15 octubre 2010

Televisión de culto

THE BUGALOOS (1970. Marty and Sid Krofft)

Todos los aficionados españoles al soft pop de finales de los sesenta, incluso del chiclé ya más evolucionado de la década siguiente, deberían reverenciar (si no lo han hecho ya) a los hermanos Krofft. Supongo que esto exigirá una labor de profundización vía Amazon con la compra de sus series infantiles-juveniles editadas poco a poco en formato digital. Y es que en nuestro país ninguna de las series que produjeron fueron emitidas por la tele. Quien no los conozca aún podría empezar por agenciarse su opus. Para abrir boca H.R. Pufnstuf, luego The Bugaloos,  remataríamos con la alucinada Lidsville. Pero ¡ojo! porque los Krofft, ya avanzados los setenta, también se responsabilizaron de artefactos campy de la categoria de un Land of the lost (74-75) que era de dinosaurios, temporadas enteras de la talludita familia Brady, Wonderbug (como un Mod squad pero con chavalotes de pantacas acampanados y melenones suntuosos montados en un coche a lo Herbie), la superheroica Electra woman and Dyna girl (su sólo título ya es una invitación al refocile) y, muy en especial, esas dos perlas super pop que fueron los especiales sabatinos dedicados a la banda de chiclé glam Bay City Rollers y la sitcom consagrada a los hermanines más carismáticos del clan de los Osmonds (hablo, claro está, de Donny y Marie). Visto lo cual, habría que calificar el legado blandiblú de sus responsables como bocata di cardinale con nocilla por medio. Sólo para conaisseurs de lo superfluo.
Desde luego que durante todos esos años (el lustro 69-73) la televisión de las mañanas de los sábados les perteneció. Esa franja de horario infantil y juvenil a todos nos traerán gratas añoranzas. Pero como no fuimos niños yanquis las nuestras poco tendrán que ver con los tripis sicodélicos de la marca Krofft..Por no andarme con diplomacias,  Los Chiriplitiflauticos no les llegaban a la altura del zapato al enorme dragón H.R. Pufnstuf, a la luciérnaga Sparky o a la conejita Raunchy. Pero ya que he querido centrarme en The Bugaloos pienso que algún detalle de esta historieta luego se pudo ratear para programas autóctonos como La banda del Mirlitón o La Guagua donde una Lady Pauloca, a pesar del préstamo, nada tenía que envidiar a su supuesta santa patrona, la mala del programa krofftiano, la impar Benita Bizarre (nueva vuelta de tuerca al estilo Cruella de Vile). No me dirán que no es un estupendo nombre para una drag que se las dé de original. Benita Bizarre. Desde luego que si. Suena inspirado, a lo más selecto del petardismo queer de la joven América. En esa onda, me recuerda a aquella vampiresa de la bomba atómica que fue Mamie van Doren cuando en los primeros sesenta dio con sus carnes magras en el casto hogar de los Nelson (Ozzie, Harriet y cía.). Creo que hacía de empleada del hogar (en cualquier caso papel de un día) y respondía al suculento apodo de... ¡¡¡Bubbles La Tassle!!!. ¡Guauu!. Fascinante. Aunque, como siempre en Mamie, sonaba a zorrón de night club de lo más arrastrado.O sea, no apto para menores.

