir a la escuela y luego a comer, asearme y dormir en la de mis padres. La razón principal fue un espléndido ciclo cinematográfico dedicado al maestro del suspense. Ocupó todo el mes. Del 6 al 30. Empezaron con Blackmail del 29 y acabaron con La trama, su ultimo malabarismo en suspenso. En el catálogo del ciclo tengo apuntadas las que me propuse ver. Todavía a día de hoy siguen siendo mis favoritas: Encadenados, La soga, Yo confieso, La ventana indiscreta, ¿Quién mató a Harry?, El hombre que sabía demasiado (la de Doris Day), Vértigo, Psicosis y Los pájaros. Un festín descomunal. Por cierto, en casi todas me acompañaron Luis y su panda. Lo que demuestra que cuando se tienen pocos años los enfados se pasan pronto. O, puestos a fantasear, los mejores amores, los más reñidos. Las proyecciones eran muy amateurs, casi todas vhs alquilados al videoclub y emitidas en una televisión de pocas pulgadas. De aquella estas cutradas no eran molestas para unos críos con el vicio del estremecimiento.
Casi a diario veíamos en la cafetería de la Asociación (que recuerdo al lector novato que no era nada católica, antes bien pecaba de rojeras y bloquista) a Carlos y Héctor discutiendo de sus cosas. Estaban preparándose para algo grandioso. Siempre lo es formar un grupo de rock, ensayar en un local prestado para culminar presentándose ante una concurrencia de energúmenos vociferantes. Conocía de la existencia de su grupo. Lo habían bautizado como Los carallos, probablemente ignorantes de que hubo ya a principios de la década una banda hispanofrancesa, capitaneada por Manu Chao de nombre The Carallos. Javier y el hermano de Jose completaban aquél cuarteto y siento decir que de las pocas veces que los había visto me parecieron espantosos. Estaban en una onda de rock seudo progresivo con letras de coña. Una especie de Siniestro Total que se hubieran vuelto ampulosos. Por desgracia no había frescura en aquellos ensayos mientras que en lo estético parecían anunciar, con loores a Reixa, el funesto rock bravú de los noventa. Fue importante estar con ellos por el lugar de ensayos. La buhardilla de Javier. Pocos metros cuadrados, condiciones insalubres pero con los enchufes suficientes para conectar guitarras y amplis. Esa buhardilla terminó transformándose ese año y los siguientes en un refugio underground donde un sin fín de actividades contraculturales fueron brotando con el mismo entusiasmo, petardez y sentido de lo comunitario que las que se celebraron en la Factory neoyorkina durante los sixties. No cabrían las comparaciones ante nuestros resultados modestísimos. Pero sí que todos teníamos en mente aquellos prodigios pop. Tal vez filtrados por los asuntos de la movida madrileña, en aquella feliz época en que Kaka y Pedro Almodóvar se echaban tantas risas dentro de su asumida marginalidad. Como sabíamos de antemano que nuestras peripecias snobs nunca tendrían el éxito masivo ni la repercusión más allá de los invitados que se fueran sumando a tantas iniciativas locas, conseguimos prorrogar indefiniblemente el encanto de las cosas hechas sin grandes ambiciones: como unos Kuchars en blanco y negro o los cortos del manchego pre Pepi, Luci y Bom.
El nerviosismo de Carlos y Héctor estaba del todo justificado. A finales de ese mes se iba a celebrar un macroconcierto en la Casa de la Juventud con una serie de grupos que empezaban y ellos habían sido incluídos en la lista. La imaginación inagotable de Carlos volaba a cada minuto. Era un perfeccionista, sin darse cuenta de que cuanto menos se preparan las cosas, más frescas y divertidas quedan. Porque es cuando la intuición vence a todos los rigores. Cuando se está en agraz y no se ha nacido Ray Davies no hay salida más honesta. En última instancia, tan pronto uno se sube al escenario muy poco de lo pretendido en el backstage tiene visos de cumplirse. Se entra en otra dimensión. El contacto con el público, las reacciones entre los componentes del grupo son vitales. Pero un mínimo de parafernalia preparada debía de haber. Supongo que a estas alturas aquella actuación les resultará a todos perfectamente olvidable. A mí no tanto, porque era la primera vez que pisaba la arena en el papel de maestro de ceremonias. Una suerte de Joel Grey y Patty Diphusa perfectamente travestido para la ocasión pero que al final quedó elemento chirriante de un conjunto en el que servidor había estado bien desubicado. Mi tendecia al glam en nada parecía anunciar lo que venía luego: un insufrible conglomerado de notas disonantes, solos de guitarra impropios de niños de los ochenta y berridos nada nítidos que intentaban comunicar los chistes de las letras. Al público no le importó en absoluto que el sonido fuera pésimo o que yo hubiese subido vestido de chica Almodóvar. Lo único que querían era que se cantase en gallego, que para algo eran todos ganado nacionalista festejando con cerveza y porros el día de la patria (aún recuerdo de manera terrorífica los minutos previos a la fiesta, con un montón de parejas vestidas de pana y complementos a base de foulards y bisutería hippy pateando en el polideportivo jotas y muiñeiras con una rabia y una pasión de puro Luar). Como mi presentación fue en castellano antíguo fuí convenientemente abucheado. El resto transcurrió como la seda y el pashmir. Dia de feira o Sanxenxo beach fueron disfrutadas sólo por sus ejecutantes y los amigos del alma, como era de suponer en público tan disperso. Sus canciones más bombardeadas en los ensayos. Costumbrismo y rock del grelo. Ahí es nada.
Del resto de los grupos ya ni les cuento. Ahí estaban Os biosbardos (más rock progresivo) u Os pelexos (más rock chungo) o El Alamo (el nombrecito indicaría lo peor y, en cambio, comparados con los demás eran los Bitlis). Al menos estos últimos sonaban diferentes por su querencia rocker años 50 (de los primeros que debieron leer el Ruta 66 en esta ciudad) a la cual no era ajena la actitud de su lider, el señorito Marco Valerio, hoy perfectamente integrado en la culturilla local, gracias a sus supuestas dotes literarias y las intervenciones asíduas como contertulio esquerdoso y con voto fiel al nacionalismo (su imagen se nutre de tres estilos irreconciliables. Por un lado, unas patillas que son los rescoldos de ese pasado cuando entonaba elegías a Little Big Horn, luego sus trajes a medida que son de yuppy de los noventa y, finalmente, sus maneras, típicas de un neo dandy dos artistiñas).
Gracias a integrarnos en esos ambientes pudimos conocer a muchos personajes que luego tendrían relativa fama local y cuya meta máxima parecía acabar con la grabación de un Cd. Pero los más interesantes se cuentan con los dedos de la mano. Hoy como ayer. Los años aqui pasan en balde y las nuevas generaciones siguen con los mismos palos. Nada avanza. Furgones de cola hasta entrañables desde afuera para el turista aficionado al rock duro. Me quedaría sin lugar a dudas con el señor Rego (Cosecha roja). Mi amigo Carlos fue de los pocos que conservaron la cinta, pasada en mano por el autor, con las maquetas de su primer grupo importante: Viernes y los Robinsones (aunque posterior a Ultima fila, éste bajo la sombra del London calling, cosa seria). Pude duplicar esa cinta y aún la conservo pese a haberle dado mucha tralla (la pinchaba en todas las emisoras por las que vagabundeé durante las siguientes dos décadas). En concreto, el tema Barbaña surf es de mis temas de cabecera. Sobre todo, cuando a finales de los ochenta Luis y yo adorábamos la surf music, viniesen de donde viniesen sus aguas. En la única provincia de Galicia que no hay mar ambos nos autocondecoramos como los mejores dominadores de olas de toda la Ribeira sacra.

continuará

Femenino singular


Antonio Morales
JUNIOR (1943-)










* Discografía recomendada

- Etapa Pekenikes: 2 Ep's en 1962

- Primero en solitario: No me dejes (1964. Ep)

- Etapa Brincos (1964-1965)

- Etapa Juan y Junior (discografía completa 1966-68)



* En Youtube













* Para leer en la red

- Artículo sobre la historia de Juan & Junior

- Listado de películas donde intervino Antonio Morales

25 marzo 2010

SEMANA ESPECIAL Aquellos juncos salvajes (6)


Capítulo quincuagésimo


Lolitísimo
Desde que le confesé a Luis la pérdida del himen su trato conmigo fue cambiando. Es posible que el aun fuera un niño casto. Yo al menos lo veía como epítome de la virginidad en todos los sentidos. Pero no una cosa a lo Mary Pickford. Más bien a lo Sue Lyon. O Cruise en aquella. O sea, con ganas de perderlo y perderse. Le presentía virgen en la más amplia extensión de la palabra. En el cultural, por ejemplo. Ya escribí que asistía a mi iconostasio particular con admiración y sana envidia. Compartir con él los últimos descubrimientos de cine o libros fue uno de los placeres más grandes de aquel período de amistad. Era tan receptivo que en seguida sabía de mis preferencias y presto corría a informarme de un artículo publicado en no sé cual suplemento al que podría sacar mucho partido. Creo que por primera vez comprendí el valor de la amistad verdadera a partir de los actos contínuos de generosidad que nos donábamos. En el caso de mi sexualidad floreciente también quiso, sin avisar, subirse a mi catre. Se me puso mimoso. Comprendo que las conversaciones bien veristas relatando mis polvos con Pedro, esas fazañas baterescas y así pondrían a cualquier efebo -con voluntad de mojar- como moto. De ahí, lo que vino. Al no llegar a haber hecho nunca nada a las claras, entendí todos sus lances como puros juegos infantiloides, de adolescente perverso. El físico menudo de Luis propiciaba que la imaginación siguiese el curso de mis propias fantasías (todas con colores Disney). Era un lolito dibujado, un Tadzio con apariencia de adolescente de teleserie americana. Tan rubio, con sus ojos azules, tan pijín, esos hierros en los dientes... Era una niña. Asi que nuestros pasatiempos absurdos, metiditos en enormes cajas de cartón de las que había en el comercio de papá y que una vez subí a casa (no me pregunten porqué, ¿para hacerme un bunker?) me retrotrayeron a otros tiempos. A las meriendas callejeras con Susana, Arancha y Martita dentro de los portales vecinos, en esas mismas posiciones, jugando a lo que jugaban los niños antíguos con las niñas antiguas. Y, como de costumbre, sin la posibilidad de acceder a sensaciones adultas: llámese erección. Las caricias, ahora, de este querubín, sus hipnóticos amagos de felación no me impresionaban lo suficiente. Pero estaba bien a gusto con él. Porque imaginaba que así y no con el método de la perforadora podría sentir antes eso tan bonito que es el amor. Con mayúsculas o minúsculas, daba igual. Pero amor con todas sus letras. Temía además que el tamaño de mi pene le pareciese muy pequeño, pudiese pillar hedores ante mi justita higiene o cualquier otro detalle de los que arruinarían la típica fiesta parroquial con novicias cuando las luces se apagan. Luis todavía con baches de estos seguía conservando una bendita mirada de curiosidad permanente. Sólo había que entenderlo. Aquellos caprichos de la edad tan suyos... Unas veces receptivo y otras un extraño. Pero también es verdad que siempre estaba presto a un revolcón vestidos y de coña sobre la cama cuando había un tercero en discordia con nosotros. Fomentábamos la ambiguedad. Por ejemplo, con Pedro. Este detalle lo único que favorecía en el semental eran ganas de aplicarnos en el culo un buen correctivo (lo siento, pero Pedro con el clima adecuado era muy directo). En mí, en cambio, no aparecieron ansias de camas redondas. Si no otra cosa bien estúpida: los primeros celos. Si Luis hubiese tenido entre las piernas coñito no me sentiría entonces tan mal cuando Pedro le devolvía caras de lujuria. Como suponía que no era asi y que el amigo meaba normalmente de pie, aquellos juegos perversos acababan pareciéndose a unas amistades peligrosas dirigidas por John Hughes.

