26 febrero 2010

SEMANA ESPECIAL Aquellos juncos salvajes (5)


Capítulo cuadragésimo sexto


La esquizofrenia de unas memorias
La única memoria del escritor, la última salida del romántico, es la esquizofrenia. Esto es particularmente cierto cuando las experiencias vitales han sido utilizadas con fines literarios. Al ser convertida en literatura una experiencia se altera, y al ser recordada nuevamente es imposible escapar a la deformación de que fue objeto. ¿Dónde empieza la verdad, dónde la ficción?. Esta misma pregunta ha sido formulada tantas veces que cada creador debe dar su propia respuesta. Nunca serían iguales.
He convertido mis experiencias vitales en obra literaria que nunca vio la luz (salvo ahora con este blog), y esta reconversión hace que lo real y lo imaginario se confundan contínuamente. El niño Kane o Nadiuska Montez o Mórbida von Convulsions pude ser yo, el barrio romano donde se crió Paolo son siempre las calles donde viví. Del mismo modo que allá al fondo de mi búsqueda de la felicidad están Pedro, los Joses y el Niño arquitecto.
Con todos estos componentes, da igual que la historia transcurra entre moros, rumanos o esquimales. La quimera es siempre la misma. Y como quimera máxima, la que contiene la última verdad, surge el inaprehensible misterio de la creación.
Imposible delimitar campos que ya han sido hollados en tantas ocasiones. No existen fronteras posibles. No hay compartimentos estancos. Al contrario: estos se salen de madre, se invaden mutuamente, se apoderan de temas que pertenecían a uno y de manera imprevisible pasan a otro.
Memoria, literatura, presente y pasado, lo que imaginamos y nunca fue, los sueños que tuvimos y nunca se cumplieron, las realizaciones inesperadas que se impusieron a nuestros logros, todo pasa a la literatura y, al hacerlo, todo forma un absoluto que se parece mucho a un juego.
Escenas que viví se transforman en secuencias que ahora interpretan mis personajes o mis colaboradores bajo seudónimo (y por eso los quiero, porque son mi yo, atreviéndose a ser mucho más sinceros de lo que nunca supe ser). Si a ello añadimos fragmentos de agendas y diarios que redactaba en aquellos años, se comprenderá que la esquizofrenia del creador planee contínuamente sobre la realidad y acabe gobernándola.
Al final no sé si Ortiz, Jose el chapero o Jose el pueblerino ingresaron en esta locura o si sólo contribuyeron a formarla. Se convirtieron en personajes literarios gracias a la carga romántica que arrastraban sus fracasos, pero yo no tardaría en traicionarlos incorporando mi sentido crítico, de modo que la ternura y el desprecio se dieron la mano por algún tiempo. Y en su transcurso, continuaban triunfando las taras del mundo del cine.

Desajustes propios de la edad
A los diecisiete años, pendiente sólo de mi formación, no me concedía tiempo para observar los cambios que se estaban efectuando en mi carácter. Proseguía, así, el desbarajuste mental en una serie de intenciones que, además, ya no eran en absoluto ingenuas: eran las de un espontáneo que se enviciaba con los propósitos fabricados por otros. Fui perdiendo la frescura en aquellos últimos años ochenta del mismo modo que se perdía la espontaneidad a causa de las desaforadas ambiciones de la adolescencia. Y eran éstas, principalmente, el afán por la sabiduría y la necesidad de afirmarme más allá de la sinceridad e incluso negándola, si convenía. Quién sabe si no se perdió la frescura cuando mi memoria intentó condensar la memoria de los siglos.
No debí constituir, en esto, una excepción entre los adolescentes, de antes o después. ¿Cuál de ellos se da cuenta de que está avanzando, a veces contra sí mismo, para afirmar su personalidad futura?. No conozco otra época de la vida que favorezca mutaciones tan veloces e incontrolables ni en semejante cantidad. Sólo ahora acierto a ver cuán múltiples eran. Desde mi presente, veo a tres personas distintas que se llaman Maciste y alternan en un solo invierno del 87. Son un niño, un adolescente y un hombre prematuro. Los tres pugnaban por dominarme, sin respetar ninguno el espacio concedido a los otros. Sentía dolor por el niño, que se iba perdiendo tras una niebla indecisa; me angustiaba por el adolescente, cuyos cambios acusaban el paso de los días, horas y minutos. Me horrorizaba ante el hombre que, esbozándose, acabaría matando los otros dos.
Aquellos cambios inconfesados me producían una profunda sensación de angustia, que no relacionaba con los procesos lógicos de la transformación sino, a la inversa, con la desaparición de períodos anteriores. Como había pocos difuntos amados, no habría sido lógico utilizar la muerte como punto de referencia. En su defecto, enumeraba obsesivamente a los seres que habían intervenido en escenas de mi vida pasada y ya no estaban en ella. Eran esas ausencias las que me desesperaban, por considerarlas el germen de sustituciones futuras, muchas de ellas inmediatas. Al mismo tiempo, hacían que lo sustituido se revelase mucho más bello y, por tanto, su ausencia más dramática.
Era dudoso que pudiese atribuir mi angustia a una fase del crecimiento. Fui vulnerable a esta sensación desde mi infancia, desde que sentí desaparecer las entrañables costumbres que habían marcado mi reducido ámbito familiar. En las películas, en las novelas, seguían emocionándome particularmente las escenas que mostraban el efecto de los años, como aquellas en que el niño aparecía convertido en hombre. Mi crecimiento, pendiente aún de aceptación, se desarrollaba con el concurso de fetiches largo tiempo conocidos. Iba sobreviviendo sin enterarme de lo que hacía. Más que fijarme en modelos literarios, pude haber buscado soluciones en mi propia capacidad. A esto lo llaman los entendidos crearse las propias defensas. Cierto que me quedaban bastantes por descubrir, pero la mayoría ya iban apareciendo cuando niño y se hicieron inexpugnables gracias a la protección del egoismo. Por no reconocerlas en su justa utilidad, se impuso la ficción una vez más. Necesitaba aprender el recurso defensivo de los pícaros y practicarlo a fondo, partiendo de un arquetipo simple, propio de manual. Desde mi cubil urdiría todas las astucias, todas las tretas que, si no me servirían para conseguir una hogaza de pan, que ya tenía asegurada, me ayudarían a triunfar frente al mundo.Y así de bien me lució el pelo. Porque de las situaciones desesperadas pasé a imaginar las más cotidianas y no hubo ninguna de las que no saliese triunfante y con grandes ventajas a mi favor.
En tales reflexiones transcurrían mis días, creándome la ilusión de que con tanto devanarme los sesos filosofaba y que, al hacerlo, ascendía a un grado superior de la cultura a la vez que me marcaba unas intenciones de lucha dentro de ese campo minado, jungla de asfalto, que me aguardaba a la vuelta de la esquina. Seguramente en el primero de los casos estaba trasladando juegos infantiles a una obsesión que se pretendía adulta porque había nacido en una librería de libros pecaminosos.

