18 junio 2010

Aquellos juncos salvajes (8)


Capítulo sexagésimo primero


Contra los académicos
Tan pronto padre encendió las luces del comercio se dio cuenta de que allí algo había pasado. Yo no daba crédito. Si hasta me había esmerado en borrar por todos los rincones cualquier posible huella dactilar. Me entraron dudas del estado de la caja fuerte. ¿Era posible que con tanto brillo y tanta limpieza me olvidara de cerrar la caja fuerte?. Es broma. Esa caja no se había tocado. El instinto de jefe aún no fallaba pese a lo precario de su salud. Su cabreo ya no fue monumental. Pero retornaba en él un triste rictus que indicaba decepción. No había más que echar un vistazo al estado del maniqui. Aquella obra escultural de las que ya no se esculpían en bottega alguna. La decepción ante el hijo de siempre, su garbancito negro desechable para el potaje de la vida, se acrecentaba cuando lo visitaban los vecinos y algun cliente ocasional alarmados por el cierre tan largo de la tienda. Esto demostraba que yo no me había dignado en ponerme detrás del mostrador ni un sólo segundo. Y me lo recriminó entre toses. Aludí a mi condición de estudiante y poco más. Lo del maniqui y otros restos de bacanal me lo callé, como haría cualquier hijo pródigo en mi lugar.
Se reiniciaban las clases tras el parón navideño y me imbuí en plan masivo en los últimos detalles del programa radiofónico. Había escrito docenas de cuartillas. Hablaría de grupos vocales, de chicas ye yés hispanas, de lolitas francesas. Y de cine, de mucho cine.
Durante las clases de literatura encontraba buenos momentos para estas y otras dedicatorias. A fin de cuentas la pánfila maestrita, en su estilo de llevar una asignatura mediante la ley del mínimo esfuerzo, se escaqueaba de sus deberes mandándonos leer para nuestros adentros algun coñazo clásico, tediosos minutos que yo aprovechaba para lo mío. Por ejemplo, unas glosas a Christopher Lambert y Kathleen Turner, protagonistas de una de las secciones que se iba a titular La polla y el coño del mes. La docente treinteañera se levantó de su mesa y vino a mi pupitre. No me dijo nada pues nada me había dicho jamás. Se limitó a arrancarme de los dedos los folios. Luego volvió a su mesa y los leyó con detenimiento, procurando no pestañear ni mover una puta ceja. Sólo le noté un arqueo ligero hacia abajo de su labios. Indicaría desprecio de bobita. Me dio por perdido en público. No me callé en esa ocasión. De buenas formas le contesté que no estaba molestando a nadie. Replicó que mi actitud pasiva era de lo más nefasto, para mí y mis compañeros, pues esas ondas negativas que yo emitía sin darme cuenta alcanzaban por lo menos a veinte alumnos a la redonda. Le devolví la pelota con mi tono más mordaz: Si soy pasivo es mi problema. Prefiero estar antes a lo mío, aprovechando mi tiempo, que con las narices dentro de un libro pero la mente en otra cosa (como hace el resto de su clientela). Y luego añadí: Estas lecturas plomizas y obligatorias del "Tartufo" y similares si que son nocivas para los jóvenes, pues en vez de atraerles a la lectura los espantan definitivamente. Ella, como si le hubiesen dado dos hostias, respondió con un desesperado: ¿Ah, sí?. ¿El Tartufo es mala literatura?. Posiblemente me había pasado pero consideré que mi reacción equivalía a los efectos de su asalto. En cualquier caso, ella no me entendía y la mandé a la mierda para mis adentros. No me di por vencido y al final de la clase le pedí que me devolviese el escrito. Ni me miró. Se largó con lo robado y con ansias de represalias. De nuevo en el pupitre-trinchera los comentarios alrededor fueron escasos pero contundentes. El de atrás le decía al de su derecha que los pringados acababan mal. Pero como yo con aquellos dos bellísimos deportistas homófilos no me hablaba por una cuestión de principios sus juicios me trajeron al pairo. El guapito rural de mi izquierda, en cambio, parecía estar de mi parte: "Di que sí, la Maite es una gilipollas. Lo malo es que es la tutora. Le puede ir con el cuento al jefe de estudios".
Lo que tuviera que pasar que pasase. Estaba ya hasta los cojones de toda aquella chusma. Lo único que me dolió fue mi atrevimiento por despotricar contra un autor francés tan importante. Aunque me autojustifiqué aduciendo que había tratado a Molière con la misma saña que el joven crítico François Truffaut lo haría a un Autant Lara. En contra de los academicismos. Me amparaba pues en los azogues de una furiosa mocedad. O, para ser exactos, en la capa del inconformismo incontrolado con el que disfrazaba mi inmadurez.
Entre la irreflexión y la rebeldía seguí atravesando esa jornada gafante el patio del colegio. Y vi a la de Literatura con antipática locuacidad delante del Jefe de Estudios. Estaban hablando de mi. Este buen hombre debió restarle importancia al hecho pues no recibí ninguna amonestación. Sólo una muestra de su interés por el estado de padre. Alguien le comunicó que en mi casa había un drama y que, por lo tanto, Maciste iba muy estresado. Ni idea quien le pudo decir esto al religioso. Sea como fuere, la Familia para esta gente era algo sagrado. Y un padre con cáncer motivo para indulgencias, para perdonar pequeños deslices cinéfilos y/o blasfemos.

