04 noviembre 2010

SOLO PARA SIBARITAS

XAVIER CUGAT (1900-90)

Un self made man  latino
El paso por Hollywood de este catalán universal ha sido más importante de lo que cualquier aficionado español pueda pensar. A su modo y manera, sus intervenciones musicales en el cine norteamericano de los años cuarenta serían equiparables a las de un Benny Goodman, un Guy Lombardo o un Harry James. También serían sociología de un tiempo concreto en un pais concreto. Su prestigio fue considerable. Su aceptación entre el público de alli bien unánime. No nos hallamos ante un caso de latino ridiculizado desde lo étnico. Antes bien, de emigrante que hizo suya una filosofía ajena basada en el éxito y donde la superación y el trabajo constante son sus premisas fundamentales. La figura de Cugat se nos antoja bien asimilable por él mismo, que jugó gustoso al  falso tropicalismo que Hollywood necesitaba en sus políticas de buena vecindad mientras se integraba en la forma de vida del pais. Accedió consciente de lo que era esto, con bonachonería y humildad, típica de un inmigrante antíguo pero también del pícaro que busca en el fondo medrar en el show business. Estos aspectos integradores del buen Cugat no los entendieron los críticos musicales de paises como Cuba quedando sólo en la periferia del asunto. El ostracismo de los puristas llegaría al extremo de ningunear su prolífica obra. Desde luego, en ninguna enciclopedia seria consagrada a los sonidos tropicales ocupará más de dos líneas. Tamaña ausencia la vemos ahora como una soberana majadería. Ya no sólo por que la simple enumeración de su extenso legado discográfico ocuparía páginas enteras, sino también por lo complejo del mismo, y en donde cabe el afán del artista de reunir siempre en su orquesta a lo mejor de cada casa. Llámense Miguelito Valdés, Lalo Schiffrin o Rita Muntaner. Cuando la Meca del cine le requirió éste se limitó a cumplir con su función, con su cuota de latinidad de igual manera que Carmen Miranda, Carlos Ramirez e, inclusive, Antonio y Rosario lo hicieron desde sus respectivas productoras, aureolado por una fama casi sin precedentes en un artista de habla no inglesa. El público español cuando tiene que recordar un momento cinematográfico de Cugat suele recurrir a Escuela de sirenas. En parte es lógico, fue de las pocas donde intervino que llegaron a estrenarse en nuestro país (con cuatro años de retraso). Sin embargo, esta no fue la primera. Tampoco la más llamativa (pese a las trampas que nos pueda tender la nostalgia Escuela de sirenas es la peli en la que menos minutos apareció, amén de ser en la que menos aparecía mojada la rutilante sirenita Esther Williams).