Madrid en pedo (viaje a ninguna parte)
Que me había empezado a acostumbrar a los mimos de Luis se confirmó por completo durante la excursión de fin de curso. Volvía a poner los pies en Madrid. Madrid no me había dejado buenos recuerdos durante una primera estancia. No sé por qué pero no me gustaban las excursiones. Quizá todo me sonaba a tarjeta postal vista y no vista, de esas que nos ponían los curas en filiminas. Para lo único que me valía ir a Vigo o La Coruña con los del cole era para extender mis coñas con los amigos en diferentes radios de acción. Y , pese a todo, luchaba con uñas y dientes porque mis padres me soltasen del nido.
Ver Madrid en dos días seguía siendo un plan muy precipitado. Visita al museo del Prado y al Escorial fueron las claves de nuestro itinerario '87. Reparamos en dos cuadros. De cerca el inmortal Guernica me pareció una birria. Muy sobrevalorado. Para decorar la guardería donde iban los tataranietos de la Pasionaria estaría perfecto. Y las Meninas muy meninas y todas con caras de buscar conversación. Pena de que a los curas no se les hubiera ocurrido de igual forma pasar por Prado del Rey, por las ruinas del Rock Ola o por la Torre de los siete jorobados.
Lo importante era compartir lo que fuera con el rubito. Empezamos bien: compartiendo la habitación en un hotelucho cercano a la Puerta del Sol. Como carabina seguía teniendo de su parte a Angel, personajillo rosáceo que cada vez me repelía más (tres eran multitud en cualquier suite, ni en las de Lubitsch se hacían tantas concesiones), dada su pluma contenida tan desagradable (como el gordo vergonzante que mete barriga aguantando la respiración) y su exagerado sentido de la responsabilidad (la secretaria perfecta: me espantó que se trajera un necesér con un montón de fruslerías de aseo. De haber competido mi propia madre con aquel supuesto niño, hubiera quedado mi santa como más guarra que una francesa, ella que siempre fue limpia como los chorros del oro fundido). Luego estaba ese aire de estar de vuelta de... todo lo que podía estar pasando entre los otros dos compañeros de cuarto. Gracioso es que nunca pasó nada que saliese en las publicaciones porno aunque por cosas de los 17 años (¡qué enfermedad!) me hubiera gustado que así fuera. Como un viaje de novios. A fin de cuentas, éramos inexpertos, estábamos en el Madrid de las verbenas y el almanaque de la habitación marcaba 2 de mayo.
Desde luego que sonaron cañones esa noche. Nos dejaron libres y yo aproveché para declararme al amigo. Necesitaba antes ponerme a tono. Y lo que me puse fue bien pedo. Otra borrachera de pena. Tipejo más pesado no se vio en la Betty Ford. Angel y Luis habían hecho proyectos. Querían ir al cine o a liberarse con una revista de Tania. En mi estado era improcedente. Me pagaron todo (con tal de que no abriera el pico): mis entradas del metro, mis cafés reconstituyentes, mi Fotogramas con la portada de Antonio Banderas... Entre los vapores etílicos aún recuerdo las guarrerías que le decía al oído a Luis. No eran muchas pero sí cargadas de intención. Quería esa noche que viniese a mi cama y durmiese conmigo. ¿La disculpa?. Echaba de menos a Pedro. Sólo la peste de mi aliento debió repeler al ninfo que se retiraba prudentemente de mis abrazos de hermano. Sabía que podía ser capaz de dar una escenita. Delante, incluso, del resto de los Salesianos. Mi desinhibición a las dos de la madrugada era típica de las siete de las del alba.
Chafada la noche llegamos los primeros al hotel. El conserje nos conceptuó de ursulinas achispadas. El más emocionado era yo. Al fin juntos. Tenía que destrozarlo ya. Pero esto no pasó.
A la mañana siguiente mis compañeros de cuarto estaban de morros. Los demás se zafaban de nosotros, probablemente tildando para sus adentros a los maricones de "gentes que se aburren", contándonos que habían estado en una boite con señoras igualicas a las que salían en las pelis de Pajares y Esteso (teniendo en cuenta que soltaron muchas gracietas a cuenta de las peripecias del Padre Barbitas que les acompañó al puticlub con una fulana espectacular y de gran pelucón, sonsaqué que nos habíamos perdido el rodaje de El hijo del cura).
Pero no eran momentos de bromear, claro. Emprendíamos camino a El Escorial. Ya ni entré. Luis tampoco. Total ¿qué había allí dentro?. Habían parado de pasar cosas interesantes en ese fortín desde hacía cuatrocientos años, tirando por lo bajo. Cuando lo de la gota. Además mi amigo parecía con ganas de querer aclarar dos o tres cosas. Yo seguía en una actitud pelma, entre resentido y casquivano. O sea, abofeteable. Como sea que dicha actitud no hacía juego con las entendederas del otro (antes bien corroboraban que seguía sin superar la mona) nos enfrascamos en una discusión de padre y muy señor mío. Que fue cuando temblaron los cimientos. De las palabras nos fuimos a las manos. Y entonces, sin precisar de Goyas, nos volvimos artistas. Concretamente heroínas de Cifesa como no lo fue nunca Agustina de Aragón cuando decidió parecerse a la Bautista. Pescozones, patadas, empujones y algún que otro hostiazo. Y todo a un palmo del precipicio famoso. No sé cómo Felipe II desde su tumba no se revolvió al oirnos, ordenando ipso facto a sus tropas reales la detención de los dos mamelucos. En un cruce temporal, como de Time Tunnel, es posible que estuvieran muy liados luchando del lado del pueblo de Madrid contra la invasión gabacha.
Ya de vuelta en el autobus las puyas no cesaron. Conforme se hacía de noche nuestras ganas de venganza, de reclamarnos deudas habían llegado a extremos insostenibles. Luis iba justo en el asiento de atrás, con Angel, siempre prudente y, a la vez, cizañante. Durante una hora me estuvo amenazando con joderme el cuero cabelludo con un blandiblú que se había comprado en un quiosco recoleto, que ya son ganas de gastarse los dineros en bobadas. A su edad con un blandiblú. Inventando el tontipop. Al menos Maciste se iba a casa con un fenomenal Lp de Franco Battiato de su etapa San Remo, que eso no lo conocía ni el Iñigo, ni el Manrique ni el propio artista (por verguenza). Sobre mi cabeza fue planeando durante varios kilómetros la gran alopecia. Llegamos a nuestro destino íntegros pero muy afectados. Madrid, que mata. No reconocí ni mi propio entorno. Seguía out.
Pronto asumí mis culpas. Había estado patético. Ahora que lo recuerdo me viene a la mente aquel capítulo de Los Soprano en el que se iban los machos a Italia y el sobrino de Tony, tan ilusionado en un principio con esa vuelta a los orígenes de una raza, terminó pasando la estancia metido en su mundo de drogas y sin salir del puto hotel. En mi caso el alcohol me disculpaba como a él le disculpó la adición a la farlopa.
Pasarían casi diez años antes de que volviese a pisar el Foro. A la tercera fue la vencida. Fue entonces cuando rompí violentamente con otro de mis mejores amigos. Aquella ruptura no fue definitiva pero me dolió una barbaridad. Terminé por convencerme que se había operado una maldición que vendría de lejos (la de Bringas lanzándome en la cunita miradas como cuchillos, por lo menos). Con lo que idolatraba yo esa ciudad. Con lo que me gustaban los schotises. De Madrid al infierno, vamos. Pero cagando hostias (que diría padre).

