17 septiembre 2010

Televisión de culto


THE CHAMPIONS
(1968-69)


Lo del aluvión de agentes secretos que se asomaron a la pequeña pantalla a raiz del tontorrón 007 no tenía nombre. No contentos con plagar la serie B -vía cines de barrio- con toda clase de combinaciones numéricas de tres cifras, la tele sesentera nos bombardeó con similares de dudosa y aburridísima catadura. Claro que en cuestión de combinaciones se desbarró un poquitin más. Y si 007 sólo hubo uno, agentes como The champions se multiplicaron por tres. También estarían los de Misión imposible que a punto estaban de formar una coral. El resultado siempre era el mismo. Tramas rocambolescas, mucho dialogo para tan escasa acción, pobreza de medios para lo que se pretende explotar (básicamente, cosmopolitismo sofisticado) y fuerte colorido en consonancia con la estética más pop.
The Champions
al menos contó con una buena factura, una producción decente. Sus guionistas venían de proponer cientos de acertijos a Los vengadores, por ejemplo. Esto se nota en el papel de la chica de la serie, inspirada en la inmortal Emma Peel. Y es que el trio lo formaban dos varones y una fémina. Pero qué fémina... Uno de los rostros más hermosos de finales de los sesenta y primeros setenta. Ella era Alexandra Bastedo, muy conocida por el público español de la pre transición pues apareció en algunos terrores casposos como bella inquietante. Probablemente la cumbre de la Bastedo la hallemos en El mirón del mediocre director (pero gran erotómano) Jose María Larraz, donde miss Bastedo era una dulce esposa que padecía a un trastornado maridito (impagable Alterio) obsesionado en jugar a que ella le sea infiel, forzándola psicológicamente a ello para luego, bien cornudo, ponerla a caldo sin más justificaciones que las puramente neuróticas.

En The champions, tamañas corrupciones de la virtud no se podían aún intuir. Alexandra sólo era Sharron McReady, una doctora con poderes sobrehumanos. Lo mismo les pasaba a sus dos compañeros Craig Stirling (Stuart Damon) y Richard Barret (William Gaunt), agentes de las Naciones Unidas instalados en el edificio Némesis con base en Ginebra. La causa de sus superpoderes (fuerza descomunal, capacidad para dar saltos enormes, facultades extrasensoriales/telepáticas) vino a raiz de un accidente aéreo durante una misión al Tibet. Fueron rescatados en pleno Hilmalaya por un monje que los condujo a su civilización secreta y avanzada. Un nuevo Shangri-La pero con derecho a retorno. Todo esto se vio en el primer episodio. Otra cosa es que nos lo creyésemos. Por si flaqueábamos en nuestras dudas, cada semana (tras la inevitable viñeta dramática y careta de presentación) nos informaban de las habilidades de The champions. Son mis momentos favoritos (cabecera aparte). La voz en off nos avisaba que estas gestas debían ser preservadas del conocimiento público (de hecho, el propio jefe del trio ignoraba todo lo acontecido en el Tibet), sin embargo, las imágenes nos los mostraban probándolas delante de muchas personas.
Los invencibles de Némesis, que es como se tituló en España y en la America latina, lucharon casi siempre contra enemigos de la democracia, bien fueran dictadores sudamericanos, nazis en el exilio o los sempiternos chinos. Lástima que las escenas de acción fueran discretitas. Que los chicos resultasen tan sosos. Que la propia Bastedo, al pretender transformarla en una Emma Peel rubia y de pelo recogido en perfecto moño italiano no llegase al prototipo ni por asomo, esfumándose la posibilidad de desarrollarse como personaje (aún sonrojan sus llaves de judo: tres posturas estáticas y adiós muy buenas). En cambio, la serie (que afortunadamente duró sólo 30 episodios) se animó mucho a la altura del episodio 25 (Desert Journey), porque de pronto surgió el erotismo, la seudo pornografía. Y la Bastedo se puso sexy antígua, colgándose un vestido escotadísimo parcialmente tapado con una boa de plumas y se lanzó a las noches romanas en funciones de espia guapa. Como si fuese una estrella de Fellini terminó en una orgia privada con culturistas, intelectuales petardos, gentiluomos psicodélicos, prostitutas de postín y champán a raudales. Esa explotación del físico de Alexandra vale por toda una serie que en el fondo fue el canto del cisne del fenómeno de agentes secretos. Y aunque la incómoda obsesión por el cosmopolitismo de cartón piedra siguió unos años más (Los Persuasores) y todo por culpa de esa estupidez de origen llamada El santo, primer seudo Bond de la televisión británica, los años setenta ya entraban para la ruptura. Que fue cuando la televisión del pais se colmó de otros géneros donde los ingleses sí serían maestros: el terror a lo Amicus, las pesadas Tudor, el humor de signo laborista y las sagas domésticas de la época eduardiana.








No hay comentarios: