11 noviembre 2010

SOLO PARA SIBARITAS

LYNN BARI (1913-89)

Pin up girl
Perteneció a la casta de desaprovechadas de la historia del cine norteamericano de los años cuarenta. Esta actriz morena (aunque salió muchas veces de trigueña), cuya belleza podría compararse a la de las más célebres love godesses de su generación, debió contentarse con ser una pin up de la WWII (los GI la apodaron The Woo Woo Girl y, también, "La chica con la figura del millón de dólares").
Caso semejante al de Ella Raines. Pera la lista sería amplísima. Veda Ann Borg, Janis Carter, Mary Beth Hughes, Rita Corday.... En la serie B podían ser las chicas del galán (detective o cowboy). Pero si saltaban a la serie A, debían ceder puestos. Primaba entonces la humildad, el saber estar, comprender que no todas fueron llamadas para la gloria del estrellato. Y la Bari se fue conformando mientras aceptaba cuantos papeles (si se puede decir esto a labores de convidada de piedra durante escasos centímetros de celuloide) le iban surgiendo.
Pasados los años  terminó como recuerdo de un público nostágico anglosajón, de los pajeros de Internet que ansían recuperar la magia de un cromo descolorido con alguna técnica del Wordpaint, de los gays veteranos adictos a la memorabilia de las estrellas de anteayer. Y es que han pasado ya casi setenta años de Lynn Bari (setenta años, lo que suelen durar las mariquitas...).
El camino de la actriz fue desde un principio muy tortuoso. Tiene en su filmografía alrededor de ciento cincuenta películas. Y un veinte por ciento de ellas (casi todo lo que rodó en los años treinta, siendo su debut en 1933) no la incluían en los títulos de crédito. Su carácter conformista evitó que se rebelara ante un estudio como la 20th Century Fox en el que permaneció durante más de doce años y en el que hubo de ser esa chica para todo. Se hace especialmente doloroso recordar la anécdota que atañe a su intervención en el reparto de Sangre y arena (1941. Rouben Mamoulian). Al principio, iba a ser Doña Sol pero al verse que no podía bailar tan bien como la otra candidata (nada menos que Rita Hayworth) la relegaron a un cometido muy inferior dentro del filme (la hermana del torero Tyrone). Si Lynn hubiese sido otra (y no precisamente Gilda), si hubiese tenido las agallas de la Bette o las armas seductoras de una "cualquiera"  hubiese claudicado ante la evidencia de que una pelirroja siempre contrastará más con una morena (Linda Darnell) pero también hubiera luchado con uñas y dientes por arrebatarle ese puesto a Linda. Desde su modestia, Lynn estuvo fantástica con mantillas españolas y desplantes que ni la Piquer en el Poliorama.

