15 julio 2010

Aquellos juncos salvajes (9)


Capítulo sexagésimo quinto


La paja de un rebelde
Llegaron a casa pronto nuevos pedidos de la tienda Cinelandia. Les había encargado esta vez que rebuscasen entre las revistas antíguas que almacenaban sus estantes y me embalasen unas cuantas del período comprendido entre 1955-65. Asi fue que al desenvolver el paquete salieron media docena de números de Motion Picture, Tv Star Parade y Photoplay. Extra frágiles, a un twist de desgraparse. Alucinante material camp. Eclosión de la juventud pija, de la high school norteamericana. Y el fenómeno de las bobby soxers, de los cachorros "italianini" de la inmigración. Los one hit wonders del sello Cameo Parkway... Increibles fotos de la estulticie más sana que imaginarse usted pueda en tonalidades kodachrome. Y, por encima de todo, la explotación del beefcake adolescente para consumo de sus lectoras, las pavas de la colita de caballo. Todavía conservaban su columna las comadres del libelo, escleróticas perdidas, agonizantes tanto o más que el sistema de estudios que las dio de comer, difamando ahora a las insustanciales nuevas generaciones, como la panda de tontuelos de la Warner o la soldadesca Buenavista de los estudios Disney. Justo castigo el de la pecata minuta para las Parsons de nunca acabar. Mis nuevos cromos se llamaron entonces Edd "Kookie" Byrnes, Fabian, Troy Donahue, Robert Conrad, Shelley Fabares, Roberta Shore, Dick Chamberlain, Connie y Dodie Stevens y, desde luego, Ricky Nelson. Los quise a todos. Me volví tan desfasado que a punto estuve de cubrir el amarillento boleto de pedido del anillo auténtico de Elvis o aquel que aseguraba que entraría en un sorteo por el cual, si ganaba, pasaría 24 horas de mi vida con Sal Mineo.
No pudo haber mejor regalo por mi santo que éste y, luego, el robatorio del libro sobre James Dean del donostiarra Luis Gasca. Editado por Ultramar ese mismo mes de abril, contenía ilustraciones capaces de desmayar al fan más adolescente. Ya se ve que ese podía ser yo mismo. Pero es que, además, las revelaciones del, hasta entonces para mí, serio crítico y escritor escarbaban en aspectos dignos de cualquier biografía querellable. O sea, no autorizada. Como el jinete del Porsche plateado había muerto hacía una eternidad nada debió quedarle en el tintero al experto en comics y otras hierbas.También es verdad que libros como éste o, luego, una serie de bolsillo suya para La Máscara sobre actores de Hollywood terminaron por hacer descender del pedestal en el que le coloqué al insigne estudioso, reduciendo su criterio cinéfilo a la bajura de un Juan Pando o un Donald Spoto. O sea, a bien poquita cosa. Pero a los dieciocho años me agarré como hierro ardiente a los desfases de Vampira, Tab Hunter y Steve Reeves en los que, al parecer, se involucró el rubio actor con un sentido del libertinaje sexual heredero de una Caroline Cherie. Una lectura facilona que muy pronto proseguiría por esa línea (o más cruda) con el díptico Hollywood Babilonia de Kenneth Anger ese mismo verano. Me introduje en ambos casos con la debida desmitificación (no en vano el romanticismo del protagonista de Rebelde sin causa se reveló pronto muy trivial. Baste compararlo con Monty Clift) y me empalmé con las numerosas escandaleras que allí se denunciaban.
Pero lo que me infartaban, sobre todo, eran las fotos. Dean había sido un cabezón (y un orejudo y un cegato y un tapón) realmente guapo a sus quince abriles. Al este del Edén fue su primera película y, para mí, su cumbre. Tocó techo en determinadas fotos fuera de rodaje, en la intimidad del cuarto Warner que compartió con el también muy hermoso Dick Davalos. Sin embargo, el shock no fue ese. Tampoco el héroe vestido de torero muerto, tal como lo inmortalizó en un óleo poco conocido el artista Kenneth Kendall. Ni siquiera, hilvanando escabrosidades, Sal Mineo dando por culo en un presidio de cartón piedra a un jipioso Don Johnson. El shock estaba en la página 29, sugerente foto de pubertad, que reproducía a un muchacho parecido a Jimmy en pleno pajote