continuará

Públicos vicios (homoerotismos en Youtube)


49. Azotes son amores


Lo he practicado, por activa y por pasiva y puedo afirmar rotundamente que "...eso duele...". Que si, que seguimos con los clásicos. Junto al wrestling, lo más homo latente del mundo. Paseo por Youtube (ya no les voy a contar nada de blogs excelsos que abordan el tema en esta vertiente específica entre lo serio y lo frívolo como Jockspank) y no me sorprende nada que los chicos se sigan grabando en estas tesituras. No me refiero a las simples palmaditas en el pompis, tan deportivas. No. Hablo de auténticas sesiones de zurras al culete. Con su ritual, sus herramientas y posiciones. Claro que las que más molan son las que se alejan de ese tufillo de colegio mayor y sus santas hermandades. Las que de igual forma se apartan de la variante del juego de mesa a lo strip pocker. A mí las que me turban son las más cutronas e improvisadas. Donde el pueblo llano y viril se expresa entre divertidísimas comillas. Y si llevan sabor a violación laboral ya ni les cuento. Pienso en los videos sudacas ambientados en talleres y conserjerías, donde unos cuantos chacales bloquean al wey facilón en una esquina y entre risas lo ponen boca abajo y lo desnudan, y entre más risas e hilillos de baba le propinan unos buenos cachetones de todos los comensales, nada civilizados si no incívicos, hambrientos de palpaje hasta dejar el cagadero de su víctima todo coloradito que da gloria mirarlo (tanto que algún chavo va y se lo besa tan a gusto). Le damos al volumen y escuchamos cómo los torturadores le cantan el cumpleaños feliz al infeliz.
Hay más. Los hay pasivos, ya muy putitos, que se colocan de maravilla para que les den una tunda sólo porque se sienten unos presumidos y unos exhibicionistas, siempre conscientes de su valía (bien redondita, blanquita de vello y carnosa). También molan estos. Pero aviso que dentro de este cacao, los yanquis siguen quedando rutinarios (como una práctica habitual del friday night entre mormoncillos), los ingleses no digamos (la Institución del paddle autoritario), los alemanes algo bestias (¡recordaaaar los viejos días del ayeeeer...!), los españoles bastante aburridos (venga con la misma zapatilla) y, salvándose de mi quema, los pinches mejicanos y sus Deliverance estilo Churubusco (cuatro últimos videos).
No podía ser de otra manera en un país de pronto liberalizado en lo político pero con purititos extremos al pie de la calle: por un lado, su machismo asfixiante y, por el otro, el plumerío más nefasto. Entre medias, una amplia y riquísima serie de anormalidades del todo normales para ellos que se van sucediendo mediante ese hipócrita subterfugio de la zurra amateur/vejación al marginal a cambio de unos cuantos tequilas. O sea, de destrozar el objeto que se querría en el fondo follar, para que así la carencia de sexo vaya compensada con un palpaje sin compromiso alguno (por tener el aliciente de no levantar la sospecha de homosexualismo del infractor) y monetario menos. Lo que a lo mejor no sospechó el tal es que a partir de esta idiotez estaría tomando el rol más retorcido y extremo de un sádico/delincuente gay, mucho más grave (desde lo moral y desde lo delictivo si esa sociedad no viviese en sus estadios más terminales) que la propia perversión que en un principio habría pretendido ocultarnos (entre más risas).
Por desdramatizar lo sórdido y, en última instancia, tal como hemos venido insistiendo durante tantos capítulos, algo tendrá esa parte de la anatomía de los chicos para que tanto la bendigan/maldigan/reparen en ella... los de su sexo. Aplausos en el culo.





























































24 marzo 2010

SEMANA ESPECIAL Aquellos juncos salvajes (6)


Capítulo cuadragésimo noveno


Voces amigas, enemigas y neutrales
Mi desesperación tendría un buen consuelo en el decir popular. Y, como de costumbre, con una frase nada más. En todas partes cuecen habas, sería. ¿O es que acaso para los que han nacido con una sexualidad estandar la vida es un camino de rosas?. Pienso que en mis horas más bajas ni siquiera las verdades del barquero me suponían un alivio. A fin de cuentas todo refrán cuenta con un contrarefrán y el de este sería Mal de muchos, consuelo de tontos. Sin contar con el tema de que la carrera de obstáculos para un gay es el doble o triple de complicada al tener que enfrentarse a una serie de barreras accesorias impensables para el hetero. Al menos, si uno quiere ligar fuera del guetto.
Mientras mi colmillo se iba retorciendo, y este se retorció mucho y muy temprano, antes incluso que me saliera la muela del juicio, seguí preparándome para las soledades futuras con ayuda de los cachibaches de mi habitación. Y no había mejor compañía que la radio. La flamante radio en super estereo empotrada a mi cadena musical. Tal vez los mejores momentos tenían lugar de noche y con el radiocasette de siempre, al calor de las sábanas húmedas, escuchando a mis favoritos. Pumares era un hallazgo. El crack de la década, detrás de Jesus Quintero. Un tipo bien insólito en las ondas hertzianas. Hacía un programa de cine y eso ya de por sí me sedujo. También escuchaba las tertulias sabatinas de Garci (la sintonía de Teodorakis por Gloria Lasso me sonaba a canto de sirena). Pero Pumares cundía más. Era una especie de ogro viejo, chulo y déspota, que sufría repentinos ataques de ira cuando consideraba imbecilidad supina algún comentario de oyentes que le llamaban para consultar tal o cual recuerdo cinéfilo. Sus criterios para enjuiciar una película eran tremendamente arbitrarios. Reproducidos hoy me parecerían pueriles. Entonces eran patente de corso. Todo debido al respeto que me infundía el comunicador (una enciclopedia cinematográfica con auriculares, un memorión que se autoproclamaba superior a cualquier ordenador vintage). Detalle ilógico pues este hombre no respetaba más que a él mismo y quizá al cine que no dudo que le diese tantos placeres en la vida, aunque con el mismo calado metafísico que el que le deja a un putero la mejor meretriz de su zona.
Pese a los defectos, era un original. Y sus salidas de tono, idóneas para el duermevela. Sus listas de las mejores películas de la historia eran espolvoreadas por las ondas con mucho apasionamiento y sentido de la interpretación (en realidad, Pumares era un personaje que aquel señor encarnaba de aquella manera). Su fonoteca era deslumbradora. Y, aunque terminó repitiéndose más que el ajo, hubo un momento en el que nos hizo creer que todo el Hollywood clásico (desde Valentino a la perra Lasssie) habían dejado registrados en disco sus imposibles facultades para el canto. Discos que el tenía, of course.
Tarde o temprano el mito Pumares me fue cayendo de la peana. Mientras esto no pasaba, seguí alimentando al monstruo cuando compañeros de clase me hablaban del último cabreo, del enésimo juicio categórico sobre un cine-estreno o con el comentario de Marcos sobre lo mala persona que era fuera de micro (indeseable, creo que dijo mi amigo), basándose en testimonios de alguien muy cercano que lo trató en la facultad.
Nunca me atreví a llamarle. No eran horas para andar en penumbra luchando con un teléfono que presidía la mesilla de noche del dormitorio de mis padres. Pero aunque lo fuesen temía que me colgase de malas formas, previo exabrupto, por un "quítame allá ese Kubrick", por poner un ejemplo.

