15 junio 2010

Aquellos juncos salvajes (8)


Capítulo quincuagésimo octavo


Pentagramado
Todo el pop del mundo. Eso es lo que me ofrecía mi programa favorito de Radio 3. Me apasioné con la Flor de Pablos. No todo eran oldies. Los Vegetales fueron el hallazgo de lo que restaba de década. Sus diferentes maquetas, con la culminación que suponía la cuarta de inolvidable título (Atraco a las 3) las iba programando el locutor religiosamente. Caían como agua de mayo. Además habían agarraderos de nombre Waq y Stock de Coque, Aerolíneas y Los Enemigos, Los Helicópteros y Los Potros, Brighton 64 y Los Flechazos, estos últimos en la onda de un puñado de mods ingleses de mediados de los ochenta como Makin' Time. No todo había que darlo por perdido en aquel período chungo del pop nacional. De Pablos sabía elegir. Antes del Donosti sound se imponía el sonido ye yé (Melodrama, Rubi, Cris, Sole, Los Suspensos, Esmeralda Tuk), del que me hice contumaz seguidor. También me sanaban las tristezas horrores tipo Tennessee, Inhumanos, Toreros muertos o La honorable sociedad. Y el Pinguino, claro. Me grababa de los amigos cosas corrientes como The Cars, la ELO, Matt Bianco, Kid Creole, Sigue Sigue Sputnik... Compré el recopilatorio de singles de la OMD y se convirtió en disco de cabecera. Con Madness y su respectivo recopilatorio salté en pogo por mi habitación, acompañado de mi fiel Pedro y su amigo de infancia, al que apodé "el vietnamita" por su selvático aspecto (el pillo Pedro apagaba la luz en el Baggy trousers, la oscuridad reinante sólo eran un mero trámite de meternos mano sin saber quien había llegado más lejos. Era un homoerotismo inocentón que no terminaba en nada sobresaliente).
Los fines de semana en Escápate mi amor me ponía como deber asimilar el peliagudo tema de la salsa y lo tropical (salvo Robert Mitchum cantando calypsos, que entraban de maravilla). Pero era sólo cuando le tocaba el turno a Paco Clavel con su micro espacio Clavelitos de mi corazón cuando vibraba en serio. Algunos descubrimientos de la temporada otoño invierno 87-88 fueron: Las Chic, Queta y Teo, Andres Pajares, Antoñita Peñuela, Estrellita, Toni Vilaplana, Argentina Coral, Los Machucambos, Las Grecas, Margarita Sierra, Sonia Lopez, Pili Gaos, Los Bohemios, Los 2 españoles, Los HH y Lolita Sevilla... ¡en rock!.
Y de nuevo era lunes y yo pegadito a Juan y su cada vez más incesante dedicación a los grupos vocales italoamericanos de finales de los cincuenta-principios de los sesenta. Me gustaban una barbaridad pero también picoteaba de otras delicias europeas contemporáneas: Luna Parker, Lio, Camerini, Rettore. Y de intimismos sudamericanos (Leo Dan, Leonardo Favio, Abracadabra, Industria Nacional). Por otro lado, las novedades de Jonathan Ritchman siempre resultaban materia prima adorable. Salvo si le cantaba a Harpo, cómico insoportable cuando se le daba por tañer su arpa (motivo de la tonada de este Peter Pan del rock naif), a pesar de que de los hermanos era su arte el más puro, el que menos ha envejecido, precisamente porque no hablaba, pudiendo asi seguir la estela inconmensurable de los grandes maestros de la carcajada silente (de la que Groucho se desvió por culpa de su insoportable verborrea, muy literaria, si; muy filosófica también, pero totalmente anti cinematográfica).
