16 junio 2010

Aquellos juncos salvajes (8)


Capítulo quincuagésimo noveno

Fúnebre compás de espera
La evolución de la enfermedad de padre dependía de un simple viaje. Un viaje que él, dado su delicado estado físico, no podía afrontar ante un volante de coche. Fue cuando surgieron los amigos. Uno de los piratas más importantes de lo textil de la ciudad se ofreció gustoso a llevarlo. Más bien lo haría su yerno, uno de sus tantos yernos. Para mí aquel tipo era lo más parecido a un Corleone de mercadillo. Hombre ambicioso, de gran olfato para los negocios. Un fascista con tirantes en apariencia pero, en el fondo, un gitano enriquecido por mil estraperlos. Todo un patriarca, dueño y señor de una finca deslumbrante en la que pasé muchas tardes agradabilísimas de mi primera adolescencia y que identificaba con el rancho Southfork por lo parecido del paisaje y de la zona de la entrada para vehículos a aquella casona rural. Casona donde se alojó mucha de la mercancia salvada por padre cuando el asunto del socio fugado, previa negociación con el citado mafioso. En modo alguno se interpretó su ofrecimiento como parte de un nuevo trato mercantil. No podía aquel águila caer tan bajo. Hubiera sido demasiado ya, pues hablamos de un hombre con una enfermedad terminal. Asi pues, padre ya tenía un Mercedes a la puerta. Y se despidió de mí dejándome unas cuantas tareas por hacer. Estudiar, vigilar de vez en cuando el comercio, tener cuidado de todo. Son dieciocho años, a ver si coges ya sentidiño. Algun que otro fin de semana podría ir a verlos, y, si no, a esperar a la llegada de las vacaciones navideñas, justo cuando, con toda probabilidad, las sesiones de quimioterapia habrían llegado a su fin. Luego me entregó un sobre con diez mil pesetas avisándome que las estirara, nada de malgastar, nada de vicios. Quería algo de "vuelta". Había avisado a la cafetería de enfrente de casa para que me diesen de comer gratis (luego pagaría él las cuentas). Y bocadillos en la cena. Tomando algo caliente. Peor que Supervivientes. Tanto protocolo sinceramente me consiguió poner blandito. Y con ojos vidriosos nos despedimos hasta más ver. Le deseé suerte. A mi madre lo mismo. Pude haber escogido palabras como paciencia o entereza. Esa mujer iba a necesitar todo eso y más.
Me esperaba un invierno en soledad. Algo que me despertaba sensaciones encontradas. Era lo que siempre había deseado. Pero no de esa manera. Buena parte de mis proyectos, ilusiones inmediatas terminé enfocándolas, al menos los primeros días, con un semblante de sepulturero. En todo caso, la ayuda de mis amigos más sinceros valió mucho. Carlos, eterno optimista, hablaba ya de aquella de la filfa tan correcta de que el cáncer no tenía porqué ser sinónimo de muerte. Luis también se mostraba confiado en los adelantos de la medicina. Y Juan, entre Pinto y Baldemoro, recurría a los falsos mitos y puntualizaba un hecho fundamental en estos casos: lo importante que supone coger la enfermedad a tiempo. En cuanto a Pedro, parco en palabras, al menos cuando afectan a temas serios, suavizó las cosas al verme al borde del histericidio: si mi padre se había ido a chutarse quimio era porque la quimio era la solución. Luego, posiblemente, me metería la verga en la boca, acabándose los gimiqueos. Sin embargo, yo sabía la verdad de todo. Sabía que a padre no le quedaba ni un año de vida. Y que entrar en esa evidencia con aires de gran trágica podían acabar con mi salud. Y la de cualquiera. Llegados a una intensidad elevadísima, a un paroxismo irracional el resto es bajada, insensibilización total. Era lo adecuado aceptación o, como mucho, autoengaños a base de falsas esperanzas. Las mismas que madre convino que aplicásemos desde ya mismo al viejo ocultándole en todo momento lo que en realidad le pasaba. Como si él fuese tonto y no se diese cuenta de que las colitis que degeneran en gripazos no terminan internándolo a uno en plantas de oncología.
Con estos pensamientos me transformé en el rey (pasmao) de la casa durante ese mes. Mes frenético en el que Pedro, que ya había abandonado el colegio para meterse a estudiar Formación profesional por el nocturno, acudía a mí, alrededor de la medianoche, para más de lo mismo. Fue cuando pudimos meternos debajo de las sábanas de la cama de matrimonio sin miedo a ser descubiertos. Y a pesar de que le rogué mucho que se quedase a dormir, el joven terminaba huyendo, no sé porqué extraña razón, dejándome en el lecho aterrorizado al recordar lo que significaba ese sitio.
Por el día trataba de ocupar mis ratos caseros en planificarlo todo para el acontecimiento del año. O, al menos, el que iba a cerrar con dignidad 1987, que no era otro que el comienzo del ciclo televisivo que TVE le rendía a un tal Marlon Brando. Por fin mis sueños se convertían en realidad. Sueños que eran cine.