continuará


* Fotos de Herbert Tobias procedentes del blog de Toniok

Femenino singular


NICO
(1938-1988)











* Discografía recomendada
- I'm not saying/The last mile (sg. 1965)
- The Velvet Underground & Nico (1967)
- Chelsea girl (1967)
- The marble index (1969)
- Camera Obscura (1985)


* En Youtube










* Para leer (y escuchar) en la red

- Sitio de fanáticos de Nico

- Nico, the voice of disaffected youth (audio)

- Habits of waste I (Análisis de los primeros discos)

- Habits of waste II (Análisis de los últimos discos)

25 febrero 2010

SEMANA ESPECIAL Aquellos juncos salvajes (5)


Capítulo cuadragésimo quinto


Fauna ibérica y antropología africana

"Quien quiera identificarse con algún personaje que lo haga. No es mi propósito mantener ningún tipo de rencores."
Introducción de Fauna ibérica. Enero 1987

Conseguí pasar todo el manuscrito corregido de La Zorra de Madrid en unas semanas. Me había traído de Coruña la maquina de escribir y me esmeré en lo que pude en que no quedasen tachones o faltas de ortografía. Era mi primer proyecto en serio y la cosa debía quedar como un libro de verdad. Para completarlo le añadí una segunda parte donde se agolpaban los últimos escritos del pasado curso, esos que me salían a chorro en el meollo de una clase de Griego o Religión. Como eran de temática y estilo diferentes opté por repartirlos en apartados. Un poemario, unas dedicatorias, unos santorales y uno que denominé Pequeños trazos, en realidad mini cuentos de alto contenido erótico-perverso y cinemático-musical: asi Confesiones desde el Balneario era un bosquejo apasionado de una fastuosa Viena by Ultravox videoclipada por Visconti donde una dama á la Proust descendía la escalinata inmensa de un teatro palaciego. Esta sola anécdota me llevó todo el cuento, con lo cual bien podríamos concluir que la importancia de la misma equivaldría al episodio de Odessa del Potemkin aquél. Elaine era una oda a una chica arty, posiblemente Nico cuando estuvo en la Velvet. Sólo que se llamaba Elaine y la Velvet ahora firmaban los discos como Macromassa. Un matrimonio mal avenido reincidía en un aspecto de las relaciones de pareja que me sorbia el coco sin poder decirles ahora por qué: la incomunicación y el final del amor. Carcoma de violador se inspiraba en las sensaciones sonoras que me traía el The river de Bruce Springsteen y las imágenes de La noche del cazador y El manantial de la doncella trufadas de los tics desesperados de Norman Bates: un retrato en primera persona de un fratricida, asesino de su hermana a la que previamente había mancillado para seguidamente arrojar el cadáver al río. Oculto en su cuarto, aún manifestaba dulces recuerdos por el acto cometido mientras aspiraba el aroma de las bragas ensangrentadas de la niña, curiosamente en su primer ciclo menstrual. Se cerraba la selección definitiva con La bella Gloriette, tragedia expresionista en tres actos con trasfondo Belle epoque sobre el aquelarre espantoso acontecido en un burdel parisino pero con más pinta (por el desmadre) de haber sucedido en Mexico D.F. con Ninón Sevilla de pecadora titular. Las consecuencias del tiroteo, los desperfectos del entorno eran de tal intensidad y calibre que resistirían comparaciones con el legendario incendio de Atlanta gone with the wind si solo se hubiera circunscrito a la casa de putas que regentaba Ona Munson. Es decir, demasiada lumbre para un crío que aún se asustaba por un simple chisquero.
Todo orgulloso, con los folios en una carpeta acudí a mis venerables amigos de la encuadernadora. Cada vez más viejos, cada vez más inencontrables entre montañas de fascículos y tomos recién cosidos que amenazaban con dejarlos enterrados en vida. Fácil que sucediese si en medio del caos se traspapelaba un simple folio. A la semana mi pequeña gran obra ya estaba en mis manos. Tapas verdes, ligero el peso. Con una etiquetadora de papá culminé la elaboración de la portada (taaaan cutre) poniéndole el título. Fauna ibérica. En el prólogo estaba todo Maciste. "Todas mis obsesiones de siempre, ahora más acentuadas. El sexo libre y gozoso, la libertad total de la persona y la crítica tajante por todo lo que de represor y sadomasoquista alimenta la religión cristiana. (...) Aunque apueste por el sexo gozoso los personajes nunca disfrutan del acto amoroso. O, por lo menos, sólo hasta el final. Es ese fracaso la realidad del sexo actual. Reiterar el mismo clisé, las mismas posturas, las mismas situaciones que a la fuerza tienen que producir la derrota e incluso el Tánatos final".
¿Desquiciado por los visionados de El tango y El imperio de los sentidos?. ¿Desesperado por mis experiencias con Pedro?. No lo dudo. Importaba que lo entendiese Carlos y pocos más allegados. Luis, Juan, Marcos, Eulogio... Todos dieron su conformidad. Salvo Marcos, que detestó, como era de prever en amigo tan poco posmoderno, aquella aberración de la naturaleza artificial que ocupaba las primeras cincuenta páginas. Me dio coraje dejarle el libro a compañeros con los que no había llegado a intimar, caso de los gemelos Castor y Felix. Recuerdo con verdadero pánico las jornadas que ellos tuvieron el libro en su casa. Piensen que había una declaración de amor en toda regla a un compañero que ellos conocían de sobra (su nombre pero no sus apellidos aparecían en el santoral). Cuando me lo devolvieron esbozaron una sonrisa de satisfacción. Les había gustado. Incluso aquellos toques absurdos, incomprensibles para mi mismo, fruto del desbarre ego trip, fue destacado por uno de los gemelos no como material sobrante o gratuito, antes bien como revelador de muchos misterios que albergaba mi más que interesante subconsciente.

