12 julio 2010

Aquellos juncos salvajes (9)



Capítulo sexagésimo segundo

Que siga la fiesta
Mi breve pero esforzado paso por las ondas sacó a relucir algo esperado: que como bicho raro que era las iba a pasar canutas en esta vida. A no ser que cogiera el petate y me largara a la capital de España, como estuve a punto de hacer tres años antes cuando Ferreras me lo sugirió. El triste choque con los jevis de mi generación contribuyó a que la coraza se volviese de acero de ley. Y en última instancia, aguzó mi sentido (muy irónico) de las relatividades al buscar equivalencias sonoras insólitas desde lo que, a priori, podía parecer la antítesis del estilo melenudo como era el clásico de Barry Ryan Eloise en la interpretación excesiva de Mina. Ni siquiera en cuestiones capilares desmerecería pues la cabellera de la italiana siempre fue imponente, en su leonina apariencia. A lo más que llegué en jevismo fue a la cantante Azucena y a ciertos disparates sórdidos de la outsider Josele Román. De nuevo, en ambos casos me amparaba en mujeres fuertes a la hora de afianzar una personalidad que luchaba a toda costa por ser reconocida pero que cuando asomaba siquiera el hocico al exterior era para darse hostias monumentales.
No era menos dolorosa la experiencia con mis padres, pese a que ahora todo era una balsa de aceite en el hogar. Les coloqué momentos destacables del programa de radio con ánimo de que diesen su opinión. Esperaba que al fin se sintieran orgullosos de mí. Desafortunadamente el fragmento que les puse no fue el más acertado pues se trataba de unas loas excesivamente homoeroticas hacia el protagonista de Sayonara. Papá desvió pronto la oreja hacia otro lado mientras bromeaba sin ganas algo referente a los melones blandos o algo parecido que no entendí. Seguían pues considerando mi mundo como un cúmulo de idioteces que no me iban a reportar en la vida nada en absoluto. Eran, por ser piadosos, como nuevas vías defectuosas del Scalextric que me regalaron diez años antes aptas para que descarrilara cualquiera. Asi que volví al grupo porque allí al menos desempeñaba un papel, se me tenía en cuenta, era alguien (tal vez ese travestí justo y necesario en toda Factory que se precie). Tal vez un nuevo Taylor Mead u otro sensacional Mario Banana. Los amigos preparaban para ese fin de semana un festival privado en la buhardilla a base de improvisados grupos, creados para la ocasión y especializados en covers. No falté a la cita. Me arreglé mucho y triunfé en un peculiar dúo junto a Javier con el que interpreté el Muy cerca de tí en alternativa pegamoide. También subí al cutroso escenario previa invitación espontánea del propio Javier para hacer la segunda voz del inmortal No se por qué de Canut y Berlanga, aunque mis nervios entonces me pudieron quedando bastante cochambroso el resultado.
Y sin quitarme el rimmel llegaron pronto los carnavales. Afiancé mi tendencia al transformismo con un par de notas de color ese año. Por un lado, no fui ni hombre ni mujer (aunque también dudo que llegase a ser una persona) cuando me colgué una blusa estrafalaria y un pantalón vaquero todo roto y tuneado donde se podían leer a rotulador consignas clásicas de mi infumable opus ideológico como eran Gora Eta-Gora Gelu. Por aqui le llamamos a esto ir de choqueiro. Yo lo conceptué como ir de orgulloso. El siguiente atuendo fue inevitable. Javier me convenció para salir de Sabrina pero sin tetas. Por supuesto nadie se dio cuenta a pesar de que calcamos sus vaqueros brevísimos. Eran tan breves que el guevamen me salía por todas partes. Ni los pantis negros me disimulaban un poco el descaro. Y asi nos plantamos en la discoteca de moda. Acompañado siempre por mi protector Javier (de macarra setentero), senteme en la mesa más vistosa de manera indecente y sucia, con cruces de piernas que se adelantaban al mito Sharon Stone, logrando con mi actitud repulsiva que ningún garrulo me sacase a bailar esa noche tan siquiera una mazurca. A esas alturas, Sabrina había dejado de ser una sensación glandular para ser nada más que un coño aterrador.

