15 septiembre 2010

Televisión de culto


COLE PORTER. An All-Star Tribute (Bell Telephone Hour, 28 de enero de 1964)

Porter moría unos meses después de este programa dedicado a su magna obra musical. Eso ya es mucho. Poco importa que el desfile de estrellas fuese reducido, que los decorados nos parezcan algo pobretones, que la hora de duración más que insuficiente. Gajes del nuevo medio. La televisión todavía en sus años de existencia no podía compararse en espectacularidad con el cine. Y sin innovaciones. Las series, por ejemplo, recogían la herencia, el look de las grandes productoras de Hollywood. Luego fue al revés. Al menos, hasta los años noventa el cine imitó a los telefilmes. Hoy en día, series y bastante cine sólo imitan a los dibujos de los Simpsons. También en la actualidad, los tributos a Cole Porter se han vuelto más aparatosos. Y recurrentes. Las generaciones que precedieron al maestro mantienen asi vivo su recuerdo. Sin embargo, gentes como Sting y similares poco habrían de evocar en su trayectoría personal el charme, el atrevimiento bitchy, el espíritu urbanita del talentoso de Indiana. Asi pues, dentro de su aplastante humildad, el homenaje que nos concierne se nos revela enternecedor y sincero. Porque sus protagonistas fueron sus amigos. En diferentes épocas, desde luego, que por algo Porter anduvo muy ocupado durante más de tres décadas. Entre Broadway y Hollywood. Más Broadway porque Hollywood tenía aquello tan feo para la libertad de expresión que se llamaba el Código Hays.
La celebración tuvo lugar en el espacio más elitista de la televisión americana: The Bell Telephone Hour, lugar de encuentro de las grandes figuras del espectáculo, en cualquiera de sus facetas (ballet, música de concierto, ópera, teatro musical, jazz, crooners, country, folk...), de esa primera mitad del siglo XX. The Bell Telephone Hour es el vivo ejemplo de la democratización de la alta cultura. De la cultura que implica un coste para su disfrute y que, al fin, está al alcance de las clases medias. Gracias a este programa, la gran ópera italiana pudo ser escuchada desde las cocinas de Illinois. El rutilante show que congregaba a cientos de neoyorkinos todas las noches en el Amsterdam Theatre sonaba ya en ranchos sitos a pocas millas del desierto de Colorado. Los snobs yanquis de mucha edad contarán todavía en este 2010 lo grande que fue el programa aquél con la impar Birgit Nilsson, destacando la maestría de la soprano alemana para otras cosas que no fueran Wagner. Aunque matizando que cuando la Tebaldi y la Sutherland vinieron a la NBC éstas no se quisieron apear de las arias que las hicieron diosas de los públicos más petardos. Para ellos, siempre quedarán esos sensacionales momentos junto a Patti Page, Belafonte o Iturbi.
Porter, desde luego, podría sentirse orgulloso del reconocimiento a su labor. Fue de los escasísimos compositores de música popular al que le dedicaron una hora los del Bell Telephone. Cómo iba a fallar su amiga del alma, la Merman. Esa Merman de siempre, con su mismo chorro de voz, sabiéndoselas todas, porque la mayor parte las estrenó ella cuando era muy jovencita. Podía habernos contado tantas anécdotas... Pero no lo hizo. Prefirió aglutinar en el más corto espacio de tiempo las más variadas canciones a base de medleys de infarto. Desde lo más conocido a lo más rebuscado. Eso que sólo conocen bien las mariconas hechas una pasita de Yanquilandia y el West End. Malo reducir el arte del sibilino Porter a unas cuantas cacatúas de la memoria. La canción ligera, romántica, el pop de ese país no se entendería sin la labor de Cole, de Irving, de George e Ira, de Jerome y del resto de habitantes del Tim Pan Alley.
Estamos en la Merman que arrasaba con todo. En este especial se transformó en una elegante sinfonola. La acompañaron el meloso duo formado por John Raitt y Martha Wright. Tenían tablas. Y Peter Nero además contaba con un banco para sentarse y un piano de cola. Este pianista se atrevió a ejecutar Night and day en dos movimientos opuestos. Empezó como un réquiem (a Porter esto le debió asustar al recordarle lo chungo de su problema renal) para, en seguida, soltarse a ritmo de jazz juguetón. Quedaron bonitos los arreglos. La posterior aparición de Gretchen Wyler otorgó un dinamismo al programa que hasta entonces brillaba por su ausencia. Porque Gretchen se salió por bailes camperos mientras cantaba con un corito de vaqueros bien salados algo del Don't fence me in y otro poco del Hey, good looking!. La artista trabajó en teatro para Porter en Silk Stockins. Era un papel secundario. La que deslumbró allí se llamaba Hildegarde Neff. Fantástica. Gretchen parecía una pálida imitación rubia y pizpireta, algo impertinente, de Carol Channing. Tras un nuevo medley de Nero, más jazzístico que nunca, el plató se hizo ballet cutre, no por la primaballerina, sino por los decorados, pequeños y con un parapeto absurdo que representaba el número 18 según nomenclatura romana. Jillana, directamente usurpada de la compañía de Balanchine, bailó vestida de antigua griega el Beguine the beguine, que es una rumba. Un anacronismo como otro cualquiera.
Y cuando a punto estaba de cumplirse la hora de emisiones, llegó el Finale con un tour de force donde todo el elenco interpretó fragmentos de éxitos inmarchitables del autor mientras paseaban por los carteles de los espectáculos a los que correspondía cada tonada. Como sea que en menos de diez minutos cupieron más de veinte, hay que asegurar que algo de mérito tuvo la iniciativa. Entonces, nos dimos cuenta que aún nos faltaba rememorar su Paris, su Oriente aladinesco, sus lolitas (más cercanas a Leslie Caron que a Sheila) en ese himno que fue el My hearts belongs to my daddy. Y, sobre todo, ese pedazo de Everest en partitura: el You're the top. No podía hacerlo más que la Merman. Fueron los segundos más sentidos de la velada. Porque todos los cómplices sabíamos que aquél al que estaba tratando de "tú" y que ocupaba la cima de la frivolidad sofisticada era Porter y nadie más que él. Un gigante en la cumbre.

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