13 agosto 2010

Aquellos juncos salvajes (y 10)


Epílogo


"Ahora me digo que, para los espíritus más inmaculados y más corrompidos, la muerte es una saturación de vida, es el cumplimiento de un conocimiento"
Crónica familiar, Vasco Patrolini


Los 59 no son una edad razonable para morirse. Al menos, si uno no es Lord Byron, quien de haber llegado se hubiera matado por lo menos dos veces. Como aquél pre-dandy, padre era considerado por sus amistades y allegados en general un árbitro de la elegancia. Siempre trajeado, siempre brillante, siempre apuesto. Eso es lo que la clase media debía imaginar que era un dandy a esas pervertidas alturas del siglo XX. Su desaparición instauró en casa una etapa llena de inseguridades, de pasos decisivos, de la culminación de unas personalidades que dormían agazapadas bajo el manto acomodaticio del confort pequeño burgués. Fue, sin duda, el triunfo del mito de la gran madre, a la manera italiana. Sólo que ésta ya tenía unos años como para poder erigirse, si le hubiese salido del moño, monumento a la abuela universal. Escribo estas líneas pensando tanto en ella como en el padre que se me fue. Mi obsesión por la muerte (de esta ya venerable anciana o de este abominable cuarentón según mi DNI) sigue siendo ahora contínua. Nunca me ha abandonado, desde el día que presencié en vivo su rutina. El protocolo del último suspiro. De nada valen mis traviesas aproximaciones al culto a los muertos, mi pasión por lo ultraterreno, mi fascinación por lo necrofílico, mi simpatía por los espíritus burlones. Porque a la hora de la verdad, Ella me va a vencer arrastrándome a la vorágine de la nada más absoluta. Carezco de sentimientos religiosos. Me niego todavía a aceptarlos al llegar el momento fatídico. Las conversiones así, in extremis, son fruto de las mentes corrompidas con sus actitudes hipócritas, pragmáticas, utilitaristas. A uno no le quedan más cojones, ante una evidencia tan irrefutable, que luchar durante toda su vida contra el Tiempo, apurando los días en cosas que considere provechosas. En mi caso, de unos años a esta parte, consagrándolos en gran medida a la escritura.
Pero la escritura es una forma de encierro. Por lo tanto, de negación de la Vida. ¿O tal vez sea un tipo de vida diferente consistente en el desarrollo de una imaginación que al final me evade de esa realidad tan temida?. Mentiría si aseguro que no salgo, que no tengo contacto con los demás. Pero los demás cada vez me incumben menos. No confío en los seres humanos, a no ser que estos salgan de una pantalla de cine clásico. Ni siquiera mi búsqueda desesperada de sexo a diario me place ya. Es una rutina, una operación iniciada con voluntad de quitarme etiquetas absurdas que aludan al artista anacoreta. Pero el sexo rara vez ha conseguido hacerme feliz. Escribir, en cambio, me ha llenado demasiado. Leer también. Y el cine, lo que más. Sin las películas yo no sería el que soy. El cine ha sido el mejor camuflaje del solitario Maciste.

Escribiendo estas memorias me he dado cuenta que la superación en la pubertad de esa soledad característica de mi infancia, fue tan sólo un espejismo, un desmadre pasajero. Pronto mis amigos me fueron dando de lado como yo los fui abandonando conforme percibíamos síntomas de apatía en nuestras reuniones. Pero de ahí a la desconexión absoluta de la actualidad es como para plantearse más de una pregunta. ¿Dónde han ido a parar Carlos, Javier, Luis, Juan, Pedro, Héctor...?. ¿Cómo pudimos un día brindar por nuestra amistad conservada durante más de veinte años y de repente encontrarnos sin una pizca de valor para descolgar el teléfono y confirmar que aún respirábamos?. Si. En una de nuestras últimas confidencias, Carlos se refería al hecho de que aunque tardásemos en vernos, él estaba ahí, para lo que fuera menester. Pero más que nunca hoy me parecen todos esos rollos simples palabras bonitas, nada aplicables luego a la hora de la verdad. También es lógico. Ambos hemos pasado malos tragos en este comienzo de siglo. Mi actitud quejicosa ante cualquier nimiedad, colocándola por encima de sus males, la llevaba al principio el amigo con paciencia de santo. Así uno terminó cansando al más pintado.

Acepto mi soledad. La eterna soledad del hombre sobre la tierra. Hombre, sin más calificativos. Nada tiene que ver esto con las opciones sexuales, antes bien con algo más profundo, como un bramido interior que la Humanidad ha sentido a lo largo de los siglos. La mala sombra negra, agorera de sepulcros. Es como si el día que le colocamos la mortaja a padre yo también hubiese muerto. Y siendo consciente de aquello, sabiendo que mi muerte iba a durar muchos años. Aún tenía unos cuantos escritos que acabar y muchas personas por conocer, pero toda la excitación que la década de los noventa iba a depararme no debía engañarme sobre mi estado actual. Navegaba a la deriva por el sumidero que arrastra sueños y quimeras, sueños que quedaban aprisionados en los estrechos pasillos por los que el empleado de la funeraria y yo subimos el ataud destinado a aquel hombre que amé y odié a partes iguales; en aquel mismo cementerio en el que lo enterraron, ante la presencia de cuatro pelagatos que se acreditaron como familiares y que buscaban con ansiedad silenciosa el derramamiento de una sóla de mis lágrimas, detalle que no les concedí en absoluto, pues todas las estaba madre ofreciendo en el interior de un coche a escasos metros de allí. Recuerdo entonces, acabado el ritual del sellado, avanzar como sonámbulo hacia ese automóvil. Pero, ¿hacia donde?. Hacia la literatura. El cine. El tocadiscos. O tal vez, hacia ese gran espectáculo de mí mismo hecho novelitas. ¿Para curar mis heridas?. No lo creo, porque ninguna de ellas ha conseguido curar las heridas ni el dolor, pero sí revivir al niño que estaba muriendo y, al mismo tiempo, al personaje que ese niño estaba dispuesto a inventar.


FIN DE AQUELLOS JUNCOS SALVAJES

Octubre 2008- agosto 2010

*Ilustraciones de Herbert Tobias

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