La larga espera
Nació en 1913, en Roanoke (Virginia). Al cumplir los quince años su padre falleció, entonces se trasladó con su madre y su hermano pequeño a Boston. Pronto la madre se volvió a casar. Y muy bien casó pues lo hizo con un ministro de la Iglesia que pronto cambiaría la ubicación de su misión evangelizadora de Boston a California. Tras desempeñar los más diversos oficios (de secretaria a party girl), Lynn consiguió un pequeño contrato en la MGM. Su primer filme se llamó Meet the Baron donde aparecía, brevemente, vestida de colegiala. A partir de entonces vinieron papelitos que la eternizaron durante un lustro en el anonimato de los rostros fugaces. En la rama de las extras sin frase pero con una belleza tan rotunda que sería imposible no fijarse en ella no siendo cegato. Muy cegatos debían ser los ejecutivos de la Metro, porque Lynn perdió sus veinte años haciendo o bien de secretaria / oficinista semi invisible o bien de corista semi transparente. Es decir, la explotación en clave de atrezzo decó del mito de la muchachita de la Depresión que tan bien había definido la personalidad de una Joan Crawford o una Ginger Rogers. Pero si aquellas damas tuvieron la oportunidad de progresar como actrices (no sin tesón y esfuerzo), la carrera de Lynn parecía no despegar nunca. Finalmente, en 1937 con Lancer spy las cosas fueron cambiando. Entraba con su nombre artístico en unos títulos de crédito. Hacía un personaje con apellidos (Miss Fenwick). Los protagonistas eran dos gigantes, Dolores del Rio y George Sanders (éste último estaba empezando pero ya llevaba todas las papeletas para encabezar muy pronto carteles).
Su Miss Fenwick anunciaba un rol para el que la vieron de alguna manera capacitada. El de "la otra" pero, contradiciendo a  doña Juana Reina, Lynn ya tenía un nombre y, al menos, el derecho a ser reconocida como parte del triángulo actoral de un filme importante. Con Por otro querer (1939) despuntó con un prototipo femenino al que acudiría unas cuantas veces más. El de una mujer elegante y superficial, esclava de la moda, caprichosa y egoista pero tan hermosa que ningun hombre podía resistirse a sus añagazas. Fue éste un melodrama con ribetes de comedia romántica en el que mandaba mucho Barbara Stanwyck. Su novio moría en un accidente de coche cuando se dirigía al juzgado a casarse. Pronto se reveló que estaba embarazada. Desesperada intentó suicidarse. Herbert Marshall era su divina providencia, persuadiéndola para que recomenzara su vida, encargándose de la adopción del hijo (se lo cedía a una pareja de amigos bien situados económicamente. La dama era Lynn) y de darle un trabajo muy chic (en una tienda de modas que la obligaba de vez en cuando a visitar Paris). Por la lógica del cine, Barbara se encontraba con su hijo y desde ese momento sólo pensaba en conquistar su afecto. Aunque hubiese que luchar contra un padre anodino, contra un Herbert Marshall achuchable por su camaradería aunque cada vez más enamorado de ella, contra una inminente madrastra a la que le importaba un pito el pequeño (nada más comprensible. Aquella criaturita era odiosa, una suerte de Shirley Temple con pilila) anteponiendo a sus compromisos maternos los de un desfile de alta peletería, incluso contra un latin lover alucinante encarnado por César Romero en su salsa rosa (aqui interpretando a un Don Juan con todos los afeites típicos de un gran marica de mundo). Lynn se enfrentó en una escena (demasiado breve) a miss Stanwyck, quedando bien claro que la única desubicada en el triángulo era Lynn. A la larga, la frívola salió ganando.
Instalada en la 20th Century Fox, la segunda productora más importante de Hollywood que entraba en la década de los cuarenta en su momento álgido de inspiración y qualité, coincidió con Alice Faye, Don Ameche y Henry Fonda en un  biopic de la cupletista Lillian Russell (1940) ambientado a principios del siglo pasado. Como sea que lo único relevante que le ocurrió a la Russell fue tener una madre sufragista (Dorothy Peterson), un marido pianista (Don Ameche) que se le moría de un infarto intentando componerle algo sublime y un periodista (Henry Fonda) que le amaba en silencio desde los tiempos en que se inventó la imprenta y que ahora le estaba escribiendo unas memorias no autorizadas, el musical se nos antojó algo largo, si bien Alice Faye estuvo fenomenal cantando parte del repertorio de tan insigne reina del vodevil. La tarea de Lynn fue breve. Salía arrolladora de damisela del 900, autocalificándose fan de la diva y luego liberándole de uno de los muchos pretendientes que acumulaba en bambalinas. Se presupone que Lynn era ricachona de profesión.
Aún no lo era cuando, influenciada por su madre (una Charlotte Greenwood con ínfulas de grandeza), se comprometía con un señor que le duplicaba la edad. Esto sucedió en The perfect snob (1941. Ray McCarey) que la presentaba recién salida de la graduación, moderna y cazadotes. El padre (el veterano Wesley Ruggles) intentaba imponer una lógica natural a todo aquello, si bien complicaba más la situación al contratar a un casanova por horas llamado Cornel Wilde -bisoño, deportivo y lindísimo- para que la enamorase, apartándola del otro de paso. Fue una comedia agradable de ver y poco más. Lynn se manejó correctamente en esos tonos ligeros. A ratos daba una imagen a lo Claudette Colbert de lo más seductora

