13 octubre 2010

Televisión de culto

NIGHT GALLERY  
Episodio piloto (1969)

Rod Serling no volvió a repetir un éxito semejante al de su Dimensión desconocida hasta finales de la década de los sesenta. Ese nuevo proyecto se llamó Night Gallery y perfeccionaba las constantes del anterior gracias a la incorporación de mejores métodos de producción y del sistema de color. Todo esto lo acercaban más al concepto del telefilme que pronto iba a hacer furor en los hogares norteamericanos. Adscrita, como no podía ser de otra manera, al género fantástico, tambien admitió lo terrorífico y el suspense consiguiendo en este episodio piloto aunar todo lo que pretendía Serling para ese cambio de década. Los realizadores con los que contó fueron escogidos de la vieja y la nueva guardia, de las generaciones consolidadas en el medio y las recien llegadas. Estas últimas entraban con pie bien firme aunque su caminar nos pueda resultar ahora algo presuntuoso.
En este episodio de presentación tres fueron los directores que dieron  forma a los respectivos cuadros de la galeria serlingesca. Por un lado, Boris Sagal que había hecho cosas en cine (mediocres) y mucha televisión (por ejemplo, un par de episodios de Dimensión desconocida). Luego, un jovencito Steven Spielberg con ganas de hacerse notar y, en cambio, patinando por culpa de esos tics típicos del debutante con tendencia a empacharnos con sus conocimientos de lo audiovisual. El tercer colaborador fue el anodino Boris Shear que aburrió mucho a pesar de darnos de los tres el episodio más cinematográfico.

Me detengo más en el primero pues lo considero el mejor. The cemetery. Existe un buen guión para una historia archisabida pero siempre eficaz, una realización claustrofóbica, unas interpretaciones irreprochables, unos endemoniados actores, todos santos de mi devoción. Empezando por Roddy McDowall, más inquietante que de costumbre, yo diría que fastuoso con un bonito aspecto de dandy americano con ínfulas mod y, lo más importante, luciferino y d'annunziano. Es el heredero de la fortuna de su rico tío (el gran George McReady), pintor de lo macabro, imposibilitado en una silla de ruedas y que sobrevive en el piso de arriba de la mansión sin más vistas que el propio cementerio familiar y sin más visitas que las de su sobrino, su fiel mayordomo (el negro Ozzie Davis) y su médico de confianza. La terrible muerte que le da el pariente es digna de un Aldrich. Asi que el director enfoca el sketch a los terrenos decadentes del grand guignol convirtiéndolo todo en una versión masculina de cualquier Baby Jane de la época. Asesinado el viejo, Roddy pasa a ser ahora el dueño y señor de toda su fortuna, a vivir en esa casa como pachá, con sus vicios y sus nulas virtudes, con aires de sirviente loseyano pero en cruce queer petardo de la Bette Davis en sus escabechinas con la Crawford (cruce tomado con toda la ironía y comicidad del mundo por su parte). Quiere esto decir que Roddy se histrioniza. Empieza a perder la razón y no sin motivo: uno de los cuadros que penden de las escaleras y que reproduce el cementerio del jardín donde reposa el pariente se va transmutando a cada parpadeo en diferentes viñetas donde el muerto se levanta de la tumba y avanza hacia la puerta de la mansión reclamando justicia. Como mudo observador se halla el mayordomo pero éste pronto será expulsado por McDowall al que acusa de insolente. Ya en pleno festín de soledad, ido de atar, termina cayendo por las escaleras. Acababa de oir golpear la puerta. Creyó que era su tio vuelto zombi.  Resultó ser el criado que había aprovechado el estado alucinado de su nuevo señor para clavarle la puntilla y así hacerse con las propiedades del viejo. En estas tesituras, el episodio se declara delirio puro y duro aunque nos pese la falta de Roddy y se reitere la situación del cuadro cambiante (que ahora aplica su poder catártico sobre el criado en pantuflas). Finaliza todo con éste completamente barrenado, liberando sus facultades (en este caso por raza) para el overacting, pero ya sin la gloriosa pluma del no menos glorioso McDowall.




