13 julio 2010

Aquellos juncos salvajes (9)


Capítulo sexagésimo tercero

Fetiches de la cultura pop
Me fascinaba la página de pedidos de números atrasados del Ruta 66. Porque en ella aparecían en su integridad los contenidos primeros que consideraba más interesantes que los actuales en tanto declaraciones urgentes de intenciones. Había un montón de subcultura, de serie B y Z que estaba deseando devorar. Su interés por el cine ínfimo, subterráneo, proscrito de los años cincuenta y sesenta me dejaban obnuvilado. Asi que ni corto ni perezoso giré cierta cantidad de pesetas a cambio de que me enviasen media docena de revistas del período 1985. No tardaron mucho en llegar. Y me empapé de historias que yo consideraba básicas para psicotronizarme a fondo. Sin saberlo iba a entrar en la ortodoxia freak que caracterizó a la siguiente década. Que fue la de las sensibilidades brutas. Splatter movies, pelis playeras, las series de la televisión en blanco y negro, monstruos nipones... Desquiciados e insólitos como Herschell Gordon Lewis, Doris Wishman, John Waters, William Castle, Mario Bava... Aquél artículo de Jaime Gonzalo sobre lo trash o su dossier sobre delincuencia juvenil, la reivindicación de la belleza rubia -nunca tonta, que para eso estaba la maravillosa portada de la Van Doren- de un Scott Walker o un Chris Isaak, el apasionamiento de David S. Mordoch por los Smiths... Dificil poder delinear a la cúpula rutera de entonces con formas cuadradas, definir a sus artífices como hooligans de la cerrazón más inmovilista, vista la cultura pop que dominaban. En cualquier caso, su imposible competencia (Rockdelux) ya buscaba poner distancias con sus desviaciones hacia las... llamémosle, músicas del mundo. O, simplemente, a lo negro, color que Gonzalo y Juliá no solían frecuentar, también es cierto.
Recuerdo haber tomado apuntes como un loco. Ya de aquella el conocimiento de la obra integra de Herschell Gordon Lewis se me antojaba infinitamente más necesario para mi formación que la de un John Ford. En el reino del disparate, cualquier delirio estaba permitido. Y llené folios en clase con títulos ridículos de películas imposibles. Ciencia ficción de bajísimo presupuesto, terrores chabacanos, escabechinas de frenopático y erotismos de cuchufleta. Entretenedores de drive in. Michael Landon de hombrelobezno mordiendo la rasurada nuca de un John Ashley in blue jeans podían servirme como polución nocturna infalible. Polución marca AIP.
Darles de comer en la misma mesa a Tod Browning y a Tobe Hooper, por muy fantásticos que fuesen ambos, sería un síntoma claro de contagio de una enfermedad que asolaría el universo fandom muy pronto. Una epidemia que a mí me trajo por la calle de la amargura al menos durante un lustro. Por otra parte, me defraudó el análisis rutesco de los peplums. Me pareció un soberano error ocultar significaciones gays en un género que si por algo ha pasado a la historia del erotismo folclórico es por su machacón regodeo en fotografiar la musculatura de sus héroes semidesnudos. Es obvio que partiendo de una mirada heterosexual, mayoritaria en la revista, el tomate carnal se tenía que enfocar en gran parte a las reinas malvadas que jalonaron todos los títulos que conforman el filón, pero hay que ser muy idiota o muy daltónico para no percibir también aquello otro que no paraba de salir por la pantalla. Aunque sólo fuese con ojos irónicos. Y más teniendo en cuenta que las "reinas" del tinglado eran casi más los Macistes que las Teodoras, pobrecitas drag queens con tendencia irrefrenable al petardeo de opereta trans.
Mi carrera por superar a Javier en filias rockeras era paralela a la suya por desbancarme en adquisiciones. En el fondo, el amigo sabía que un Ruta era materia prima nacional. Por lo tanto, él, que iba de genuino, decidió rebuscar en lo genuino que era la importación. Fue la época en la que surgieron colecciones interminables de discos made in USA que recuperaban lo menos radiado del rock and roll de los años dorados. Para complementarlo un día me enseñó números de la mítica revista Kicks, de la no menos mítica Miriam Linna, bajista esporádica de The Cramps y componente oficial de su banda The A- Bones.
Kicks
era cojonudo. Las sagradas escríturas del pop hechas con una pasión diría que exagerada, a juzgar por lo copioso de sus volúmenes de abundante letra pequeñísima. Sólo en los años noventa me toparía con algo semejante, si bien focalizado hacia nuestra propia idio-ta-sincrasia. Se llamaba Mondo Brutto. La revista de la estudiosa y coleccionista empedernida miss Linna ocupaba muchas de sus páginas con el estilo -más musical que deportivo- del surf. No en vano su grupo había sacado el nombre de un temazo de los irresistibles Trashmen. Fue donde me recreé por primera vez con las calvotas marcianas de The Pyramids, con la apostura simpar de Dick Dale, con el poderío del bikini atómico de Donna Loren, con los acetatos originales de cientos de grupos fantasma que habían hecho de una tabla, unas olas y un estribillo pegadizo su agosto eterno. Y como por encima de todo seguía mandando el rock and roll, me sedujeron hasta extremos straight las rotundas curvas de féminas camperas bien sanotas como Wanda Jackson y sonreí cómplice por el antifaz de The Phantom porque el "notas" metido a rockerillo me recordaba gratamente a los viejos seriales de la Universal. Fotocopié todo lo que pude para luego introducirme en el farragoso asunto de las traducciones. Lástima que no fuera paciente en esto.
Cuando me quedaba sin hojas utilizaba los amplísimos márgenes de los libros de estudio. Y no sólo para emborronarlos con simples nombres de directores que pronunciados en alto funcionaban con el mismo valor de un conjuro. También monólogos enteros de Tennessee Williams para la señorita Blanche Dubois. No creo exagerarles si les cuento que el libro de Filosofía terminó esa primavera del 88 por incluir de regalo la obra Un tranvía llamado Deseo escrita a boli. Tenía aquello un gran mérito, no sólo cultural, visto lo mucho que se me empezaba a controlar desde el púlpito de los docentes.

