29 enero 2010

SEMANA ESPEC IAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (4 )

Capítulo cuadragésimo primero

La zorra y su zorrezno
Tres meses fue lo que me llevó terminar el tributo a la Zorra de Madrid, el primero de los personaje destinados a engrosar la lista de consagraciones al delirio. Sin embargo, según iba avanzando la historia, el protagonismo exclusivo de la pareja de hermafroditas arties que formaban Richard y Mikel fue siendo eclipsado por el extraño y multiforme hijo de ambos: el pequeño Kane, mezcla de alien mutante, efebo exquisito y super héroe anti sistema. Con Kane cometí un grave error: no supe cómo expresar la fascinación por lo masculino que me quitaba tanto el sueño en cada una de sus variedades físicas. Sabía que era una cuestión de fe en el personaje pues aquel ser se entendía menos que el misterio de la Santísima Trinidad. Esa situación fallida de reversibilidades cronológicas, que a veces rozaban la brillantez y otras rebasaban el bochorno, se perdona por aparecer en mi obra antes de tiempo, quedando en su embrión aromas a fracaso pero aún susceptible, con el tiempo transcurrido, de mirarlo con ternura y no pocos calores, sobre todo, cuando se encarnaba en bellísimo adolescente. Era entonces cuando la pedofilia intrínseca a mi identidad sexual afloró sin ambajes, con sinceridad de autobiografía (Kane podía ser yo y a la vez mi chico ideal, un espejo para fornicarse), revelándose como lo más inspirado de todo aquel cúmulo de insensateces hechas short story. Ciudadano Kane se apoderó de mí y de quienes lo rodearon. Pero, en tanto que autor, tuve la última palabra para ser el único que se apoderara de su alma. Aun por encima de una Zorra machihembra a la que ya no tragaba ni en pintura.
Después de rellenar cincuenta folios mecanografiados y presentados como sueltos, típicos del folletín por entregas, como los que abastecían a la prensa decimonónica, estrené un puente exclusivo a la imaginación. Un punto de ruptura con mi pasado donde la libertad total volaba a sus anchas en el marasmo de estilos y unidades narrativas que irían de la encuesta a la retórica de los mensajes publicitarios, pasando por el cancionero sentimental, el sainete de los Alvarez Quintero y las constantes autorreferencias (incluso Maciste aparecía en el texto siendo violado por su Orlando particular después de un duelo dialéctico de improbables ditirambos). Hubiera sido un estimulante camino a seguir pero me temo que aquél no tuvo continuación. A finales de la década me estaba empezando a cansar de la modernidad y lo urbanita. Me iba a aguijonear de muy mala manera lo retro. Y de ahí no saldría ya.
Mientras acababa la Zorra, seguí alimentando mi vocación letraherida con golosinas llamadas dedicatorias. Algunos de mis vecinos de pupitre me pedían retratos de si mismos, cosa que hice con mucho gusto (y, como siempre, en un pis pas). El tiempo que me sobraba en clase lo dejaba para ir pariendo mini cuentos escabrosos, fantásticos y seudo pornográficos que bien merecían ser agrupados en un volúmen de variados, más que nada para darles una entidad propia. Aquel batiburrillo de hojas desperdigadas aqui y allá eran un acto de desbarajuste creativo a todas luces injusto a tenor de los largos ratos que había pasado en su preparación. De momento, ponía punto final -con esquela incluída- a la Zorra de Madrid, con la seguridad de que Carlos me la leyese de un tirón y dictaminara qué es lo que debía hacer con aquél vampiro de cresta punkie y con toda su prole de castizos neorrománticos.

Libros guardados (en el bolsillo)
Robé dos libros ese último trimestre. Ambos de cine. Uno de Bernardo Bertolucci de Esteve Riambau y Jose Enrique Monterde, donde diseccionaban brillantemente al director italiano abordando puntos cruciales de su cine, coincidentes con la situación socio-político-cultural europea de su momento de plenitud. El relevo del neorrealismo, la premonición del mayo del 68, la ruptura formal y política, la colaboración cine-televisión, el escándalo sociológico y el posibilismo político iban aclarando el opus de un cineasta comprometido, originalísimo y brillante. Lectura densa para un crío de diecisiete que se solía perder en el fárrago rompecabezas de las clases de filosofía. Le puse más esmero a estos textos que a los del colegio, textos que se acababan en La luna y que ahondaban mucho en una época casi desconocida pero para mí arrebatadora como eran todos los sesenta. Nombres como el Living Theater fueron rigurosamente apuntados en mi agenda. El teatro combativo era algo en lo que debería reparar cuanto antes.
El otro iba de Fassbinder, director alemán que me alucinaba desde hacía un par de años (La ansiedad, Las amargas lágrimas, Advertencia...) y del que hacía nada acababa de ver su provocadora La ley del más fuerte (Cine de medianoche). La edición a cargo de Augusto M. Torres era una traducción de textos ajenos. Tres artículos de ensayistas franceses, amén de siete entrevistas con Fassbinder de variada procedencia (de nuevo surgía el teatro off-off como forma de ruptura, como medio de comunicación de una ideología, de una ética, de reinterpretación de la Historia reciente). Y, lo más fetén, el estudio de Fassbinder sobre la obra de Douglas Sirk, páginas que devoré una y otra vez y que me hicieron acercarme con otros ojos al sentido del melodrama de ambos autores, a priori, a años luz el uno del otro.
Dos libritos, pues, que todavía conservo en la estantería correspondiente de mi biblioteca y que de vez en cuando releo cuando siento la necesidad de encontrarme no tanto con unos personajes únicos del cine europeo que me ayudaron a entender el cine como algo distinto a un espectáculo para las masas, sino con el espíritu de una época, la fortaleza del beligerante y, a la vez, con una parte de mi mismo, de la que no puedo ni quiero renunciar, por más modas que pretendan embriagarme con sus rutilancias fatuas.

