14 junio 2010

Aquellos juncos salvajes (8)


Capítulo quincuagésimo séptimo

Lecturas a todo riesgo
En pleno octubre ya se adivinaban los frios invernales de mi ciudad. Era cuando volvía al refugio de siempre: la habitación, ahora tan concurrida. Dificil la abstracción como cuando era bicho raro y nadie me llamaba ni se interesaban por mí. Al calor de Pedro y su sexo inseguro pero bien confiado me entregaba dos o tres veces a la semana. Muchos hastíos, ganas de dejarlo, de decirle que se fuera y no volviera más. Me ponía borde. Solía ponerme borde, no sólo con él sino con casi todos mis amigos. Cambios de humor repentinos. No sabía lo que era. Me hacía sentir tirano y mandón, jefe de algo. Ahora sé que mucho de aquella conducta se debía a la paulatina pérdida de intimidad. Todo lo que había venido alimentando como hijo único. Los larguísimos ratos al calor de la lamparilla de mano, escribiendo y leyendo, toqueteándome y volviendo a escribir. A finales del 87 mi vida ya era una "factoría" plagada de artistas, figurantes y lindos putitos. Se imponía ahora una nueva disciplina. La del trabajo en común. No estaba mal aquello. Sólo que Maciste contaba con un bagaje y, por eso mismo, requería tarde o temprano la soledad. Entonces me fugaba para ocultarme en las librerías de siempre. Las que me permitían pasar horas hojeando colecciones, libros de bolsillo, coffee table books casi siempre de arte, fotografía y decoración que me evadieran instruyéndome, dándome a conocer el who is who de un estilo genial. Nunca se me ocurrió la idea de que mejor estaría sentado en una cómoda silla de biblioteca porque los libros de biblioteca estaban ya muy viejos, violados, mancillados por las esquinas de sus hojas. Tanta saliva seca acumulada en ellos... En las librerias yo podía estrenar. Y luego, al final, el divino juego del robatorio. Hurté ese otoño unas Conversaciones con Pier Paolo Pasolini. Lo entrevistaba el insigne crítico Jean Duflot. Fue un robo capital, tantas cosas me reveló esa larga entrevista. Pasolini, pequeño burgués, comunista más de Gramsci que de Togliatti, reivindicador del Tercer Mundo, enamorado de la sonoridad del Friuli, nostálgico de las religiones, de Mircea Elide y Maria Callas... La primera vez que leí algo de Strehler y el Piccolo fue allí. Aquel volumen, esas entrevistas conducidas por un inconfortable "joven turco" exponían múltiples e interesantes aspectos de su biografía y de su obra. Se completaba asimismo con unos cuantos poemas inéditos que azuzaron aún más mi curiosidad por el personaje, desviándolo en milagroso acontecimiento hacia terrenos alejados del cinematógrafo, de la senda ordenada en mi sensibilidad gracias a Mamma Roma, luego el Vangelo en sus pases de Semana Santa y, en salto mortal, con los soeces cuentos del verde Chaucer.
No sólo robé. También compré alguna novedad que otra. Insistí en Jesus Ferrero. En su preciosa novela Opium, que me gustó incluso más que Belver Yin, a pesar de ser una vuelta de tuerca a la pasión del escritor por la cultura oriental. Inspirado en la poesia T'ang y la cultura clásica griega Ferrero encadenaba una tragedia cuya fatalidad era redimida por el amor, más allá de la vida y de la muerte. El escenario, Lej, legendaria ciudad tibetana y sus áridos alrededores y toda esa poesía en torno a Bambú (el tártaro que vende adormideras) y Opium (hija de Albina, la que no se desprende de su pipa) me fueron hechizando conforme tras la ventana de casa caían las lluvias típicas de la estación. Y me imaginaba que afuera todo seguiría siendo hostil y corrupto, al igual que el mapa agreste y laberíntico por el que la pareja ferreriana consumaron su idilio fuera del tiempo.
Y como no todo era fabular me quedó aliento para cubrir un giro postal a una librería de Valencia, la que me había suministrado hacía poco los posters de Alan Rudolph y Fassbinder. Entre todo el colmado de biografías de actores y directores clásicos incluidos en su primoroso catálogo (donde me topaba por primera vez con el genial crítico inglés David Shipman y sus diccionarios de estrellas) fui a elegir posiblemente el menos interesante de todos. Justo un libro sobre Warren Beatty que tardó lo suyo en llegarme por correo, con mi inmediata angustia de haber perdido todo el dinero (me empeñé) y, lo que es peor, el interés por el mismo. Era lo que tiene pedir a ciegas. Y, encima, un libro en un idioma que no manejaba más que de Suficiente raspado. Me conformaba con que hubiera muchas fotos, fotos del bello Beatty que me alegraran la vista y se fueran incorporando a mi colección privada del actor. Cuando el libro llegó a mis manos, se confirmó la cutrez de mi pedido de importación. Al enseñárselo a Carlos éste reaccionó con un mohín directamente recíproco a la indiferencia que le provocaba el guapazo sixties. Sin embargo era uno de mis chicos favoritos. Mi primera erección por un actor de la pantalla. Un descubrimiento de Kazan. El más apático alumno del Actor's Studio que si iba a clase era para ver si se podía calzar a Julie Harris. Un chico Penn. Un pene. El de Bonnie and Clyde. Ese sagaz productor. ¡Y salían fotos de Jean Seberg!. En modo alguno terminé con la sensación de que había tirado un montón de dinero a la basura. Eso sí: para otra vez, lo que fuera a comprar que viniese en cristiano.