Sangre y arena (1941)
Y en seguida vino Sangre y arena, filme a revalorizar con urgencia pues contiene una poesía, una plasticidad, un respeto casi sagrado por ciertas tradiciones estéticas españolas y, en especial, por todo lo que tiene de rito la fiesta, pero también una crítica de la misma cuando se entiende más como una fuente de ingresos que como un arte con mayúsculas (los comentarios de John Carradine, harto de la decadencia de su compañero), una carga pasional y un erotismo fuera de su época y alcance. Mamoulian quisó retornar a su mayores logros de los early talkies y a fe que lo consiguió. Lo mejor, la superación de un kitsch que en cualquier manaza yanqui hubiera hecho peligrar lo delicado del proyecto. A efectos de este artículo, Sangre y arena fue esa oportunidad perdida de alcanzar Lynn Bari el estrellato. Hoy por hoy sabemos que ninguna doña Sol hubiera superado a la original (del tecnicolor) pero nos ilusiona enterarnos que una vez se pensó en ella para tan importante cometido. La Bari descendió en importancia al hacerse con el papel de la hermana del torero protagonista lo que no le impidió resaltar con su belleza morena de peina y mantilla mientras se mantuvo en plano (no desmerecía nada frente a una Linda Darnell genuflexa ante una Macarena insólitamente parecida a la Catalina de Rusia de la Dietrich). Tuvo dos escenas relevantes. En la primera ella no podía casarse con un tal Antonio por falta de posibles. Tyrone, que llegaba triunfal de Madrid, les concedió lo necesario (a Antonio lo nombraba su apoderado). Una hora y media de metraje más tarde, Tyrone ya no era el mismo. Maleado por la Hayworth se veía deshecho humano, sin arte ni oficio, en el delirio de su cogorza pensaba en sustituir en el ruedo la espada por un pistolón. Entonces Lynn se lo reprochaba (más por la ruina económica que por la moral, y es que había salido pesetera) aduciendo que su marido era un apoderado que nada tenía que apoderar ya. Se despedía de él clavándole la estocada verbal y se alejaba con una doble manoletina al ser la cola de su vestido de mucho vuelo.

Inolvidables pequeños thrillers
Estos papeles raciales, de mucha garra y salero no oscurecieron la faceta verdaderamente interesante de nuestra estrellita, que fue la de elemento insustituible de cierta Serie negra muy años cuarenta. En los filmes por capítulos de personajes detectivescos como The Falcon o el curioso Michael Shayne pudo desarrollar un arquetipo inolvidable. El de la periodista meticona, capaz de meter el dedo en la herida del cadáver o la nariz en el humo de una bala con tal de cumplir con su labor de reportera de acción. Al igual que Ella Raines hizo filigranas con un traje chaqueta y un broche dorado con sus iniciales. En Sleepers west (1941. Eugene Forde) Lloyd Nolan (estupendo Mike Shayne) mantenía con ella un trato muy particular. Por un lado se sobreentendía que entre ambos había existido en el pasado una relación sentimental de mucho fuste. Por otro, el sentido de la competencia de la reporter era tal que parecía ser ella el verdadero peligro en la sombra del pulcro detective. Al menos, los dos estaban peleando por conseguir sus fines. El de Nolan, conducir a otra localidad a una testigo vital en un caso de injusto homicidio, protegiéndola de los malos que sabían del peligro de su testimonio. El de la Bari, que ese testigo revelase todo a su periódico antes que al juez. La acción se desarrollaba casi integramente en el interior de un tren. Y pasaban tantas cosas que el policíaco barato se tornaba por momentos un vodevil de los hermanos Marx. O, para ser precisos, Marx Brothers meet Agatha Christie. Una serie B que sigue siendo una delicia. La poca atmósfera (esa atmósfera que pronto pillarían unos cuantos artesanos de la Fox, aplicada a partir de postulados neoexpresionistas) se compensaba con la eficacia del argumento, las interpretaciones y un sentido de la acción endiablado.
Lynn volvió a repetir profesión, traje chaqueta y yo creo que también broche en The Falcon Takes Over (1942. Irving Reis). Lejos de ser un detalle absurdo resultó bien entrañable. Seguía perfecta con ese aire descreído y dinámico, ayudando al detective elegante y profundamente irónico que compuso George Sanders para la ocasión (su halcón voló poco, el actor que más se metió en su gabán se llamaba Tom Conway. Y es que Mr. Sanders era un señor con ambiciones más elevadas que las de consagrarse en simples pulps en movimiento) sin perder poderío frente a él. Eso ya de por sí es un enorme logro pues el actor estuvo genial, dotando a su detective de un humor extrovertido, a veces lindante con el esperpento sin descomponerse un ápice ni caer en el mal gusto. Como partía de una novelita de Chandler, el resultado fue otra delicia de poco más de una hora de duración. Como contraste a la morenez Bari, salía una rubia (bastante fea para ir de show girl) que resultó ser la mala de la función (tramó toda la muerte del gerente del club nocturno donde trabajaba haciendo que recayesen las culpas en un pobre matón con pinta de luchador de catch).