Domestic Pop: el programa
Me tomé dos tilas antes de salir de casa la noche del 15 de enero. No valieron de nada. Era manojo de nervios cuando entré con la pandilla en el edificio que albergaba a Radiocadena Española. No había nada que temer. Charly era un tío de puta madre. Si hubiese sido un cabronazo hubiera utilizado a su caterva de jeviecitos de siempre para montarse una secta pedófila en la línea del setentiano Anthony Perkins pero con estilazo Pete Townsend.
Aparecimos con docenas de cintas y pocos vinilos. Charly, que iba a hacer control, tembló. Sonsacó que la noche iba a ser larga. Yo le añadí, para tranquilizarlo un poco, que "larga, gorda y bien dura". El guión que le pasé estaba bien claro. Para mí. Pero no para un experimentado técnico de las ondas. Aún así, salió al aire Domestic Pop con voluntad rompedora. Mi presentación iba entre lo brutal y lo cursi, entre el buen chico que lo escribe y la pécora que lo lee, entre la transgresión y lo inmovilista. Fue decisivo mi último saludo antes de la canción inicial para que la peña empezase a marcar los números de teléfono de la emisora: lancé goras a Eta político militar y a la cantante Gelu. Tamaño despropósito no creí que lo estuvieran oyendo más de una docena de acnéicos en camiseta negra. Al parecer, la audiencia podía llenar el estadio de fútbol de la ciudad como cuando vinieron Barón Rojo. Nadie me lo contó, por fortuna, asi que mi nerviosismo conforme transcurría la noche fue a menos. Como no había cenado aún saqué un bocadillo de salchichón y me lo zampé a gusto mientras The Dovells invitaban al Stomp y Frankie Lymon le aclaraba al juez de menores que, aunque negrito, no era un delincuente juvenil. Justo cuando sonaban Los chupetes de Gainsbourg sorprendí a Charly pelando con deleite un plátano. Un postre, vamos. Me confirmaba por los cascos que lo estaba engulliendo con auténtica lascivia.
Las partes que traíamos grabadas de casa ocupaban dos bloques de cuarenta y cinco minutos cada uno. Su calidad de sonido era mínima. Allí había de todo, desde chismorreos de peluquería (nos inventamos una jet set local hacia la que Luis, Angel y yo clavábamos nuestros venenosos dardos sobre ruido de secador de mano) a listas de éxitos con los peores discos de la historia del pop español, todos presentados a la manera 40 principales. O la intervención originalísima de Frantxu en el papel de seudo Inspector Gadget con una ficción detectivesca (aventuras en la sex shop), narración en primera persona a lo Chandler y peripecia posterior que, en realidad, era una entrevista de bar con el responsable de esta novedosa tienda erótica.
Para la pandilla el programa estaba resultando bárbaro. Yo lo dejaba en excesivo, como excesivo siempre fue Maciste. La audiencia respondía con unas cuantas llamadas de desaprovación. Lo que menos le interesaba a un metalero era escuchar a Emilio el moro antes de irse de marcha, algo que siempre me pareció un error lamentable en esta tribu juvenil. Esto nos lo iba contando con suavidad Charly, que se sentaba en nuestra mesa mientras iban los bloques grabados. Buscando una conexión con lo suyo, entablaba largas disquisiciones con Carlos y Marcos sobre rock sinfónico y heavy en general, de todo lo cual eran expertos hasta decir ¡cállense!. A mi, en cambio, el tema me desconectaba por completo (había puesto rock and roll primitivo pero Charly no se dio por enterado. Para este mamut seudo progre el rock aún no había nacido en los cincuenta, detalle que me cabreó una barbaridad) e hice que pulía una presentación de los fenomenales The Records. De nuevo en el éter canté La más bella del baile (sustituyendo "bella" por una guarreria) y empalmé a todo quisque con unas cositas sobre el dichoso Marlon.
A la una de la noche, agotados todos, nos fuimos a la porra, sin más elogios por parte de Charly que mi experta lección de cómo hacer desaparecer dentro de mí una banana. Me sentí un poco Susana Estrada (que no mona Chita) asi que le agradecí el haberme dejado demostrar mis habilidades bucales y nada más. No volví a pisar su tienda. El siguiente viernes y los que restaban por llegar se volvió a la normalidad del rock duro. Que es como decir que se impuso la normalidad de los atrapados en un cul de sac del todo normal.


continuará el mes que viene

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