La secta "Din Pupes"
Era lo que nos quedaba por montar. Una gran Orden de Kala-Trava. Incógnita, estrambótica y porno. Todos estábamos de acuerdo. Queríamos más cachondeíto. Carlos se encargó de escribir su ideario. En él aparecían los sumos fundadores, las leyes misteriosas, las características de las ceremonias, los poderes de los mandamases y los deberes de los seguidores, los cánticos, palabras mágicas y el ambiente ceremonial. Todavía conservo estos pergaminos y son de un monguismo regodeante. Entre el aquelarre de meigas y la payasada milikita, entre el tributo a Reixa y los resabios a lo Kenneth Anger aportados por servidor (posters de James Dean, seudónimos de personajes brandescos, invitaciones al sexo grupal) conseguimos citar a unos cuantos fieles de nuestras performances en mi casa una tarde soleada del mes de marzo. Todo aquel día fue un disparate. De principio a fin. Por la mañana nos fuimos Eulogio y yo a comprar una gallina al mercado de abastos pues esa era la pieza que ibamos a utilizar en el sacrificio. La citada gallina debía permanecer oculta hasta esa tarde en alguna parte de casa, con lo cual decidimos dejarla en el balcón atada con una cuerda por el pescuezo. Llegado el momento, al ir a buscarla contemplamos con estupor que la pobre criatura permanecía sin vida colgando de la cuerda a la altura del piso de abajo. Se había autosacrificado. Fue un suicidio voluntario, de todas todas, pues no creo que un ave de esas características sea tan estúpida como para arrojarse al vacío por simple despiste. En cualquier caso, la ceremonia debería de continuar. Como decía la bruja Piruja, the show must go on. Y bien que continuó. Con velas, un foco, con música del Doctor Zivago (que de aquella daba bastante miedo). El silencio exigido dio paso en seguida a nuestros gritos y risotadas. Eran tan insoportables que superaríamos a los de cualquier comunidad gitana cuando se ponen a espiritualizar lo suyo. Los vecinos, milagrosamente, no protestaron y nos dejaron hacer con total impunidad. Tal vez se supusieron que alguien había dejado entrar en el edificio a unas testigas de Jehová más ebrias de lo habitual. Pero no todos se dejaban hacer pues hubo ciertos captados, como Frantxu, que se negaron a mi imposición de mear en un casco para luego arrojarme los orines por la cabeza, tal cual había visto en un fotograma de Scorpio Rising. Y es que hay cosas que los punkies educados jamás harán. Otra tribu urbana que habría perdido puntos en mi apreciación.



Oraciones:

*Cántico de ceremonia


Jari Jochi
Never tu sai, never tu raiz
In de nichin,
Yu chai
Nani jakiai
Lob is de san
Quero cú,
quero quero.
Andi loison
In de juch
Max Mix
Quero quero
Max Mix
Moito max Mix

Nomagasmal

*Cirinxo queixo e viño

Cirinxo queixo e vinho
vin polo vento vin polo aer.
Eu non ceh son muslman
que son deiqui
da terra dos coches.
Cirinxo queixo e vinho
imos beillar
ca ca dos collós.
Ala jari jichi
Alá que imos polo aer,
polo aer,
polo aer.

Nomagasmal

*Cántico para desposesionar

¡Fora ventos e ríos!
¡Fora sapos e meigas!
¡Fora pantasmas e ánimas!
¡Fora, non vos queremos!
In the naich todos dark.
In de naich on de siti.
Fora daquí camolestas.
Fora das queixujas da iauja.
Fora dos portos da comunidade.
¡Espritos do averno,
aiqui non hai pejatas dos Rolis!
¡Eiqui non hai!
Nin naljures.
Fora

Nomagasmal


continuará mañana

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