Chica para todos los conflictos (bélicos)
A esas alturas de su carrera, justo cuando el pais había entrado en guerra, la más moderna Bari era ya la pin up más popular de los barracones USA detrás de la poderosa Betty Grabble. En su vida privada seguía casada con un tal Walter Kane, aunque no sería por mucho tiempo. En 1943 se divorciaba para casarse con Sidney Luft, productor de cine más conocido por ser uno de los maridos de Judy Garland (justo al divorciarse de Lynn fue cuando casó con esa inmensidad), padre a su vez de los dos únicos hijos que tuvo (uno de ellos murió al poco tiempo de nacer).
Rodeada de pin up's salió bellísima en Orchestral wives (1942) donde era nada menos que vocalista en la orquesta de Glenn Miller. Es una película encantadora, con toda la estridencia de la música swing de ese período y en donde el propio Miller se autointerpretaba (aunque de forma un tanto aburrida). El asunto no debía ser muy biográfico porque contaba cómo una groupie acababa por desmantelar la orquesta con sus dimes y diretes en torno al resto de las chicas de los músicos. Lo más gracioso fue verlas a ellas, no sólo a Lynn, también a la malograda Carole Landis, a Virginia Gilmore, a Mary Beth Hughes o a Ann Rutherford (que era la primera del reparto) jugando a sentirse The women (1939. George Cukor). Ninguna llegaba a la altura de las originales (por mucho zapato topolino que calzasen).
Volvió pronto a la serie A con un filme de guerra, China girl (1942. Henry Hathaway), de poco valor artístico. Según arranca el filme Lynn parecía tener las riendas de la historia. Ayudaba a escapar al héroe George Montgomery y a su pareja Victor McLaglen de las garras de los chinos y ya liberados comenzaba a sugerirse un conflicto amoroso por un posible enfoque triangular de las relaciones. Justo entonces aparecía tras las vidrieras de la cafetería la verdadera estrella de la película, una evanescente Gene Tierney (¡paseaba por aquel Mandalay vestida con moda de la Quinta Avenida!). Y entonces la Bari era eclipsada. Sin embargo, no nos termina de convencer la Tierney, no por culpa de esta diosa sino por la estupidez de los productores de no saber aún qué hacer con el mito, reduciéndolo a unos aspectos externos altamente tópicos: criatura decorativa y exótica, de otra raza (ella es la dama china del título) diluyéndose su potencial de mujer fascinante. Aún por encima, Tierney de manera inaudita se doblegaba al machismo retarded de Montgomery (lo del dicho de las margaritas y los cerdos aqui encajaría bien) y daba clases a chinitos junto a su padre en un estilo que ni la Ana de Siam. Tanta abnegación al final se castigaba con un buen bombardeo sobre la escuela en horas lectivas (tan insistente, tan regodeante, tan cruel que dejaba abierto el debate de si aquél avión no estaría pilotado por el mismo demonio). Ella moría y Montgomery posiblemente quedaba con la Bari, cuya maldad, sus ardides sólo se justificaban por los celos que sentía por la otra. Este filme de Hathaway es muy irregular. Pero sólo por la dramática secuencia final (que recoge esquemas del romanticismo arrebatado y poético de filmes de guerra del pasado como Sin novedad en el frente o Adios a las armas y del futuro como Tiempo de amar, tiempo de morir) ya se justificaría su visionado.
Volvió a coincidir con Alice Faye en Hello, Frisco, Hello (1943.H. Bruce Humberstone), otro musical sobre el mundo del espectáculo en la Barbary Coast de San Francisco a primeros del siglo XX. Estuvo fastuosa bajo tonos pastel. Elegantona y dominante, con más tela que cortar que en Lillian Russell: liaba al modesto empresario de variedades John Payne para que se casase con él y así juntos poder levantar el tinglado operístico de la ciudad gracias al patrimonio cultural heredado de su difunto padre. Fue un matrimonio sin amor y, por lo tanto, duró lo justo.


