23 noviembre 2010

SOLO PARA SIBARITAS

ROSARIO Y ANTONIO
Por Angel Zúñiga

No es el ayer de Argentina y Tórtola, sino en la urgente actualidad hay que situar a ciertos bailarines llegados de América, después de algunos años de ausencia. Tenemos a Carmen Amaya, torbellino de la danza, epilepsia de la gitanería, a quien habíamos visto bailar, antes de la guerra, cuando todavía conservaba, puro, el pelo de la dehesa. En el "Pueblo Español", de niña, demostraba lo que iba a ser; lo mismo que ahora lo demuestra la Dolores, del "Charco La Pava", en plena calle Escudillers, quien acumula sus rentas de baile para cuando sea una real hembra. Luego, vimos a Carmen en "La Taurina", en la calle del Cid de los Invertidos, y en el cine Urquinaona, en fin de fiesta, cuando ya estaba metida en eso de las películas, al lado de Pastora. Entonces, Carmen no pretendía sino lo que era, y en el "colmao", en la taberna flamenca, entusiasmaba con su genio y sus desplantes, con su sabiduría honda y su cuerpecito que sabía cuanto hay que saber del baile.
La ausencia nos la ha devuelto bastante cambiada. Sin dirección artística, Carmen va a la deriva en un espectáculo pobre, rodeada de gentes, las familias de los gitanos, sin categoría. Su misma actuación es decepcionante. Entusiasma un momento, mientras, vestida de hombre, centellea su cuerpo con sacudidas bravas y eléctricas. El indiscutible hechizo dura poco, pero está lleno de frenesí que enerva y no deja en paz nuestros nervios. Lo demás, es galería, demasiada galería; y, si me apuran, camelo, demasiado camelo.
Cuando Carmen sale vestida de mujer, bailando la "Danza V", de Granados, se aturrulla con las faldas y no sabe qué hacer con los pies. Tampoco resulta un gran elogio decir de una mujer que resulta mejor vestida con pantalones, como no lo sería a la inversa, en el plano del imitador de estrellas. Las condiciones de Carmen Amaya, aparte del juego que puedan dar en el extranjero, se ven mejor en el "colmao", en la juerga latina. El escenario, aun cuando se trate de espasmos violentos, hechos del juego misterioso de los instintos, necesitan cierta voluntad ordenadora.



También Rosario y Antonio han vuelto a nuestros escenarios en franca mejoría. De aquellos "Chavalillos sevillanos" que actuaban, el año 36, en "Barcelona de noche" a esta atracción internacional media un abismo, aunque la pareja no haya olvidado, ni  creo que olvide, sus comienzos. Ahora se halla en una edad en que, cada temporada, significa una superación, al pulir en la experiencia y en el estudio sus medios expresivos. En teatro, y en lo demás, nadie nace sabio; lo que se sabe es porque se ha aprendido; de llevar algo dentro, sólo el constante ejercicio logrará su puesta a punto para que los demás se enteren.
De momento, ella y él conocen el medio de llegar a un público incondicional, decidido a todo. Hasta el espectáculo ecuánime participa del espectáculo frenético. Desde el escenario se vierte a la sala y la histeria de ciertos grupos lo pervierte en exigencia de tópicos, fácil y  gratuita. El afán de notoriedad, tan teatral, rompe el silencio con sus ayes y sus huyes. El ambiente caldeado interviene en la emoción del baile. Tales entusiasmos recuerdan los de esos admiradores que a uno le salen, como granos en primavera.
 -¡Es usted muy inteligente! ¡Siempre coinciden nuestros juicios!
Con lo que el elogio, como puede verse, se lo dedican a ellos mismos, tal como si se miraran a un espejo.