Otros a los que oía esporádicamente eran a los inefables Gomaespuma. Duo humorístico, y como tal, uno más gracioso que otro (en este caso el chungo era Fresser) a los que les reconocía una vis cómico-surrealista más que aceptable. En cuestiones más típicas de técnica radiofónica, siempre les hallé una preocupación por el cuidado de los efectos sonoros encomiable. El problema es que su emisora, Antena 3 Radio, no se sintonizaba en esta puta provincia, con lo cual quedaban para lo vacacional. Aun así, pienso que estos señores se fueron quemando muy rápido. Su tendencia a recuperar/avivar lo freak de este país era todavía materia insólita. Luego se convirtió en filón. En cuanto a sus historias del absurdo me recordaban por un lado a mis tonterías grabadas con Carlos (es decir, eran niños grandes) y, por otra parte, a las locuras de Caravana de hormigas. Sólo que para un público masivo.

En mi rutinario pelear con el dial me topaba de vez en cuando con voces tan cercanas como que provenían de estudios que estaban a escasos quinientos metros de mi habitación. La radio local seguía siendo un páramo, la perfecta barrera sonora, adocenada y esclava del paisanaje, que impedía que la imaginación venciese a la mediocridad. El gris justo a una ciudad perfectamente gris. Empezaba a despuntar el prepotente Paco Sarria, luego dueño y señor de la Onda Cero de esta provincia. No era nada importante en el 87 este charlatán, aunque se supone que como fanático del medio (a su manera de entender) ya era un tipo bien ambicioso. Cuando lo escuché por primera vez se limitaba a correrse con su voz en modulada frecuencia (con toda probabilidad haría autocontrol porque, si no, ¡qué penita de individuo!), presentándote las canciones románticas y con más clase del pop ochentero (Phil Collins, Dire Straits, Police, Jennifer Rush y así). Y todo como meloso y cercano (tan cercano como que me provocaba la distanciación fulminante, retirando la orejota unos cuantos metros del altavoz tan pronto ejecutaba aquella inflexión dulzona gallega tan suya, que habría ensayando mil veces hasta lo pajero). Lo de la "clase" sería discutible. Aunque reconozco su buen gusto cuando pinchaba a CRA&G con Sólo pienso en tí.
Pero para radio musical, Radio 3, o Nacional 3 FM, o cómo coño quisieron llamar a aquello que poco a poco escoraría hacia una radio fórmula de la peor: que es la que no se atreve a decir su nombre. Por fortuna en el 87 las cosas aun no se habían puesto tan graves como cuando vino el cambio de década y quedó transformada la emisora favorita de mi pubertad en un contínuo horrísono que no lo reconocía ya ni la madre que lo parió (Alfonso Gallego o Victorino del Pozo o quien fuese). Y ese año se festejaba además el décimo aniversario de la movida madrileña. Para mí, sagrada. Descubrí entonces elementos transversales, off o germinales que convertían el fenómeno en algo más complejo: a Makaroff (Explorador celeste), a Salvador (Es una broma), a Luz Casal (El ascensor) y al Ramoncín de Rock and roll duduá. Mezclados, ¡cómo no!, con los de siempre y grupos a porrillo de los calificados de babosos que me entusiasmaron por su frescura y su tendencia al romanticismo sesentero (Flax, Mamá, Los Modelos, Menta, Trastos y Totem). Aproveché para renovar mi grabación del Para tí de Paraíso e ir pensando en agenciarme cintas de conciertos de Radio Futura, Alaska y Pegamoides y Almodóvar y McNamara que vendían a buen precio los undergrúns de Músicas de régimen.
Y de repente, cuando ya había decidido cuales iban a ser los sonidos de mi ciudad de cara a la primavera, un buen día de abril, día capital en mi vida de melómano, surgió él con una flor en la solapa.

