14 septiembre 2010

Televisión de culto


BEAT CLUB
(1965-72)


Sólo he visto cuatro o cinco DVD's recopilatorios de Beat Club, los que responden mejor, por época, al título del programa (años 65 y 66) y me parece uno de los grandes televisivos a escala mundial de los años sesenta. Permanece totalmente válido en la actualidad. Es un testimonio histórico de un momento juvenil irrepetible. Y, además, un ejemplo de cómo conjugar elementos pop muy comerciales con otros más alternativos. Habría mucha tela que cortar en este sentido. Por allí desfiló todo lo in. Los chicos buenos y los malos. De los Rolling Stones y Beatles a los Beach Boys y Deep Purple, pasando por Donovan, Led Zeppelin, Alice Cooper y Santana. Los primeros años, los del beat puro y duro fueron memorables. La escena inglesa, super garagera estuvo representada casi de la A a la Z. Por si aquello fuera poco, no se descuidó a los grupos nacionales, aquellos que mimetizaban el sonido anglosajón hasta extremos obsesivos. Es posible que esto sea lo menos interesante de Beat Club. Salvo honrosas excepciones, los grupos alemanes sonaban tan perfectos y, a la vez, impersonales, que dejan indiferentes. Al menos al espectador desde casa. Otra cosa era el público asistente. Esos eran para darles de comer aparte. La juventud bailonga de Beat Club eran un espectáculo en si mismos. Ye yés germanos lindos como una mala cosa. Donceles y matroncitas alucinados por el ritmo trepidante, los sonidos estridentes que disimulaban los estribillos facilones de las melodias más infantiles. Muchachitos drogados con el elixir de moda. Ellos con sus flequillitos, camisas limpias y cazadoras entalladas, ellas con sus medias melenas, jerseys de punto y minifaldas totémicas. Y dando codazos, de vez en cuando, un cámara loco que buscaba huecos para alcanzar el pequeño escenario donde The Hollies presentaban su flamante último Ep. Captar los gestos de apatía adolescente de alguien que permanecía sentado en las gradas, los reojos de un golferas que no se perdía ni un cruce de piernas de su desconocida compañera de al lado son material impagable, idóneo para ratificar que en tierras friísimas como las de Bremen se estaba produciendo el esperado deshielo.
La culpa de Beat Club la tuvieron los Beatles, eso es evidente. Son los programas en blanco y negro, con la omnipresente Uschi Nerke, fabulosa conductora, ejemplo de la nueva mujercita alemana, moderna, aerodinámica, receptiva, inasequible a las provocaciones de los melenudos británicos y yanquis. En esto sus responsables fueron implacables. Nada de italianos, ni franceses, ya no digamos españoles, sospechosos todos de petardismo. En Beat Club sólo desfilaban los originales, con los ya mentados casos de chauvinismo patrio (que excluirían a los Freddys y las Valentes de papá). Sin embargo, cuando aparecieron la banda alemana The Monks, allí quedó claro que para originales nadie como los de la tierra suya. The Monks, con sus rasurados monacales, su aspecto elegante de Kraftwerks antes de tiempo, experimentando con los instrumentos, con lo viejo y lo nuevo, con lo repetitivo, y eligiendo una puesta en escena anárquica, beat-nick, con ese sarcasmo tan demoledor y que afectaría a su entendimiento de lo que era por entonces la música joven (a medio camino entre una vanguardia neo-dadá, la electrónica troglodita, el inminente kraut rock y el surrealismo Hippyloyas) son minutos que conforman un antes y un después de los musicales televisados. Y nuestra Nerke favorita, sin perder la compostura, porque era una avanzada, porque seguro que era super fan y coleccionaba todos sus discos. Porque The Monks no fueron The Lords, que anda que no eran payasetes estos últimos y menuda cancha les dieron.
El concepto de directo, de música en vivo, del anti play back encaja de forma brutal en el programa. No hubo una sensación de claustrofobia de plató, al menos hasta que llegaron los colores y los nuevos decorados. Beat Club esos primeros años parecía un espacioso garito londinense, una caverna de Liverpool, un sitio sagrado donde los congregantes aceptaron a regañadientes que fuese vulnerada su intimidad por unos técnicos nerviosos y unos presentadores zalameros situados en cualquier rincón pop-art. No es que La Edad de oro de la Chamorro tomase nota. Es que, simplemente, Beat Club ocurrió antes. Y sanseacabó.

Cuando era menor, Beat Club dejó que el guaperas tudesco Graham Bonney flirteara con una estudiante sosilla, haciéndola creer durante dos minutos y medio que era la auténtica Supergirl de su canción. Cuando Beat Club era menor, los zapatitos abandonados de tacón bajo de Sandie Shaw ocuparon unos segundos -no exentos del fetichismo aquél- en pantalla, pues el resto era la chica Andrews explotando su eurovisiva apariencia de zingara del Chelsea más anémico. Cuando Beat Club era menor, los Walker Brothers demostraron que eran los efebos más hermosos, más vozarrones, más talentosos del baladón descomunal y que si alguien (chico o chica, da igual) se atreviera a hacerles el amor del buen groupie alcanzaría el orgasmo en mitad del mismo cielo. Luego vino el resto. Beat Club se hizo mayor. No burgués. Sólo más complicado. Lo que entraría de lleno en la evolución del pop hacia estadios más adultos. Mientras tanto, que la juventud baile.











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