Unos días después, encontré a Carlos en el patio del colegio reunido con la pandilla en su integridad. Me acerqué y lo ví todo alborozado y orgulloso. También él había parido algo propio. Aquello no era una novela, es de suponer que siendo un amigo tan pusilánime y perfeccionista, si algun día se le ocurriese escribir un cuento le llevaría más de una década (tirando por lo corto). Se trataba de un fanzine. No de corte salesiano, faltaría más. Lo tituló Zulú y llevaba en la portada una foto en blanco y negro fotocopiado de Humphrey Bogart. Me enganché a la amena conversación que era una presentación en toda regla a sus más amistosos medios de comunicación. Zulú era un fanzine de humor, mitad en gallego mitad en castellano, donde aparecían comics de Héctor y paridas desconcertantes, como esa disección del uso popular del término Carallo en su rica diversidad de expresiones y giros coloquiales, un homenaje al Michael Landon de Autopista hacia el cielo o aquella crónica sobre el viaje de lady Di a Galicia... Todo a base de visiones irónicas de la actualidad muy cercanas en estilo a las que desgranaba cada semana Moncho Alpuente y su equipo de colaboradores en el maravilloso Pais imaginario. Mi única aportación se redujo a una fotografía de la tentadora Jane Russell en The Outlaw (si, la tópica del granero y el escote). Lástima que aquel Zulú no tuviese su nº 2. En cualquier caso y en vísperas de que mi amigo tomase caminos universitarios, su experiencia fanzinosa se iba adelantando a un tipo de actividad muy típica de colegio mayor. Como nota discordante y hasta cierto punto necesaria en aquella presentación (en tanto que coronaba el absurdo), saltó de repente a escena el director del centro (a la sazón profesor de latin), un curita de expresión tan bonachona como anodina que, viendo que se generaba un tumulto en una parte de sus dominios (y ya sabemos que para las personas del antiguo Orden, que es el Orden eterno, más de dos personas juntas en público son sinónimo de peligro de amotinamiento) se abrió paso hasta Carlos y le pidió que le entregase un momento el boletín aquél. "¿Prensa subversiva?", preguntó sin cortarse un pelo al ver la portada. Empezó a hojearlo. A sentir el morboso regustillo del buen censor. Pensé que lo iba a terminar haciendo trizas, dado los ataques de furia que se gastan de vez en cuando estos personajes post conciliares. En cambio lo dejó impoluto (el autor era un alumno de Cou) aunque tampoco lo bendijo. El último comentario que le pillé fue graciosísimo. Al ver la fotografía de un zulú con todas sus barbas exclamó con cómica afectación: "¡Ah, un comunista...!". Ya no pude más y solté una carcajada ostentosa abortada por su fulminante mirada. En el fondo, la autoparodia era el único recurso de supervivencia al que podía aferrarse un curita cincuentón en plena boga del Estado aconfesional. Oh, tontos, pobres de espíritu, aquellos niños que en los años ochenta se dejasen arrastrar por sus viles añagazas, por sus mascaradas y su carga de represiones y manías más gastadas que un Catecismo de posguerra. Ese recreo decidí que mis educandos de toda la vida eran en el fondo puritita chirigota de Cadiz.

continuará

PUBLICOS VICIOS (homoerotismos en Youtube)


47. Amt4331 (entrenando para la gloria)

Les invito en este episodio a entrar en la musculosa intimidad de este mozarrón norteamericano de 19 abriles. Amt4331 es su nick de usuario en Youtube. Lleva tres años grabando videos de su máxima afición: la educación física. Si bien al principio el adolescente (apolíneo total) se limitaba a enseñarnos cómo se ejercitaba con las pesas en el interior de un gimnasio, pronto nos mostró nuevas aportaciones seudodeportivas en forma de levantamientos de piedras, de enormes ruedas de trailers y hasta de bidones que deben de pesar quintales. En este último aspecto, el machito que aspiraba a ser un Atlas contemporáneo evolucionaba un pelín hacia lo circense y asi pudo conmovernos y sacarnos sonrisas como nos las sacaría el bueno de Obelix de haber tenido una cámara digital.
Pero Amt4331 en su afán de superación es mucho más que la estrella en un intermedio de gymkana de provincias. A estas alturas del nuevo siglo sabe que no debe en modo alguno limitarse a ser sólo una atracción de feria campesina. Asi que su máximo objetivo vuelve a pasar por el entreno de manera concienzuda para mejorar su masa muscular, la definición, la armonía de las formas, en fin, todas esas cosas que los jueces de los concursos de fitness apuntan siempre de manera escrupulosa en sus carpetas de puntuaciones antes de dar el veredicto final. Y a fe que está consiguiendo grandes logros. No hay más que comparar al primer Amt4331 de hace tres años con el de sus últimos videos. En estos la temática prescinde de prolegómenos (fatigosos curls, unas aburridas flexiones o unos pesadísimos benchings) ciñéndose a los resultados, al final de cada jornada, cuando llega a su habitación y enciende el ordenador y se pone a grabar. Entonces entendemos que nuestro personaje es un alumno aventajado, que quiza tenga aún que pulir muchos detalles (esas expresiones faciales tan matadoras cuando se pone cangrejo) pero que va por el buen camino.