Los programadores se afrancesan
El ciclo televisivo sobre la Garbo tuvo mucho de desafortunado. Apenas seis títulos (ninguno, evidentemente de la época muda, pues TVE parecía tenerle pánico a los silents) y todos muy vistos. Me parecía inconcebible cómo con Marlene se habían esmerado tanto y luego se desinflaron con una Garbo escasita y re-vista. Tras ella vino Chabrol, algo con menos sentido aún que lo anterior pues, tras la Divina, lo que deberían haber puesto era un Divino (¿Brando?). Eso sí, me enganché a sus primeros títulos. Cosas que nadie quiere como Landru o El tigre se perfuma con dinamita, apreciable cine negro y de aventuras, muy comercial que, paradojicamente, es el que menos les gusta a los cinéfilos finos (el estilo Bond se dejaba intuir en esta última). En cambio, a mí me chifló Landru por la manera de exponer los crímenes fuera de campo, un toque de savoir faire que luego recuperaría el marido de la Audran en la memorable Le boucher (que no se emitió entonces) y del Tigre me quedé con la impactante escena de la maravillosa Margaret Lee encadenada en los barrotes de una lujosísima cama. Bondage a lo franchute, si quieren, pero que pondría los primeros grilletes a las jugosas interpretaciones psicopatológicas del sadismo pop junto a la Belle de jour de Buñuel.
Sin duda, si de algo valió el tele cine que cerraba 1986 fue para que me olvidase una temporada de la tirria que me producía la pedantería nouvelle vague (en particular) y lo francés (en general). Me limpié las gafas de los prejuicios, pues los oídos ya se habían agudizado gracias a lo mejor a Aute cantándome Cine, cine, que debería haberse titulado en realidad Cine, cine... pero de Cahiers.
Había vida más allá de Les Charlots, Louis de Funes y Fernandel. Y lo continué apreciando con Louis Malle y un ciclo breve pero intenso del que me apasionó El fuego fatuo (sobre todo, el suicida Maurice Ronet y la música de Satie). Y un domingo por la noche luché contra el sueño (siendo vencido) y me tragué la mitad de esa joya de Carné que se llamó para el siglo Los niños del paraíso (1945). Es decir, la poesía de Prevert y el préstamo novelero balzaciano elevando a la sublime Arletty, como Garance, a los cielos de ese Paris excepcional de 1840, donde oteamos a sus teatreros y sus hampones, sus aristócratas y sus cortesanas, sus boulevares y sus prisiones. Como sea que duraba casi cuatro horas (mas los anuncios) de poco sirvió el esfuerzo. El fresco se me recalentó tanto que me dejó frito.

continuará

Femenino singular


TRACEY THORN
(1962-)














* Discografia recomendada

- con Marine Girls: Beach party (1981) / Lazy ways (1982)
- con Everything But The Girl: Eden (1984) /
Love not money (1985) /Amplified Heart (1994) /Walking wounded (1996)
- Tracey Thorn (en solitario) : A distant shore (1982) / Out of the woods (2007)



* En Youtube
















* Para leer en la red

- Página oficial de TT

- Página oficial de EBTG

- Tracey en Myspace

- Sometida a un test (para The Line Of Best Fit)

28 enero 2010

SEMANA ESPEC IAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (4 )