De cucos y guisantes (con jamón)
Solía perder la concentración, esa tan necesaria que requiere cualquier ordenamiento de fetiches personales, durante los cambios de clase cuando mi compañerito Salgado me pedía una regla o unos apuntes. Yo todo se lo concedía porque aquel niño bajito y fortachón me empezaba a hacer un tilín de lo más raro, no sé si porque me retrotraía algo al sadista Máximo de mi preadolescencia o por sus carnosos muslos o por cualquier tonteria similar (dejémoslo en los peligros de la proximidad, de tenerlo de vecino en el pupitre de detrás durante horas, días, semanas, meses). Una vez me provocó una erección espontánea cuando le dio por acariciarme el cabello con las yemas de sus dedos. Se justificó alegando que mis bucles desde esa perspectiva le recordaban a los de una chavala. En fín. El truco de siempre. Llámese homoerotismo de la pubertad. Pero fue bonito por lo dulce, ténue, casi imperceptible. En cambio, cuando se olvidaba de romanticismos de barrio ya era más grosero. Me acuerdo muy bien de sus vaqueros grises. Se le ajustaban a la perfección. Pero pasaba tanto tiempo sin cambiárselos que lo que al principio estaba interesante acababa siendo un asco. Cogió la fea costumbre de colocarme todo el paquete en mi mesita cuando se acercaba de más. Con los ojos me estaba diciendo: Cómemelo. Podía ser un plato suculento si a mí Salgado me trastornase mucho. Pero como no era así, disimulaba diciéndole igual de grosero que retirase sus huevos de mi sitio y volviese al suyo. Solía ponerse como una fiera ante el rechazo. Salgado era una buena compañía, por lo común. Procuraba no discutir mucho con él, porque aunque sabíamos latín a veces nuestras ideas eran radicalmente opuestas. Por ejemplo, a él le encantaba Alguien voló sobre el nido del cuco. A mí me parecía, en cambio, una peli falsa y tramposa. Estaba ya harto de que se intentase vender como contracultural cine que era más antiguo que una de Lana Turner vestida por Jean Louis. Vean sino los casos de El graduado o Midnight Cowboy. En su tiempo quisieron ir de transgresoras, osadas o, cuanto menos, de progresistas, como ese "otro cine" cuando en realidad se estaban acogiendo a las fórmulas del Hollywood de siempre sólo que puestas al día con efectismos técnicos de Festival europeo. Trampas y más trampas con destino a una sociedad de consumo en crisis, capaz de asimilar lo que le echen, hasta una novela off de Ken Kesey como aquella en la que se basaba el exitoso filme de Forman. Por no serle pedante le decía que "no estaba mal", "qué grillados más buenos", "el Nicholson de puta madre, como en su salsa" y paaaara de contar. En cambio, el era más descontrolado y no se guardaba las impertinencias. Me dolió que en un recreo me hubiera reprobado mi petición semanal a Juan de Pablos de la noche anterior. No le había gustado nada el Guisantes con jamón de Waq. Prefería Tienes razón, Agapito o cualquier otra. A mí, en cambio, la culinaria me hacía soñar y bailar. Y me abría el apetito, aunque detestaba tanto los guisantes como adoraba un par de jamones bien puestos. Creo que la entendió mal, como de rollo homófilo. Vaya usted a saber. No quise ahondar en ello, no fuese a meter la pata y me quedase sin compañía a esas horas del vermú.

continuará mañana

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