La música pop, pues, estaba de contínuo invadiendo mis territorios. Música por doquier. Y eran decisivos los amigos en estas cuitas. Pero no todos servían. Asi como Luis funcionaba como esponja, absorbiendo mis descubrimientos (surfistas y lolitescos) sin aportar nada a cambio (salvo Smiths, Housemartins y Aztec Camera), otros como Frantxu y mi nuevo compañerito de recreos Salgado me dotaban de informaciones siempre valiosas en terrenos importantísimos pero que yo aún no había sentido ganas de invadir, tal que el siniestrismo y el punk. Recuerdo mordaces conversaciones con Salgado sobre Heroes del silencio, grupo en la cresta de su ola, al que sólo soportábamos por el primer disco. Pero Salgado no era un chico que comprase música. Todo lo más era un oyente de Radio 3, de Flor de Pasión, de The Cure... y sus revelaciones no dejaban de venir de prestado. En cambio, con Frantxu el rollo era más profesional. Tenía pelas y una importante colección de singles del 77. Me inició ese otoño en los Sex Pistols. Me grabó una cinta con grupos que pensaba que me gustarían, dada mi querencia por el ska, el surf y el power pop (Toy Dolls, Barracudas, Specials, La Polla y Kortatu dentro del apartado "radicales vascos de romería", Stiff Records). Pero el gran shock sobrevino la tarde que me trajo a casa el London Calling de The Clash. Aluciné con el Spanish Bombs y su visión romántica del Frente Popular, las referencias cinéfilas, la nostalgia rocker... Como su padre vivía en Francia, el chaval pasaba las vacaciones en Paris, con lo cual aprovechábamos todos los de la panda para hacerle encargos de discos. Pienso que el único coherente de los peticionarios era yo pues mis listas siempre ahondaban en el producto gabacho, con predilección por el neo ye yé de Lio y similares (al parecer, aspirar a conseguir algo de Salut les copains era un disparate dados los altos precios con los que se cotizaban allí tamañas glorias años sesenta). En cuanto a Javier, ya se le empezaba a formar en la testa un pequeño tupé de rockabilly (el amigo compraba todos los meses el Ruta 66) y terminé picando de Los Rebeldes y otros adictos a la tachonada chupa de cuero de la Ciudad Condal. También los Cramps y The Meteors comenzaban a tener su aquél.
Una tarde de octubre nos dejamos caer por la tienda de Charly Suaves. Estaba más que decidido a dar el salto a las ondas. Acumulaba ya una partida de más de cincuenta cintas de música imponente, con sus respectivos apuntes de información básica. Era pues momento para dar a conocer mis gustos a la refinada audiencia de su programa lobonocturno. Pero la agenda laboral de Charly seguía siendo apretadísima. Todos los jeviecitos tenían que pinchar sus mismas cosas y no había hueco hertziano para Maciste hasta el año siguiente. Entrar en la enorme cola no era motivo de desesperación. Me dio cita para mediados de enero. Quedaban tres meses. Tampoco era tanto. Menos que lo que requiere un trasplante. En ese tiempo sabría mucho más de lo que sabía ya. Aunque... no quería ir de vulgar sabelotodo. Que también. Me puse pretencioso. Quería darle espectáculo a la radio. Una nueva alegría. Imaginación. Llenarlo todo de montajes locos, de diálogos de cine. Escribiría un guión acojonante. Iba a condensar en cuatro horas todo lo que había mamado en radio 3 en casi una década. Javier, repentinamente equilibrado, me aconsejó que me lo tomase con calma. Dichoso por mi contrato de una sola noche, miré al frente y nos fuimos a otra tienda de discos donde me alboroté con el primero de Joe King Carrasco. Fue a la saca sin pagarlo. De la saca enseguida retornó a la cubeta de origen. Bad lucky.