Capítulo cuadragésimo

El hogar del atleta inválido
No sólo de Javier vivía Maciste en su habitación de favoritos. Si había algún favorito de carne y hueso ese era Pedro. Por que cada vez deseaba más el contacto de su piel con la mía, el comentario intencionado que diese paso a un montón de deferencias, por lo general, no resueltas del todo debido a mi patógena timidez. Yo era a esas alturas de la relación un crío muy egoista pues estaba prolongando la llegada del coito del modo más absurdo. Y en cambio el egoista me parecía él. Por su manía de llevarse objetos de casa que tardaba en devolver, por sus rachas de inaccesibilidad, cuando desaparecía sin dejar rastro alguno, parejo a sus cambios repentinos de ánimo que me dejaban planchado, pasando horas muertas en el balcón esperando verle venir pues así me lo había prometido por teléfono (luego creí entender sus cambios anímicos al ir debilitándose su salud mental en años posteriores). Pero en reglas generales, fueron los momentos más deliciosos de la amistad entre ambos, pues esos poblemillas aún se justificaban por lo caprichosa que es la adolescencia. Aquél 1986 que ya iba feneciendo...
Se mascaba la apoteósis. Entre tanto, las frías tardes otoñales las pasábamos oyendo música, repasando las lecciones y hasta improvisando recreos con trozos de revistas porno que se traía de sabe dios qué escondrijo para lagartijas. Si estábamos en mi dormitorio la cama era la gran tentadora. Cualquier nimiedad servía para que nos pusiéramos juguetones. Así trataba de quitarme algo de las manos, yo me negaba y entonces surgía el toqueteo, la aproximación de nuestras caras, la caída simultánea de ambos sobre el somier. Acto seguido, alguien se ponía encima del otro y seguía el cuento. Todo acababa en algo parecido a la lucha libre. Sustitutivo del sexo cuando ya ninguna excusa boba era necesaria para ponernos al magreo viril. Su superioridad física era evidente, más cuando uno estaba pensando en otras cosas bien distintas al bloqueo del contrincante, antes bien a llegar a determinadas partes de su anatomía para sobarlas a conciencia. Era una mezcla irresistible de dolor y de placer siempre ahogado que nos dejaba exhaustos y trempantes. La intensidad con la que acogía esos minutos de lucha cuerpo a cuerpo era tan grande que podía haber estado así toda mi vida. ¿Para qué la madurez?. Seguía teniendo miedo al sexo y aquél deporte me bastaba y me sobraba. Beguine the beguine... Carrusel de los sentidos. Arambol del que esquiva caricias. Corralito de una infancia oculta en un cuerpo de no adulto pero que ya podía procrear. Quería arrebatarle un objeto, él se lo llevaba al paquete, todo ese momento era la felicidad absoluta para Maciste. Hubo veces que mi descontrol era tal que lo que buscaba directamente era el más allá del crio dentro de sus jeans. Y le hacía reir con las cosquillas que le provocaban mis tentáculos buscando una bajada de pitrina. Se tiraba al suelo sobre la baldosa y se ponía picarón y animalesco haciendo el perrito que olfatea el ano del amigo, a cuatro patas, más perra que perro. Nos partíamos el culo en figurado, asi que pensaba si no sería una idea mejor partírnoslo con una botella de plástico. El era más receptivo a la prueba. La botella era la que terminaba hecha añicos pues su trasero adolescente, enfundado en pantalones ceñidos, era pura roca. Luego se volvía a sentar para guardar las formas y yo, empalmadísimo de la muerte, seguía en mis trece de sacar su rabo a relucir. Su resistencia me volvía más loco. Agachado junto a sus rodillas, rozándome la cebolleta sobre su pernera, estaba en la gloria. Esa tarde en concreto no me percaté de que mis padres entraban en ese preciso momento en casa. Papá me vio en aquella situación y agachó la cabeza no sin lanzar un grito seco y capador: No estés de rodillas, coño, creo que me dijo. Desde aquella, a mi madre el niño Pedro le dio mala espina.
Me traían al pairo la opinión y conclusiones de mis padres con respecto al muchacho. Sus visitas dejaban al final la puerta abierta a los placeres posteriores de Onán, cuando de noche soñaba con los momentos más destacados de tanto roce de vaqueros. A su vez, sus ambíguas proposiciones sentimentales me dejaban noqueadísimo. Sustituyan esto último por el término agilipollado y también valdría. Aquella mañana que afirmó con especial cariño: Tu y yo somos colegas, ¿verdad?. Esta simple pregunta tan cargada de intencionalidad resultaba a mis oídos una declaración de amor, la traducción hipotética del compromiso abierto entre una pareja de enamorados de filme Metro que se juran fidelidad eterna, sólo que en versión efébica. Respondí con un si lo suficientemente inaudible como para que el galancito me pasase sonriendo la mano por el hombro. Quizá pensaría que eso me iba a encadenar a su persona, incluyendo derechos de pernada cuando quisiera mi amo. Ignoraba que yo ya era su esclavo desde el primer día que pisó mi casa.
Pero Pedro no era muy dado a estos deslices de blandura. Era demasiado carnal. Sus trampas, tal vez pistas, las lanzaba a discrección siempre que se encontraba receptivo. Yo sentado en un banco del parque y él de pie, con la bragueta calculadamente abierta, exhibiendo un poco de abultado slip a un palmo de mi rostro atónito, su invitación a que entrase con él en los váteres públicos, las historias que me contaba de un amigo del barrio sobre ciertas competiciones olímpicas con las comparativas del tamaño del sexo de los contrincantes como meta... Recuerdo que con esto se puso muy pesado en esa última fase del cortejo. El tamaño de mi pene era algo que me preocupaba. Era una perfecta arma para mis juegos íntimos, nunca me defraudó pero me daba reparo compararlo con el de otro. El ataque genital prosiguió cuando, de repente, el microscopio que me echó papá por Reyes empezó a llamarle la atención. Analizar la saliva lo encontraba gracioso. Luego pensó que mejor estaba analizar el semen. Le dí la razón pero creí que no era momento (más que nada porque se nos podía cortar la digestión, acabados de merendar que estábamos). Terminó llevándose el aparatejo a casa. ¡Miren quién le fue a sacar rendimiento!. Costó trabajo que me lo devolviera. Según me contaba funcionaba muy bien y se veían unas cosas muy curiosas. No pensé que fuese a rivalizar en hallazgos con monsieur Curie asi que me podía imaginar cuales eran aquellas curiosidades. Le dije que me trajese el chisme pronto, no se lo fuera a quedar, como sucedía con tantos préstamos sin retorno. El microscopio volvió a mis manos en un estado lamentable. Más que el microscopio, los accesorios. Los tubitos de muestras venían pringados de una sustancia amarillenta, reseca y viscosa. Ni unos cuantos gargajos de tuberculoso podían haberlos dejado asi. Supongo que me enfadé y supongo que se me pasaría rápido cuando cambió de conversación y se fue a buscar el Scalextric. ¿Cómo no caer en la tentación?, habida cuenta de que traía para la carrera mi pantalón favorito, aquél que sólo se puso de moda en ciertas chicas de barrio y que, por lo tanto, al muchacho le realzaban el trasero manzana de una forma indescriptible... ¿Tienes pelos detrás?, le pregunté un día. El me respondía todo orgulloso: Oh, no...

