17 noviembre 2010

Bisutería pop

INVENDIBLES 1ª parte

Tú, lector tendrás los tuyos. Los invendibles. Por nada en el mundo nos despojaríamos de ellos. Contienen algo especial. Están hechos con la materia de la que se confeccionaron nuestros sueños. Son un símbolo, el fetiche, algo que trasciende el mero objeto y se alza como mini baluarte inseparable de nuestras vidas, de nuestras biografías sentimentales. No es cuestión de valor pecuniario. Va más allá. Todos los que amen la música (preferentemente fuera del formato internet) me entenderán. Son discos tesoro porque llegaron a nuestras vidas con ánimo de deslumbrarnos y desde entonces se han quedado en el desván favorito para los restos. Cada uno tiene su historia, como bien supieron Irene Dunne y Cary Grant en aquella de tanto llorar que era Sinfonía nostálgica. También nosotros reconocemos los momentos vividos al compás de cada canción. Habrá discos que nos hechizarán por su carácter de rareza, por sus portadas mágicas de diseños cutres o sofisticados pero siempre incomparables, por sus olores y texturas. Los habrá que nos hagan sentir diferentes, estar por encima de las medianías (si nos consideramos unos diletantes) al recuperar a ese artista que nadie recuerda ya. Trataremos siempre de preservarlos a todos de la ruina del tiempo. Ya les compramos hace mucho celofanes para que así se conserven las portadas impolutas. Hay a quienes les cuesta trabajo sacarlos de la funda y pincharlos en un viejo tocata. Son los obsesivos terminales que se contentarán con mirar enamorados mientras un CD reproduce la misma canción de las mil ilusiones perdidas. Bien escoltados en las mudanzas y desahucios, supervivientes de las crisis económicas, poniéndonos retos a la tacañería cuando algún amigo nos los pidió prestados para un guateque de fin de semana. Ay, ¿qué tendrán los invendibles que tan malas, como psicopáticas personas nos han acabado volviendo?.


Un disco de un bailarín poco puede aportar a la evolución de la música en microsurco, la verdad. Pero en las largas horas en soledad a mí me transmitía velocidad, ritmo e ímpetu viril. A veces me complacía en pinchar a estos genios, bien fueran del tap, del claqué o del baile flamenco. Mi habitación era invadida por estos magos con alas en los pies convirtiendo sus evoluciones en la lejanía, para mis vecinos del otro tabique, en un martilleo insoportable entreverado de jazz o de palmas gitanas. Antonio en nada desmerecía ante un Astaire. Antonio fue el temperamento, el genio y la sofisticación de un arte muy nuestro y en este disco se recogía a la perfección una de sus cumbres: el Zapateado de Sarasate.


Las cotizaciones de los discos de la surf music siempre excedieron mis posibilidades. Según iban apareciendo recopilatorios o reediciones el panorama ya fue tremendamente inabarcable. Por eso que el descubrimiento en un rastro de mala muerte de esta joyita de Bruce Johnston (figura fundamental de este estilo) y editada en nuestro país en 1963, fue acogido por mi parte de un modo particular: lo saqué rapidamente del cajón en el que languidecía (como protegiéndolo de los vinilos horrendos que fueron sus vecinos y de las miradas absurdas de los que podían tarde o temprano toparse con él) y ya no lo solté hasta llegar a casa. Había que reparar tamaño agravio. Johnston no pintaba nada en aquella calle infecta y menos con el que lo transportó de su tienda al frío asfalto.


Mi etapa tropical también fue intensa. Una Celia Cruz años 50 (acababa de intervenir en una peli con John Cassavettes que nadie vio), aún con pelamen, era un manjar de dioses afrocubanos. Todavía no había llegado Fidel a la isla y el cha cha chá era el baile de moda. Celia cantó con su chorro de voz poderoso hasta a las muñecas infantiles que lo aprendieron a bailar. Es una canción que siempre pongo cuando llega Reyes. Porque es naif y muy divertida. El disco no estaba en muy buenas condiciones cuando me lo agencié por cuatro duros. No importa. Calienta más que una manta eléctrica en estas noches de pre invierno. Te espero, Celia en Navidad.


