14 julio 2010

Aquellos juncos salvajes (9)


Capítulo sexagésimo cuarto


El extraño caso del profesor Olegario
Don Olegario parecía haber salido del lapiz de Cifré. Su apariencia era la de un Cucufato Pí pero sustituyendo el bigotillo hitleriano por una chiva insólita entre el profesorado de san Juan Bosco. Los alumnos lo apodaban por ello El Chivo, que es un fácil recurso pero así eran las cosas en mi época: la falta de originalidad en su grado máximo. Como ser pintoresco y anómalo, el maestro, a quien será mejor contarlo utilizando su verdadero nombre, era un tipo solitario, independiente, raro como un perro verde. Como de otra época. Sin duda, él viviría múltiples épocas pues para algo nos daba Arte e Historia. Como nostálgico que era sabía que podía tenerlo en consideración, pues yo también albergaba mucha curiosidad por tiempos pretéritos, en especial la Antigua Grecia, la baja Edad media y el Romanticismo, períodos que el cine me había enseñado a amar gracias a sus reconstrucciones más o menos verídicas. No es que me cayese bien. De hecho, pocos fueron los maestros que no me inspirasen indiferencia, falta de respeto o terror. Pero hubo unas semanas en que el y yo estuvimos paradójicamente unidos gracias a su proyecto de darnos Historia del cine. Olegario era severo, metódico, perfeccionista y serio, muy serio. Esa seriedad excesiva ocultaba algo que a buen seguro trató siempre de preservar (por nuestro bien y el de toda su santa Iglesia). Esto es, su faceta de extravagante redomado. Su pasión por estilos arquitéctonicos o decorativistas le hacían introducirse sin permiso policial en las casas de mayor solera de nuestro casco viejo, experiencias semidelincuenciales que yo consideraba el colmo de la osadía. Allanamientos de morada en nombre de la Estética. Una actividad digna de encomio. Como un personaje anacrónico pero que bien podría haber aparecido de bohemio de Valle Inclán, entre putas y amargaos. Su trato personal siempre fue escaso y prudente. No tenía predilección por alumno alguno, no profesaba el culto al favorito pero sí que sabía apreciar al diferente, al capaz de volar por si mismo, de tener una opinión, independientemente de lo que le contasen los libros de texto, de lo que supone la sujección férrea a la materia oficial.
Olegario era todo lo contrario a un tio bueno tal como todos entendemos este concepto (los que entendemos, que no todos entienden). Carecía de sex appeal. Ni de morbillo, siquiera. No marcaba atributos porque no era una fantasía de Tom de Finlandia sino de, repito, Cifré. Mirarle detenidamente a los ojos durante largo rato podía levantar dudas sobre si se trataba en realidad de un criminal al que estaba persiguiendo Scotland Yard desde hacía meses. Su look era post conciliar. Y, en cambio, cada vez que lo miraba el me respondía con una complicidad inaudita, jamás recibida antes de profesor alguno. Una complicidad similar al pedófilo exquisito que sabía del calvario de su colega Aschembach von Mann y que aún asi no le importaría en absoluto revivirlo en sus propias carnes blandas, a ser posible en un marco novecentista. Sus pantalones de tergal se convirtieron en una obsesión tan desagradable y angustiosa que en mi experiencia con el erotismo masculino sólo se podría explicar ésto desde los parámetros del horror psicológico.
El período cinéfilo de Olegario tenía todas las trazas de apasionarme. Así que como él mismo nos pidió ayuda en cuanto a aportar fotogramas de filmes célebres yo le revelé mi pequeño tesoro guardado de miles de ilustraciones. Me aclaró que debían estar preparadas para ser reproducidas a través de un proyector de diapositivas. Como no entendí qué formato quería le traje al dia siguiente montones de páginas arrancadas de Tele Radios y de otras lugares más honrosos (tomos del cine, libros de bolsillo). Dio un rápido repaso a unas cuantas, detúvose en mi copiosa selección dedicada al protagonista de El rostro impenetrable (mirome de forma especial para acto seguido preguntarme si me gustaba ese actor, a lo que le respondí correctamente) y finalmente las guardó en su carpeta.
