11 octubre 2010

Televisión de culto

Adam-12 (1968-75)
1ª temporada (1968-69)

Jack Webb es otro de los nombres fundamentales de la televisión clásica norteamericana. En los años sesenta y setenta contó en su labor de creador y productor ejecutivo con tres triunfos notorios. Probablemente el más cultista sea el policíaco Dragnet, su primera serie planeada como gran reto personal. Luego vendría Adam 12, vuelta de tuerca al tema policial y, finalmente, Emergency! que reinó durante los seventies con la categoría de la más realista de las series sobre médicos de urgencias. En las tres se notaba la impronta de su artífice (que en los cincuenta había sido actor secundario y, mucho antes, músico de jazz, enamorando en una sesión a la vocalista Julie London, con quien casó). Esa voluntad de dotar de verosimilitud las situaciones planteadas, apoyándose en el lema de que todo lo acaecido en cada uno de sus episodios correspondía ni más ni menos que a hechos reales.
Adam 12 además se adelantaba a la moda inminente de las parejas masculinas de acción, moda que pronto abarrotaría el cine americano, bien dentro de coordenadas relacionales de amistad, de cofradía de género o de homosexualismo latente. Nada de lo planteado resultaba original, pero Webb consiguió que casi lo pareciera a través de su talento para trasladar los aspectos "humanos" de unos profesionales siempre en tela de juicio desde las esferas comprometidas del pais (y, aún más, en aquellos tumultuosos finales de los sesenta).




En este sentido, Adam 12 ha envejecido mal. Se degusta desde la ingenuidad (no exenta de malicia) de los productos de época confeccionados para una audiencia masiva. Pero si la comparamos con Hill Street Blues, mismamente, veríamos que no hay color. Incluso las situaciones cotidianas sólo resisten el paso del tiempo cuando rehuyen el dramatismo y/o lo osado. La pareja de patrulleros formada por el veterano Pete Malloy (Martin Milner, que debutó en cine como el hijo adolescente más guapo de los muchos que tenían el aristocrático matrimonio formado por Irene Dunne y William Powell en Life with father y, ya mocito, víctima propiciatoria -aunque no indefensa del todo- de los inconcebibles celos del terrible columnista de libelos Burt Lancaster al ligarse a su tonta hermanita en Sweet smell of success ) y el joven en prácticas Jim Reed (Kent McCord) despiertan nuestra simpatía más bobalicona cuando se dedican a enseñar el tráfico a los escolares, a rescatar (a su pesar) gatitos traviesos de los árboles, a convencer a una demente ancianita que ellos no están entrenados para reorientar la antena de televisión de su tejado o a entrar en moradas donde los inquilinos molestan al resto del vecindario por culpa de tocadiscos a todo volúmen. Sin embargo, cuando los guionistas se lanzan sobre temas candentes como las revueltas estudiantiles, la pederastia, el racismo, la trata de blancas o el consumo de estupefacientes entonces patinan todos en un quiero y no puedo que se resuelve más mal que regular a base de demagogia, puerilidad y el topicazo bienpensante. Aunque bastante arriesgado ya era que surgieran esos temas en episodios de veinticinco  minutos de duración, también es cierto. El universo catódico estaba poniendo sus bases para alcanzar su plena madurez décadas más adelante. Pero con todo, Adam 12 está todavía más cerca de los maniqueismos de los SWATT que de los recientes esplendores de la HBO. La insistencia, al menos en esta primera temporada, de darnos como problemáticos sociales a todos los individuos con camisas floreadas (fueran o no adictos al flower power) delimita el grado de conservadurismo del proyecto. La voluntad de humanización del colectivo policial exonera al mismo de sus ambiguedades y corruptelas, las mismas que se denunciaban en el Hollywood más progresista, lo que reafirma la teoría de que la televisión seguía siendo moralmente una nula competencia para el cine, por muy en crisis que estuviese este último.  
Adam 12 peca insistentemente de falta de profundidad en el debate de cómo tratar al delincuente. Cualquier ciudadano que se aparte de unas férreas normas puede ser encarcelado. La cárcel no es nunca un medio de reinserción. Sólo es un castigo. Y la amenaza más cómoda con la que cuenta un agente para el que infringa esas normas (sin diferenciar entre unos vulgares vecindones en pleno litigio de metros cuadrados, un distribuidor de narcóticos de colores o una alocada pin up que ha puesto su rutilante deportivo a velocidad de boogaloo).
Estos detalles odiosos no terminan empañando una serie muy entretenida, que buscaba el ritmo narrativo, ese dinamismo inherente a toda serie de acción mediante la acumulación de hechos en un sólo episodio. Hechos bien graduados que irían desde cualquier nimiedad de barrio rico y soleado hasta lo más peliagudo que acontece en las malas calles.
Las características personales de los personajes de Malloy y su inseparable Jim Reed son estas: Malloy se acerca a los cuarenta, ha vivido duras experiencias en su trabajo, es descreido y algo tozudo, con prontos pero que sabe rectificar/razonar cuando un superior le mete en vereda. En su vida privada es un soltero recalcitrante. Considera que es el estado perfecto del hombre pues se encuentra más libre. En contraposición, Reed es el aprendiz, cuenta con voluntad y disciplina, admite los errores y va aprendiendo conforme estos suceden. Está casado y a la espera de ser padre, lo que rubrica su status de hombre normal y corriente, el que pasa sus pocos dias libres en casa pintando una pared o arreglando el césped del jardín.
Sin embargo, no hay grandes diferencias entre uno y otro. Ambos son gentes de bien, integrados en un sistema que se hace trizas, que tiende a demonizar a las personas por sus actitudes de no-rebaño o por tan sólo existir sin llevar a cuestas un uniforme. Episodios como aquél en que Reed se reencuentra con un antiguo compañero de instituto con el propósito de llamarle la atención porque la música de su fiesta casera molesta a los del piso de abajo, consiguen despertarnos conmiseración por el papel del policia. En realidad, ese amigo es un pijazo, un bon vivant sicodélico, y lo que está haciendo es de lo más normal, una actividad lúdica nada caótica, saludable y divertida (pese a que le falte la chispa de Blake Edwards). En cambio, Reed entra en escena para imponer un orden triste, sin motivación. La amenaza de la cárcel no es que ya suene fuera de lugar, es un latiguillo semejante a un chiste malo y manido. Esa escena acaba dejando en los dos amigos recobrados por esas casualidades de la vida un saldo de sonrojo y verguenza ajena que dudo mucho buscase Jim Webb y sus guionistas en un principio al rescatar la anécdota de no sé cuál dossier. Pierde el policia. O quizá sólo percibe su soledad.Y sigue con su trabajo.
Probablemente el capítulo más interesante de esa primera temporada sea el del asesinato fortuito de Reed de un dieciseisañero que, oculto en la oscuridad de la noche y detrás de la maleza, había tiroteado antes a nuestra patrulla favorita. Ese capítulo obvió otras anécdotas, centrándose en Reed, ahora sospechoso de homicidio, y en la angustia de las horas posteriores en la comisaria. El extenuante interrogatorio al que le somete un perito, la definitiva pérdida de nervios del bisoño madero conformaron un episodio modélico que, insólitamente, no acabó perdonando al policia con la solución fácil de haber obrado en defensa personal. Si bien tampoco lo culpó, aquello sirvió para sugerir que el cuerpo de marras caminaba por debajo del sistema jurídico, único responsable final para dictaminar si ese o cualquier otro hombre de negro que "nos protege y nos sirve" habría asesinado a aquél francotirador menor de edad por negligencia, alevosía o simple y llano sentido de supervivencia.

No hay comentarios: