11 agosto 2010

Aquellos juncos salvajes (y 10)


Capítulo sexagésimo noveno

La caída de la casa Betanzos (I)
Padre recayó a principios del mes de mayo. Ya no se encontraba bien a finales de abril, cuando compartíamos los dos una reposición del Alien de Ridley Scott. Tal vez aquello fue el detonante, un sobreaviso, el anuncio de algo muy parecido a lo que dentro de su interior se estaba gestando. Me refiero a la escena clave de John Hurt saliendole el bicho (¡y qué bicho!) de su birrioso pecho. No era un plato fuerte para nadie, sano o enfermo. Y para él menos. No aguantó el alien espacial y se fue con el suyo a dormir. Dias después se encamó. Su corta vida sucedió entonces allí. Madre tomó las riendas del negocio. Ella también sufrió el cambio repentino. Se le agolpaba el trabajo. Abajo y arriba, en la casa. No viví lo de abajo. Sólo sé que como enfermera resultaba admirable. Presencié imágenes terribles del "alien" doméstico. No hacía falta que me lo edulcorara Tom Savini ni cualquier nieto de Jack Pierce. Lo que a padre le fue creciendo en su estómago superaba con creces cualquier ciencia ficción terrorífica.
Ese mes de mayo me costó trabajo ser yo mismo. Los amigos dejaron de visitarme, salvo Pedro, al que todo parecía darle igual, restándole importancia a cualquier tipo de hechos que me afectasen, a no ser los que incumbían a mis orificios penetrables. Recuerdo que en esto fue muy pesado. Abusó de mi cariño por él, de ese enganche que, quiera uno o no quiera, sucede cuando se llevan más de dos centenares de polvos entre pecho y espalda. Claro que Pedro, a pesar del ambiente de enfermedad que se había apropiado del hogar, seguía turbándome. Era una situación tan incómoda aquella... El dormitorio de mis padres estaba a escasos cinco metros de mi habitación de las juergas. Y cuando regresaba del colegio el enfermo lo único que buscaba de mi eran atenciones. O tal vez una compañía que se disfrazase con algún argumento razonable para una conversación distendida entre adultos. Dos o tres veces a la semana Pedro entraba conmigo en casa. Le avisé reiteradamente que el horno no estaba para bollos ni para gayers. Pero siempre me camelaba con la excusa de grabar un Kraftwerk. La historia se repetía pese a mi obstinación de dejarlo. Me cogía desprevenido, con la astucia del depredador más amoral, permitiendo a su presa seguir con sus tareas normales mientras le iba inoculando el veneno del regustillo. Jugueteaba con mi esfinter mientras yo leía contraportadas, sabedor de donde tenía el punto G, misterioso epicentro del placer del que hablaba hasta el Muy Interesante. Utilizaba el vértice de un cartabón o cualquier elemento fálico que tuviese a mano y empezaba sus masajes estimulantes. Era cuando no lo podía resistir y me entregaba a un galope. Sin salir de la silla en la que el sementalito se sentó. Pienso que padre algo oía. Una vez su llamada fue un desgarro lleno de dolor. Me quería a su lado. Pero yo no era el analgésico ideal en aquellos momentos. ¿Qué podía hacer?. Inútil telefonear a Urgencias pues los médicos lo daban por desahuciado. Inútil infundir serenidad pues Maciste era un pasivo bien tenso. Se estaba convirtiendo en una figura terrorífica. También pienso que no era consciente del todo de la gravedad de su estado porque conservaba una estúpida esperanza, la ilusión de que se sobrepondría tarde o temprano. Pero no era eso lo que prevalecía en mi cabeza. Escenas clave como la de golpear con los nudillos en la cabecera de la cama, implorar que acabase con él de una puta vez en nada despertaba en mí una conmiseración por el padre que se iba, antes bien una imagen de villano de la escuela Universal a lo Lugosi o Atwill. Me daba miedo entrar en la habitación, sencillamente. Era un cobarde con todas sus letras. No estaba preparado para una agonía. Tampoco lo estaba madre, que siempre fue una criatura mimada y algo caprichosa, y ahora no le quedaban más ovarios que hacer de tripas corazón, y de cáncer desinfección.