El hombre nervioso
¿Cuando empezó Flor de pasión?. ¿En el 79?. Por fortuna para mí lo conseguí sintonizar, si no la primera noche, una de las primeras de cuando el emblemático espacio suyo pasó a ser de cobertura nacional. Cuando fichó por Radio 3.
Lo que pienso ahora al mirar fotos del maestro es... ¡qué viejo está Juan, cómo pasan los años!. Y más rápido pasan cuando uno lleva ya sin escucharlo diez o más. Escucharle como
lo escuchaba, o sea, con papel, boli y lamparita de noche. Apuntando sus datos, grabando sus perlas sonoras... incluso sus silencios por el ahogo de una emoción o su propia llantina de sensiblero anómalo. ¿Cómo intuía yo que su voz se iba a romper ante el comentario de una película, de una serie de TV favorita, de una muerte inesperada de un heroe personal de la música?. Porque lo conocía. Con la escucha fiel uno termina adivinando que significan todos y cada uno de los matices especiales de sus locutores locos. Y de Pablos era, y es, una rara y adorable criatura, compleja, llena de filias y de fobias, de una erudición que sobrepasa lo meramente melómano... Y frente a todo, su enorme humanidad.
En unos pocos años más, será una leyenda anciana (de espíritu jóv
en) como su admirado Angel Alvarez. Su poder de comunicación, el mismo también.
Aquella primera noche la recuerdo de una plácidez atípica. Die
z y media de la noche. Paul Mauriat. Se presentaba. Estaba que no paraba. Efectuaba ruiditos por doquier, crujidos de hojas (la partichela), caídas de vaso, su propia guturalidad, su risa nasal, sus grititos incontrolados... sus suspiros al final de cada canción. Es posible que hubiese provocado su noche de estreno (para todas las Españas) un pequeño desastre interno en el locutorio. Fue lo que me chocó en él. Ni siquiera lo conocía con detalle, y eso que había tenido una oportunidad de oro tras su paso imponente por el Auanbabuluba (programa histórico que me duele haber visto sólo en contadas ocasiones) en donde terminó de redondearse una personalidad apasionada, de desbarajustador Rompetechos, con un puntito de panoli feote de guateque, el que nunca liga pero se queda con las chicas gracias a su bonhomía y gracejo incomparables (y sus dotes de bailarín patoso, claro es). Visualmente de Pablos era un personajillo de la Bruguera que al hacerse de carne y hueso tuvo la mala fortuna de ser transplantado en un cine progre, sociata, ochentero que no lo merecía (sus peculiaridades le harían idóneo para engrosar, discretamente, en casi extra, la lista de secundarios de oro de nuestro cine añejo), pero claro, también es verdad que Juan venía de la progresía más unidimensional. Con lo cual, Ozores y Armiñán lo ignoraron. En cambio Trueba y Colomo se lo apropiaron muy gustosos.
Estaba yo con la noc
he reveladora. Paralelo a su nervioso estilo, se le añadía la sorpresa de unas cancioncillas insólitas. No me sonaba ninguna de nada. Los artistas, apenas unos cuantos. Sobre todo gracias al sentimiento petardo de Paquito Clavel. Steve Miller Band, France Gall, Les Surfs... eran sus íntimos. Los que necesitaba a su lado en el debut. Todas las canciones sonaban muy bien, eran bonitas, no explotadas, no eran los típicos oldies de turno (esos de los recopilatorios de grandes almacenes, que salvo una o dos sorpresas te hacen aborrecer por lo machacada una década tan provechosa como fueron los años sesenta)... y, de pronto saltaba con cantautores italianos, con la increible Giuni Russo invitándome a gozar de un sol primaveral y mediterraneo, o alguna novedad española en forma de pildorazo ramoniano a la par que castizo. Todo atípico, todo sonaba fresco y agradable. Todo tamizado por la voz sedosa y bienquista de un Juan de Pablos que con la costumbre se fue calmando hasta convertirse en mi bálsamo diario. Mi droga nocturna. Mi Vicks Vaporub a 45 RPM. Malas horas las diez y media de la noche (hasta las doce menos