13 septiembre 2010

Televisión de culto


RAUMPATROUILLE ORION
(1966)


Fue la primera serie de ciencia ficción de la televisión alemana. Y una de las más caras. La productora ARD echó los restos. Según rumores el alto coste motivó que la patrulla espacial sólo pudiera asomarse a las pantallas germanas durante siete semanas consecutivas. Pese a esto, tuvo un gran mérito. Primero, porque no se miraba en su cine más popular, todavía preso de los policíacos de Edgar Wallace. A su vez, consiguió la extraordinaria hazaña de adelantarse a la muy similar Star Trek, cuyos patrones y perfiles de personajes parecían imitar. Y es que hoy en dia, cuando pocos son los aficionados foráneos que recuerdan a los tripulantes de la nave Orion, se asombrarán de que también aquellos, como los de la poderosa Enterprise, se presentaban como una coctelera de diferentes razas o nacionalidades. Bien es cierto que aunque nos aseguraron que entre sus filas había un norteamericano, una rusa, un japonés, un italiano y una francesa, todos tenían unas caras de alemanotes que tiraban de espaldas. Y, lo que es peor, un temperamento tan severo como el más tradicional teutón, por mucho que nos los trataran de vender con una simpatía optimizante típica del momento de su realización: la del milagro económico del canciller Ludwig Erhard.
La historia es clásica, típica de los sixties. Super hombres y super mujeres a bordo de una nave espacial, preparados para defender al planeta Tierra del ataque de los enemigos del universo. Todo ambientado en un futuro no muy lejano y planteado en clave de fantasía que, de igual manera, pronto se puede hacer realidad. Los enemigos son básicamente los aliens llamados Frogs (en la traducción inglesa) y que eran filmados de manera indirecta, con poca luz, para darles un aspecto tan misterioso como diferenciador. También salían robots, que conservan el encanto de unos diseños plagiados del Japón, y que por culpa de su rebeldía eran domesticados por la patrulla con una eficacia no exenta de polémicas previas. Ahi entraría el constante toma y daca entre el mayor Cliff Allister Mclane y la teniente Tamara Jagellovsk. Son ellos los principales protagonistas. Los que dan constantemente la cara ante las vicisitudes del dia a dia. Sus métodos son bien distintos. El es un hombre noble, hasta ingenuo, sin afán de ascender en rango, ni mucho menos en poder económico. Tamara es muy inteligente y ambiciosa, utiliza su sentido del humor con ironía y mordacidad. Puede ser dura e implacable, descoordinando las ideas del resto del grupo (no en vano es una rusa filtrada por la mirada de unos guionistas alemanes: Rolf Honold y W.G. Larsen). Este tipo de tensiones profesionales entre mayor y teniente a la fuerza derivarán con el trato en tensiones sexuales que, por desgracia, sólo las podemos percibir con intensidad erótica los maliciosos. En cualquier caso, la serie se cierra con la manifestación del amor de la pareja unidos por un beso intergaláctico de lo más convencional.

Algunos expertos en el género han hecho hincapié en los estupendos (por variados) gadgets con los que contó la serie. Astrodiscos, bombas antimateria, las pistolitas inevitables, las bases submarinas o los ya mentados robots. Para otros, en cambio, los no aficionados al camp y lo vintage, todo esto es material para sonreir. Al igual que sus efectos especiales, hoy devorados por las nuevas técnicas de la imagen. Cabe decirles a estos últimos que ni siquiera en ese sentido y por esa regla de tres se salvaría Star Trek, la serie de televisión, muy superada por los avances tecnológicos del nuevo siglo (no asi el filme de Robert Wise, sin duda maravilloso visualmente, que va ganando con el tiempo). Lástima de vestuario, muy poco favorecedor y nada sexy. Sin embargo, para mí, que ciencias ficciones las justas, el mayor enganche de Orion radica en sus momentos de relax, cuando los chicos y chicas acuden al bar retrofuturista de ventanas al inmenso océano y mobiliario de diseño pop, para beber sus cocktails de colorines (en blanco y negro) mientras delante de ellos, sobre la pista de baile, otros miembros de la tripulación disfrutan de bailes inenarrables bajo un fondo musical de Peter Thomas (compositor hace pocos años reivindicado por los indies y que aqui se situaba a la altura excelsa de cualquier Barry Gray bajo contrato con la 21st Century) y visual, de gigantescos peces que los observan desde afuera con auténtica gula. Porque es ahí cuando los protagonistas bromean, desconectan de tanta verborrea, fantaciencia de pacotilla que me aburre de forma soberana y, si les cuadra, se lanzan a unos pasos de cosmic dance, a medio camino entre el rigodón y lo ye yé. Una ridiculez tan amanerada que sonrojaría al propio Wagner. Y, por supuesto, para no irnos tan lejos en el tiempo, a la divina robotesa Maria, de cierta Metropolis del cine silente.
Como en aquella colosal superproducción, Orion se apoya en la idea espacial (para interiores) de la verticalidad, a la vez que crea unos patrones, un tono, un concepto, una atmósfera que pronto serían imitados por series inglesas mucho más conocidas en nuestro pais como Ufo o Espacio 1999, curiosamente más cercanas al espíritu frio y calculador (o sea, alemanísimo) de Orion que a la tan metafísica como masiva Star Trek.




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