Entre lo falsamente racial, la ambiguedad pulp y el candor yanqui
Cuando un Hollywood falto de ideas la emprendió con un remake de El puente de San Luis Rey (1944. Rowland V. Lee) pensaron en otorgarle a Lynn el papel protagonista de la cantante Micaela Villegas, entretenida del virrey del Peru. Era un agónico intento del cine americano de aferrarse al prestigio de las adaptaciones literarias. En este caso la obra de Thornton Wilder que tantas reminiscencias guardaba a su vez con el texto de Merimée La carroza del Santo Sacramento. Como en aquella había una Perrichola (Lynn), el virrey y un par de amores (sí, un capitán pero el torero era sustituido por un paisano de lo más modoso). Lo cierto es que el resultado fue decepcionante. Se echaba de menos el tecnicolor de Mamoulian, por ejemplo. También algo más de vivacidad en unos personajes encorsetados entre las paredes de un palacio muy afrancesado (a ratos se respiraba un aire Comedíe poco aconsejable), salvándose del descalabro pontino la Nazimova (que volvía a coincidir con nuestra homenajeada  tras Sangre y arena y que aqui estaba mucho mejor pues en la otra no paraba de fregar suelos) y miss Bari, más sugerente como cantante satírica de Corte que de bailarina de pies descalzos. Al público americano estos últimos detalles se ve que les resbalaron pues no pasaron por taquilla.
En Tampico (1944. Lothar Mendes) volvió a padecer en sus carnes los desastres de la guerra mundial. Fue salvada de un naufragio por el capitán de un barco aliado (Edward G. Robinson) y, por supuesto, él caía enamorado de ella. Existía un tercero en discordia (otra vez Victor McLaglen que hacía de oficial y, a su vez, fiel amigo de Mr.Robinson). El resto, la ambiguedad moral y psicológica invadiéndolo todo. Y un fatalismo acentuado por los ambientes turbios del paraje del título. La Bari y McLaglen iban de traicioneros. Pero inexplicablemente, al final, Robinson se quedaba con ella quitándola de tanto vagabundaje (en el fondo, la aventurera era prima hermana de Sadie Thompson). Abandonó un rato muy corto la sobreexposición al noir para lucir medias sonrisas rodeada de libros añejos (probablemente, le gustaría Keats) en un tecnicolor de Henry King de nombre Margie (1946). Esta era el joven descubrimiento de Zanuck Jeanne Crain, actricilla muy hermosa, adicta a la nostalgia desde que se reveló en esa horterada de Rogers and Hammerstein que se llamaba State Fair (1944). Otra vez se rememoraba la vida americana de principios del siglo XX. El resultado fue encantador aunque la historia fuera nimia. Vale más por el retrato costumbrista que por la anécdota argumental: la adolescente soñadora que se enamora entre cancioncillas de Rudy Vallee de su profesor de Francés. Y también por un leve toque de erotismo inusual en este tipo de comedias for all the family (las braguitas incorregibles de Margie que debe abrochar con imperdibles para que no le caigan, la mocita mirando azorada en el medio de la noche y por los visillos de su ventana a la pareja más descocada del instituto haciéndose arrumacos en el porsche del jardín. En fín, esa fragancia entre mórbida y cursilona de sexualidades reprimidas que avanza algo al Kazan de Esplendor en la yerba). Lynn era la responsable de la biblioteca del college y mantenía un contacto profesional y también personal con el relamido maestro (cuyas nulas canas le daban un aspecto de colegial tardío). Había en ella un deje de estar de vuelta, de dominar esas situaciones bobaliconas perpetradas por el alumnado femenino que la hacían doblemente irresistible. Pese a todo, quien se subió al tálamo con el profe fue Margie. Ella misma, ya viejecita, se lo contaba a su hija en el desván, al comienzo y término del filme.