Y el himen se fue a tomar por culo
Asi estuvimos meses. Cuando yo quería, él se inhibía. Y viceversa. ¿Cuándo nos pondríamos de acuerdo?. Su insistencia en el tema de aquellas absurdas olimpiadas para gallitos falómanos devinieron en celebración de actos sin pompa ni prosopopeya. No encendimos pebeteros ni preparamos coronitas de laurel porque lo nuestro iba en otra onda. Al parecer, sólo se necesitaba una cinta métrica y la chorra de cada cual bien tiesecilla. Llegó el momento de la verdad, que no tenía por qué ser hacer el amor con gritos de rotura de himen, sangre sobre la alfombra o mandíbulas dislocadas. Sólo sacarla, medirla, apuntar en el tablón los resultados y guardarla de nuevo en su jaula. Pero la imaginación calenturienta de Pedro iba muy bien trazada. Aquello no era rollo castrense o deportivo en la clínica de reconocimiento. Nos olvidamos rápido de competir. Ambos estábamos flácidos. Con lo cual hubo pajeo. Pronto el pene de mi amigo se puso tieso. Y era magnífico. No muy grande pero superando la talla estándar. Lo que más me gustó fue su glande y la perfecta línea recta que formaba desde la punta al inicio de sus bien pendulones testículos. Los nervios se apoderaron de mí y no conseguí llegar ya no a su altura sino simplemente a ponerme erecto. Cuando se dio cuenta entonces dio un giro inesperado. Se puso de espaldas, luego se bajó los gayumbos por detrás y colocó sus nalgas en mis genitales. Restregaba sus perfectas redondeces de tal manera que me puso a mil. Pedro me animó entonces a que lo penetrase. Aquello me dio que pensar (si me hubiera abandonado a los instintos...). Eran varias las dudas. ¿Qué pasaría si me reventaba la polla, o si yo le reventaba el ojete?. De metérsela, ¿saldría llena de mierda?. Ya puesto de mierda, ¿era buena de sacar con agua y jabón?. Aunque no fuera así, ¿olería mal durante la enculada?. De nuevo, nervioso. Mi fantasía hecha realidad pero a lo crudo, me acojonó. Se me vino abajo. Pedro era paciente, el rapaz más generoso del mundo. No sólo porque me dejaba mi tiempo, sabiéndome un pedazo de virgen, sino por donar su pompis que seguía machacando mi rabito cada vez más empequeñecido por la agobiante presión. Tuve que desistir y él, a regañadientes, optó por sentarse en la silla. Su cosa seguía mayestática, insultante, preciosa. Si acaso algo sucia, lo que me hizo mantener distancia. Casi no nos dirigimos la palabra aunque seguro que cada uno tenía algo que pedir al otro. Le comentaba alguna idiotez y él respondía que le interesaba mucho profundizar en el tema de la penetración. Lo dijo con tal gravedad que consiguió no parecerme un ataque vejatorio, antes bien un motivo de reflexión de cara a lo que se avecinaba de seguir con el jóven. Si le hablaba del vello de su pubis, él me comentaba lo curioso que era que se me enrojeciese tanto el glande. Nos olvidamos de cintas métricas aunque sus dieciséis centímetros fueron medidos muchas ocasiones en el futuro. Para acabar la sesión, una sesión en la que nadie eyaculó, le regalé una pequeñita chupada, muy breve pero suficiente como para que me abriese a vómitos. El sabor no era todo lo agradable que yo presuponía de tan opíparo manjar.
Al día siguiente me mantuve tenso por la idea de que Pedro se hubiera ido de la lengua o que no me quisiese a su lado por mi inactiva polla. Pero Pedro era uno de los compinches más discretos del mundo. No así yo que corrí a contarle aquella iniciación harto anunciada a mis fieles alcahuetas Luis y Juan. Me oyeron con tanto interés, me preguntaban con tal curiosidad, me aconsejaban con tamaña precisión que mi tontería trocó en entusiasmo, en profundos deseos de reencontrarme con el amigo (a ser posible, en un abrazo). Y lo encontré, pero como si nada. Hola y adiós. Durante un par de días Pedro no quiso saber nada de mí. Me remordió la conciencia. Fue todo momentáneo pues el paso siguiente fue el sexo puro y duro. Desnudarnos del todo e intercambiar fluidos como es debido. Experiencia que surgió con diecisiete años y de la manera más normal, que algunos podrían conceptuar como anormal en sumo grado. Disquisiciones y prejuicios sociales aparte, contarían por encima de todo mis propias reflexiones al respecto, pues mi sexualidad era mía y no de la sociedad. En ese sentido, puedo afirmar que en modo alguno me sentí culpabilizado- tampoco orgulloso- y que seguía siendo el mismo. Es decir, ignorante de lo que hacer con mi cuerpo. Mientras, mi alma continuaba estando vacía (tal vez por que yo buscaba en Pedro una revelación a dos y él tan sólo me quería como experimento -¡otro más!-. Lástima que no me acordase de los clásicos. Como aquellas palabras que el siempre descreído George Sanders, rey inglés, le transmitió a Linda Darnell, trepa pero no tanto, en Ambiciosa: "Eso del amor correspondido es algo tan frágil que se puede desvanecer en cualquier momento"). La pérdida de virginidad, con sus dolores físicos del comienzo que iban derivando al placer más absoluto, en realidad no me habían logrado quitar la tontería.