Cuando Pedro se iba con su polla a otra parte retornaba la muerte en directo. No me acordaba de la tendencia habitual en casa a la exageración, la querencia por las situaciones límite. Y como no me acordaba me vine abajo. Escucharle decir que un día se levantaría de la cama para coger la pistola que guardaba en un cajón del armario de luna para volarse la tapa de los sesos me retrotrajo a sólo cinco años antes, cuando su intento de suicidio logró apaciguar a acreedores y banqueros. Madre no podía tolerar semejantes amenazas. Sin embargo, jamás se deshizo de aquella pistola. No sé si por respeto a unas huellas dactilares o porque en casos extremos un balazo no sería tanto pecado pues supondría el alivio definitivo para un hombre que vivió siempre con aires épicos. O, por lo menos, de spaguetti western. En última instancia, solventaría los drásticos efectos de la morfina que ya estaba pidiendo a gritos.
Tanto disparate para mayores de 18 me hizo huir en más de una ocasión del hogar. Buscaba en el periódico la cartelera del jueves del Cine Club y aunque no me interesase en lo más mínimo lo programado salía pitando para no regresar hasta pasada la medianoche. Eran dos horitas que me evadían del infierno. Por fortuna la filmoteca provincial no fallaba en sus selecciones y así volví a ver Lolita para seguir mi romance con Sue Lyon, tan distinta a Alien, aunque al final de la película la coqueta exhibiera un bulto de lo más sospechoso en el bajo vientre.
Cuando los calmantes nos dejaban un minuto de paz, entonces no me importaba acercarme al patriarca. Notaba mis miedos. Me tranquilizaba, me recordaba mi papel en aquel microcosmos familiar. Sólo lograba acrecentar el pánico. La tele pequeña en su habitación relajaba mis ánimos. Hubo entonces una película, decisiva para poder dedicarnos finalmente padre e hijo una frase capital, de esas que dejan huella, cuando el debate abierto no admite en tales circunstancias más que un par de mensajes telegráficos y puntuales. O sea, todo lo contrario a los reproches en forma de monologazos que se soltaban en nombre del Método Paul Newman y Burl Ives en La gata cachondona. Más que película era un documental. Se llamaba Dolores y lo dirigió Jose Luis García Sánchez a principios de los ochenta. Hagiografia de una atea, de una bestia parda del Frente Popular, en tiempos en que los españoles se mataban en una más que merecida guerra consanguinea. Sabiendo de nuestras posturas irreconciliables, admiré mucho el aguante de padre ante lo que era una exaltación de la extraordinaria arrastradora de masas obreras Ibarruri. Y aún cuando a mí la enlutada mujeruca me parecía una heroína mortecina y carente de glamour comprendía que vencía el carisma, esa personalidad, insustituible en mi iconostasio ideológico. Dolores no era, pesara a quien le pesara, una frívola pin up para milicianos. O como se me venía inculcando en casa durante años en maniobras de desprestigio rojeril, "una bruja, puta y mala madre". Es decir, epítetos lindantes con los potines de vecindona que nunca entraron dentro de mis intereses básicos, intereses que, en este mito concreto, se circunscribían antes que a los trajines de alcoba de la supuesta a los de las barricadas. La visión unilateral de García Sánchez la revistió de una humanidad que me hizo acabar con los ojos vidriosos. Cuando miré a padre me soltó un irónico y descreído: Bueno... Y yo: ¡Qué...!. El miró para otro lado como pensando "para dolores los míos" y entonces entendí que hubiera sido bonito que tras este documental hubiesen emitido en compensación algo de la juventud de la Collares. Sin embargo, padre no había sido más que un urbanita niño de la guerra y, como tal, sin más visión de la realidad (una realidad sin muertos en la familia) que la que podría percibir a sus diez años. Y que a sus dieciocho (los míos de entonces) ya se había dejado imbuir por las coyunturas de su época, que eran las consignas del Movimiento, es decir, del pensamiento obligatorio (asquerosamente apolítico), de las fanfarrias (de NO-DO) de un bando de moda. Aún con todo, no quise entrar en debates generacionales. Me autoimpuse el respeto y preso de no se qué sentimiento reconciliatorio similar al de nuestra Transición (entre la memoria y la amnistía) lo estreché entre mis brazos y le dije que lo admiraba muchísimo, porque había llegado al final del viaje coherente a sus ideas de siempre (prestadas, impuestas o como fueran). Hoy por hoy, gente de esta encarnadura ya no se encuentra.

continuará mañana

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