En soledad, presenciando la doma del bravío
El ciclo arrancaba la primera semana de diciembre e iba a extenderse hasta bien entrada la primavera. Hubiera sido maravilloso poder disfrutarlo en familia, la misma que diez años atrás me impidió ver El Tranvía, alegando su carácter obsceno. Un par de semanas antes del pase de Hombres me conocía de memoria todas las películas programadas. Era un desconsideración por parte de Pilar Miró que no se incluyese ¡Salvaje! ni El último tango en Paris. Pero, pese a esto, nada había que objetar.
Lo mejor se concentraba ese mes. Con las primeras películas, cuando el bravío aún no había entrado en el redil de la conservadora industria de Hollywood. Cuando un ramillete de personajes bien distintos conformaron la leyenda de un actor irrepetible, bigger than life: el paralítico soldado de Hombres, Stanley Kowalsky, el mexicano Emiliano Zapata, el shakesperiano Marco Antonio, el descargador Terry Malloy, incluso aquél Napoleón de confitura para Desireé o aquél chinito pizpireto de La casa de té, tal vez la gran rareza del ciclo y que apuntaría ya a dos aspectos de su personalidad definitiva: el exotismo frivolón y el transformismo como divertimento, que luego discípulos del maestro como Robert de Niro recogerían para aplicárselo a si mismos llevándolo hasta sus últimas consecuencias.
El impacto Brando en mi, como en el resto de la humanidad medianamente sensible a las esclavitudes de la carne, residía en su sex appeal. Nunca hubo un actor que me pusiera más burro. Porque a la belleza de una cara se unía un cuerpo perfecto en sus coordenadas más buonarrotianas y que ya entraban en postulados sobre lo erótico subido. Utilizar ese potencial con precisión de incendiario elevaría a Brando a uno de los casos más descarados de bomba sexual del cine clásico norteamericano. Probablemente en esto como en tantas otras cosas rompió moldes. Y su molde muscular luego se reblandeció por su tendencia al sobrepeso. Lo que siguió manteniéndolo atractivísimo si hilamos fino. No en vano, el físico de Brando empezó a ser difícil en ¡Salvaje! y, sin embargo, hallaríamos en él un ejemplo básico del poderío que detentan todos los rellenitos follables.
Diciembre no fue sinónimo de soledad con Brando en casa. Y mientras llegaba el martes respectivo, sacaba de sobre de las diez mil pesetas y me gastaba mucho en comprar revistas. Aparecía en todas. Fotogramas no defraudó, al vender un mini libro con cientos de fotografías maravillosas del astro rey. Aún hoy sigue siendo uno de mis volúmenes de retratos más queridos. Allí iba incluido un magnífico texto de Terenci Moix, fechado en 1970, a pesar de que su validez en la actualidad ha quedado en parte neutralizada (aquél ensayo ahondaba en el carácter finalmente sumiso del primer rebelde, apreciación entendible dado que en 1970 todavía Brando no levantaba cabeza. Nadie daba un duro por él. ¡Faltaban dos años para El padrino!).
De entre todas aquellas sesiones iniciales es posible que el recuerdo me haga detener con mayor mimo en Hombres. Fue la revelación. Tal vez El tranvía a la larga entró más en mi iconostasio por variados motivos, no sólo por una camiseta (Kazan, Leigh, Williams...). Pero El tranvía es un filme que he vuelto a ver en repetidas ocasiones. Hasta se le terminan sacando defectos si hay que ponerse tiquismiquis. En cambio, Hombres jamás volvió a reponerse. Quedó como un inédito, un virginal preámbulo serie B, un destello fugaz, una jugada a la memoria. Ahora con Internet guardo la película como un tesoro y en una calidad de imagen excepcional. Y constato que ya estaba todo el mejor Brando ahí. Furioso, inconformista, protéico, el erotismo agresivo saliéndosele por los poros... Si Monty Clift había sido el más hermoso curita de la historia del cine, Brando fue el parapléjico cañón sin vuelta de hoja. Una filia a tener bien en cuenta.

continuará mañana

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