continuará

PUBLICOS VICIOS (homoerotismos en Youtube)

45. Hazañas bélicas: ¿Barracones, corralitos o casa de putos?

¡Cuánto me apena no haber hecho la mili!. Ahora, a los cuarenta, ya me siento muy mayor para intentarlo, claro. Pero yo en Afganistán me da que haría buenas migas con tanto humanitario. No hay más que mirar la tanda de videos que os reservo en este episodio de PV. Reconozco que he optado a propósito por serviros una buena ración de usacas in action porque siempre me han parecido un primor, el colmo de la ingenuidad. Conservan todavía ese grado rousseauniano a lo Gary Cooper cuando fue héroe a su pesar. Físicos agradables, una propaganda política a través de ese (homo) erotismo que les permite subir al Youtube sus momentos de asueto y distracción (en cofradía) sin que por ello debamos los espectadores afrontarlos con un mínimo de lucidez o crítica. Es el poder de seducción eterno del americano medio. Sobrarían la mitad de las monerías, también lo digo: con una simple sonrisa ya bastaría para que todos los nietecitos de América, en lucha por el Oriente Medio, amasen más a sus abuelitas a partir de estos visionados excepcionales. Y aunque parezca algo muy feo, como una antesala para una noche de penes largos, la sangre no llega nunca al rio, jamás (lo sabemos de sobra) aceptarían entregarse a la orgia de un ejército alemán entendida por Visconti en La caduta o a la bacanal boyarda del terrible Iván según Eisenstein...
Es lo bueno que tienen los yanquis. Siguen siendo buenos chicos. Piensan siempre en sus oraciones de antes de dormir en sus santas madres. Mientras, sus doctrinas políticas vigilan, no en vano son la redención esperada por todos los pueblos de la Tierra.
Véanlos pues luchar en la intimidad (wrestling, echando un pulso), bailar y menear sus culos blanquitos como auténticas señoritas de alquiler, acercarse las mejillas en ruboroso beso para alumbrarle la inspiración a algún nuevo Whitman. No respiren cuando sus miradas se congelen por el alcohol que atolondra: dicen mucho aunque parezcan no decir nada... La jornada ha sido durísima y mañana les espera una cruenta batalla.

Pero como yo barro para España, me quedo con el último de todos. Video lleno de símbolos y fetiches. El soldado español cagando bien a gusto. Y no, no se limpia el culo con un trocito de papel rojo y gualda, ni se oye en el hilo musical del retrete ninguna marcha interpretada por la mascota Marujita Diaz. Todo va de broma light. Uno de caballería que lo grabó por que pronto se iba. Pero se ve lo suficiente como para despertar coprofantasías en cierto sector homo sudamericano, enormes especialistas en la materia, a juzgar por lo que uno encuentra al respecto en Youtube. Un nuevo boom, vamos.
¿Lo mejor?. El comentario que ha dejado el mancebo protagonista en respuesta a la cabronada del otro recluta: lo tendré presente!! una cosa es grabar esto y otra cosa es subirla a youtube eso si qe es ser kbron XDDD
Y que lo digas bombonazo. Aunque ¿qué sentido tendría, más que el pajillero guarro, grabarte la jiñada y tu suntuoso, divino ritual scottex sin hacerlo público?. Por tu réplica, esto de las grabaciones intestinas para uso privado lo tolerarías bien. Cosa que me la pone doblemente palo. Me pone verte -culo delicioso en alza, cojones pendulantes de refilón, bandera española en el hombro, esmero patológico en pasarte el papel hasta que te quede ilamible tu tesoro...- y luego me pone leerte, Izquierdo. Espero que te vaya bonito por el España 11. Nos vemos en las trincheras.







