La aparición de Rosario y Antonio en "Triana" obliga al rendimiento. Tenemos enfrente la actitud severa del baile, y, por serlo, más elegante. Los bailarines ya se cuidan de dar vivacidad y garbo. Se admira el perfecto  sincronismo de las figuras, el sentido armónico con que vibran los cuerpos en una interpretación regulada al segundo. Los palillos puntúan la alegría melancólica de una sensualidad que, en la entrega del baile, queda olvidada. Rosario y Antonio logran aquí un equilibrio sereno.
El mismo elogio cabe en las "boleras", donde se define mejor la personalidad de los bailarines: se les entrevé en la coreografía y la música. El punto de apoyo de Antonio es el de la gracia, la suavidad, lo pequeño y delicado, en paradoja viva de sus nervios de acero, del resorte de su voluntad que va a buscar el movimiento en las raices más obscuras de su cuerpo. En sus "boleras" predomina ese concepto airoso y juguetón, atrayente y divertido, un poco infantil y un tanto picante, siempre delicioso. En sus trenzados existe la chispa de un ingenio popular que respeta la escuela, más feliz si pudiera hacer novillos. El ángel de Antonio vigila siempre la elegancia de sus movimientos. Antonio tiene eso: ángel , mucho ángel.
"Asturias" sirve para anotar el progreso de Rosario. Retitulada "Leyenda" para disipar toda posible limitación a un paisaje, nos ofrece una interpretación muy digna. La página no es fácil. El ritmo y los temas de "Asturias" indican, en su uniformidad, cierta monotonía: esa monotonía la salva Rosario con la floración coreográfica. También ella, apartándose de un dramatismo profundo, ríe o abre la boca, en una sonrisa, se ampara en una gracia, que aquí no es necesaria; pero la fantasía y al mismo tiempo el respeto, nos lleva a considerar el esfuerzo constante de esta bailarina, abosrbida casi siempre por la personalidad de Antonio. De todas formas, la separación definitiva de la pareja es lamentable. Yo les ví bailar por última vez juntos, a finales del 52, y sentí esa decisión irremediable.



El "Zapateado" de él llega a un virtuosismo efectista. Aquí la técnica se arroga todos los derechos y representaciones. Su enorme vitalidad, el dominio del bailarín se consuma en un esfuerzo integral. Antonio prueba cómo puede dominar la técnica y sacar de ella efectos brillantes.
No todos los números son de idéntica categoría. En algunos sobra mímica, saltos, vestuario y recursos de music-hall. Esto lo sabe muy bien Antonio, quien busca un punto de transigencia para hacer populares sus recitales. Con todo y eso, Antonio no deja de ser el bailarín joven más considerable de la actualidad.
En persona, cuenta con la misma simpatía que en escena, con la que gana las voluntades. Yo le conocí en una fiesta que organicé, aprisa y corriendo, para que René Clair viera un "flamenco" en su última noche en Barcelona.
¡Cómo bailó aquella noche! En la intimidad, Antonio tiene una gracia indiscutible, un salero y un ángel que vela siempre por cuanto él hace o deja de hacer. A monsieur y madame Clair les brillaban los ojos de entusiasmo.



En otra ocasión, Antonio hizo un viaje a Barcelona, desde Madrid, sólo por estar en mi casa la noche de mi cumpleaños. Hizo el trayecto de ida y vuelta en un día. Entre la gente que andaba por mi calle de los Angeles aquella noche, desde la Vizcondesa de Furness hasta Margarita Gabarró de Puig, Antonio destacaba por su sencillez y su fuerte personalidad.
Mary Santpere, que hacía reir a un grupo formado por Rafaela y Leticia Bosch-Labrús, Josefina Satrústegui y Lolita Monegal; Guadalupe Muñoz Sampedro, cuyo encuentro con el vizconde de Güell fue delicioso; Elvira Noriega, Enrique Alvarez Diosdado, Luis Peña, Luchy Soto, Carlitos Pous, tenían muchos admiradores, pero, esa noche, todas las miradas convergían en Antonio, bailarín mágico de tretas encantadas.
- No sabes cómo te agradezco que hayas venido...
Y Antonio, con esa simpatía que Dios le ha dado, me dice:
- Esto sólo lo habían conseguido Rita Hayworth y el Ali Khan..

Historia del cuplé. Ed. Barna (1953)

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