Querelle (amanecer en cuarto oscuro)
Sabrán por los libros de cine que el escandaloso testamento de Fassbinder llegó cuando el alemán ya había muerto. En mi ciudad se estrenó en el cine de enfrente de casa creo que con más pena que gloria (no podía ser en otro lado. Además, allí había visto cosas de su copiosa etapa setentera). Duró un fin de semana, eso sí. No sé si estuvo el domingo abarrotada la mini sala. Sólo sé que Luis y yo fuimos entre semana y éramos cuatro gatos, dos perras y una zorra de incógnito. Recuerdo que fantaseé mucho con la película antes de ir a verla. Por Zeus, ¡Genet y Fassbinder se unían al fin para algo grande!. Dos de mis mitos europeos de adolescencia... Y, encima, Brad Davis, que ya las había pasado de todos los colores en aquella cárcel turca tan rara del Expreso de medianoche... Pensamos que estábamos accediendo de alguna manera por primera vez en nuestra vida a un local de ambiente. Y un local de ambiente resultó. Era lógico que siendo miércoles (aunque fuese "dia del espectador") solo estarían los gays que aún no se habían "desarmarizado". Nos hizo gracia ver a un señor con gabardina. Nos aburrió percibir a dos gafipastosos, típicos columnistas de estrenos de periódico local. Y nos causó extrañeza un bulto humano que se escondía en la penumbra, cubriéndose el rostro con la solapa de su abriguito de invierno muy mono. Parecía alguien conocido. No le dimos importancia y nos dispusimos a entrar en el universo homoerótico del puerco Rainer.
Ese primer visionado tuvo mucho de sacudida de los sentidos, desde luego. Alli se veían cosas que no había visto jamás en la pantalla de un cine (dos señores fingiendo encularse, por ejemplo). La imaginería, por otro lado, era como de diseño, muy kitsch. Un absurdo pastiche arquitectónico. Pude haber pensado en fotos fijas de Pierre y Gilles filmadas por un Fellini maricón. Pero no lo hice. Era cabaret de Lili Marlen sin ella, la orgía de La caduta sin enemas, Y la nave va sustituyendo a sopranos por gomeuses, el Ras en un crepuscular mundo de Oz. Recuerdo haber tenido un empalme (la conversación entre Querelle y un fulano con pinta de motorista de revista de sadomaso gay), haber sentido muchísimo tedio y poco estímulo intelectual. Pero me medio halagaron las referencias cultistas (Plutarco, et al). Poco más. Estaba claro que lo queer esa temporada pasaba por el look marinero, aunque ahora dudo mucho que a Genet le hubiera gustado el resultado de ese desfile.
Participaba la Moreau en su papel de cero a la izquierda. Y, sin embargo, su sóla aparición, reflejada en los espejos o en los laterales de planos repletos de braguetas palpitantes, conformaba el más genuino retrato de la decadencia, a pesar de que Fassbinder se obcecó una y otra vez en enfatizar el concepto a partir de las entrepiernas de mil chulazos de postal. Entre la mariconadita y la transgresión, Querelle fue cine de medianoche a media tarde después de clases. Un filme generacional, tal vez a mi pesar. Porque la he vuelto a ver ayer y aunque sigue la erección en el momento conversacional entre el horrible motorista y el falso ángel que es Brad Davis (supongo que el primer ángel infectado de VIH de la historia de lo celeste), erección de la misma intensidad que la producida ante determinadas frases que se sueltan en pleno follaje un par de tipejos de Crash, el resto ha caído por su propio peso pajero (cúpulas fálicas, incluidas). Y lo más curioso es que A chant d'amour (única aportación al cine de Genet, treinta años antes) aún resulta mucho más febrilmente lúbrica, pegajosa y fértil que todas las olas de semen marrón sobre las que cabalgaron ardientes los marineros tatuados de Sauna Bar La Fiesta y en las que se ahogó hasta morir el buen Fassbinder. Y, por extensión, que el ochenta por ciento del porno gay (o no) contemporáneo.
Cuando se encendieron las luces, nos levantamos cansados, con algo de verguenza ajena pero con la intención de olvidarnos rápido de lo peor para concentrarnos en el último juego, en solucionar el misterio que aún nos quedaba por desvelar. ¿Quién era el niño-niña que se tapaba con la solapa cuando entramos?. Bueno, resultó ser Marujito, uno de clase. Uno muy orgulloso, que nunca nos dirigió la palabra... hasta semanas después de la grand premiere, curiosamente. Lástima que no mereciera la pena. Marujito era un pequeño idiota que ocultaba el oficio de su madre. No. No era puta. Sólo atendía una mercería. Pero Marujito se avergonzaba de aquello porque era como un personaje de Douglas Sirk al que le hubiera tocado padecer a una mamma del neorrealismo a lo Lualdi. Porque el tenía muchas ínfulas y un estilo que no veas. En música era muy sofisticado. Detestaba a Marta Sanchez y era miembro del club de fans de Vicky Larraz, a la que adoraba hasta en su autoexilio sudamericano, considerando Bravo, samurai como la cumbre de la diva y de todo el festival de Eurovisión, por encima incluso del Congratulations. Pues ahí estaba Marujito. El solo, saliendo del armario para meterse en el cuarto oscuro de la cinemateca. Pícaro Marujito: viendo erotismo marica en vez de estudiar corte y confección, como cualquier hijo de mercera. Sinceramente, a los Salesianos, las nuevas generaciones les habíamos salido ranas de estrepitoso croar.


continuará mañana

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