Damas negras y algo necrófilas
Los lados más amables de un Henry King se perdieron cuando Lynn regresó al blanco y negro de la serie B. Nocturno (1946. Edwin L. Marin) fue un thriller algo ignoto, pese a contar con George Raft como cabecera de cartel. Sirvió para constatar que este fenómeno (como también Bogart, o Edward G. Robinson) no sólo fueron buenos gangsters. Y es que aqui el actorazo hacía de detective privado, con sus dobleces y sus ambiguedades, típicas de los años cuarenta. Es decir, se situaba al margen de la ley. Esto pasaba cuando la poli pretendió cerrar las investigaciones de un caso de muerte apuntándolo como un simple suicidio (en realidad, fue un asesinato de un pianista de night club en su casa por parte de una mujer no identificada que presenciaba su interpretación del nocturno). Para Raft, la Bari era la principal sospechosa aunque luego vimos que no estaba tan claro cuando apareció su hermana (frágil rubia).
Siguió afianzada en las protagonistas femeninas con rarezas en blanco y negro. Y The amazing Mr. X (1948. Bernard Vorhaus) fue de entre las bizarras una de las más apasionantes. Una historia de fantasmas. Hacía de viuda rica con pretendiente encantador. Vivía en una estupenda casa a orillas del mar con la sola compañía de su hermana (la gentil Cathy O'Donnell) y el constante rumor de las olas. Pronto empezaban a suceder cosas extrañas. Oía la voz de su difunto esposo proviniente de lo profundo del mar reclamándola. Era cuando, recorriendo la orilla en su búsqueda, se tropezaba con un pintoresco mentalista (Turhan Bey en cualquier pausa del rodaje de alguna Orientalia) que sabía más de ella que ella misma. El filme, a pesar de que al principio parecía tomarse muy en serio el tema de lo sobrenatural, pronto escoraba hacia la distanciación irónica, revelándonos los trucos del seudo mago y haciendo evolucionar la historia hasta las constantes habituales del melodrama de mujeres amenazadas de los años cuarenta y toda su carga de psicologismo de salón (el difunto era un vivo y regresaba para liquidarla). Sin embargo, pese a esta rémora (poniéndole referencias previas, veríamos influencias del Hitchcock más freudiano y de Luz que agoniza) sorprende su enrarecido romanticismo (necrofilia a tope al coincidir la palabra amor con la palabra muerte en una misma frase), esa sofisticación que emparentaban al medium con los más barrocos villanos del serial y, cómo no, la atmósfera a ratos onírica que en nada desmerece a los tesoros insolite de Albert Lewin. Una Lynn al borde de la histeria, arrojándose por el acantilado es sencillamente un hito para los fans de la actriz. Pienso que Claude Chabrol sacó alguna idea que otra de este título para su formidable Inocentes con manos sucias (1975)
Con el cambio de década llega el declinar de su prolífica pero bastante imprecisa carrera. Henry King la volvió a solicitar para un breve cometido en I'd climb the highest mountain (1951). Como Margie, una comedia ligera en torno a los aspectos más cotidianos de la vida americana en épocas pasadas. En este caso, la acción giraba alrededor de una pequeña población del rural. Era uno de los primeros vehículos importantes de Susan Hayward en la Fox (tras su ruptura con la Universal), productora donde conseguiría mejores papeles y en donde se haría actriz dramática. Pero esta propuesta no albergaba grandes posibilidades. Susan acababa de casar con el sacerdote del pueblo y juntos se dedicaban a evangelizar a toda la congregación. Se topaban con un ateo, una epidemia de cólera y una dama de mundo (Lynn guapísima). Para la historia de los mitos eróticos masculinos, destacó por ser la primera aparición a todo color del macho Rory Calhoun. Y poco más. Porque todo era en realidad una muestra tardía de la boga del cine religioso que se apoderó de Hollywood durante la segunda mitad de la década anterior (de King también fue La canción de Bernardette), elemental maniobra de las grandes productoras para contrarrestar los efectos desestabilizadores y corrosivos de las mantis nada religiosas de Bette Davis y del noir en general.
Su actuación en otra comedia costumbrista ambientada una vez más en los años locos - Has anybody seen my gal (1952. Douglas Sirk)- fue una enorme sorpresa. Su papel de madre de clase media, maquinadora y materialista, siempre deseosa de ascender en posición social (empleando para eso el eterno recurso de buscarle a su hija -¡Piper Laurie!-el más "heredero" de los pretendientes) fue extenso y tan estimulante como para llegar a parangonarse a las madres ilustres del género (una miss Colbert, una Joan Bennett, una Mirna Loy). Por una misteriosa y providencial donación millonaria pasaba del mandilón a la alta costura, a matriarca del dólar, del jamón, del five ten, con toda su carga de caricatura incluída. Canturreó un poco y ensayó unos pasos de tango con una naturalidad inédita hasta la fecha. Un encanto. El filme se nota que busca transmitir encanto. Claro que éste estuvo a punto de acapararlo en su totalidad el venerable abuelito Charles Coburn con un papel bombón de despierto otoñal (erigiose con facilidad como el rey de la función). Fue destacable el empleo del color, la fotografía, el vestuario y, en particular, la recreación de los usos y abusos del período en cuestión. Encima salía Rock Hudson bisoñísimo, guapazo y más largo que el río que corona su apellido artístico y un James Dean anónimo y con pinta de cazurro que, entre que decidía si rebelarse con causa o sin ella, optaba por sentarse en la cafetería donde trabajaba Rock y seleccionar el helado más complicado del mundo.