Pero antes de que nos metamos en el dragerio de Benita Bizarre, presentemos a los Bugaloos. Una panda de insectos humanoides, todos jovencitos de bello acné, adolescentes a la moda horripilante, con alas de mosquito pegadas a sus espaldas e hilos como alambres de cobre que los elevaban por el cogote (pues podían volar), que vivian en un bosque encantado (aunque muy cutrón y de un kitsch casi casi insoportable), rodeados de vegetación de plástico y que, como en las sinfonias tontas de Disney, se comunicaban con ellos al tener boca, ojos, orejitas y porque eran sus amigos de verdad... Racimos de uvas parlantes, enormes gladiolos meticones... Es una pena que las "sinfonías" desapareciesen y, en su lugar, se conformasen con cancioncillas de fácil digestión. Sólo se quedaron con el "tontas". El LSD los redimió. Las malas lenguas afirman que toda aquella fantasía de los Krofft la inspiraba el consumo de drogas de sus responsables. Ellos lo negaron con rotundidad. Nosotros queremos pensar que mintieron por razones de pura lógica. Eran otras épocas. El tontipop estaba perita en dulce. La psicodelia los amparaba. Los alucinógenos los redimían.
The Bugaloos durante diecisiete capítulos cantaron su idiocia (o lo hacían por ellos The Banana Splits o cualquier proceso instantaneo de laboratorio) amparados por melodías de Charles Fox y Norman Gimbel. El repertorio entraría como un guante en el archivo sonoro de una A & M o el sello Buddah. Con los años, tanto Fox como Gimbel fueron elevados a figuras de culto por dandys del pop oscuro como Louis Philippe y Richard Preston desde Reverie, garantizando, al menos en un par de álbumes dedicados a los niños, las claves de una atemporal fantasia pop. Al unirse al empeño la compañia madrileña Siesta los dos discos fueron distribuidos a finales del siglo pasado en nuestro país. Que fue cuando Fox y Gimbel empezaron a sonarnos en nuestros oidos con categoría de hechiceros de lo naif. 



Pues si alguien se preguntaba qué imágenes aderezarían todo su neo sunshine pop sitúenlas en las series de los Krofft y tendrán todos los videoclips. Como The Bugaloos, que eran como The Archies pero en carne y hueso y, claro, habitando un mini mundo de Oz. Y, como en Oz, con brujas malas que quieren acabar con la felicidad de los ciudadanos de un pais de piruletas. Entraría pues Benita Bizarre, a la que interpretó sin ningún pudor la caricata Martha Raye con histrionismo,  voz aguardentosa,  extraños tocados de plumas, alta posticería, maquillaje repelús, brillos infinitos y vestidos que amorcillaban sus kilos de más. A su manera, se adelantó a las dancing queens de la etapa disco music. Vivía en una enorme juke box, su obsesión era convertirse en estrella del rock (como nuestra Azucena). Tenía muchos medios a su alcance. Podía autoeditarse sus discos, el estudio de grabación era de gran jugueteria. Pero la pobre carecía de oido. Y de repertorio. Cuando captaba las ondas de los Bugaloos se volvía locaza y planeaba lo inimaginable. Desde raptarlos a todos hasta piratear sus canciones o  apropiarse de la voz de la chica del grupo (la encantadora Caroline Ellis) gracias a una máquina que transplantaba cuerdas vocales. Para trasladarse por cielos estrellados utilizaba un cochazo futurista que pilotaba una curiosa rata disfrazada de nazi. Y, por supuesto, ella  no era ama de casa. No fregaba un Lp. Para eso estaban dos alegres robots (bastante torpones como para que fuesen de ayuda). De nada le valían sus estrategias. Al final, se llevaban el gato al agua los simpáticos cantarines.



Los hermanos Krofft lograron hacer un programa infantil agradable, con los justos efectos secundarios en niños diabéticos. Se fijaron para ello en los cartoons del momento (The Archies y Los Autos locos, sobre todo) y estimularon la imaginación del televidente con una pizca de ironía adulta que, hoy en día, cualquier iconoclasta puede saborear con la debida distanciación. Quedaría como anécdota final el hecho de que un adolescente Phil Collins se presentó al casting original, resultando uno de los tres finalistas que aspiraban al papel de I.Q. El papel se lo terminó arrebatando el también farandulero británico John McIndoe (con una pluma que ni la Bizarre). Personalmente, me quedo con  el chavalote John Philpott que hacía de Courage (el blanquito de melena negra) porque, quizá, pre anuncie en su look al delicioso Donny Osmond y, por consiguiente, a todo el fenómeno de fans que trajo consigo: el de los glitterones y patilleros setentas. Era un solete. Si yo hubiese sido un bebé de San Francisco cuando se puso por la tele de alli, no me hubiese importado nada que me picase bien picado tan agradable moscardón.

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