17 junio 2010

Aquellos juncos salvajes (8)


Capítulo sexagésimo


La casa de la bomba
En un par de horas Carlos y yo sacamos adelante un espantoso guión para una fotonovela. Nada podía fallarnos. Ibamos a necesitar localizaciones varias, unos cuantos interiores y un exterior bien concreto. El resto lo dejamos a la improvisación, a la genialidad que suele surgir cuando se busca superar las limitaciones típicas de los pocos medios y a la aportación de un casting que tenía que ser antológico. De superproducción. Carlos ponía la cámara de fotos. Yo mi casa y hasta el comercio. Luego vino el boca a boca. Más de diez chavales de clase se pusieron en nuestras perversas manos en lo que era, a todas luces, la historia de amor más cutre jamás contada. Yo quería hacer Tamaño natural contaminada por una trama de agentes secretos. Carlos entonces exigió que la protagonista femenina fuera la maniqui de la tienda. Sacamos a hurtadillas a la modelo del escaparate. La manejamos a nuestro antojo. Ya en casa cundió el caos. Un desorden apabullante al modificar la ubicación de los muebles. Todo para facilitar una perspectiva, una toma única del fotógrafo Carlos. Como sea que su perfeccionismo ya empezaba de aquella a dar síntomas de neurosis compulsiva, los flashes se demoraron hasta el infinito, lo que provocó más de una espantada de algún que otro extra. Por otro lado, teníamos un tiempo record de rodaje: tres días.
Las fotos llegaron al centenar. Se consiguió nuestro objetivo pero mi sensación de angustia y de tensión quedó inmortalizada en cada flash en el que participé. Que fueron muchos pues yo era el protagonista masculino de la tramoya. Hacía de un empresario textil, trasunto de mi padre, casado con una ninfómana seudo Modesty Blaise, sofisticada en el vestir (cuando no estaba en pelotas), detalle terrible porque en cada fotografía tenía que aparecer con un modelito nuevo como una Lana Turner cualquiera y cuyo apetito sexual era tan enorme y el mío tan pequeño que me era imposible satisfacerla siempre. Mis aportaciones fetichistas iban marcando la pauta según Carlos iba rebajando el nivel de creatividad argumental en favor de sus luchas por una luz. El ingenuo erotismo se tornó pues grosera pornografía al obligar a un cazurro alocado del cole que apenas salía en dos instantáneas a que se sometiera a sexo oral. Fue uno de los momentos más desternillantes de la historieta, dicho sea de paso. Recuerdo de manera entrañable que a Luis y Angel los disfracé de vecindonas made in Italy, las típicas secundarias robaplanos cuya labor era chismorrear sobre los casquivanos protagonistas que vivian en la puerta de al lado. Con buatiné y redecillas salieron ambos como verdaderas raídas mientras hacían que ojeaban un deshojado Grand Hotel que quedó muy acorde a las circunstancias de posguerra (las imaginaba Tina Pica versus Ave Ninchi sin que nadie lo terminase de intuir).
Esto de los atrezzos era fantástico. El látigo comprado en la excursión a Madrid sirvió como ejemplo de bondage. Los Ep's de Lita Torelló y Gelu como motivo para que los actores pinchasen música en el pick up en la divina serie fotográfica del cocktail party. Tal vez el momento más sonrojante fue el de los exteriores en el balcón de casa. Yo tenía que asesinar a mi mujer. Esto es, tenía que arrojar al maniqui por la barandilla. Unos cuantos viandantes se quedaran paralizados mirando nuestras macabras evoluciones. Ahora que lo pienso, nuestra fotonovela era un poco políticamente incorrecta, sobre todo en lo referente a la violencia de género. Es de suponer que aquel filme de Richard Quine con Virna Lisi nos había hecho como éramos. Y así nos salió.
Lo que restaba era revelarlo y disfrutar de los resultados. Aún quedaba otra cosa. Colocar los diálogos. Esto nunca se llegó a hacer. Y es una lástima que toda la partida se perdiera al prestársela a Juan. Al cabo de un tiempo se la exigimos y dijo que no sabía dónde la había metido. Hubiera ahora sido fantástico escanearla para el blog.
Lo que no fue nada fantástico era el tema del desorden. A cada final de jornada Carlos y Hector me prometían volver a poner los muebles en su lugar. Pero las horas pasaban y la peña se escaqueaba dejándome el marrón. No había paz al acabar con el asunto del hogar. Luego aún debería revisar el estado del comercio. Colocar el maniqui en su sitio, intacto, completamente virgen. Pero esto último ya era imposible porque la rubia starlette había quedado mancillada, resquebrajada, su peluca hecha jirones, el precioso modelo de seda natural (tela moldeada a su cuerpo con alfileres) un saco estampado de lo más pobretón. Me sentía como Tom Cruise en Risky Business pero sin ánimo de lucro.
Ya cuesta abajo, mis amigos y mis amigotes seguían acudiendo muchas tardes con clara intención de desmelenarse a la brava. Defintivamente me habían perdido todos el respeto. La casa fue ya la de la Troya y la de Toquemerroque en duplex infernal. No era nada raro en aquellos días que mientras Carlos, Héctor y yo grabábamos secciones para el programa de Radiocadena en la habitación del Séptimo Cielo, en el dormitorio de mis padres Eulogio y su ambiguo amiguito Jaime (efebo rubio con belleza de nadador) se metieran mano como por un casual mientras gastaban bromas telefónicas a alguna jamba de su barrio. Y cuando, de repente, se me ocurría ir a mi cuarto a por una cinta vieja, oteaba de refilón a Frantxu que debajo de la cama se magreaba incómodamente con una zagala del rock que se había colado sin darme de cuenta. Pedro aportaba locuras similares. Como aquella absurda expedición de gachós de extrarradio que recalaron en mi fonda una noche para nada en concreto, revolviendo mis cintas, manoseando mis discos, descolocando mis postalitas y yo dejándoles hacer sólo porque alguno era muy moreno, muy atlético y ostentaba una bragueta maciza y medio abierta.