La televisión pronto llegará
Tras más de cien películas, Lynn Bari alcanzaba la edad dificil sin haber podido escalar la montaña más alta  de Henry King, que es como decir la cima del éxito popular. Pronto se dejó caer por el precipicio catódico, lugar donde las viejas glorias y los ajados rostros "conocidos no-sé-de-qué" sepultaron sus carreras. Durante más de diez años Lynn se paseó por capítulos sueltos en infinidad de series (entre ellas, el nuevo Michael Shayne del ex- Mr. North Richard Denning). Su última aparición en pantalla grande fue en un engendro contracultural, de los muchos que se filmaron en la época hippy, de titulo The young runaways (1968). Sólo unos cuantos cinéfagos con canas pudieron situar su figura en la memoria. Pero, curiosamente, con el revuelto 68 iba a ser cuando apareciera una nueva generación de intelectuales snobs (la mayoría, europeos) jugueteando en sus círculos de reunión con los cromos de Lynn Bari como ya lo habían hecho antes con los de Buck Rogers, Vera Zorina, el Boy de Tarzán, Lorna Gray y tantas otras menudencias pop del siglo. Y es que en el terreno de las emociones selectas, la de los descubrimientos de actores y actrices que no llegaron a ser primeras figuras, pero cuya efigie guarda el sabor inconfundible de la época, su campyismo sirvió (al menos, entonces)  para apurar al máximo la copa del refinamiento nostálgico.


*Algunos títulos aún sin mencionar y que son importantes dentro del minoritario culto Bari




- Charlie Chan en Paris (1935)
- Mr. Moto's Gamble (1938)
- Kit Carson (1940)
- Moon over her shoulder (1941)
- Sun Valley Serenade (1941)
- The magnificent dope (1942)
- El susto (1946)
- I dream of Jeanie (1952)



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