27 enero 2010

SEMANA ESPEC IAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (4 )

Capítulo trigésimo noveno

El comienzo de la melomanía megalómana
Y un día de otoño de 1986 entró la fortuna en casa. No es que fuese una enorme fortuna. Como un milloncejo de las antiguas pesetas que papá había recibido por salirle premiado un boleto de la Loteria nacional. A mamá le compró un maravilloso abrigo de visón que vino a sustituir al algo ajado de astracán con solapas Dynasty. No me acuerdo lo que se echó papá. Es posible que pagase alguna hipoteca pendiente. Sí que fueron al mejor restaurante una noche de sábado para celebrarlo. En cuanto a mí, no pudo haber mejor elección. En vísperas de mi 17 cumpleaños aparecía en casa una estupenda cadena musical marca Thomson, con plato y altavoces incorporados que se instaló en mi habitación de los juguetes con poderes dominadores. Fue un regalo destinado a cambiar mi vida en los siguientes veinte años, con la misma intensidad y facultad de arrastre tiránico que la compra del ordenador en 2005. Esta cadena musical, jamás sustituida, pervive medio desvencijada en el mismo sitio. Le faltan teclas a la pletina, el cajón del plato ya no cierra pero si que me concede el capricho diario de disfrutar de soberbias audiciones de vinilos. Gracias a los cables pertinentes con conexión a un discman me colma desde hace dos lustros de melodías digitales (ahora también analógicas) supremas.
La magnificencia de una habitación coronada por bafles dando a la música una presencia decibélica enorme embargaban mis sentidos (a la par que abrumaban a mis pacientes vecinos) a la altura mayestática de cualquier visita a un templo catedralicio. Cuántas posibilidades se me estaban abriendo ya. Poder grabar canciones en estéreo, aumentar mis soportes técnicos de cara a mis programas caseros. Y, por descontado, empezar a coleccionar discos. Lo malo es que en esto último aún me sentía muy perdido. Los primeros singles en serio iban de Eurythmics a Katrina and the waves sin demasiado entusiasmo. El entusiasmo surgió pronto. Coincidiendo con la apertura de una tienda de discos muy especial llamada Peggy Records. Creo que me lo comentó Javier, estaba en unas galerías céntricas y era regentada por uno de los componentes de los míticos Suaves, el a su manera entrañable Charly. Había que ir. Nuestras visitas eran asíduas. Me imaginaba que gran cantidad de su material provenía de su discoteca particular, cosa que era rigurosamente falsa. Pero fue de los primeros en la ciudad, por no decir el primero, en traer discos de importación, reediciones de oldies y, claro está, mucho arsenal heavy. Frecuentábamos la sección nacional porque tanto Javier como yo estábamos encoñados con la movida madrileña. Para nosotros los singles de Las Chinas, Zombies o Parálisis eran algo inalcanzable. Sin embargo, también palpábamos entre aquel ambiente, a numerosos coleccionistas que venían a encargar lo más raro. Y parecían llevárselo. Fue cuando empezamos a departir con él. Efectivamente, cualquier nombre que le decíamos no estaba en la tienda pero era susceptible de que pudiera ser nuestro. Campechano, tremendamente comunicativo, accesible pues, el músico metido a vendedor de vinilos nos contagió de ilusiones y, ya de paso, de amor por la música, aun cuando lo más probable es que nuestra manera de entenderla fuese radicalmente distinta a la suya. Al menos yo. En el fondo, Javier venía de pasarse su pre adolescencia barcelonesa oyendo heavy metal y eso le daba un punto de confidencialidad con el dueño. Salimos una buena tarde de allí alucinando. Ibamos a hacer una lista con lo que necesitábamos de forma urgente. El disco de Kaka, el maxi de Kikí, Zombies y Nikis, Vulpess ... Emborronamos un folio con alrededor de cincuenta grupos y solistas, sus respectivos títulos de Lp's y casas donde grabaron. En el ínterin seguimos visitando tiendas, más mediocres, pero que