09 agosto 2010

Aquellos juncos salvajes (y 10)

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988


Capítulo sexagésimo séptimo


Programa doble: La ley del deseo
Mi valoración de este filme, como de practicamente la totalidad de la obra del manchego universal, ha variado con los años. Es a partir de Kika, perdonándole sus escarceos en la comedia, digámosle, familiar de Mujeres y su terrible plagio del Coleccionista que él tituló Atame, cuando comienzo a intuir que ni siquiera lo que en su momento tuve por grandes aciertos (el guión de Matador, La ley del deseo, Qué he hecho yo..., Entre tinieblas) merecerían una sola revisión. La pasión con la que recibí en su día sus folletines ochenteros se justificaban por inmadurez y ese acercamiento extraño, sin continuidad posible, al nuevo cine español marca PSOE. El de las comedias urbanas con Resines, Ana Belén, Guillermo Montesinos, Miguel Rellán y demás nombres de la progresia más rancia ahora disfrazada de moda de España (los del nuevo Régimen).
Que La ley del deseo fuera la sensación del momento entre mi círculo de amistades no debería extrañar a nadie. Nos fascinaba la modernidad y la provocación a partes iguales. Y Almodóvar era símbolo de ambas cosas. Por supuesto, el snob lo adoraba. Porque subvertía lo antiguo dando a lo rancio un aroma distinto, a la páge. Pasó en La ley, que fue una película que congregó a todos los básicos de la pandilla por primera vez en mi historia. A la facción pijirosa y a la facción heterodoxa (siempre inquieta).
Recuerdo los minutos iniciales de proyección como terribles. Sentía una profunda verguenza ante lo que consideraba el reflejo de mi propia personalidad en mis onanismos de alcoba. Nadie lo sabía. ¿Qué podía temer?. Me identifiqué con aquel narciso en el espejo, al que Cocteau le hubiera sacado más estimulantes significaciones, desde luego, pero que dentro de su vulgaridad había hecho devastadora mella en mi. Almodóvar citó en alguna entrevista que ese arranque había causado mucha expectación pues era la primera vez que en un película española un personaje masculino pronunciaba la palabra: Fóllame. Hubiera sido de una carga estetizante, bien sugerente, si el director no la hubiera inserido como parte del rodaje de un corto pornográfico (la industria del espectáculo más funesta y sórdida que debe haber) y el modelo no remitiese a cualquier habitante de las saunas nocturnas del Madrid posmoderno.
Así pues, me sentí bloqueado, sin razón alguna. Una vez más, me veía en la dicotomía de querer proteger mis verdaderos sentimientos cuando por otro lado insistía en sacarlos a relucir sin ton ni son, que era cuando ya alguien se encargaba de cortarme las alas en seguida (protegiendo asi la salud mental del grupo y, a la vez, evitando lo que cualquier juicioso conceptuaría de innecesario harakiri emocional).
El resto del dramón se fue sobrellevando sin apenas esfuerzos. En mi caso, porque Antonio estaba allí, todopoderoso, mandando hechicerías con sus ojos y rizos malagueños. De igual modo, porque Eusebio era una pasada de actorazo y Carmen seguía diosa de mi devoción. Porque la voz de Maysa Matarazzo, de la raza de los orates, aparecía por primera vez en mi vida, a pesar de que las imágenes que la acompañaban no la merecían en absoluto. Todo lo contrario del Guarda che luna (crimen pasional en lo profundo de la noche, a un pie del acantilado. Por lo tanto, puesto con correción. Visconti no utilizó música en el crimen de la Ghisolfa, de todos modos). Había muchos polvos entre chicos pero, repito, que ninguna imagen marica vista entre amigos me logró impactar tanto como la del arranque. Sentí como si el director hubiese violado mi intimidad. Una intimidad que desde entonces pareció ser privativa de los chicos gays solitarios que en el mundo han sido.
A todo el grupo le gustó. O eso pretendían hacer entender. Ignoro si lo que buscaban era mantener el buen tono (todavía muy pocos eran los que se atrevían a desenmascarar a Almodóvar en este pais, visto lo que estaba armando a escala internacional). Para Javier supuso el flechazo Rosy de Palma, flechazo que jamás le creí, a pesar de que la opinión periodística le amparase luego al disculpar las imposibles características físicas de la ¿actriz? con el bonito epíteto de "belleza cubista". Esta mallorquina, ex miembro del grupo Peor Imposible era lo que mi padre hubiera definido como un grelo. O un callo, para el resto de los mortales. Allá cada cual con sus filias. Carlos, por ejemplo, más preocupado por los aspectos técnicos que los morbosos, afirmó que don Pedro había mejorado mucho con respecto a sus primeras películas. Era obvio también que asi fuese: trabajando con un mayor presupuesto podía permitirse más de un lujo al respecto.