Casa Cugat
A finales de los años veinte (sin orquesta, pero con el acompañamiento de sus gigolós) ya aparecía en cortometrajes que parecían anunciarnos la futura boga de lo latino. De hecho, lo más latino que Hollywood conocía por entonces era al hijo del Caid, a la cigarrera Carmen y a unas cuantas mantillas de encaje ornando el nacimiento de la vieja California.
El debut exclusivo de Cugie, como le conocían sus amigos americanos (y el clan Sinatra también) se produce en 1936 de la mano de la explosiva Mae West (Go west, young man), pretexto para que la vampiresa lenguaraz viole a un juvenil Randolph Scott, después de haberlo hecho por dos ocasiones consecutivas a Cary Grant, pareja inconfesada del galán rubio. La actuación de Cugat y su orquesta nos trae esos ritmos latinos que al amoldarse a la rubensiana figura de una matrona yanqui (más lista que el hambre) deberían pasar por el filtro de las impurezas y lo pecaminoso. Pero aun así es una aparición importantísima pues abre a lo grande el filme, dándole ese grado de animación y colorido que se le presupone a cualquier espectáculo de variedades. Siete años después, Cugat volvió al mundo picante y descreído de  Mae. Era una pelí que anunciaba ya el declive de esta dama al borde de la vejez. The heat is on (1943) en cambio daba más cancha al músico a quien correspondieron tres números musicales, con una Lina Romay como vocalista chisposa. Con esto se entenderá que Mae y Cugie no sólo no se encontraron sobre el escenario de una sala de fiestas, tampoco coincidieron en ninguna escena. También es importante el hecho de que los momentos latinos se sucedan en el local Casa Cugat, uno de los primeros negocios relevantes en los que se implicó el catalán. Pendían en sus paredes retratos con sus caricaturas, lo que vendría a añadir un nuevo rasgo de la personalidad polifacética del músico. Y es que en los años veinte también se ganó la vida como dibujante en Los Angeles Times. Años más tarde, descubriríamos sus fieles que a parte de diestro en los lapices era un bien curioso pintor, con una querencia por el color no sé si inspirado en la cromática Natalie Kalmus, en el Disney de Fantasía, en los muralistas mexicanos del estilo Orozco, en monsieur Hulot o en el espíritu de En patufet.
En Bailando nace el amor (también como la anterior para la Columbia Pictures) le hizo delante de sus bigotes una caricatura al señor Menjou y Fred Astaire dio su total aprobación. Pero, sobre todo, el filme es importante por haberse encontrado con una deslumbrante pelirroja, diosecilla del amor, bailarina eficaz, actriz más bien discreta de nombre Rita. Como tenía sangre española se apellidaba Cansino. Dice Cugie en sus memorias que él mismo le sugirió que se cambiase el apellido por el más americano Hayworth. También se preguntaba el porqué no se casó con ella, dando a entender que hubo algo más que una buena amistad entre ellos. Sea o no sea verdad todo lo que contó o dejó que intuyéramos, lo cierto es que hubieran formado una pareja atípica pero radiante de glamoures. Cuán alejada de la chabacaneria del ilusorio affaire El Fary-Ava Gardner de décadas después.




Rumbas con hache intercalada
Y en esto llegó Esther Williams, George Sidney y los musicales refresco de la Metro. Escuela de sirenas (1944) no es el mejor encuentro entre Cugie y la sirena oficial (el señalaba como su favorita On an island with you) pero sí que es dentro de una simbologia campy la más emblemática. Y, cómo no, la que impuso una fórmula para filmes por venir de la mojada estrellita. Era la primera vez que sobre las partituras de una rumba a la Cugat se le pintaban tecnicolores irreales. Encajaron a la perfección. Lástima que en Weekend at Waldorf (1945) volviese al blanco y negro. Ese hotel de lujo es fundamental en una etapa de la carrera del músico. Fue rey y señor de su pista de baile durante quince años. Por lo tanto, un filme ambientado allí no podía prescindir de su presencia. Esta se limitó a una única actuación. El resto, los lios románticos de una serie de personajes de la alta sociedad, dentro de lo que era una revisión confesada de la novelita de Vicky Baum que ya había conocido su primera (y mejor) plasmación cinematográfica en los años treinta. El nuevo fin de semana en el Waldorf no consiguió hacer sombra al original, todo seadicho. Tampoco fracasó en taquilla (el reparto era una golosina: Ginger Rogers, Walter Pidgeon, Lana Turner, Van Johnson...). De hecho, ninguna película en la que intervino Cugat perdió dinero. Algo curioso, pues éstas no fueron ni superproducciones ni joyas del musical norteamericano, antes bien filmes menores, casi de consumo interior cuyo único fin era buscar la evasión de una sociedad trastocada por la guerra (nada más sintomático de su representatividad que su paso por la Stage Door Canteen junto a miles de estrellas más al servicio de la soldadesca GI de permiso -soldadesca inocente y enamorada, pues dirigía el romántico Borzage).