de muy vez en cuando nos daban sorpresas. Así pasó cuando encontramos sendos recopilatorios de la movida en la fenecidísima tienda Galaxia. Uno dedicado a las maquetas de Jesús Ordovás (El Pecado original) y otro del sello Lollipop llamado Esto es increible. El primero era formidable. Los Bólidos fueron la revelación absoluta. El segundo, amén de incorporar más grabaciones oscuras de Nikis (El hombre del abrigo gris) y de los babosos Hombres G (Marta) a los que les perdonamos inmediatamente la vida, tuvo como protagonistas estelares a Metal y Ca, casualmente el grupo posterior a El humano mecano (del cual aparecían un par de demos en El pecado). Pienso que a ambos la primera escucha en casa de cancioncillas como El último superviviente y Velocidad nos abrió a unos mundos pop fascinantes y locos. Con el inicio de Velocidad, y al ver que seguían sin fallarnos, corrimos a la cocina, nos surtimos de cacerolas, sartenes y cucharas e imitamos el ritmo doméstico (lo fi total) como si padeciésemos complejo de cocinitas mágicas. A la larga pienso que yo fui el más impactado pues todavía necesito cada cierto tiempo volver a subirme a ese tecno ye yé mutante luego tan sobado (pero jamás igualado en ingenuidad) por los tontipops fin de siglo. Y es que Javier cuando acabó la década de los ochenta se cambió la máscara (de Marisol) y se puso otra (de Elvis): estaba ya amarrado a un tupé y a una chupa de cuero escuchando lo más friki y subterráneo del rock and roll de los 50. Y orientado ahora por los doctrinarios críticos de su revista favorita, el Ruta 66. Asi que, mientras esto no sucedía, apuré la etapa ye yé de mi amigo endosándole de vez en cuando cintas que había grabado del programa de Paquito Clavel. Es curioso cómo tragaba con todo. Lo mismo se cachondeaba con Estrellita y su Relojito de pulsera como con Isa Novo y su fronterizo rockabilly gitano Tren de Texas. Pero, por encima de todo, vibraba con el Muy cerca de tí de Anita Belen, tal vez porque nuestros admirados Pegamoides la reinventaron a lo punki para aquel debut cinematográfico de Almodóvar. Nada que objetar. Aún percibíamos el pop inmediato de la misma manera, con idéntica pasión.
Transcurridos quince días después de que le hubiéramos pasado la lista de anhelados a Charly regresamos a su tienda con dickensianas esperanzas. El gozo en un pozo. Estaba en ello. Volvimos a ejercitar las garritas en los cajones de discos y recuerdo haberme llevado el Mini Lp de Fanny y los +, después de sopesar si sería conveniente acercarme al mostrador con un Lp de La Otxoa (que equivaldría a salir del armario para meterme en un bar de carretera, directamente. Dos confesiones en una). No era una mala elección, al menos servía para no salir de allí con la cabeza gacha. Quienes son esos la solía pinchar Juan Pablo Silvestre en su recién inaugurado Escápate mi amor (Radio 3).
Luego de dejar pasar otro tiempo prudencial, Charly nos sacó una enorme bolsa con lo conseguido. Todo maravilloso. Una decena de Lp's espectaculares. Kaka, Zombies, Parálisis, La Mode, el Ep de Paraiso, Aviador, Vainicas, Paco Clavel... Y, lo más importante, el maxi single de Kikí d'Akí con las composiciones de El Zurdo. Malo de los precios para tan huecos bolsillos. No hubo problema. Los podía pagar a plazos. Con lo cual, no lo dudé dos veces. Arramplé con todos, prometiéndole (de verdad de la buena) que me volvería a ver el pelo algún día. Espléndido y generoso Charly. Y siempre, apoyados a su mostrador, no menos espléndidos (y me imagino que no tan generosos) efebos con melenas, super fans que le pedían el oro y el moro. En especial, un día de su programa de radio (Radiocadena española) para pinchar. Micros abiertos dejaba a los oyentes para que hiciesen los viernes por la noche cuatro horas de radio musical. De momento yo me conformaba con pinchar en mi casa. El pop se quedó conmigo para no despegarse jamás. Al menos, hasta el día de hoy.