Programa doble: La naranja mecánica
Tarde o temprano fueron cayendo todas (incluido El último tango en Paris, un cine de medianoche del mes de abril). Las más anheladas, las que considerábamos obligatorias, decisivas. La naranja mecánica fue posiblemente la número uno de nuestro ranking. La habían repuesto en la ciudad a mediados de los ochenta pero entonces éramos muy jóvenes para acceder al fruto prohibido. Lo intentamos tres años más tarde sin demasiado esfuerzo. La mayoría de edad. Se entiende además que nuestras expectativas eran mayores, nuestro culto había crecido. Y eso fue lo peor que pudimos haber hecho. Porque no había tanto en la película como para justificar tanta leyenda. Claro que permanecía el derroche de violencia (concepto que cuando se es joven se suele sobrevalorar), pero esa violencia quedaba un poco desfasada con el paso de los años (diecisiete desde su realización). Al menos, para unos chavales como los de mi generación, que nos habíamos criado con los desfases de Jason y Freddy Krueger, con Mad Max y los seudo Rambos, por no citar los comics para adultos de los que se había alimentado Carlos. Se imponía pues un desvío hacia terrenos adultos que llevaran implicado un mínimo esfuerzo intelectual. Kubrick era un autor, muy autor, nos estaba lanzando un mensaje, pero ese mensaje no lo pillamos a las claras (¿se estaba haciendo crítica o apología de la violencia?). Carlos iba destacándome aquellos elementos del diseño completamente desfasados: la estética setentera, aún con los dañinos resabios del pop art y lo psicodélico, provocaban unos resultados no ya demodés, sino simplemente feístas. Esa estética sigue hoy en día siendo un gran lastre, careciente de encanto alguno, como ya le ha pasado a Eyes wide shut, otro ejemplo de filme fallido porque entre otras cosas el pretendido "buen gusto" visual lo devora todo (Kubrick no es Antonioni). Y, lo que es peor, más malo cuanto más tiempo pase por él. La fgura de Alex en la interpretación de Malcolm McDowell me llegó a atrapar, lo reconozco. Esto no se repitió jamás con este actor. Aunque lo prefería en If... de largo.
Con toda probabilidad, lo que más acaparó mi atención fue su banda sonora. Una banda sonora que conocía al dedillo. Durante la adolescencia me pasé muchas horas escuchando el Lp. Un Lp que me introdujo de golpe en el universo de Burguess, en el de la música clásica y en la electrónica sin mayor esfuerzo que el que conlleva darle la vuelta a un vinilo. Beethoven entendido por el pintoresco Wendy (antes Walter) Carlos recuperó de sopetón mi desastrosa afición por las partituras de otros siglos. No en vano, aquél era un método más digno que el que venía utilizando hasta hacía dos dias cuando no me perdía ni una cassette de las abominables series de Hoocked on Classics.
Aparte del fundamental -para Alex- Ludwig van, el experto en Bach Walter Carlos adaptó a la moog a Rossini, Elgar y Purcell. Y en uno de sus cortes, se incluía un divertimento retro titulado Quiero casarme con el guardián de un faro que me sirvió en su tiempo para quedar bien con los amigos durante la muy mentada excursión a Madrid. Fue al identificarla justo durante la visita al museo de cera, cuando uno de sus lúgubres habitantes (posiblemente el conde Dracula) la ejecutaba una y otra vez, como si fuera una triste atracción de feria, moviendo de forma grotesca la sangrienta boca.


continuará mañana

1 comentario:

Anónimo dijo...

Interesante articulo, estoy de acuerdo contigo aunque no al 100%:)