Senoritas que riman con chiquita
Festival in Mexico fue la única cinta que rodó en 1946.  Un año muy movidito de giras por todo Estados Unidos. Por fortuna, el festival mexicano de marras estuvo a la altura de su talento. Le dedicaron dos extraordinarios números de gran relieve. Cugat dejaba de ser un elemento en segundo plano, una música de fondo que podía ser interrumpida no bien a los protagonistas sentados en cualquier mesa les daba por seguir con sus diálogos. Y apareció por primera vez uno de sus famosos chihuahuas, pintorescas mascotas/amuleto que se convirtieron desde entonces en un aderezo más, rubricando una personalidad genial y que él fue moldeando con gran maestría y no pocas miradas a espejos ajenos (no en vano, ese toque de fina extravagancia lo hacían identificarse con las maneras de un Dalí o una Miranda, grandes amigos, por otra parte). El explicó bien en sus citadas memorias que lo del perrito era antes que un capricho insustancial el remedio de llenar la mano que tenía vacía desde que había dejado el violín. En cualquier caso, los chihuahas son criaturas portátiles por naturaleza y nunca entorpecieron sus maniobras orquestales. Festival in mexico fue la primera de las tres películas que rodaría con la relamida y azucarada Jane Powell. Esta flor de piti miní quería aqui triunfar como vocalista de orquesta. Pero como el estilo Cugat no era el más idóneo para sus aspiraciones pequeñoburguesas le dio la vara al simpar Jose Iturbi, sin demasiada lógica (y es que lo que ella necesitaba sin reconocerlo era un académico Stokowski pues incluso para su gusto Iturbi era pop, tan híbrido en sus mañas que siempre le sospechamos capaz de conciliar en su piano a Tchaikowski con el boogie boogie).
Dos años más tarde Cugat se volvería a encontrar con la virgencita en A Date with Judy y Luxury Liner. En la primera, él hacía de pareja de la explosiva Miranda (aqui más fabulosa que de costumbre), la cual enseñaba en horas de oficina a bailar la rumba al genial Wallace Beery. Jane, a la sazón la hija de éste en el cuento, malinterpretaba los meneos y ponía en duda la fidelidad del anciano para con su santa madre. También salía Elizabeth Taylor, que era su hermanita (igual de repelente pero linda de morir) y  le quitaba el novio sin más esfuerzo que el que requiere un pestañeo ( y con toda la razón: un Robert Stack como perfecto pimpollo de los forties era muy fácil de arrebatar si tu nombre es Liz y te apellidas Taylor). Pero la película la robaba por entero Carmen Miranda, con o sin su aprendiz de danza. Estuvo realmente magnífica.
En Luxury Liner, Casa Cugat se embarcó en un transatlántico de lujo. Walter Pidgeon era el capitán y la Powell su hijita. Ella embarcó de polizón con conjunto marinero y se consolidó de leading lady con sus habituales camisitas y canesúes. Siempre en fresa (como sus lazos, sus coloretes, sus batidos...). Cugat le dejaba estropear El manisero con esos intentos ridículos de coloratura propios de una émula de la Durbin (ésta a su vez era otra émula, pero de mamá MacDonald) y, por si se hubiese puesto en crisis el tropicalismo bastardo, entró en escena el tenor danés Lauritz Melchior (cuyo intento de carrera en Hollywood no cuajó. Mario Lanza, otro armario de luna, se llevó el gato al agua) para demostrar lo que vale un Wagner. Las escenas musicales con Melchior o a dúo con la Powell quedaron muy pesadas.