Dieciocho... y para de contar
Llegué a la mayoría de edad en medio de un drama con visos de tragedia. Padre cayó enfermo. La nota de alarma se produjo en el baño. Soltaba sangre por las heces. Desde el verano había perdido peso. A esto se le unía una inapetencia inusual. Cansancio. Comportamiento irritable. El médico de familia no solucionó gran cosa. Diagnosticó colitis y comenzó a medicarlo. Pasaron las semanas y el estado de padre no mejoraba. Sus constantes ataques de cólera me producían lo de siempre: temor y odio. Vivía en mi burbuja hedonista, seguía sin rascar bola en el colegio y aún me permitía el lujo de exigir que el reloj de los seres que me mantenían quedase fijo en la hora siempre feliz de lo eterno. Lo cierto es que cumplir dieciocho era a mis ojos un hecho importante, trascendental en cualquier individuo. Era ya un adulto, podía entrar en los sitios para adultos, votar, hasta pilotar una nave espacial si se me antojaba. Sin embargo, el horno no estaba para bollos. En casa, al menos. Madre bajaba más temprano al comercio mientras padre permanecía jodido en la cama. Asi un día, y otro, y otro más. El frio de noviembre se colaba con algo de mortecino en aquel dormitorio del yacente. Pero ese enfermo seguía siendo un rebelde. Y después de blasfemar, luego de dar un par de golpes bien dados en la cabecera de madera de castaño de la cama agarró como pudo el teléfono y volvió a llamar al médico. Le explicó. El otro se debió de sonreir, como queriendo restar importancia al asunto. Apareció a las pocas horas. Padre sudaba frio. Marcaba el termómetro treinta y nueve y pico. El falso profesional cambió el diagnóstico. Ya no había colitis que valiera tanta molestia. Lo que Alfonso gestaba era un gripazo mayestático entre pecho y espalda. Y le recetó un Frenadol. O así. Poco más tarde aparecieron las vomitonas, las descomposiciones, la sangre en las heces cada vez más intensas. Una nueva llamada al médico supuso la resolución definitiva. Aquello era grave. Había que ingresarlo en Urgencias. Eran las doce de la madrugada largas. Yo estaba medio muerto de sueño. Me hice el remolón. Fue padre con aspecto demacrado por el dolor quien me sacó de la cama. "Es una gripe, una puta gripe. Jódete un poco, que ya se pasará"... recuerdo que le grité. "Estoy muy mal, hijo", contestó. Sus ojos eran terribles. Aquel color no era de este mundo, era como aquél que hacía enrojecer al protagonista de la canción de Los Vegetales. Su hilo de voz sonaba patético. Me gustó que me suplicase asi. Fue un regustillo de mierda. Y entonces obedecí.
El taxi nos condujo a la sala de espera de Urgencias. Padre entró inmediatamente en un box. Nos quedamos afuera. Al cabo de un cuarto de hora lo sentimos gritar. Y no eran precisamente alaridos de fiera herida, sino de cordero agonizante. Le estaban sometiendo a una colostomia. Dado su sufrimiento es inquietante pensar que se la efectuaran sin anestesia. Pasó una hora hasta que un médico nos informó de los resultados. El paciente padecía un tumor maligno muy desarrollado en el colon. Había que operarle cuanto antes. El mundo se derrumbó ante nosotros. Nada hay más patético que pasar una noche en un sitio tan inhumano como éste de las urgencias públicas. Con más motivos cuando las noticias terminan siendo malas, fuera de toda previsión. ¿Qué se puede decir en la espera?. ¿Fumaba demasiado?. ¿Los disgustos pudren la sangre?. ¿Demandar al hijoputa del médico de familia?. ¿Podré hacer el programa de radio?. A saber...
Finalmente padre volvió a casa con drenajes y una bolsita que a partir de entonces cumpliría las funciones de ano. Y la recomendación, tras una junta de expertos, de que debería cuanto antes someterse a quimioterapia. Era preciso si no queríamos ver morirle como un perro (sic). La dureza de las palabras del cirujano terminaron por destrozar a madre que con profunda resignación inició los trámites para llevarle a La Coruña (aqui aún no disponíamos de tan diabólicos adelantos). Sin embargo, ni siquiera las corrientes iban a traernos excesivas esperanzas. El mal, el alien, ese asesino estaba en su fase más voraz. Sin terapia viviría hasta los turrones de diciembre, con ella podría echar como mucho hasta el verano del año por venir.
Fue el acabose. Mis celebraciones por la mayoría de edad se tornaron una ridiculez. Se imponía el realismo. ¿18, no?. Pues ya era hora de que empezase a espabilar. A vivir un mundo adulto. Lo que se avecinaba era jodido. En cambio, mi reacción iba a ser tan predecible...


continuará mañana

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