cuarto) para engancharse. Por lo menos para mí, tan televisivo. Luego pasaría por diferentes horarios (a las ocho de la tarde, a las cuatro...). Y yo detrás. Pero antes de que esto sucediera -y comprobando como sus fieles le hacían peticiones musicales- también me animé a llamarle. Recuerdo haberle solicitado un especial chicas ye yés españolas. Me respondió que era muy interesante y que lo pensaría. Al cabo de unas semanas, en aquel verano del 87 me (nos) regaló setenta y cinco minutos con sus favoritas (Rosalía, Marta Baizán, Mimo, Sylvana Velasco, Karina, Gelu, Lita...). Sus comentarios eran tan entrañables a la vez que ajustados... Mezclaba sus recuerdos de niñez y adolescencia con datos biográficos de la artista. Eso enriquecía aquella monografía que por suerte, le quedó pequeña, prometiéndonos un continuará.
Con el tiempo me enteré que todo ese material bizarro, que él denominaba las recoleterías, ocupaba en sus comienzos un ochenta por ciento o más de Flor de Pasión, allá a finales de los setenta. Por desgracia, Juan a finales de la siguiente década estaba evolucionando hacia el doo wop (gracias a la ingente cantidad de reediciones que habían aparecido en el mercado y de la que no paraba
de surtirse). Y de ahí a hacer un programa de rock'nroll y rockabilly sólo hubo un paso. Tal vez esa fue la etapa más flojita, cuando se emitía de cuatro a cinco de la tarde. Había que comprenderlo. Un espacio musical que se complacía en no repetir las canciones debería avanzar hacia nuevos paisajes del pasado (esto unido a las exigencias de una prole rocker, pesada como ella misma, que le bombardeaba con cartas había terminado por despersonalizar un poco la esencia de la Flor. Quedó siendo un programa de dedicatorias). Nada que no pudiera subsanar el propio Juan con unas dosis de ironía y de poderío inteligente. En cualquier caso, las aguas volverían a su cauce con el tiempo y, en tanto que movimiento cíclico, los herederos de Eddie Cochran se fueron con el rock a otra parte. Incluso mi pasión por el duduá empezaba a levantarme enormes sarpullidos de piel, hasta llegar a concluir que aquellos millones de grupos vocales sonaban todos igual.
El tono intimista era el que mejor le iba (y le seguirá yendo) a Juan. Sus vivencias personales, domésticas o interurbanas, con las cajeras del supermercado, con las chicas que veía en el metro, sus odiseas de un día de compras, o sus anotaciones improvisadas de sus días de rodaje no eran nada en comparación con sus miedos expresados a viva voz ante la muerte, el dolor
o la soledad. En Radio El País me han dicho que llegaba a contar cosas que atañían a su sexualidad que me quedé pasmado, en concreto a sus calenturas ante determinadas señoritas de la pequeña pantalla cuya visión le había excitado tanto como para acabar masturbándose. Todo este grado de confesionalidad, convenientemente aderezado con músicas ad hoc (y sus influjos infalibles para redondear la catarsis emocional), favorecía que se creara un vínculo de complicidad con el /la oyente tan grande que aquello devino en diván de psiquiatra. Miles de muchachitas de pueblo, ahogaban sus penas de aislamiento sincerándose vía telegráfica con el locutor. Eran crías menores muchas de ellas, obsesionadas con James Dean y que abrían su corazón ante un pobre desgraciado con el suyo bastante resquebrajado. Esto, al parecer, le ocasionaba bastante estrés, llegando a replantearse qué era lo que estaba haciendo allí. Si presentar canciones o ser una Miss Lonelyhearts con ínfulas de Wolfman Jack. También de esto último me enteré a posteriori, porque Juan no leía integramente estas cartas. Me enteré incluso después de que le mandara las mías, abriéndome a su vez. Contándole mis dolorcillos adolescentes por un muchacho que ni se fijaba en mí pero del cual estaba perdidamente enamorado y que respondía al apodo de Quico, un compañero de colegio.