El mismo acto reflejo que me salió cuando Bruce Johnston pero ahora en el hall de un hotel. Feria del disco, mediados los años noventa. Precios desorbitados, en general. Vendedores sangrantes que igual justipreciaban una joya como sobrevaloraban una caca. La ley del mínimo esfuerzo materializada en el etiquetaje standard de vinilos. Las Chinas me provocaron un respingo, propinar un codazo a mi fiel acompañante. Nada de lo que hice era racional. Me guié por el instinto. No tenía dinero para pagar el Ep ansiado. Bueno, lo tenía. Y algo más. Pero, ¿qué me hubiera quedado en el bolsillo de haber pasado por caja sólo con ellas?.Fueron los últimos estertores de mi fiebre nuevaolera. Pero, por lo visto, almacenaba una pasión suficiente como para delinquir si me lo proponían desde un escaparate Kikí y sus amigas.


Uno de los primeros Ep's de mi historia de acumulador de música. Finales de los ochenta. Rastro coruñés. A precios de lo más tirado. Por mil calas te llevabas a casa más de una docena. Por este nadie daría nada. Tampoco sabía bien lo que era. De Francia me interesaban las colecciones Penguin editadas por Vogue de rockers y twisters. Era un vinilo de instrumentales a piano con fecha anterior a la nouvelle vague. A dos pianos, que es como decir a cuatro manos. Sonido que evocaba el Paris bohemio, el Paris canalla, de apaches peligrosos y sus putillas roncas de tabaco y otros vicios. Foxes de la rive gauche trivializados por un par de músicos que debían saber lo que deslumbraba comunmente a cualquier turista americano cuando se les mentaba Pigalle. Mes pieds sirvió como sintonía para uno de mis programas de radio de recuerdo más querido (Enveléname mais. RadioAllariz, años 95-96)


 Conchita Supervía sonaba a pizarra (qué nombre Conchita Supervía, me gustan estos nombres imposibles, me ponen medio loco... Conchita Supervía, Mariquita Gallegos, que la  vi hace poco en una película de la nueva ola argentina junto a Luis Aguilé; Armonía Montez, Leonisa Gordo -apodada "la chulapa de postín", Selica Torcal, que igual te cantaba Los ejes de mi carreta como el Tonight de Leonard Bernstein y que, en los años setenta, puso la voz española a la esposa del comisario McMillan... En fin, voy a pisar el freno que me acelero. Estamos con Conchita, ilustre camafeo. Tenía mucho vibrato. La reconstrucción técnica de su voz efectuada en 1956 no pudo eliminar lo que para muchos puristas fue la técnica más abusiva de la mezzo. Adicta a Rossini y sus tres heroinas básicas (Rossina, Angelina e Isabella) vio truncada su existencia por una súbita muerte post-parto acaecida en Londres en 1935. Lo que recogía la Emi Odeon, poco más de treinta años de su infausta desaparición, eran piezas populares españolas grabadas en plena segunda República, en la tradición de una Argentinita educada por Lorca. Piezas de Falla y Turina acompañada de piano, con letras de Campoamor. No fue la Jeanette MacDonald española porque ese dudoso título se lo colgaron a la vedette valenciana Conchita Leonardo. Fue mucho más. Una exquisita presencia en el mundo culto. Embajadora barcelonesa. Estrella del Liceo. Una estilista en lo lírico con unas coloraturas vocales marginadas en favor de las de las omnipotentes sopranos.