Sus fieles lo adoran. Como siempre, la parroquia es eminentemente masculina. Y de ella el porcentaje de homosexuales o, simplemente heteros homofilizados, es enorme. Los gays enamorados hacen gracia cuando le exigen que se gaste un poquito en lencería de posar. Lo quieren fashion victim. Amariconao. Pero el sigue igual de normal, de rústico (su gran virtud). No conformes, le lanzan sugerencias al respecto y hasta se vuelven locas con su culo (en realidad, espléndido). Hay otros (igual de gays e igual de locas) que camuflan su sexualidad en comentarios noqueantes del tipo: "Si yo fuera gay, que no es el caso, te comería enterito". Esto el que lo soltó es porque sabía que iría directamente al coco de un hetero con poquitas luces. ¿Sus intenciones?. Abyectas: bloquear emocionalmente (súbita erección incluida), que es cuando, si el trato es más directo que un simplón chat, los despistaos suelen entrar por el aro de la trampa rosa.
Pero como no sabemos de aros por los que entre o salga en su vida privada nos quedamos con esa imagen inocentona que se gasta en la red. Como un Lil' Abner del siglo XXI que, ojalá, haga futuro en el body building sin caer en puertas traseras de ese negocio del espectáculo tan tristes como el gorilismo de discoteca o la prostitución de hoteles. Caso en el que desgraciadamente ha caído otro de nuestros personajes de PV: el chuleta Alain Lamas (que con su página web y sus penosas intervenciones en Gaytube desvelando sus pocos misterios ha bajado muchísimos puntos en mi apreciación). Claro que Amt4331 también es un narciso, pero lo encuentro más formal que la otra putita. Resulta, pues, más excitante lanzarle piropos. Además los toma de maravilla. Nunca ha censurado ninguno. Diría más, a partir del revelador video que se hizo en el garaje de su casa hará cosa de seis meses, Stone drop (un momento casual que cambió el curso de su historia cibernáutica), el muchacho va y se anima a tontear con esos crípticos guiños homoeróticos para una audiencia que, en realidad, se lo estaba pidiendo entre líneas desde su etapa menorera: sus poses dorsales, utilizando muchas veces prendas que realzan esa parte de la anatomía que empieza justo cuando acaba la espalda, fueron desde entonces mucho más beligerantes. Lo bueno es que sus frontales son igual de imponentes y, aunque ninguno de sus fans se atreva, uno sabe que se muerden las ganas por improvisar un poema de corte priápico pensando en lo que guarda tan celoso en sus poco sofisticados gayumbos.
Le deseamos toda la suerte del mundo al ufano Amt4331. Que afine maneras, que relaje los músculos faciales, que sonría de verdad. La elegancia del conjunto en el culturismo es privativa de pocos. De eso sabía rato largo Steve Reeves, Reg Park o Clarence Ross. Sólo así conseguirá traerse un trofeo a casa. Materia prima tiene a rebosar. Ojalá que entonces pase a video su victoria. Y que lo veamos. Con el trofeo... y ¿en jock strap?.





























24 febrero 2010

SEMANA ESPECIAL Aquellos juncos salvajes (5)


