10 agosto 2010

Aquellos juncos salvajes (y 10)


Capitulo sexagésimo octavo


Como un tonto con una cassette
Qué rebuscado era con Juan de Pablos. Se acercaban los viernes, día de mi petición de rigor, y me volvía loco intentando encontrar a esa chica ye yé vetusta, carente de discografía, de referencias, de la que sabía de su existencia por una minúscula reseña en el libro pop de Ordovás. Tal era el caso de la poco memorable Fina Galicia. De Pablos las conocía a todas. Las había pinchado a menudo en otros tiempos -más gloriosos- de Flor de pasión. Cuando las recoleterías mandaban. También le echó cariño (y santa paciencia) para encontrarme un Ep de las ignotas Tina y Tesa, que como su nombre artístico indica eran unas chicas de la nueva ola (sólo que de principios de los años sesenta).
No paraba de grabar música de la radio. Y también diálogos de películas de la tele. Y por si esto fuera insuficiente, los amigos de vez en cuando me pasaban vinilos que también recogía en cassettes vírgenes. Me aprovechaba de mi compañero Juan que, ávido de sonidos retro, reconstruía la deslabazada discoteca de sus padres, a base de Beatles, ELO y grupos beat españoles. No mucho. Javier era más copioso con sus rockeros. La historia de Buddy Holly, de Eddie Cochran y de Gene Vincent compartía metros de cinta con aquella niña de la estación, más cursi que un guante, de la Piquer; con los ronroneos de gata sorda de la Birkin, nostálgica de no se cual ayer o con las ratonerías de Paco Clavel (Los Combays, Encarnita Polo, Juan Carlos Monterrey, Rafael Turia, Susy, Jolly Land...). También material fonográfico del que hoy en día ignoro su prodecencia auténtica. ¿Acaso esos directos donde la pregonera Loles León vendía a voz en grito el Brand new cadillac o luego ella misma junto a Rosy de Palma, Massiel y el grupo La Frontera subidos a La moto de Los Pasos surgieron de mi imaginación desopilante o de un tinglado de... Alpuente?. Sería más bien lo segundo pues solía escuchar al maestro en su breve paso por Radiocadena con la admiración de quien consideraba un renovador de las ondas digno de imitar hasta en su aguardentosa voz.
Cuando Chus Lampreave pasó por las manos de Maite Contreras en Escápate mi amor no me llegó la cara de una casette. Fue una hora de entrevista sin desperdicio alguno. Esa grabación la celebré más de una vez con Luis siempre entre carcajadas, porque para nosotros Chus era nuestra tia abuela. Siempre que ibamos al cine a verla nos preguntábamos si es que ella era asi o si la apayasaban los directores de turno. Y no. Nos dimos cuenta de que Chus era tal como daba en pantalla. Ese aire ingenuo, despistado, sencillo (por no decir, simplón), campechano, hasta nihilista lo transmitía en sus respuestas a la viborona periodista. En otros ambientes cualquiera la trataría de mamarracha. Luis y yo sabíamos que de mamarracha nanai. En Estados Unidos hubiera sido una perfecta Chica de oro. Como nació en España conservaba algo de la fragancia de un tebeo de la Bruguera, de un texto de Azcona, de una canción de las Vainicas, de un episodio de Armiñán.
Comprenderán que no daba abasto. A dos cintas de noventa minutos por semana, y con la idea de que no me pararía ni dios. Menos mal que no tenía video porque delinquiría de manera seria. Robar cintas no era dificil. En el supermercado no pitaba nada cuando pasabas por caja. ¡Cuántas de la marca Tudor pasaron la prueba de la alarma!... No eran de gran calidad pero recién grabadas relucían en mi habitación. Lo peor de los robatorios compulsivos era que luego de pillarle el gusto, lo que debería ser anécdota ocasional se convertía en costumbre y la costumbre en necesidad. Como si al final por una mera cuestión de "antiguedad" hubieses ganado el derecho de apropiarte del material ajeno cuando hiciese falta. Y te volvías loco. Y llegaba un día que cometías el desliz y la cagabas. Vamos, que me pillaron. Las consecuencias de haber sido cazado, en mi caso fueron morrocotudas. Y, miren por donde, no muy merecidas, pues en realidad en aquella ocasión fatídica no había robado nada. Mi función había sido la de acompañante. O cómplice del auténtico ladrón.

