16 julio 2010

Aquellos juncos salvajes (9)


Capítulo sexagésimo sexto


Mórbida con convulsiones
Una de las sorpresas más gratas (mejor dicho: flipantes, por lo que tiene de conexión con facetas de mi mundo fantasioso) con las que me he topado desde que tengo internet ha sido descubrir a Louella en su blog "De Cine" desde la página de TCM Clásico. Dicho hallazgo vino a partir de los comentarios esporádicos que me iba dejando su autor en este sitio. Resultó un sitio altamente adictivo y, no sólo eso, terriblemente conmovedor. Porque Louella, o el chico exquisito que se escudaba tras ese seudónimo, parecía haberse metamorfoseado en el personaje que yo mismo había parido hace ahora la friolera de veintidos años. Su nombre era tan prosopopéyico cual su barroca apariencia. Mórbida von Convulsions. Mi querida Louella, desde su pragmático sentido de la comunicación y de lo que es el lector medio que visita internet, no debió darle muchas vueltas al colocarse el seudónimo. En el fondo, no era lo fundamental un nombre, antes bien dejar en él su fascinación (una mezcla de atracción-repulsión) por las comadres de Hollywood, verdadero azote de la profesión en aquellos tiempos del glamour. Cual una Mame Dennis, mi chico favorito la revistió de oropeles, vitriolo y mucho, muchísimo alcohol. Las primeras lecturas de su blog me enrojecían, más allá de su divertidisma y elegante prosa, digna de un fecundo discípulo de Capote. Y también me sentía preso de una insana envidia (que es como tienen que ser -¡y, de hecho, lo son!- todas las envidias) por que hubiese conseguido un hueco (remunerado) en el inconsistente universo del periodismo digital. Gracias a su simpatía provocadora rozó el cielo del éxito, estoy seguro, a juzgar por los múltiples comentarios que le dejaban a diario los lectores (entre los que me incluyo). Quizá porque cuando se toca ese cielo lo que resta es bajada, hoy ya no está a cargo del blog. Una pena. Ignoro si el personaje quemó al escritor, si la "bruja" en cuestión se quemó por su gusto ella misma en la hoguera de las vanidades o si, simplemente, ya tocaba cambiar de rumbos. Lo que sí sé es que Louella le perteneció tanto a él como a mi propia biografía, cuando Mórbida von Convulsions empezó a asomarse a las libretas del colegio con su pervertidas crónicas del Hollywood más amado.
¿Es necesario describirla?. No estaría de más, vistos los tiempos que corren. Ya no hay mujeres como Mórbida. Ni siquiera se le parecieron ninguna de las picoteras reales que manchaban de mierda las columnas de Silver Screen. Sofisticada y frívola, wise craker pornográfica, reporter de casta. Tremenda. Llevaba un von que era una forma germanizante de enfatizar su dureza de gobernanta. A su lado, las Parsons, Hoppers y Grahams quedaban a la altura de las señoritas March.
La primera aventura de Mórbida von Convulsions transcurrió en la granja Fairmount, lugar de vacaciones estivales (más ficticias que verdaderas) de James Dean. En su día la recuperé. Por aqui anda. Luego vinieron otras. A diferencia de una Louella TCM, siempre más humana de lo que ella misma hubiera deseado, mi Von Convulsions era una diosa de comics para adultos, maleable, fácil de trasladar a paises delirantes, retrofuturistas, a incógnitas Atlántidas en cuyos reinos se escondían, tras intrincados pasadizos, cámaras de hibernación donde el semen de John Wayne y el óvulo de Marilyn (guardado en probetas) esperaban engendrar a excepcionales criaturas destinadas a retomar la historia de un Tinseltown perdido, desgraciado por las modas. Mórbida pasó en un punto en concreto a ser la Barbarella de la prensa sideral. Y Luxuria & Confettis, la revista que publicaba sus crónicas mundanas. Y a partir de Luxuria, fueron surgiendo nombres y más nombres de féminas tan o más cosmopolitas. Celeste Verdugo, Altar Armandie, Viveca Curtis, Alicia Sucarno... A la sazón, sus amigas maravillosas, colaboradoras cinéfilas con gafitas Polaroid a prueba de Cinerama y 3D, con almas de portera (cuando las porteras no eran como las de ahora, que se parecían a Thelma Ritter o, puestos en europeo, a Tina Pica o a la divina Guadita), excéntricas y locas. Un equipo de bichas elegantes.