Capítulo cuadrag
ésimo cuarto

Noches de vino tinto
Acababa el 86 aún sin Martes y 13 en el televisor. Pero no hacía falta que dieran las campanadas rituales para que ya fuesen mis humoristas preferidos. Los Morancos me dejaban indiferente. La primera ocasión que los ví pensé si no serían unos guiris ingleses pasados de cerveza de paf de allí. Fíjense lo que me despistaban estos hermanos trianeros. Aún Cruz y raya no eran la maldición que luego fueron. En cuanto a Faemino y Cansado eran mi espina clavada, pues a Carlos le hacían mucha gracia y a mí ninguna. Como tampoco Las Virtudes, por muy insólito que resultase un dúo femenino pretendiendo hacer humor. De todas formas eran tan parlanchinas como las urracas de los dibujos y tan gritonas como las desesperantes Hurtado cuando fueron Super Tacañonas.
Sin duda, el gran hallazgo de la TVE estuvo en encomendar las nocheviejas a Josema y Millán. Marcaron un hito. Se supone que vistos hoy, aquellos especiales perderían buena parte de gracia. Ya no sólo por detalles coyunturales que el tiempo habrá dejado en muy poca cosa, sino por el propio hecho de la emisión en un festejo semejante donde la predisposición a la juerga en familia parecía ser obligada, amén de acompañarla por un buen champán que todo lo achispa y activa la risa floja.
Mi relación con el alcohol siempre fue lamentable. El champán de Nochevieja me adormecía, por lo general. Muy pocas veces me emborraché. En absoluto bebiendo perdí el control hasta el punto de un coma etílico. Los efectos del alcohol sobre Maciste, fuesen cuales fuesen las marcas de las botellas plimpladas, eran todo lo más peripatéticos. Melancolía gallega, tristeza e impotencia, incapacidad de mantener una conversación brillante con un interlocutor. Y si aquello era una fiesta en un bar, rodeado de gentes que hacían lo mismo, me revolvía en mi limitado espacio y me sentía una mierda impersonal en medio de una masa de borregos autómatas. Todas las Nocheviejas de mi adolescencia se han borrado de un soplo al calor de un vals de las velas imposible. No niego que saliese siempre. Pero ninguna "edición" la recuerdo histórica. Se repetían inexorablemente. Eran exigencias de un guión ramplón. Dividían a mis amigos en dos bandos. Por un lado estaba Luis, Juan, Diego y Alberto, que se lo tomaban como un rito especial, pues se vestían de etiqueta y acudían al Liceo donde tenían cotillón asegurado como las burguesas de la posguerra. Por otro, Carlos, Héctor, su hermano y Javier, que entraban dentro de lo que yo consideraba más normal. Vestuario informal y a galopar hasta la zona de vinos. Por supuesto que mis entradas de Año las pasaba con estos últimos.
La fauna nocturna se multiplicaba esa noche más que ninguna otra noche, viniendo gentuza de otros lugares, no sólo de los pueblos limítrofes, también los hijos de la emigración o nuestros vecinos portugueses. Por eso que se me hace muy difícil exponerles cuales eran esas criaturas incondicionales que formarían la canalla nocturna típica de este lugar. Los posibles herederos de los protagonistas de la inolvidable Esmorga de Blanco Amor. Los hallaríamos el resto del año pero servidor el resto del año prefería guardar cama pues siempre me he considerado un animal diurno. Odiaba las jaquecas, las resacas, la automedicación y el ponche de huevo. Pero, sobre todo, la felicidad impuesta, las fiestas de calendario, el carnaval sólo cuando lo permite el poder establecido. Pese a ello, como cualquier hijo de vecino, también caí en la tentación de la máscara, de la mini falda y el pelucón. Pronto lo dejé cuando afronté una mini etapa de mi vida dedicada al travestismo underground y seudo arty. Fue tan intensa que la quemé en un pis pas. Exactamente cuando la pandilla se obcecó en montar una Factory neoyorquina en la buhardilla de Javier. Entonces hubo muchos excesos. De litrona del Super y pocas drogas, que aquellas eran caras y nosotros no éramos de posibles. Igual sucedió esa Nochevieja. A pocos cuartos, poca alegría. En cambio, a mí me hubiera bastado con mojar los labios en un cubata para estar a punto de caramelo, con mi frase genial, con el chiste privado para cada uno de los comensales, con ese chascarrillo idiota pero que por el milagro del feeling quedaba desternillante. Lo malo es que me invitaban a beber y entonces la cosa se gafaba. Afortunadamente, aparecía de pronto Pedro, solitario por alguna extraña razón, y se unía al grupo. La situación en ese punto parecía haber cambiado pero lo único que había cambiado era la pavez de Maciste que había subido en grados etílicos, incapaz de traslucir sus sentimientos o quiza de jugar con el amigo, de vivir con él una noche a tope, volviéndose a hundir en el marasmo de la ofuscación mental. Del embotamiento. Del no dar pie con bola. Se desahogaba con el amigo más reflexivo y consecuente, el que quedaba firme tras cualquier orgía báquica, que siempre era Marcos, y el otro le daba la razón en todo (le hablaba del absurdo de la vida y efectivamente, nada de aquello tenía sentido, pero sólo había que dejarse llevar unos horas más. Todo acabaría luego). Mi grito ahogado era un intento de confesar a alguien tolerante el hecho de que Pedro estaba allí y que lo que quería era echarme a sus brazos, gozar de la noche a dos, beber nuestro romance como locos mundanos para, más tarde, pero no mucho más, perdernos en la oscuridad de las callejuelas de la parte antigua y sólo entonces consumar nuestra pasión de adolescentes. Salíamos de un bar y nos metíamos en otro. Confettis y guirnaldas. Luces que se deformaban según el ritmo de la música. Miradas estúpidas y comentarios inaudibles (¿probablemente la risa que nos produjo la última machada hecha poema rock del chusco Xaime Noguerol en la prensa local?) que eran respondidos con un "sí" y un rictus de lo más convencido. Ciertos toqueteos a extraños milagrosamente receptivos. Extraños que aceptaban un roce de bragueta, una dulcísima presión nalgar contrapuesta de forma escandalosa al rechazo de Pedro, que se arrimaba más otro, probablemente por haberle invitado entre sonrisas, que yo calificaba de lujuriosas, a una consumición. Metido en una espiral inacabable donde las horas no parecían pasar nunca. Y a mi alrededor juventud y cansancio, frenesí y aburrimiento.
Sólo cuando nos despedíamos de la zona de vinos y nos internábamos como vitelloni por el barrio chino, nunca tan desértico, conseguía levantar el ánimo. Volvíamos a recobrar ese aspecto genuino de grupo especial. A pesar de todo, Pedro seguía próximo pero distante y era perentorio separarlo, aunque sólo fuese unos metros, del resto de los amigos pues buscaba una intimidad, o cuanto menos, la puesta en marcha de un plan que nos arrojase a esas horas de la madrugada a mi lecho. Dormir con él, ¿acaso no hay deseo más bonito en alguien que ama?. Pedro ya se apartaba él solito para echar una meada en la fachada de un edificio bien ruín, que era cuando acudía a su lado. Pero el niño se limitaba a proteger su pudor. ¿Un gesto de mantener las formas?. ¿Misteriosa personalidad?. Algo de todo. El grupo nos esperaba paciente, había que recibir el alba en el último local cool, donde se ponía garaje y otras cosas. Herido por la actitud mojigata de quien creía novio, renuncié a todo, pese a la invitación de Carlos. Me fui a casa ruinoso y amargado. La noche no es para mí, cantaban el grupo Video. No entiendo a los poetas que dicen que el amor prohibido se manifiesta más libre a esas horas. En mi caso la noche era mi prisión con cerrojo a cal y canto.

