16 septiembre 2010

Televisión de culto


THE WILD WILD WEST
(1965-69)


En varias ocasiones he hecho hincapié en el delicado tema de los pantalones de Jim West. No eran unos simples vaqueros decimonónicos pues el mozo era un antivaquero de Oeste rarísimo. Digamos que iba disfrazado de torero cordobés, con todo lo que esto conlleva de ceñimientos de lo más desmadrados. No creo estarles exagerando o dándoles una óptica unidimensional del asunto. Hay quien dice que los creadores de la serie decidieron vestirlo asi para atraer al público mujeril. Sin embargo, al llevarlo a terrenos ilusorios de lo taurino, el efecto seductor se ampliaría a vastos sectores de la audiencia. Bien es sabido que la figura del torero se feminiza en el ruedo, con lo cual también los heterosexuales masculinos pudieron verse involucrados de forma subliminal en la fisicidad de un héroe loco de ganas de ser contemplado. En cuanto al público gay, simplemente se derritieron, enamorándose con locura de sus bondades, que eran muchas. Desde luego no acababan en unos pantaloncitos al borde de la descostura. Fíjense sino en sus impactantes ojos azules, en su perenne bronceado californiano, en su torso apolíneo al que no le faltaba ni le sobraba un pelo. Sólo podía haber encarnado al personaje un atleta all american como Robert Conrad, experto en exhibicionismos mil. Sus fotografías beefcake de principios de los sesenta son material divulgativo de primer orden en esto de los destapes adánicos. Algunos ya lo degustaron en Hawaiian Eye (1959-63), donde llegó a retratarse semidesnudo delante de una tabla de surf.



Al acabar la serie realizó un escarceo insólito en un título de nuestra Marisol, que fue La nueva Cenicienta. Como además en el reparto estaba el bailarín Antonio entenderemos fácilmente de dónde le vino el salero para lucirse con atuendos de rejoneo. Y sin miedo a caer redundante, insistiría en que el público homosexual lo colocó en una hornacina cuyas velas no se extinguirían en el tiempo. Superando generaciones pajeras, nos encontramos a un montón de mariconas juveniles en Internet que se preguntan ensimismadas de quien es ese culo sesentero que una de tantas ha colgado en un video. Esto lo comprobamos visitando Youtube y buscando las elocuentes palabras actor nalgón. Para ellas, vacaburras del siglo 21, para todos, es tiempo de hablarles un poquito no sólo de un culo espectacular, sino de la serie televisiva en que lo mostró a discrección, pero siempre forrado de una tela gris o azul que se le rompía cada dos por tres, aunque no lo viéramos entonces (ni ahora, pues en la era del DVD/Blue-Ray no se han decidido a incluir tan vergonzante asunto ni de Bonus track).