El disc jockey salvó
mi domingo
No todo era música en la intimidad. Los domingos por la tarde Javier y yo empezamos a acudir a una macrodiscoteca de pueblo, la más grande de Galicia, según anunciaban las publicidades, que se llamaba El Cumial. Acababan de reabrirla, con lo cual, la promesa de unas modernísimas instalaciones bien podía arrastrar a cualquier aprendiz de saltimbanqui en edad de lucirse. Como sea que la susodicha estaba a varios kilómetros de la ciudad, en el pueblo del mismo nombre, había que coger un autobus de ida y vuelta. Llegados al sitio todo era alucinante. ¿Recuerdan a Tony Manero?. Nosotros igual. No nos gustaba el cincuenta por ciento de lo que allí se pinchaba. Llaménle prejuicios o estar en Babia porque comparándolo con lo que se debe escuchar hoy en día en las discos debería ser una barbaridad de aprovechable. No había aún llegado el house, mucho menos el acid house y abundaban cancioncillas de pop anglosajón, masacrados, si cabe, por esos penosos intermedios de recreo para el pinchadiscos con abuso de Max Mix, lo que daba un efecto de poutpurri contínuo sólo salvable cuando aparecía el momento nacional. Entonces los dos nos volvíamos locos y saltábamos a la enorme pista para danzar con Loquillo (Yo para ser feliz), con Resentidos (Galicia canibal), con Golpes Bajos (La fiesta de los maniquies), con Siniestro (Bailaré sobre tu tumba) y, con lo mejor, Alaska y Dinarama (A quien le importa). Curioso que en su estreno no cayésemos que se trataba de un himno gay en habla castellana, tipo arco iris del amor. O no le poníamos etiquetas de colores al amor o algo raro nos sucedía. Tal vez sea, y hablo en general, porque en la Galicia interior estas cosas no se pillan ni a la de tres. El caso es que A quien le importa era, para todos los que la disfrutamos en las tardes del Cumial, un himno a secas. Y eso ya era suficiente para que fuera coreado. Un himno a la algarabía, al despiporre y lo pegadizo del pop más clásico. Otro tanto de lo mismo podríamos afirmar de los habituales Communards, Bronskie Beat, Pet Shop Boys, Frankie goes to Hollywood o Dead or alive. Nos hacían empapar la camiseta sin pensar en lo que escondían realmente aquellas letras: odas al sudor mariconil, al cuarto oscuro y a los hombres de bigotazo pringado con semen VIH. Electrónica pasada de bytes, producciones de Stock, Aitken and Waterman para la catarsis colectiva que tan bien entendieron en el turn of the century los nostálgicos DMX Crew o Stuart Price. Y de nuevo, esos impecables estribillos que ningun minimalista tecno o house podían joder.
Fiestas dionisíacas, sin alcohol ni tonterias de ligoteos. Javier, cuyo físico nunca me dijo nada, en sus constantes arrimones, en su comunicación tan próxima, me puso lentamente receptivo. Y como nos rechinaba Jennifer Rush, preferimos entendernos sin sexo con el derroche de testosterona de Europe y su Final de la cuenta atrás. Era el momento en que nos corríamos a lo metafórico. Los jevis de su niñez transfigurados en superventas para todos los públicos, en llenapistas de provincias. Europe eran unos falsarios, unas nenazas de puro look Eurovision, si, pero el suyo era un temazo que lo tenía todo. Un riff pegajoso, unos vozarrones de chachas cuyos ecos se podían oir hasta en Seixalvo... Y ese solo inevitable. Nos tirábamos al suelo haciendonos los macarras de la muerte, imitando a los mendas con guitarra y los paletos de alrededor se retiraban, por si acaso. Como si aquello fuese un duelo de zorras en el barro, Javier y yo apuramos los segundos finales de la cuenta atrás hasta la eyaculación. La mía, pues en más de una ocasión me eché encima del compañero de baile en acto equívoco (que no admitía ninguna equivocación, tan digno de kamasutra para lectores del Popular 1 era el tal), lo que provocaba ligeros pero entendibles cabreos en el rapaz: le hacía daño, físico y moral.
Cuántos numeritos en zonas oscuras interminables. Movidas en los baños. Ganas de dar el cante encendiendo cigarros que podían ser de chocolate Suchard pero que hacíamos que pasaran por lo ilegal: droga nueva, que dejaban a los gañanes -vírgenes de vicios modernos- asombrados y criticándonos por lo bajinis: Es la marigüana, vámonos, que es la marigüana... Siempre risas y de nuevo a lanzar cabriolas por la pista pequeña, cegados por los reflejos de luces de una crystal ball envidiosa de nuestra felicidad. Y cuando los lentos, a reposar fatiguitas, poniéndonos melosos, riéndonos de la baja y el jirafa, de la putarraca de la minifalda vaquera, de la tetuda feota y tan guay que se fritó el pelo en Rizo's, del julai que ayer iba de Esteso y hoy se había dejado coleta a lo Bosé, envidiando servidor no poder bailar con nadie aquella preciosidad mansurrona de Umberto Tozzi que sonaba a vinilo cascado. Fueron en verdad grandes domingos sin Tableros deportivos, sin soledades por el casco viejo... El fin de semana acababa para las Cenicientas de barrio a eso de las nueve y media, hora de coger el bus de vuelta. Y, ya en casa, a darse una duchita reconfortante y a cenar ligero escuchando a la Tamargo con su consultorio sentimental (Radio 3).
La dolce vita,
que no en vano la cantaba de aquella el hortera del Ryan Paris...


continuará

Postalitas repes

AMADOS ROSTROS DEL CINE ESPAÑOL (III)

Folcloric@s (primera parte)


25. Concha Piquer, emperatriz de la copla pero sin fortuna en el cine


26. Miguel de Molina, el emperador de la filigrana


27. Estrellita Castro, la simpatía pre neorrealista


28. Angelillo, humanidad desbordante, coplero intimista y flamenco ecléctico



29. Imperio Argentina, la primera super star del cine sonoro



30. El Príncipe Gitano, torero en las tablas y dandy en la vida



31. Juanita Reina, la pasión de su señora majestad



32. Miguel de los Reyes, la cumbre del kitsch escénico



33. Lola Flores, el abuso del genio



34. Antonio Molina, un popolano a la malagueña



35. Nati Mistral, el infinito talento que el cine se perdió



36. Luis Mariano, el saleroso soberano de la opereta