Busca algo barato
El Rastro de La Coruña. Cuando merecía la pena. Cuando asentaba sus reales en la Plaza de María Pita, uno de los ayuntamientos más bonitos de Galicia. Qué curioso que fuesen mis padres los que me llevasen a él aun sin la constancia de las posibilidades que un lugar como éste le iban a abrir a un niño fantasioso. Fue como iniciático. Papá en vez de arrastrame por las orejas al barrio de las putas me invitó al rastro, con permiso de mamá. Es más, con mamá incluida en el lote. Y no digo tonterías. Porque para mí el rastro fue una cita tan inexcusable, una droga tan dura como lo pueda ser para el salido terminal cualquier burdel. El rastro, como las librerias de viejo, como los báteres públicos, billares y las salas de exposiciones pasaron pronto a ser mis zonas de esparcimiento obsesivo. Saciaban mi hambre de cultura y sexo. Me apasionaban. Todavía hoy, siempre que paso por un quiosco o un retrete, no puedo evitar parar a mirar el panorama expositor. Igual que les digo que odio a ultranza las cafeterias de moda, también afirmo que amo con la misma intensidad un mercadillo de antiguallas.
El enganche fue tan brutal que apenas le doy explicación al rememorar los comienzos de todo, a principios de 1987. Aprovechando algún domingo de escapadas, o la semana santa, mis padres tenían la costumbre tras la visita al cementerio de pasear por los puestos que se distribuían por la Plaza del Ayuntamiento. Era lógico que debía ir a su paso, que iba sujeto a su reloj, pero me fijaba muy mucho en todo lo que se me mostraba a mi alrededor. Puestos variopintos, gentes no menos insólitas, gozoso material de extraña procedencia... Papá y mamá manifestaban una afición por las esculturas, bibelots y miniaturas de bronce. A veces compraban candelabros de lo más horrendo, puro pompier, con los que luego decoraban algún espacio vacío del apartamento alquilado. No le daba excesiva importancia a sus gastos mientras estos no afectasen a mi renta semanal de quinientas de las antíguas pesetas. Lo malo es que no tenía la suficiente independencia para perderme un rato a mi aire en aquel espacio nuevo pero con olor a rancio. Espacio lleno de vitalidad, de follón. Centro de charlatanes de inútil verborrea que vendían sus famosos elixires, gitanos lorquianos que adobaban toda clase de cachivaches y le adivinaban a uno si iba a quererle la persona que uno quería, perdularios que no tenían donde caerse muertos, mozos ligeros de pies y sutiles de manos, quintos con pocas pesetas en los bolsillos que dudaban ante la cartelera del Rosalía o perderlo todo en la calle de la Teta con una señorita de vida alegre de más, limpiabotas atentos al más leve descuido del parroquiano para clavarle, sin venir a cuento, un par de suelas de goma. Brujuleando en los mares de la diversión estaban los chamarileros del tres al cuarto que tenían su tienda abierta a todos los vientos entre fondas de mala muerte. Todo se compraba, todo se vendía en la plaza más concurrida de La Coruña. También mis sueños, un inmenso mundo infantil de infancia que no me perteneció pero por el cual albergaría pronto una profunda nostalgia. Super héroes y hadas, cromos de Blancanieves y soldaditos de plomo a punto de morir por inanición repartidos malamente entre Privates y Party's (lo que aumentaban mi confusión y arrobamiento. ¿Era acaso eso la quintaesencia de la posmodernidad?). Y los discos. Pilas, cajas enteras de ellos soportando una presión inaudita, acaparando el polvo de las modas y los ritmos pasajeros.
El Rastro es tiempo restituido para el cazador de ilusiones que cuente con todo el tiempo del mundo. Tiempo para perderse en el marasmo de su propia biografía hecha fetiches. Ya he dicho que no era mi caso. Pero terminaría siéndolo cuando se trasladaron a la plaza de San Agustín los pocos puestos que pagaban la cuota municipal. Y quien dice plaza, dice bajos y locales de electrodomésticos. Los límites del callejero. Barro del extrarradio. Capriccio en medio de la sordidez. Pisos de particulares y pisos emisoras donde había un archivo fonográfico cerrado como una caja fuerte que era para morirse. Perdiendo las uñas entre miles de vinilos en formato Ep. Jodiéndome las rodillas de tantas horas agachado buscando un viejo volúmen de la colección Pulga, un número concreto de la revista Triunfo o del cuadernillo del intrépido Defensor de la Cruz. Toda aquella odisea del coleccionista compulsivo aún estaba en el génesis. Como cualquier vicio, otra forma de acabar esclavo.


continuará

Postalitas repes

AMADOS ROSTROS DEL CINE ESPAÑOL (IV)


Folcl@ricos (segunda parte)


37. Antoñita Moreno, la artista sabia que amó a todos los pueblos de la Península



38. Manolo Caracol, el cante macho



39. Marifé de Triana, dando vida a la tragedia. La otra angustia en plena boga del existencialismo



40. Pedrito Rico, el ángel de España..., pero en la Argentina



41. Carmen Sevilla, más bonita que ninguna



42. Paquita Rico, Venus de la pasión



43. Antonio Amaya, Adonis en colorines




44. Conchita Bautista, la primera flamenca pop



45. Lolita Sevilla, con la justa medida en la interpretación y la discreción como virtud



46. Luis Lucena, el simpático cancionero que se hartó de españolear



47. Mikaela, la morena de la copla que cantó a Lorca y Alberti



48. Manolo Escobar, el ídolo del barrio

23 febrero 2010

SEMANA ESPECIAL Aquellos juncos salvajes (5)

Capítulo cuadragésimo tercero

Cruise In
La última recomendación cinéfila de Luis se llamaba Top gun. Era la película de moda. La que más teenagers congregaba los fines de semana en el Coliseo. Presupuso, por supuesto, que su protagonista me iba a enloquecer. Le advertí que si sólo era un monín de cara raro iba a ser que diese en mi diana sentimental ya que andaba muy liado trabajándole el sex appeal a un retrato de Stalin. Además bastante tenía con sus altas consideraciones en torno a otros pimpollos de plástico tipo Bros, Rick Astley o Black (casi que, en ese aspecto, prefería festejar nuestra devoción mútua por féminas como las modelos francesitas, Jane Birkin y la tan ye yé Christina Rosenvinge). Pero mi amigo debió haberme visto por alguna parte del mueble expositor algún recorte todavía sin clasificar del bello Tom con guedejas Legend y vaqueros Levi's así que su sugerencia no iba sin fundamento. La sugerencia terminó yendo a misa, que es como decir que acudimos a ver la película un sábado por la tarde con todas las incomodidades que esto acarreaba. Detestaba ese tipo de contubernios. Nos aguardaba una masa de criajos, probablemente niñas, abarrotando mi querido cine... Uf, demasiados problemas se agolpaban en mi mente, empezando porque Luis y yo podíamos quedar separados toda la proyección dada la más que plausible escasez de butacas. No fue así pero el resto de trabas hicieron, una a una, acto de presencia para atormentarme: pérdida de la concentración, postura inmóvil para no molestar a la princesita de atrás, espantoso olor a pipas y maices, obligatoriedad de aplaudir y corear al ídolo en determinadas secuencias cual liturgia adolescente que fue... Se repetía el numerito Star wars, Superman y la madre que las parió a todas... Desconecté para hundirme en un profunda somnolencia típica del desubicado que se queda en un recinto semioscuro.
¿No molaba Top gun?. Bueno, si tu futuro inmediato no pasa por alistarte en el ejército de aviación americano es raro que pueda cautivarte asi como asi. ¿No me hacía chiribitas desde la pantalla el bello Tom?. Bueno, alguna. Pero, por ejemplo, lo mejor en plan técnico lo detestaba, que eran las secuencias aéreas. Estas mismas, pensaba para mis adentros, serían motivo inmediato para darle al mando a distancia hacia adelante si es que algún día tenía video y me dignaba en alquilarla. Quedaría hecha un cortometraje de amor castrense (un soft) dado que casi un ochenta por ciento de la pinícula se le fue al director mirando al cielo.
La acción desarrollada en una escuela militar yanqui era lo contrario de mi paraíso ideal. La instructora (una actriz con hermosa cara de caballo Domecq que hoy está perfectamente olvidada) era un ensueño para los muchachos del reparto y otro tanto para los espinillosos que la contemplaban en la platea. Pero eso de tener que ir vestida de macho para que el resto de sus alumnos se fijasen en lo deseable que puede llegar a ser un superior me dio mala espina. Si ese era el mensaje críptico del filme, que lo mandasen en una botella y que se perdiese en el inmenso Pacífico. Para homofilias, las de Oxford o Venecia. Seguía, pues, erre que erre. Pero ¿qué le quieren?. ¡Acababa de correrme con un pasaje de Teleny, el salvaje!.
¿Me impactó Cruise de chupa de cuero, camiseta blanca y vaqueros?. Bueno, pero eso ya era una constante. Lo mismo podían haber aparecido por allí con esas prendas Don Cicuta y Paco Cecilio que también abriría los ojos de forma instintiva reparando en sus pliegues. La escena de los calzoncillos blancos, con el héroe del Coliseo llorando con el culo en pompa por el amigo muerto también era de lo más emocionante. Pese a todo, Cruise no me cayó muy bien. La adhesión de tantas chiquitas histéricas que me rodeaban acrecentaba esa mala imagen de monigote, típica de un primer Paul Newman. Actor, por cierto, con el que terminó haciendo su primera buena película. Y, de paso, tomando el relevo, nunca más justo, del veterano que se lo concedía a gusto al ver en el guaperas más de un punto en común. Zorro viejo que era Paul.
Como para Luis aquel era su segundo pase me daba ligeros codazos con ánimo de que atendiese a algún detalle inminente que consideraba crucial: calzoncillos blancos, el polvo al fin, la arrogancia de Val Kilmer (nunca tan bitchy)... Mi amigo me suspiraba de refilón. El, en el fondo, estaba encoñado con la McGillis. Era tan buen chico que no me lo decía.
El culto a Cruise vino lento pero seguro. Sólo en fotos (tantas las pajas...). Pero Top Gun llegaba en el momento más inoportuno: mi anti americanismo era atroz, tanto que me convirtió en una persona desagradable, muy intolerante. Sin llegar a los extremos de autoexigirme el visionado de todo el cine para adolescentes hecho en la Unión Soviética, claro. El era un sanote chico americano, un patriota más de la era Reagan. Ni siquiera le recordaba sus formas chulescas en el Rebeldes de Coppola. Su filmografía antes de la de los avioncitos era de pena. Onda Porkys con escarceos en fiascos millonarios como Legend. Mi percepción sentimental cambió por sus fotos beefcake y por Risky Business, ésta vista poco después por televisión (coincidente con mi encoñamiento temporal por la cuadra de John Hughes).
Risky
era buena. De las del género, la mejor. Y Tom vestía como lo hacían los chavalotes de mi década. Degenerado moral, com mi culto a la estética hortera, a lo comercial contemporáneo, Cruise me entró hasta los tuétanos. Me hice tan devoto que a primeros de los noventa acaparaba ya en mi habitación hasta dos mil fotografías del antíguo ídolo del aire. Compré las locandinas exhibidas en la cartelera del cine que pasaba su bodrio Cocktail. Me tragué El color del dinero y Rainman, que no en vano eran oscarizadas cintas. Y el cúlmen de mi mitomanía alcanzó instantes paroxísticos con su interpretación de parapléjico (sobre todo en la escena de los alambres del pene) en Nacido el 4 de julio. A partir de ahí, la cosa fue decayendo. Ignoro por qué, pues en la nueva década fuí puntualmente con madre a sus estrenos. Paramos en la primera Mision Imposible porque me traumatizó enormemente ver a la divina Vanessa como de mala Bond manejando un ordenador portátil en medio de un ambiente mareantemente sofisticado. La Redgrave. Tanta concienciación y militancia para acabar en estos comics. Podía haberme también recriminado a mi mismo ¿y yo qué?. Ay, malos tiempos para la humanidad selecta...

Estrenos sin desmayo
Hubo una buena remesa de estrenos el último trimestre de 1986. Woody Allen seguía cundiéndome. Días de radio fue la cita del año con el maestro judío y de sus regalos (porque yo así conceptuaba aún las pelis de este señor) más hermosos. Un homenaje sincero a su infancia a través del invento de la radio. Era una película sensible y sofisiticada, glamourosa y humilde. Una película que no caía nunca en localismos pues los españoles de la posguerra también sabíamos lo que fue ser educados al calor de una radio de cretona. Divertida y trascendente. Y salía Mia Farrow, que es una actriz que le da rabia a todos mis amigos pero que a mí me transmitía calidez. El ambiente no podía ser más macisteño. Tanto como que no salía ni un sólo aviador del ejército norteamericano realizando unas maniobras orquestales de la muerte. Lo hacían Roger e Irene fingiendo estar en camisón porque se acogían al divino embrujo de la magia hertziana. Secundarios de antología. Matrimonio de la radio de los años cuarenta expertos en potines sobre famosos y cuya sección matutina eran unos desayunos de los que rápidamente me apropié. Tanto esta secuencia como todo el filme de Tati visto el pasado verano (Mon oncle) con su diseño del hogar del protagonista me causaron tal impresión que mi programa de radio casero pasó a llamarse Domestic Pop y recogía las esencias vintage de unos mundos tan distintos (autobiográfico uno e irreal el otro) como los que me habían revelado ambos cómicos.
Estética aparte, los estrenos de la temporada de invierno tenían sabor a realismo disfrazado de parábola, a problemas de adolescentes en tiempos que juzgaba heróicos. Cine hipersensible y tierno. Películas que hoy ya nadie recuerda como Mona Lisa, El año de las luces o Yesterday. La primera era una fábula maravillosa de Neil Jordan, donde se utilizaban referentes básicos como el cuadro de Leonardo o la melodía de Nat King Cole para ahondar en aspectos claves de la persona enfrentada a una sociedad hostil: la integridad del individuo, básicamente. La Manipulación ajena, también. Cathy Tyson como prostituta de lujo le daba mil vueltas a la futura Pretty Woman. Y Bob Hoskins simplemente se salía. Me hizo llorar.
El año de las luces no me hizo llorar (y eso que era una comedia agridulce) pero algo de baba se me escapó con Jorge Sanz, adolescente de mi quinta. Pese al progrerio de Trueba, pese a que se pasaba de refilón por el crollo de la guerra civil entendida por un bando, las cosas se enfilaban de otra manera. Se hablaba de la iniciación sexual en una España reaccionaria y capadora y se hacía desde una holgura de medios de la que carecía el cine precedente de este director. Sin embargo, la película para mí era Jorge Sanz, por más que a la Verdú (presencia cargante por antonomasia de nuestro cine más reciente) se la vendiera como la revelación total. Jorge era abrazable y tan pajero como yo. Era un amor entre balbuceos (empezaba a no entenderse lo que mascullaba, tara que aún no me resultaba molesta. A fin de cuentas a James Dean cuando fue Carl Trask, su padre lo tuvo que mandar "al este del edén", que era la manera de mandar antes a la mierda a los hijos, porque no se le pillaba gran cosa). Mi recuerdo del niño de Crónica del alba, incluso de su pequeño Conancito facilitó que me enterneciese más si cabe al ver cómo de bien se había desarrollado el mozuelo (nada de desgarbo ¡y antes de la época del desarrollismo!).
Por lo tanto, los mini mitos y amores de entonces iban apareciendo por casualidad. Sin recomendación. La vida misma. Ese flechazo, esa capacidad de conmoción tiende a ser la mejor, la más perdurable. Pasó algo similar con Yesterday, película polaca de Radoslaw Piwowarski sin mayores referencias que las de haber sido premiada en el último San Sebastián. Era la primera vez que entraba en el Valle Inclán coruñés, una especie de Cines Renoir a la gallega, probablemente la única sala de por aqui dedicada a emitir películas subtituladas. Y fue una maravillosa sorpresa. Porque sin saberlo me topé con otro adolescente como riguroso protagonista (Piotr Siwkiewicz) desplazado a unos años queridos (mediados de los sesenta), justo cuando el huracán Beatles sacudía hasta los inviolables cimientos de los paises del Este. Yesterday era en palabras de su director "una película sencilla que habla de cosas importantes". Supongo que esta agradable definición aludiría a esa costumbre del cine polaco de buscar implicaciones sociopolíticas hasta en la anécdota de una canción pop si es preciso. Pero su mensaje era bien tragable, porque aludía a los sentimientos, a la incomprensión del mundo adulto para con una juventud ansiosa de una modernidad que le había sido vetada. Los toques de comedia se alternaban con otros más graves, en donde la Iglesia quedaba muy mal parada, al igual que la Polonia cerrada de Gomulka. Mi afecto por aquella pandilla estudiantil, muchachos que querían formar un grupo emulando a los de Liverpool, fue inmediato. El leitmotiv de la tonada inmortal de Lennon y McCartney acentuaba una cierta catársis emocional que en el caso de realizadores como Kusturica resultaban, en mi opinión de entonces, como un "quiero y no puedo" de lo más tostón. El joven Piotr no tendría la consideración cinéfila de un Zbigniew Cybulski, actor por el que me interesé pronto al leer que en los sixties la crítica lo calificaba como el James Dean polaco a raiz de sus papeles inconformistas y rebeldes con el maestro Wajda pero, considerando que el bisoño Piotr había hecho un gran trabajo y que tanto Yesterday como Manuscrito encontrado en Zaragoza, interpretada por Cybulski veinte años antes, habían sido premiadas con el máximo galardón en el mismo Festival de Cine, no debía ir muy desentonado en mis reflexiones al equiparar a uno con otro. Reflexión del día, en todo caso. Seguían mandando en mí más el corazón y el instinto que una profundización metafísica o la coherencia intelectual. Meses después, con Au revoir les enfants logré la cuadratura del círculo.

continuará