El segundo cuadro "viviente" es el segundo episodio. Eyes.Y ahí entra Steven Spielberg al que nadie conocía aún, haciéndose cargo de una historia más propia para un hijo legítimo de Alfred Hitchcock y Douglas Sirk. Además debía afrontar el peliagudo reto de dominar a una super diva del Hollywood eterno, miss Joan Crawford, lo suficientemente depauperada a un nivel mitológico por culpa de su afiliación última al sub género del freak show (y sin las excelencias de un Aldrich que la pudiera redimir). Poco hará ese Spielberg por revitalizar una carrera con un televisivo que era antes que nada una muestra agónica del sentido de perpetuación de una mujer diosa que  capeó con magistral celo el paso de los años y las modas: a todas ellas se amoldó con voluntad de luchadora bigger than life. La Crawford vuelve aqui a caminar por el filo de lo patético y lo horripilante, dando una interpretación desmadrada, soportando los maquillajes excesivos. Ella es ciega pero muy rica, con el suficiente dinero para chantajear a cualquier cirujano que le transplante la córnea y a un médico que busque a contrarreloj un donante codicioso de dólares. Aparecerá alguien que se brinda al cambio. Sus ojos serán pronto los suyos. Anhelante afronta el reto del momento cumbre de quitarse la venda. Quiere encontrarse con la luz sola, en su lujoso despacho de empresaria de un poderoso emporio (probablemente la Pepsi). Asi es. Pero en el preciso instante del despojo de la venda se produce un apagón general que deja a  la inmensa urbe sumida en las tinieblas (que ella conocía de sobras). Que es cuando la Crawford ejerce su autoridad de freak para las nuevas generaciones y comienza a gritar. Avanza por unas escaleras recordándonos que agazapada al fondo bien podía esperarla su odiada Bette para propinarle unos fraternales patadones. Y, siempre, con su voz en off relatando sus excesos, sus angustias, la gran decepción. El final del cuento es la mañana siguiente, el sol naciente, acercarse a la ventana de diseño  y contemplar con emoción de ludópata caprichosa lo que parece ser una eclosión de la era de Acuario. Y la ex cieguita se avalanza contra el astro rey, no sé si con vocación de irreductible ante el LSD o simplemente reacia a introducirse en la seudo mística de la moda hippy, rompiendo la cristalera y precipitándose al vacío para dar con sus huesos descalcificados en el asfalto capitalino.
Spielberg logra algo difícil, que la Crawford no lo devorara del todo. Para ello, se sirve de trucos ópticos, de ralentís y del manejo de los colores psicodélicos, casi en onda europea. Aquello era innecesario, normal en el caso de ser (como era) el aprendiz más aventajado de su quinta, pero Rod Serling lo entendió a su manera: por fín su serie parecía una película de verdad.
Igual el tercer episodio. El del nazi escondido en la Argentina, a pesar de que por lo espantosamente ambientada también pudo ser un falso D.F. o un falso barrio chino barcelonés. El problema aqui radica en la historia, muy floja, sin apenas interés.Hay un cuadro, claro. Porque los distintos cuadros son los leit motivs de cada parte. Pero esta vez nos da la impresión de que se va a repetir el hallazgo del primero y nos tememos un deja vú. Queda todo en los recuerdos de su pasado, una escapada por un lago pues el lienzo expuesto en el museo que visita y que se ha vuelto su obsesión es un paisaje, rio abierto donde aparece en medio la silueta difuminada de un hombre remando en una barquichuela. Luego vendrán las tabernas, los burdeles, las callejuelas húmedas de una America latina entre Lowry y el agente CIPOL. Y la tragedia que es ese viejo borracho judío que lo increpa al reconocerle como su torturador y al que estrangula el protagonista en un ataque de cólera. Hubiera sido bonito que el ex nazi de marras (que pintan -ya que hablamos de pinceles- como un anti héroe de John Huston) ocupara sus ratos laborales ahora como portero (de garito, claro) para que así la cosa deviniese la Cavani de noche antes de tiempo.

Como conclusión, Rod Serling retornaba fuerte para ir desinflándose poco a poco. El resultado, de todos modos, lo calificaríamos de más que satisfactorio y, por momentos, hasta espectacular. (Mientras el impacto McDowall y la máscara Crawford resistan en nuestra retina pues..., miel sobre hojuelas).












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