14 mayo 2010

Aquellos juncos salvajes (7)


Capítulo quincuagésimo sexto

Convivencias con Nutrexpa
Me convenció Luis, que si no ni loco. ¿Maciste en unas convivencias religiosas?. Ni que fuera del Opus como el mancebo Cudeiro, que el pobrecito nunca se relacionaba con nadie, y decían que por Navidad se lo llevaba la Obra, alejándolo de su familia y amigos (terminó musculoca perdida). A mí ya me llegaba con ser el burro más díscolo de la familia salesiana. Convivencias ¿de qué?. Y, en cambio, había detalles interesantes en todo aquello. Nos congregábamos en una localidad preciosa a treinta kilómetros de casa. Pasaríamos la noche todos juntos. Iba Quico. La cantidad de sinverguenzas de las tres clases de Tercero era tan ingente que en modo alguno me sentiría en minoría en cuestiones de Fe. Es más, estaba seguro que allí salvo unos pocos (el Guerrita y el profe de Religión) a ninguno nos importaba un carajo reflexionar sobre la condición humana y la espiritualidad. Prometo que jamás me reí tanto como durante aquella interminable noche. Y miren que junto a Luis he pasado las jornadas más divertidas del bachillerato. Pero es que eran tantos detalles gilipollescos los que nos había programado el inefable Mauri... O don Mauricio, claro. Que aunque el curita fuese joven, luciese barba progre y bailase con primor la lambada cristiana en las excursiones a los Madriles merecía un poco de respeto. Pena que careciera del carisma de Aleister Crowley. Aunque sólo fuera por una noche...
Todo me resultaba sumamente desternillante. Los de esa religión estaban mal del campanario, eso lo sabía muy bien. Pero fuera de horas de colegio y disfrazado de convivencias superaban cualquier expectativa. Los corrillos en plan reunión de alcohólicos anónimos, las lecturas subrayadas de la Biblia... Y el loco por el baloncesto con cara circunspecta abriéndose al grupo con lo mucho que Cristo le había ayudado a la hora de encestar canastas... Vamos, no me jodan... Al único que le creíamos de veras tamaña sarta de sandeces era al Guerrita, más feo que Picio, pero siempre voluntario a llevar la Cruz de plexiglás. Sacristán preferente de todos los contubernios místicos. Bordaba los happenings. Vaciando un saquito de arena a sus espaldas que simbolizaba no se qué impurezas del Demonio. Llevando las cassettes. Cantando más alto, más bravo, más ufano. Como los niños mártires antíguos. Sintiendo a Dios a altas horas de la madrugada, cuando ya el resto del grupo estaban soñando con los angelitos (de Charlie). El gran Guerrita... Qué crescendos, qué paroxismo. ¡Si sus sugestiones eran tan fuertes como para hacernos ver que acababa de entrar por la puerta Jesusito de mi vida a los sones de Lloyd Weber!. Cualquiera no diría que terminaría ejerciendo el sacerdocio. Y no fue así. Que el sacerdocio implica mucho sacrificio y él con los años se fue abandonando en saunas y báteres de mal ambiente. Por no decir que le gustaban por igual las ostras y los mejillones (sepan que en una ocasión nos encontramos en el ascensor de casa. Iba a putas). Si no salió cura, acabó lider de secta. Fijo.
A fuerza de chupar planos, el cruzado se volvió fuente de mis chanzas. Y cuando quería ver algo bonito desviaba la mirada y allí me encontraba a Quico por el que suspiraba cada cuarto de hora. Mi obsesión. Recuperando lo platónico, ya que con Pedro la magia se había perdido.
Finalmente nos fuimos todos al salón, donde las literas. Allí nos acostamos los veintitantos pringados. Mi vecino de cama fue Eulogio, que siempre se lo pasaba bomba conmigo. Me apetecía hacer el ganso en esos momentos últimos, que debían ser los del urbi et orbi. Y el primer chiste nos lo cedió involuntariamente el propio curita dedicándonos un strip tease de lo más bizarro antes de meterse en su catre. El espectáculo de verle quedar en slip atigrado fue una escena alucinógena, sólo repetible en ciertos Tarzanes turcos y que únicamente los paladares menos refinados supimos evaluar en su justa medida: Luis y yo (los maliciosos) y también Eulogio (que ya de aquella empezaba a desarrollar una homofilia de lo más interesante, dada su condición de jevito).
Entre la payasada y la erección transcurrieron las primeras horas de la velada. Desconcentraban el sueño de don Mauricio runruneos, risitas, pedos furtivos, más risitas por ello, y de pronto, linternitas encendidas sobre cuya luz se congregaban dos o tres mozos con sus movidas respectivas (¿numerines rape a la Cadinot?). Luis se levantaba de vez en cuando. Le había pedido que echase un vistazo por la litera de Quico. Que me contase cómo era su pijama. Si acaso no lo llevaba. Mi correveidile podía acceder a su territorio pues compartían aula. Pronto me trajo noticias frescas. "Le está bajando fulanito el pantalón del pijama". "Van a fumar". "Se ha quedado en slip, está sentado y tiene un bultazo...". Cosas con las que te saltan las lágrimas.
Prefería no pensar más en ello. Eulogio me daba la vara desde abajo. Me había comprado una barra de pan y una lata de sardinas en el pueblo por la tarde asi que me animaba a que le invitase a un jurelo. Por la mañana amanecí mojado. No es que me mease ni me corriese. Pero algo de todo eso parecía. El aceite de la lata se había vertido por las sábanas, traspasando el colchón. Las risas escandalosas de Eulogio alertaron a todo el mundo de mi situación con el canto del gallo. Creo que fue a parar el pringoso hecho a oídos de don Mauricio, con aspecto de sufrir una terrible jaqueca y que ya se había cambiado de muda, repitiendo selva interior (leopardesca, para ser precisos). Sinceramente, lo encontré propio de un safari de almas. No me dijo nada porque era obvio que tenía más que callar.
Era tiempo de cerrar terapia. De sacar conclusiones y valorar la experiencia en una última reunión. Fue la única vez que abrí la boca en público. La primera palabra que se me pasó por la mente era penetración. Soltarla de sopetón resultaba algo fuerte asi que, al tocarme el turno, exclamé: "Ha sido una experiencia inolvidable, tanto para mí como creo que para todos. Poder compenetrarnos durante unas horas nos ha venido muy bien". Más de lo que hubiera querido declarar en público. Me salió con una putería tal (lo de com-penetración) que toda la sala, salvo Mauricio y Guerra y alguno que seguía roque, respondió con una sonora carcajada. Y es que clavé todas las sílabas, inflexiones de voz y miraditas gachas. No me hubiera superado ninguna sicalíptica del Arnau. Don Mauricio, con cara de asco, mandó callar, alegando que le levantábamos dolor de cabeza. Minutos después y al toque de maitines daba por clausurado el desastre bíblico.

Ese Cine S
Cuando se nos pasó la venada de menear el esqueleto en la macro discoteca de pueblo, Javier y yo pasamos muchas tardes dominicales en el cine golfo de la capital. El Novocine, que en paz descanse, como descansen todos los cines de mi niñez y adolescencia, hoy escandalosamente cerrados. No sé si el taquillero hacía la vista gorda o es que acaso se notaba bien que nos quedaban un par de pajas para la mayoría de edad, el caso es que nunca tuve problemas para asistir a las S (no saunas, sino a las películas eróticas de principios de los ochenta). También es verdad que en el 87 este tipo de cine había quedado muy obsoleto. ¿Quién daba un duro por verle las domingas en un cine de barrio a la Estrada pudiendo disfrutar en el dormitorio de casa con un video de Serena?. Dense cuenta de que el boom de la pornografía, de lo X ya había empezado en las capitales importantes en el 83 u 84, desplazando a este otro, y creándose para la exhibición salas específicas, mini cines normalmente, sin publicidad exterior y con instalaciones acondicionadas.
El Novocine, pues, se nutria de material vintage bien reconfortante para retardados de lo masturbatorio. Los que bajaban de la montaña, se metían en aquella cueva de los salidos y al salir sentían ya nostalgia de sus Milanas bonitas. Nosotros íbamos de otro rollo. La percepción camp y tal. Nunca me habían llamado la atención estas tonterias soft, si bien he de reconocer que el material cartelero y los fotogramas anunciadores con los típicos puntos negros en los pezones y coño de las tipas me hacían mucha gracia. La cuestión es que si empecé a frecuentar el local es porque Javier me había asegurado que no te pedían el carnet en la puerta. El resto eran más risas. Si. Siempre risas. Porque este cine era la mar de cachondo. Y visto en ese ambiente dominguero, con esa peña de pueblo, bruta como un arado, con boina de años y que mantenían el transistor encendido para no perderse ningún penalty de la liga... o las parejitas de novios de manos inquietas y Rexona que no te abandona, ganaba el doble. Aquellos comentarios zafio-surrealistas de alguno que iba en grupete de amigos (¡Ahí va el Madrí!), los dialogos demenciales de los sexybodrios, los pelucones de las seudo actrices y las patillas de los seudo actores, los vestuarios, los maquillajes, los decorados y el mobiliario, las musiquitas y los gemidos...Y esa bendita tradición del simulacro sexual, que para evitar la filmación de erecciones, y mucho menos las penetraciones, obligaban al maromo a ponerse encima de la zorrilda, tapando a la destapada, con lo cual se veía más carne masculina que femenina (básicamente el culo del supuesto semental moviéndose al compás de un turbador ejercicio de glúteos) lo que halagaba mi pasión por esa parte anatómica del varón y a la que tantas pajas me encadenó siempre, mientras al resto de la concurrencia macha, que tragaba de perspectivas, le iba introduciendo en su subconsciente un montón de latencias homo, inconfesables, pero que bien que aproveché yo en mis experiencias baterescas de los noventa. De hecho el espectador hetero se solía empalmar por la cachonda mientras, sublimándolo todo, un trasero peludo insistía en ocupar minutos de metraje en plano general.
El precio del aborto, La caliente niña Julieta, Una loca extravagancia sexy, Al sur del Edén... Raquel Evans, Lynn Enderson, Antonio Mayans, las primeras trans, las obligadas escenas lésbicas que provocaban por una parte escasos pero insistentes murmullos de desaprovación y, por otra parte, silencio ante la revelación de un secreto de mujer que por la falta de tacto y chabacaneria global del producto no hacía más que alentar el machismo del espectador medio. El poco respeto por la homosexualidad, fuese del género que fuese, se notaba más claramente en el tratamiento de lo gay. Tópicos, lugares comunes, estereotipos. Pero cuán preferible eso al recurso sonrojante de lo fisno, que también lo hubo, por alguna perpignanesca razón.
Fueron horas curiosas de cine en butaca, antes de la entrada de las salas X donde tantas veces luego permanecí de pie, detrás de los cortinones de terciopelo tupido de lefas, a la espera de una invitación del legionario de permiso a sentarme a su lado. O por no mentar ya la falsa intimidad de las sex shops que merecerían un capítulo aparte si estas memorias no acabasen en el año 88.
El Novocine también proyectaba del Esteso y el Pajares. Y del Terence Hill y el Bud Spencer. Pero mi amigo y yo sabíamos elegir. Y caía de cajón que para emborracharnos de kitsch eran mejores las de la Fenech, el D'amato y Tinto Brass. Como preferíamos las de Iquino a las de Jess Franco (soporífera la tarde de Macumba sexual, y eso que éramos bien fans de Ajita).
Cuando la sala anunció su cierre temporal, en aras de un reciclaje desesperado a finales de los ochenta, entonces nos presentamos en el ambigú con fines bien honestos. Queríamos comprarle los carteles y locandinas que almacenaba el endeudado propietario en un cuarto. Estaba ansioso de deshacerse de toda aquella ingente pila de papeles y cartones que calificamos de tesoro y, como hormiguitas acaparadoras que ya éramos, nos la fuimos llevando. Posters con la Cantudo y Agata Lys, con la Muñoz y Eva Lyberten... Carnes apaleadas y carnes entre rejas. El reparto fue equitativo. Javier empapeló la buhardilla con unos cuantos. Por mi parte, inauguraba una enorme carpeta que dediqué a las reinas del destape/soft core nacional. Habíamos dejado atrás la adolescencia pero éramos conscientes de que ese infracine contaba en nuestros fértiles años con un importante capítulo. Homenaje algo cutre al loco erotismo de la transición, esfumado con las obviedades del mete y saca a base de agotadores primeros planos.


continuará el mes que viene

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