Buscando el nido radioactivo
Llegaron las vacaciones navideñas y me fuí pitando a La Coruña. Estaba hasta las narices de tanto descontrol. En mi tierra iba a volver a la crudeza de unos hechos que se me habían velado. Era de suponer que a padre se le habría caído el cabello. Que habría adelgazado considerablemente. Que ese año no habría turrón, ni mazapanes, ni champán del bueno. Exageraba. No era para tanto. Conservaba algo del pelo. Se me ocultaron los aspectos más delicados de la quimioterapia. Sólo mamá dejó caer de refilón que aquello era muy fastidioso. Que no todos los cuerpos lo aceptaban. Pero que padre había sido muy valiente. Por mi parte tenía bastantes cosas que ocultar también. Y hasta hubo tiempo para mentiras del estilo que había abierto al público una mañana de sábado el comercio para acabar vendiendo dos trajes a un fulano.
Le acompañé a la última sesión. Antes de entrar en el centro médico reparé en la placa de la fachada. La palabra tumor grabada en marco de plata podía leerse con claridad. Fue cuando pensé que padre estaba de vuelta y media. Mientras, madre seguía su absurdo juego de ocultamientos. Perforación intestinal sonaba en sus labios como un agradable producto de teletienda. En la salita de espera padre ya era un conocido. El resto de familiares de enfermos lo trataban como un señor. Motivos no le faltaron. Durante media hora improvisó un extraordinario discurso en torno a los problemas de la judicatura en España o algo parecido. Dejó a sus oyentes con la boca abierta. Incluído yo. En verdad, era un orador excepcional. El típico self made man a lo Gary Cooper, que brillaba tanto cuando callaba como cuando le tocaba ser portavoz de los oprimidos. Nunca albergué motivos de admiración hacia mi padre. Sus ataques de ninguneo ante mi carácter le convirtieron muchas veces en un enemigo despreciable. Esa debió de ser la primera vez que lo vi como a un héroe (Brando tendría algo de culpa pues ese martes tocó ofrenda fúnebre ante el cadáver de Julio César). Justo antes de someterse a una descarga de mil diablos que a las pocas horas lo llevaba al retrete a vomitar mierda.
Por la tarde fuimos a dar un paseo. Bajamos al centro en bus. Disfrutamos de las pequeñas cosas de la vida. Pasos lentos, abstraídos y a la vez cómplices... Los Cantones engalanados de Navidad. Entonces nos paramos en el Teatro Colón. Me encantaba hacerlo, sobre todo cuando nuestros cómicos venían con una nueva revista. Esas magníficas carteleras que podían otearse desde la esquina de Juana de Vega formaban parte de un imaginario ligado a mi educación sentimental. Pero aquella semana estrenaban Requiem por los que van a morir, una con Mickey Rourke. Padre leyó el título por lo bajo. Yo agaché la mirada y callé. Luego seguimos caminando. Nuestro silencio era de una elocuencia demoledora.
Fueron unas fiestas atípicas. En fin de año no trasnocharíamos. El primero de enero nos venían muy temprano a buscar para llevarnos de vuelta a la casa de siempre. Pero aún nos dio tiempo de tomar las uvas y de quedarnos un rato a ver el especial Nochevieja. Como sabía por la publicación Deutsche Gramophone Magazine que a la inmortal primadonna Sabrina Salerno le iba a salir una ubre durante la ejecución del aria peliaguda Boys, boys, boys, los tres esperamos este acontecimiento con el ánimo en suspenso. Creo que toda España hizo lo mismo. Se cumplieron los augurios y a eso de las dos de la madrugada daba el do de pecho. El sostén de la diva (por llamar de alguna manera a estos dos objetos) le causó la mala pasada. Se lo agradecimos de corazón (cosas así ya no se ven en Tele 5) y acto seguido nos fuimos a la piltra. Ni padre ni madre ni yo nos hicimos ninguna paja, que me conste. Había cosas más importantes en las que soñar. Por ejemplo, en un recalentado Rascayú en trípode sobresaltando a las muertas por su camposanto favorito.

continuará mañana

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