Sólo por robar...
Sucedió en el antíguo Simago, hoy Champion. Recuerdo que esa tarde de finales de abril era muy lluviosa. Mi amigo Juan estrenaba una trenca de amplísimos bolsillos delanteros. Pero es que en el interior los escondrijos no le iban a la zaga. En realidad Juan estaba dentro de un saco. Venía de Agata Ruiz de la Prada. Calculaba que le cogerían unas cuantas botellas de ginebra si se pusiera a la labor. Que no era el caso pues el amigo era abstemio. Cuando entramos lo llevábamos todo bien planificado. El se encargaría de llenar sus interiores con sendos paquetes de cintas Basf, calidad Chrome. Mientras tanto servidor despistaría al segurata con alguna pregunta retórica o, si acaso eso no funcionaba, con mis extraños movimientos alrededor de la zona de vinilos. Yo era asíduo a dichos estantes, no dudo que me conociera. De vez en cuando había comprado las novedades en oldies a buen precio que exponían. Concretamente una interminable colección sobre la Historia del Rock de la editorial Sarpe. Esa tarde gris, oscurecida antes de tiempo, las cosas salieron mal. El vigilante captó raras vibraciones. Dos niñatos que entraban juntos, luego se separaban para finalmente buscar la puerta de salida al unísono y en paralelo, a metros de distancia el uno del otro, era como para que se pusiera a trabajar. Tal vez si hubieramos utilizado el método Tiffany's de Peppard and Hepburn... Muy educadamente nos saludó al punto que nos rogaba que abriésemos nuestros macutos y zamarras. Nada encontró en los míos. En cambio, en la de Juan, si que vio el material hurtado. Tuvimos que acompañarlo a un sitio. Si me hubiera puesto chulo me hubiera librado de aquello por la sencilla razón de que iba limpio. Era el otro quien rebosaba delito. Me lo tomé como una mala experiencia más. Fantaseé con que nos conduciría a la cámara de torturas. Teniendo en cuenta que era un mozo de muy buen ver, con su porra y sus esposas y su paquetón y culo gordo las cosas podrían encauzarse en un mano a mano Sacher Masoch- Piranesi. La realidad fue bien distinta. Derivando por los terrenos de una mise en scéne de lo más ramplona. Me refiero a que terminamos en un cuarto diminuto, medio almacén medio despacho, aguantando su rutinaria toma de datos. De vez en cuando se ausentaba, más que nada porque en el ínterin seguirían apareciendo por el supermercado ladronzuelos dispuestos a cosas peores, como la apropiación de un chorizo de cantimpalo, un pata negra de Campofrio o una cola de bacalao en salazón. Era cuando Juan y yo pensábamos en la posibilidad de fuga. Evidente que no nos habían amordazado. Muy mal hecho, la cantidad de sandeces que fabulamos en alto, entre tembleques de pavor y sorna de adolescentes mal criados, fueron un puro malgaste que anulaba cualquier forma de pacto razonable con el secuestrador. Cuando regresó captó nuestra chunga. No era para menos. En un momento de relajación nos confesó que se llamaba Florencio, nombre cuanto menos ideal para trabajar en el Cómico pero impropio de un centro tan importante del consumismo capitalista como era Simago. No pudimos evitar soltar la carcajada delante de sus lindas narices. Eramos así. Unas cerdas. Y como a gorrinas no nos ganaba nadie iniciamos una improvisada rueda de preguntas con tonito de buen rollo. Lindezas del jaez de si el zulo en el que nos había privado de libertad ya había sido ideado por el arquitecto del solar, si su oficio requería estudios primarios, si le gustó Centinela, alerta, si lo de Florencio era un seudónimo artístico, tipo James Tont... Todo lo aguantó con resignación y mucha frialdad de profesional del ramo. Aprobar oposiciones es lo que tiene. Estoy ahora seguro de que cuanto más nos regodeábamos en su mediocre poderío más nos sentenciaba para sus adentros. Dos horas que se nos hicieron interminables. Debimos permanecer asi hasta que cerraron el establecimiento. Nos apuntó los respectivos teléfonos de casa y de inmediato se pusieron en contacto con las familias de ambos, aunque Juan y yo le advertimos que no hiciera esa burrada, que le pagábamos lo camuflado con intereses si era oportuno, que no merecía la pena perder aún más tiempo en conferencias. Fue el momento de mayor acojone. Los padres de Juan se presentaron a recoger al hijo con un semblante avergonzado. Me di cuenta de que mi amigo era de muy buena familia. Burguesia gallega. A mí no me vino a recoger padre porque se estaría cambiando el drenaje. Asi que me largué del lugar sin desearle buenas capturas a Flo ni nada por el estilo (duró muy poco en el puesto. El gerente del Super lo debió entender como demasiado eficaz para un holding de esa categoria. Me huele que lo terminaron trasladando a las dependencias de Edgard Hoover).
Sabía que en casa me iba a esperar una buena. Las expectativas se cumplieron. Padre y madre tras la puerta me recibieron con gritos y caras asesinas. Arrojándome cachitos de mi cena fría, amenazándome con matarme con una barra de pan de cortezas afiladas y, finalmente, con un pequeño numerito de overacting a cargo de madre que se tiró por el suelo, pataleando y maldiciendo -cual Medea herculina- el haberme parido ("¡Ojalá te hubiera ahorcado con el cordón umbilical cuando naciste!", solía decirme en momentos de gran tensión). Yo, ante tamaña desproporción, me crecí. Habían perdido la razón. Y ella, además, el respeto (su actitud era cansina, muy post-menopausica). A fin de cuentas, no había hecho más que acompañar al desamparado Oliverio Twist a hurtar una tontería. Además, ni siquiera le había ayudado a desabotonarse la formidable trenca. Ellos seguían erre que erre, acusándome de Judas Iscariote, de Barrabás, de Caín y de no sé cuantos más personajes mal vistos de las Sagradas Escrituras. Lo más indigno de todo fue asistir al triste espectáculo de madre como cucaracha. Menudo desmelene, ni santa Kate Hepburn cuando se sintió Leonor de Aquitania. Comprendía que en falseríos había quien me ganaba. Y en aquellas circunstancias familiares, su delito sí era de Juzgado. Supongo que el único que en verdad sufríó esa noche fue el bueno de padre. Pronto todo sería metástasis.


continuará mañana

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