Me ilusioné por primera vez en mi historia de alumno deprimente por un profesor. Daba por hecho que ibamos a montar cine forums espléndidos al calor de una fotografía divina de la Garbo, del Nosferatu de Murnau, de La Madre desconsolada de Pudovkin o de los pescadores de Aci Trezza. Y siempre en penumbra. Corriendo el aire sobre un foco de luz mística. Sin la pesada proximidad de su pantalón a pocos centímetros de mi cara. Pero pasaron los días y aquel don Cicuta no me decía nada. Hasta una mañana que, echando un vistazo al calendario de su agenda, cayó en la cuenta de que el trimestre había avanzado más rápido de lo normal y que, por lo tanto, aquello del cine iba a tener que quedarse tan sólo en el pase de una de Cantinflas, coincidiendo con la celebración de los fastos del mes de mayo en honor a María Auxiliadora. Fue una tremenda decepción. Este maestrillo improvisaba. De pronto me entró la angustia. De que todo el material fotográfico lo iba a perder porque esta peña cuando te llevan algo se lo quedan. Me tuve que presentar varias veces en su despacho. Al recibirme por fin me devolvió todo con aires despreciativos. No le iba a valer nada. No entendí el formato que necesitaba. ¿Cartón acaso?. Allí había un Brando enorme pegado sobre un cartón, que lo pegué yo con cola, con un abrigo precioso de estudiante del college y actitud de cervatillo, tal como lo quiso sir Cecil Beaton en 1947, cuando comprendió que el joven dios merecía pasar a la inmortalidad del teatro neoyorkino como un modelo prerrafaelita. Me mandó a la mierda con un aspaviento de lo más impropio.
Nuevamente el profesorado y yo viviamos a años luz. Al menos había conseguido despegar mis ojos de la bragueta de aquel ser tan distinto en hechuras a James Spader. Aquella fue una filia tan desagradable que llegué a pensar si no me estaría volviendo tarumba. Si eso se repetía, en general, mi reputación iba a quedar en entredicho. Pienso que fue un punto de esquizofrenia que con los años no ha hecho más que crecer hasta devorarme por completo. Porque no sólo me pasmaba con las braguetas más abyectas de los seres más abominables, esa caca urbana que sólo de sentir su presencia a dos metros mía ya me hacían temblar de pavor, sino que zonas erógenas de la mujer, cualquier mujer, como coños, escotes y culos también han sido centro impertinente de mi atención ocular. Si aún ese acto implicase deseo... Pero no. No significa nada más que panfiléz y esclavitud de lo más paranoica. Una maldición de lo sexual. Remedos de estímulos que sé en el fondo que ni me van ni me vienen (¡qué me van a venir!). Asi se me aparezca una viejecita en el ambulatorio a hablarme de su trombosis que yo venga a agotarme la retina hechizado con desasosiego por sus piernas hinchadas de venas varicosas mientras en mis pensamientos se cruzan imágenes de estupros seniles. O, ya rizando el rizo de lo paranormal, con mi madre que es una santa, que cada vez que le doy un beso con abrazo ella se retira temiendo que el achuche acabe en la violación más nefanda. Porque lo nota, lo presiente, porque las madres son las que mejor nos conocen. A los impotentes en potencia nos tienen calados. Sinceramente, esto es lo que les pasa a los monstruos sociales que han rechazado sistemáticamente la ayuda de los amigos del doctor Freud.
En el caso del profesor, su discrección implicaba de resultas el convencimiento de que yo sentía algo por él. Ya ni era un asunto de coquetería. Era vicio puro y duro. Silencioso grito que exigía spank, spank, spank!. Y, de repente, un lunes se plantó en el aula con sus pantalones de siempre pero con una sorpresa añadida. No. No llevaba la bragueta abierta. A pocos centímetros de la misma colgaba un llaverito con la foto del rostro de una muchacha de revista, anodina, absurda, pues caía de cajón que la maricona había arrancado a la primera que había visto del Diez minutos. Cuando se percató de que me había dado cuenta del detalle entonces sus ojos se volvieron hacia los míos brillantes, mientras esbozaba una casi invisible sonrisa. Me estaba diciendo que como curita dibujado que era prefería como inspiración diaria a las modelos que beben Tónica Schweppes antes que a los Tadzios retardados que no saben del estilo diapositivo. Aquello me hizo sentir mayor repugnancia por el individuo. Por consiguiente, me puso más nervioso. Esa comunicación por signos dejaba a las claras que mi tic le había hartado sobremanera. Lo peor es que mis miraditas de entrepierna se intensificaron aún más si cabe desde aquel lunes. Y, entonces, sus señales ya fueron de odio total con mucho de asco homófobo. Me dejaba para septiembre.

continuará mañana

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ese Olegario se parece muchísimo al que nosotros llamábamos don Alfredo. Pedazo de cabrón disfrazado de enrollado...