subido a la rama de un árbol. Gasca, con olfato superventas, daba por probado que el manipulador de sus genitales era el mismísmo actor. Yo también, por necesidades de la edad o en nombre de los sentimientos más altos... o de la más baja pasión. Nunca se ha podido confirmar su autenticidad, dada la mala calidad de la foto. En aquella época, los bosques de Indiana debían estar plagaditos de sátiros rurales, pastorcillos nudistas, babuinos del amor, country boys lúbricos agazapados entre la flora, sin tener que echarle la culpa, cual Carl Trask, a James Dean. Que no dejó de ser, en cambio, el de los revuelos.
Y hablando de revuelos, el que armó la foto de marras cuando me la interceptó el niño Eladio, siendo de características menores a los que acontecían en la California de 1955 bien que le llegaba pues, en seguida, me arrebató el libro de un puto tirón pasándoselo a todo quisque. Encontraba tan rara aquella situación... Primero, por ver a ese compañero sosteniendo un libro de librería en las manos, pues lo normal sería un balón o una carraña. Luego, porque todos los que fisgoneaban a su alrededor daban la apariencia de conocer al actor, hecho por el que no pasaba en absoluto. Dean era mío, un ídolo de una generación a la que me hubiera gustado pertenecer. A la que pertenecía en mi subconsciente. Es posible que esa porción de aula lo conocieran. Era un icono bien exponible todavía en bazares, papelerías y tiendas de decoración y regalos. Tal vez lo que sucedió es que, ignorantes del mito, redujeran la instantánea a sus aspectos más elementales. O sea, los pornográficos. Entonces, era lo gayer que estaría sobrevolando el aula, una vez más, con inesperada intensidad. Sea lo que fuere, el libro tardó en regresar a su dueño. Eladio se encaprichó de él y me lo secuestró hasta esa tarde. Temí que en ese tiempo James Dean hubiese terminado por ganarse una reputación por los barrios de la ciudad de salido peor que los de Porkys. Y, por encima, de salido que se la agarraba con papel de fumar.
Asi fue como Dean complementó de maravilla mis fetichismos fotográficos junto con el protagonista de Piel de serpiente esa primavera. Además habían abierto un par de tiendas de regalos en la zona centro donde solían tener unas estanterias dedicadas a la memorabilia cinematográfica. Postales y carpetas, posavasos y tacitas, bolsos y accesorios con las efigies de Elvis, Marilyn, Audrey y el rubio de marras... Gadgets que me volvieron un pesado visitante de estos bajos comerciales. Lo que más me sorprendía es que el blondo rebelde se hubiese hecho tantas fotografías en su corta vida. Más que actor, parecía un modelo de revista. Recuerdo que la que más me arrebató de la tienda fue una postal en la que salía vestido de granjero sin otra compañía que un enorme cerdo rebosante de felicidad. No había ningún glamour en aquello, desde luego, pero me resultaba tan entrañable como diabolicamente morboso. No daba la impresión de pertenecer el momento a película alguna. Yo soñaba que transcurrían en ella sus años de adolescencia, cuando vivía en la mítica granja de sus tíos en Fairmount. Y que siempre estaba enguarrado. Y que se escaqueaba con los amigos más personales para jerk off's que Bel Ami se perdió. En pajares bien moviditos. Me imaginaba el ano de Jimmy como una sucia cueva imposible de llenar si no eras un pollino similar al lírico Platero. Y luego mal lavando su polla de requesón y otros excrementos en el rio cercano. El animalote no era a su lado un pequeño Lord. La suciedad de este sabroso manjar era equiparable a la que las comadres de Hollywood aseguraban que exhibía el chico en los actos sociales a los que acudía obligado. Verlo zumbándose al provocativo cerdo en la cochiquera aquella era un pensamiento que me duró días. Era una jodienda entre sex symbols de una misma especie. Y tanto me turbó que decidí transcribir mi fantasía en cuartillas. De una forma original. O, quizá, sólo especial. Fue cuando alumbré a Mórbida, la zoófila.

continuará mañana

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