continuará

Postalitas repes


AMADOS ROSTROS DEL CINE ESPAÑOL (V)


*Comentarios a cargo de mi querido Manolo, el de Toledo* y alguna que otra apostilla de menda


49. Luchy Soto
"En esta etapa de madurez la asimilo siempre como la eterna mamá"


50. Amparo Soler Leal.
"Siempre la misma imagen. En el 1962 y en el 1972 y en el 1982. El mismo peinado, los mismos papeles (que bordaba). ¿Cómo se come esto?."


51. Paloma Valdés
(derretido) " Esos ojos azul verdosos tan profundos. Me inspira muchísimas sensaciones mi Palomita..."


52. Sonia Bruno
"Todo lo que se ponía en la cabeza le favorecía. Le faltaban cuatro dedos de cabeza. La tenía como recortada. La ví siempre crispada, como rabiosa. Fijate en La boutique. En una escena sale tranquila, en la siguiente hecha una fiera. Sobreactuaba. La adoro. ¡Y qué sería de Sonia Bruno sin unas bueñas pestañas postizas!".



53. Aurora Bautista
" Como mi tía Aurora. Es el prototipo de la tía que todos nos gustaría tener. A algunos les irrita, a otros les encanta. Nunca dejó a nadie indiferente la gran Bautista. Estaba fantástica en Pepa Doncel, con Junior".



54. Enriqueta Carballeira
"Un encanto de chiquita. Muy desaprovechada. En Tiempo de amor (1964) parecía que había nacido una especie de Audrey Hepburn nacional"


55. María Asquerino
" Se debió quedar en el cine negro. Como entretenida de estraperlista o residente del distrito quinto. Con la náusea esa intelectual. Su papel secundario en La tonta del Bote (1970) no le iba nada. Estaba pésima. Mujer muy grandota. Una auténtica tanqueta".



56. María José Alfonso
"Me recuerda a las amigas de mi hermana mayor. De hecho, tiene cara de hermana mayor. Esa cara seria, como de profesora o así."


57. Dolores Gaos
"De pequeño me daba miedo. Como mi abuela materna un poco. Pero tenía buena vis cómica"



58. Cristina Galbó
"Desarrolló muy prontito. Cara de envidiosilla, de caprichosa. Fue la típica niña pija de los sesenta. Cuando cambió la década se fueron espaciando sus trabajos en cine. Había pasado su tiempo. Le cogió el relevo su hermana Beatriz, pero no me caía muy bien ésta (la hermana tenía cara de chica de internado de la transición). A Cristina, no se por qué razón, casi siempre le doblaban la voz".



59. Julia Gutierrez Caba
"Me gusta muchísimo. Siempre ha sabido estar en su sitio. Aunque debemos olvidar su paso por la serie de Los Serrano. Uhmm, y salía en Diferente..."


60. María Mahor
" Oh, la hermana Mahor. Tan recatada y tan pulcra. Todo se le perdona porque se retiró por una buena causa: el cuidado de sus padres enfermos"



Nota aclaratoria de M. Betanzos:

* Y que a mí me perdone Manolo. Le llamé la tarde de ayer proponiéndole esta idea de hacer los pies de foto. No le importaba colaborar pero me pidió encarecidamente que no diese su nombre (por el qué dirán, je je je). Yo esto no lo he podido cumplir, soy así. Pero es que, además, sería absurdo hacer mías sus palabras después de haberme regalado comentarios tan personales. No os los creeríais mis fieles. Aprovecho para mandarle un fuerte abrazo. Y que no se me cabree. Siempre me alegra su ironía y su entrañable ternura. Broche de oro para una sección que hoy acaba. Sección que además de honrar a sesenta de los rostros que más amo del cine español (amén de una larga primera parte copada por las carátulas que, en su tiempo, crearon para las promociones de las películas ilustradores de la talla de Mac, Jano o Renau) fue también tributo solapado al fotógrafo con mayor glamour que ha dado este país: el señor Gyenes, de quien vienen firmados la mayor parte de los retratos.