El rescate de la sirena de las aguas dulces
Y al fin reapareció Esther Williams en In an island with you. Como quiera que dirigía Richard Thorpe, el resultado fue vistoso y agradable. Cugie oficiaba de amenizador de las noches de las estrellas (tenía un rifirrafe con Jimmy Durante que duró lo que tardaba el narigudo en ir de la mesa de comensales al piano de cola). Ahora contaba con una vocalista rubia que además era su esposa, la mediocre Lorraine Allen (le duró poco. Pronto conoció a Abbe Lane). El que permanecía inalterable era su maraquero ofical, un efebo chaparro monísimo que le acompañaba siempre en sus actuaciones. Si el tema de las mujeres bellas y Cugat fue  suficientemente explotado por él mismo como parte de su mitología, no estaría de más plantearnos en abrir armarios y aludir con respeto y franca admiración a esos juncales varoncillos, siempre a su diestra.
Con todo, lo mejor del filme no es un niño saleroso de culito manzana, ni Cugat, ni siquiera Esther, a la que encontramos absurda con ese moreno achocolatado que le va y le viene según le dá el sol de Cailfornia. Lo realmente explosivo es el polvo danzístico (o danza apache, para ser ortodoxos) de Cyd Charisse y Ricardo Montalbán. Sus escenas de baile echan chispas. Son de una gran torridez todavía en la actualidad. Pura metáfora del acto sexual. Y anuncian lo que iba a ser capaz de darnos como original esta bailarina en la siguiente década. Anuncian el musical moderno de los años cincuenta. Y la Williams no entraba ahí.
Cugie cierra la década, su contrato con la Metro y su relación con el cine de la Williams con La hija de Neptuno, otra insignificancia (tan iguales eran las unas de las otras...). Su título puede inducir a errores. No se trata de una recreación kitsch de la antiguedad clásica (había que esperar a La amada de Jupiter para esto) sino una modernez kitsch en honor de Esthercita metida a diseñadora de moda de baño.Quería ambientarse en la Argentina más pija pero todo era Culver City style. Ella se enamoraba de Montalbán, un nativo que jugaba al polo por el dia y a las turistas millonarias por la noche. Cugat coronó esas noches de herejía pampeña con sonidos panamericanos (le prepararon una coreografia deslumbrante, con bailarines arrebatados contrayéndose alrededor de totems seudoafricanos mientras una especie de tití saltaba enloquecido encima de tambores de mucho tam-tam. Entonces nos figuramos que si Cugie no había salido nunca en una de Tarzán sólo fue porque Tarzán ya no estaba en la Metro). Le acompañaba su maraquero lindo pero Lorraine ya no era la vocalista. La sustituyó la siempre eficaz actriz cómica Betty Garret. Lo mejor de la cinta fueron curiosamente los modelos de bañadores que lucían en la traca final Montalban y la Williams. El de ella de lamé dorado, el de él de color carne. Y ambos tejidos ni encogían ni daban de si. Lo que era a todas luces una animalada de erotismo pues nos lo estaba presentando en exclusiva la productora más ultraconservadora de Hollywood.




Ave Lane


La crisis del star system de la siguiente década afecta a Cugat que ve como el cine no lo requiere. Es época de cambios en todos los aspectos. Entra sentimental y profesionalmente en la etapa Abbe Lane, la mejor y más duradera de sus parejas y tontea con la televisión en sus shows propios y ajenos (fue muy asíduo al de Ed Sullivan). Que el tecnicolor se perdiera poco le importó a este maestro. Pronto triunfó con el cha cha chá, también el mambo, disfrutó con el merengue y la guaracha, probó las fusiones más enloquecidas... Abbe Lane, pese a su aparatosa presencia, era lo suficientemente maleable. Y siendo como era hija de hebreos, no es de extrañar que bordase en su día el Hava Naguila, tan conocido en las sinagogas.
Se instalaron en la mitad de la década en Italia, justo cuando se bailaba "el americano", se reía con el neorrealismo amable, se olfateaba por Via Veneto el pre boom de La dolce vita (ese joie de vivre que Cugie conocía de sobras desde tiempo inmemorial). Fueron allí dos rostros bien populares. Y asimilables a las características propias de ese pueblo. Más Abbe Lane, que hizo corta carrera en unas cuantas comedias que pocos de afuera vieron. Probablemente la última aparición comme il faut de Cugat fue en El soltero (1955) del siempre estimable Antonio Pietrangeli. Abría y cerraba en primerísimo plano la actuación de su flamante esposa (ya era una maggiorata más) como si se tratara del indicativo publicitario de unas Merry Melodies (chihuahua incluido). Fue un poco el final de una faceta. Y como todo final, bastante agridulce, en consonancia con el momento de la película (Sordi dándose cuenta de su soledad de solterón entre el tumulto de la alegría ajena transmitía mucha melancolía). Sin reconocerlo, era ya una vieja gloria confinada al exilio de las mil salas de fiestas del mundo. Uno de tantos desterrados del star system. De cuando la firma Cugat era un sucedáneo de lujo que se vendió como homenaje a nuestros vecinos de Latinoamerica (mientras el público europeo sufría el boicot de los estrenos). De cuando el gran artista formó parte dignísima de una industria que había dado entretenimiento y escapismo en épocas dificiles para Yanquilandia y que aún podía vanagloriarse de reunir en los repartos de sus películas a más estrellas que en el cielo.


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