12 agosto 2010

Aquellos juncos salvajes (y 10)


Capítulo septuagésimo


La caída de la casa Betanzos (II)
De los muchos amigos que padre decía conservar, sólo pareció serlo ese mes fatídico el señor Rego. No lo conocía de nada aunque pronto se presentó él mismo como banquero del Bilbao. Pero, lo principal, lo que me recalcó es que apreciaba a padre una enormidad. Este señor gris y aburrido, como suelen ser los empleados de Banca, y encima esos empleados que llevan varias décadas con sus posaderas en la misma silla giratoria, ofrecía al hogar de los Betanzos un aura de paz solemne muy similar a la que otorgan a su feligresía los párrocos bonachones en las homilias de los domingos. Desde luego que el señor Rego era un hombre de orden, una "gran persona", un caballero a la antígua usanza en cuanto a modales. No en vano era amigo de padre. Y lo demostraba en sus asíduas visitas. Que su rectitud podía ser insoportable de presentarse la situación de tener que convivir con un Maciste lo noté de refilón en sus salidas de casa, cuando uno dejaba pasar los minutos en el portal con los amigos. Nos cruzábamos en un instante fugaz, durante el cual nos despedíamos. El mantenía la mirada excrutadora típica del que quiere saber para luego enjuiciar. Fijo que no le parecieron nada bien mis gestos de frivolidad con la pandilla, ni la pandilla siquiera, mientras padre arriba luchaba con el mal (para esta gente los jóvenes siempre son sospechosos). Y, más aún, cuando seguro acababan de saborear una charla digna de un crepúsculo de Lampedusa.
Con el paso del tiempo, madre conservó un roce básicamente financiero con el empleado del banco. Y, cuando ya estaba a punto de jubilarse, fui yo quien sostuvo con él más de una discusión por un "quítame allá esos ingresos". El recto y cabal señor Rego, de misa los domingos y fiestas de guardar acabó en su vejez almacenando en el desván de su domicilio una pequeña hemeroteca amarillenta (porque le gustaba aprender la Historia según la contaron los periodistas conservadores), nostálgico de las dictaduras de derechas y fóbico de lo rojo (y sucedáneos). Repitiendo los mismos clisés vertidos en una asamblea de reaccionarios, inamovibles, hasta graciosos (por lo deja vús) en su a-b-c. De eso me enteré en su debido momento cuando, ocioso de más, acudía a los cutre-platós de las televisiones de la ciudad para ganarse un puesto de involuntario freak con ramalazos de mascota de lo políticamente incorrecto en el apartado de la memoria histórica, esperpéntico por lo rehén del término democracia y, por tanto, miedoso de declararse franquista recalcitrante, aún estando bebido (y bebido apareció en uno de los programas más locos de la troupe del partido Democracia Ourensana. Fue cuando para no brindar por el Caudillo -y buscando quedar de original a la par que estudioso- orientó su morriña política a la dictablanda de Primo de Rivera).
Mientras el pintoresquismo de este personaje, nada raro en una ciudad decrépita y decadente como la mía, acababa de cuajar, él mismo se fue anunciando esa primavera horrible con la excusa de que el lecho de padre permanecía aún febrilmente caliente. Su obstinación de visitante era también algo enfermiza. Fue cuando pensé si Rego y él no habrían disfrutado de una relación "especial", paralela a la de sus matrimonios respectivos, en esos años ochenta. Al menos, aquellas despedidas del mes de mayo y primeros de junio del 88 parecían esquemas vivientes de la secuencia culminante de A mi la Legión, sólo que sustituyendo los uniformes castrenses por un pijama y un traje de lino. Con todo el amor fraterno, padre regaló a su amigo una estupenda pluma estilográfica. Sin yo predecirlo, este detalle acabó por unirnos (más por su voluntad samaritana que por la nuestra, bastante impía) en la siguiente década.
La primera semana de junio fue la del final. Padre vomitó una sustancia espesa, abundante, negra como el petroleo. Sus dolores aumentaron. Llamamos a un médico. No queríamos verlo sufrir asi. Le inyectaron morfina. Una manera salvaje de calmarle un chisco. Fue un alivio temporal. Luego vino un impertinente hipo que no le dejaba ni respirar. Me pidió ayuda queriendo que buscase en el absurdo libro de la salud algo referente al asunto. Pero este libro, siendo absurdo, no era tonto del todo. Y en el apartado consagrado al hipo aparecía entre muchas causas posibles estar padeciendo cualquier tumor maligno. Y ahí surgió otra vez la palabra clave. El dichoso cáncer y una de sus innumerables putadas. Mi madre me censuró con la mirada. No era momento para demostrar mi buena dicción. Debía haber sido más precavido. El enfermo se resignó ante la evidencia. Sin embargo, pocas jornadas después nos sorprendía con una repentina recuperación. Había amanecido con un formidable aspecto, con sus ojos despiertos y vivaces, con un tono de voz pletórico. Y de sus labios, un capricho. No había comido nada en dias y de repente quería unos melocotoncitos en almibar. De nuevo me atontó la situación. Recobré la esperanza. Hacía nada que había echado los higados por la boca y ahora, glotón, era como si pretendiese recuperar el buen aliento con ambrosías. Madre me sujetó sentenciando en la cocina: "Es la recuperación de la muerte". Qué razón tenía. A la mañana siguiente casi no podía hablar. Estaba en las últimas. El señor Rego lo certificó apretándonos las manos, como un curita ungidor que nos diera el pésame antes de tiempo. Durante la sobremesa empezó con las convulsiones. Aferrándose a la almohada, enroscándose como una culebra, sujetándose a un salvavidas imposible. Y madre y yo a la máxima impotencia. Volvieron los médicos. Lo único que le dieron fue un chutazo mortal, de esos que había que firmar y todo. Algún pro-vida lo llamaría eutanasia, en casa Betanzos sólo era un desesperado acto de humanidad. En esos momentos el agonizante no oía ni veía. Me desesperé. Perdí los estribos. Me abracé a él con fuerza. Su esposa, increiblemente serena, nos separó. Y luchando, se murió. Su boca entreabierta exhalaba un aliento frío que me descompuso. No era de este mundo. Golpeé las paredes. Me tiré al suelo ahogado en lágrimas. Mi cuerpo no lograba ni quería tampoco sostenerse en pie. Sin adoptar el comportamiento de una Leonor de Aquitania, debí parecer Carl Trask al final del Edén. Sin embargo, les juro que a las cinco de la tarde del 5 de junio de 1988 yo había apagado mi personal proyector de películas, dando permiso de abordaje a la realidad desnuda, inclemente, demoledora. Y su plasmación más natural e irrevocable. Que es la muerte, nada menos. Esa gran jodía.

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