Desde el saloncito malva con amor
Y una mañana de abril, durante el recreo, el efebo Araujo se me acercó con ánimo de ofrecerme un proyecto tentador. El, que siempre andaba involucrado en los temas culturales salesianos, lo estaba ahora en una publicación trimestral, tipo fanzine para curitas. Y necesitaba colaboradores. Como había leído el año anterior mi Fauna Ibérica, supuso que yo podría estar interesado. Por supuesto que lo estaba. Ansiaba desparramar sobre un texto impreso miles y miles de nombres de la serie B y Z que tanto me venían fascinando de unos meses a aquella parte.
Como siempre sucede cuando alguien te ofrece escribir algo, hay que aguantar sus muchas prisas. No hubo problema. Mis maneras eran las de Billy el niño. Le prometí que haría algo sobre cine. Tras el recreo y en escasa hora y media le rellené tres hojas cuadriculadas que no firmé yo sino mi creación más querida. Me inspiraba tanto en el sombrero de Hedda Hopper como en la sección legendaria de Fotogramas de Mr. Belvedere (y sobrino). Por eso, decidí que Mórbida debería momentáneamente dar por cerrada su etapa itinerante y dejarla que se relajara en su saloncito malva. Porque allí estaba su escritorio, su máquina de aporrear teclas, sus botellas de Pacharán y sus miles de recuerdos hechos trizas. Saloncito idéntico al que me había enseñado ese fin de semana desde las páginas del ¡HOLA! la momia de Barbara Cartland, por cierto. Y, aunque igual de anciana, su derroche de vitalidad hacía sospechar que la mujer conservaba el alma de adolescente. Es decir, era rápida de reflejos y una obsesa de sus años mozos, los fifties.
Cuando le pasé antes del final de la jornada matutina a Araujo los textos, se quedó anonadado. Le parecía imposible que en tan poco tiempo pudiera memorizar tantos nombres y títulos de películas. Mezclar a Sandra Dee con Linda Lovelace, a Woody Allen con la primaveral señora Stone, a Van Gogh con Jan & Dean, a Saga de Xam con Jose Luis Garci, al Jacopo Ortiz con los pesados marchetti de Via Veneto era un desafío al orden mental de cualquier ortodoxo del séptimo arte. No lo consideré digno de encomio. A fin de cuentas la labor de los salesianos estribaba en que los alumnos repitiésemos lo que ya está escrito de carretilla. En realidad lo que veía más interesante en ese texto fue el boceto de un personaje que no existía más que en mi imaginación. Abordar algo tan convencional como una crítica de cine desde otras perspectivas. Y, siempre, jugando con una imposible complicidad con el lector más maduro y experimentado en tanto que homenaje distanciador al estereotipo de la periodista viperina. Tal cual hizo en su día el gran Mr. Belvedere. Tal cual haría en el futuro mi amiga Louella. Y, en última instancia, preparado con un cariño parecido al del amante silencioso que quiere regalarle un estuche precioso a una amada ajena a sus palpitaciones. Otra vana ilusión, otro nombre a sumar a mi lista de fracasos. Y es que Araujo era uno de los compañeros más entrañables de mi generación. Sentía por él un respeto, una admiración y ¡por qué no! un deseo fuera de lo común. Porque era leído, porque era reservado y porque su cuerpo de perfecta estructura ósea bien habría podido inspirarle al poeta Horacio los más efusivos elogios hace muchísimos siglos. El garzoncel en otras épocas más reflexivas hubiera sido el más lindo capellán encargado de la biblioteca de un monasterio cisterciense. Apuesto a que las togas le quedaban de impresión. Ni siquiera su terrible problema con el acné logró afear ante mis ojos aquella carita tan interesante. Es más, fue por eso que luego lo de los granitos acabó por sumarse a mi copiosa lista de guarreos favoritos. Jardines floridos. Claveles rosas. En eso quedó el amor...

continuará el mes que viene

2 comentarios:

Louella dijo...

Mil gracias, querido. Me ha alegrado usted este larguísimo y cálido campo de exterminio. Mil besos.

maciste II dijo...

Tus hijos no te olvidan