A esta compositora mítica, diosa de la canción continental la solían pinchar Clavel y Silvestre en Escápate mi amor. Concretamente su Bésame mucho interpretado al piano y que, en tanto que instrumental, no sonaba entero pues Silvestre era muy dado a correrse con su voz sobre melodías sublimes. También Alberto Pérez me contaba historias de la autora mexicana, anécdotas impagables que hablaban de precocidad y pecado. Bésame mucho lo escribió con tan sólo quince añitos. Y la letra apasionada, como de amantes crucificados en la noche narcotropical provocó las iras de los censores españoles, no sólo por sus estrofas sino por la calidez e intención de ciertas vocalistas que se dejaron el alma (y lo que no es el alma) en ellas. En este sentido, habría que valorar el disco de Consuelo como documento meramente anecdótico de una artista que no cantaba sus creaciones (al pasar esto, el tema perdía la fuerza de una letra que forma parte del acervo popular del siglo XX y, a la vez, ganaba en emoción por lo testimonial ).
Primero fue este Ep nuevo del trinque, a pesar de su antiguedad, perteneciente al formidable catálogo de la Rca mexicana. Luego vino el Lp entero. La Velázquez hizo entonces más que... besarme mucho.


Increible pero cierto: este single de Poch y su grupo me vino casi de regalo en el sitio más impensable de todos: Discoplay. Los tiempos de este catálogo, iniciático, abastecedor para toda una generación de hoy cuarentones y que era un pozo sin fondo de sorpresas cuando se les dio por vender a un precio irrisorio lotes de singles fantasmas (había que liberar cajones cuando apareció el rollito digital). Uno sólo tenía que arriesgarse y hacer el pedido. Cuando abrías el paquete...¡zás!, aparecían cuatro morrallas y seis bendiciones (con Derribos venía también Benito Moreno romanceando al Lute). Esta además estaba santificada. ¡Qué Lili Marleen...!. Y todo el fetichismo de ser un acetato original con el sello Grabaciones Accidentales bien impreso. Y qué placer tan nuevecito, como acabado de salir esa misma semana al mercado. Estos del Discoplay tenían cada una... Porque hay que pensar que, en cualquier feria del disco, el de Derribos no te lo vendía ni dios por menos de tres mil de las antíguas pesetas....


Los quiero. Y quiero este single a pesar de no incluir su canción más conocida: la del hombre lobo. Paco Pastor es una de las criaturas más adorables que ha dado el pop español. Y con este duo junto a Pepín Tre (y algunas cosas sueltas de su carrera en solitario) logró cosechar el respeto definitivo de algunos que a principios de los setenta lo ninguneaban por lo de Formula V. Los del cerumen en las orejotas que no supieron ahondar en una discografía con el conjunto extensa y compleja y donde no sólo hubo festivaleo de verano, también caras bes de altos valores compositivos, caras bes insólitas por su exquisito sentido del romanticismo hetero, casi siempre firmado por Pastor. Y a dos, siguió en esa onda alejada de lo comercialoide: intimismo de alcoba, pinceladas costumbristas, reivindicación de las huidas hacia adelante escapando del aburrimiento de una vida átona a otras dimensiones fantásticas (y nada tontipop). Y, cómo no, críticas al Sistema desde lo críptico.Estas últimas con mucha esdrújula y respetuosos aires retro.


Para retro, miss Lamour. Tarzana con sarong en el glamouroso Hollywood de los años cuarenta (aunque por su nombre bien pudo también ganarse las habichuelas en un local de strippers). Falsificación del espíritu hawaiiano pero con una dulzura en el decir, un terciopelo en la voz y un acompañamiento musical tan armonioso que me sentí trasladado rápidamente a los paraísos hechos de transparencias Paramount en sus filmes con o sin Crosby, con o sin Bob Hope.Yo iba aquella tarde de feria disquera por Alice Faye. Pensé que tal vez me saldría antes Judy de un cajón. Pero quien lo hizo fue miss Lamour desde una portada inmejorable. Y fue toda mía al llegar a casa, que abandonó su aspecto de modesto piso de edificio de protección oficial en la Galicia más pobre, más hostil, más atada para parecerse ya a una pequeña, encantadora, hospitalaria cabaña en Kealakekua.


continuará

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