The wild, wild west es un típico caso de serie que busca urgentemente el éxito mediante la dudosa táctica de la mezcolanza de géneros de moda. Es de suponer que planteada como un western más no hubiera tenido ese gancho que pronto alcanzó. Asi pues, los guionistas se esforzaron en introducir elementos tan dispares como el cine de agentes secretos, el terror, el misterio, la ciencia ficción, la Orientalia, las artes marciales aún en perjuicio de toda verosimilitud cronológica. Todo el encanto del concepto original estriba en estos enloquecidos pastiches. Los fans del delirio quedaron bien empachados tras cuatro temporadas de noches borrascosas. Tampoco dudo que los aficionados a "las de vaqueros" bostezaran mucho. Y es que no faltaron tópicos, ni indios ni vaqueros, ni sherrifs ni pistoleros, ni mascadores de tabaco ni señoritas de saloon. Y Jim West como jinete era un fenómeno. Y más lo era como 007 fronterizo. Sus armas fueron infinitas. Disponía de dispositivos para trepar muros, botas con navajas ocultas, telégrafos portátiles, explosivos en el interior del tacón, fonógrafos de bolsillo... Uno se pregunta de dónde podía sacar tan alta tecnología nada típica del siglo XIX, que es cuando se desarrollaba la acción. Sólo Julio Verne pudo atreverse a tanto sin caer en la insensatez. Se solucionó con una contundente evidencia: tanto él como su compañero de fatigas (Artemus Gordon, buen secundario que luego se convirtió en su mano derecha, personaje clave hasta el punto que hubo episodios que trabajaba más que el titular, gracias a su sofisticación, a su facultad para los disfraces y su ironía ante lo absurdo de las peripecias) eran agentes secretos pagados por la presidencia de Ulysses S. Grant. Y como bien sabemos por la Historia y ahora los telediarios, lo que no perpetre la Casa Blanca no lo perpetra nadie en el universo.
Si fallaban las armas quedaban los puños. Conrad era un buen karateca, pero según avanzaron las temporadas quiso también especializarse en el boxeo, en las peleas a puños. Casi siempre realizó las escenas de acción sin dobles, lo que le acarreó más de un severo disgusto. Otro de los aspectos relevantes de su personaje era su obsesivo cariz masoquista. Ver esta serie es presenciar hasta el hastío al bello Conrad atado de pies y manos, bien en cruz o en aspa, con grilletes o cadenas, enjaulado y colgado del techo o aprisionado por unas enormes manos de mujer fabricadas de sólido marfil.
El narcisismo de Jim West es proverbial. Por eso no es de extrañar que su silueta en esos y otros instantes de retorcido placer sea fotografiada hasta la extenuación con un deleite bien morboso. Nuestra mirada es lógico que se vaya paseando consciente o inconscientemente en sus carnosos glúteos, que a menudo ocupaban dos tercios de la pantalla (no era cuestión de tamaño, achaquémoslo a la manera en que los directores tenían de distribuir los objetos en los encuadres). Su fama de playboy hedonista, de mujeriego, de galán sofisticado que no rechaza ser valorado como objeto para el consumo (como un hombre anuncio de revista de modas) aunque heredada del mito James Bond es lícito que se ponga en duda. Bien por esa feminización de su cuerpo entallado, bien porque Sean Connery ya nos levantó serias sospechas de "lo suyo" justo cuando se encontró con la Andress en aquella playa de aguas revueltas. Seas como sea, las mujeres de Jim West son siempre intrigantes, mosquitas muertas, primero ángeles y luego diablesas. Un ejemplo de misoginia aguda que se ajusta de nuevo al culto al macho ajustado (más dorsal que frontal, curiosamente) del que bebe toda la iconografia fisica de la serie. Lástima que el desfile de chicas fuese tan mediocre. A menudo se recurría a señoritas absurdas que hicieron algún western serie B la década anterior y ahora se encontraban talluditas y sin norte, confinadas en tanto que has beens al cementerio catódico para "olvidadas": Audrey Dalton, Yvonne Craig, Beverly Garland...

Más interesante fue la galería de villanos. Victor Buono, por ejemplo, y su orondez que casi evocaba al Nerón de Ustinov; Ida Lupino, doctora Frankenstein creando un monstruo a partir de un West más pasivo que nunca o Hurd Hatfield evidenciando que hasta para Dorian Gray los años no pasaban en balde. Quien más repercusión tuvo fue el cantante enano Michael Dunn como Miguelito Loveless, con el que se enfrentó hasta en diez ocasiones. Este carácter excéntrico y bizarro de los malos (y un enano siempre lo es) es equiparable al de todos l@s enemig@s del televisivo Batman. En cualquier caso, tanto el hombre murciélago como el vaquero toreador responderían a unos intereses comunes: los de la mejor evasión populista de ese siglo, llámense pulp, comics o los seriales por entregas.
La sintonía de cabecera era extraordinaria. La firmó Richard Markowitz y tenía el sabor indiscutible del Oeste clásico. Otra cosa fue la música incidental. Según si el ambiente era de espionaje o de una India improbable de marajás karloffianos la recreacion de Markowitz se ajustaba correctamente a las imágenes (por muy pobres que estas fueran). Estoy por creer que el suyo debió de ser un trabajo muy complicado.








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