12 mayo 2010

Aquellos juncos salvajes (7)


Capítulo quincuagésimo cuarto


Deberes paternos
Nos encontrábamos padre y yo en el despacho del señor director. Llegábamos en los días decisivos. Ahora o nunca para pedir una última oportunidad. Terminaba el mes de agosto y todos sabíamos lo imposible que era salvar un curso con tanto lote de suspensos acumulados. Mendigábamos la posibilidad de repetir tercero. Agaché la cabeza durante toda la entrevista. Que fue tensa. Que casi fue un monólogo de padre. Rey de la elocuencia, charlatán de mercadillo con demasiada honestidad como para vender un fiasco. Yo era el fiasco, con rostro descompuesto, inapetente, sin fuerzas para corroborar unas falsas promesas. El curita mandamás escuchaba. Y a cada final de frase sólo se oía el silencio, el más redicho, el que pone las cosas en su sitio y llena de tensión el ambiente. Pero había que hablar. Y bien que habló. El colegio no podía sustentar a tipos como yo. Ya había repetido un curso. ¿Qué más quería?. Salesianos sólo necesita a los mejores. De Salesianos iban a salir pronto eminencias de la hostia. No tenían cabida los vagos. Un montón de futuros científicos venían pisándome los talones. Necesitaban los docentes mi pupitre de carrañas pegadas para dárselo al Einstein del siglo XXI, aquel niño más joven, posiblemente de familia más humilde. No lo sé. Mi derrotismo no lo ocultaba la mirada. Porque miraba. Al director cuando ponía sus implacables peros. El discurso de padre quedó pronto anulado ante la pasmosa evidencia de mis calificaciones anuales. De una carpeta sacó el historial. Con lo cual padre se limitó a reiterar lo ya suplicado. Entonces mis ojos vidriosos volvieron a concentrarse en el piso del despacho. Quería morirme. Salir de allí, aunque fuese volando de un hostiazo por la ventana. Hasta me temía que pudiera sacar de algún cajón un fajo de fotos comprometedoras hacia mi personita. Momentazos tan destacables como fueron mis olidas de culos en el kiosco del cole, la pegada de la sagrada Forma en la horrenda columna del patio, las alevosas pruebas de slips de otros compañeros en el gimnasio a la hora de Educación Física o mis eyaculaciones por encima del pantalón sobre algun gordito de la EGB en los recreativos. ¡Lo que podía haber sido aquella documentación puesta sobre la mesa o proyectada en un tomavistas con la frialdad supererecta que caracteriza a la ralea vaticana! (O sea, bien enfocadita toda y ordenada por parafilias).
Lo cierto es que fueron interminables aquellos quince minutos. Nones y más nones. Pero de manera milagrosa el director cedió. Lo hizo después de satisfacer -la sonrisita de hiena fue la clave- su morboso interés por la humillación del padre del alumno. Antaño don Alfonso hubiera convencido a cualquiera con un par de garrotazos bien dados ( uno a mí y otro al perverso curita). No era el caso. Los tiempos eran otros. El declive del heroe cansado. Pero que aún sacó su último aliento para reprenderme con virulencia en la calle. Me había hecho el último gran favor de mi vida. Sacándome las castañas del fuego sin darse cuenta que como castañero Maciste era un verdadero pirómano. ¿O habría que decir una castaña de las podridas?.

Los amigos creativos
Reemprendimos las folladas con prontitud. Pedro estaba hecho un toro. Me traía una nueva postura. Era original. Diría más: era esperpéntica pero que, tal vez, tomada desde una grúa en el techo de mi habitación, hubiera producido un calidoscopio visual digno de un Busby Berkeley metido a doctor Freud. Creo que Pedro la denominó "la postura del cangrejo". Consistía en una penetración anal en la que yo miraba al norte y el miraba al sur. Mal explicado, pero así era. Si no dolorosa, la sensación de su pene girando dentro de mí hasta que alcanzaba el cuerpo del activo una desviación de 180 grados era bien molesta. Y echar un vistazo a mi amante al haberla conseguido cuanto menos que indecorosa. Con decirles que sólo oteaba su culo rozando al mío. Tonterías más grandes se dan entre canes cuando quedan pegados durante el acto. Aunque repito que, vista desde el techo, cualquier Busby de las geometrias artísticas con una buena partitura hubiera llenado rollos de película titulada Sarasas 1935.
Más ajetreos me daban los otros amigos. De hecho, mi relación camera con Pedro buscaba en todo momento lo relajante. Cuando me reencontré con Carlos y Javier las ideas bullían en el ambiente. Había que currarlas. Surgió una cámara en super ocho providencial con la que empezamos a hacer nuestros primeros experimentos cinemáticos. Mi aportación a las sesiones de rodaje eran siempre coloristas y divertidas. Parimos unos cuantos spots teniendo en mente al Almodovar básico, ese que siempre insertaba en sus filmes anuncios televisivos que rompían la narrativa ya de por sí bastante inconexa de sus historias. Como ya he dicho en otro capítulo, atravesaba mi etapa más transformer así que no me costó gran cosa dejar mi torso al aire y ponerme pestañas postizas y prolongaciones capilares (Javier era un manitas para los engarces de orquillas) para vender (a nadie) cosmética de la señorita Pepis. Salieron unas cuantas porquerías divinas. Y yo un poco Divine, un poco Patty Diphusa. Me asombró en los videados mi increible fotogenia, como de bellísima star del celuloide americano. Los demás me bajaron de la nube ("tu belleza se debe sólo a la bombilla del retrete"), pero no les hice mucho caso dadas sus inclinaciones radicalmente opuestas a las mías. A fin de cuentas, al narciso el que me mejor lo valora siempre es él mismo.
Las ambiciones de Carlos, comprobados los resultados de estos y otros pequeños happenings de ático y toilette, se dispararon con el proyecto de un cortometraje en toda regla. Parimos el guión en una tarde y fue fabuloso. Un seudo Bond de contenido gore extremo. Gubern lo hubiera definido como de apología de la crueldad artaudiana con ramalazos de fumetti. Supervillanos viciosos, travestíes del arrabal y jevis con pinta de pajilleros del motor. Dada la cantidad de personajes, necesitamos material humano para desempeñar los diferentes papeles. Pronto fueron apareciendo en la buhardilla de Javier todos los que necesitábamos. Recuerdo con especial gozo las pruebas de vestuario. Por descontado, me autoencomendé un rol de supervillana en la línea Pussy Galore, compañera del malísimo que era Carlos, el cual parecía haberse mirado en el espejo del Dirk Bogarde de Modesty Blaise con implantes macabros del Patrick O' Neal de Chamber of horrors (gancho incluido).
Según se rodaba iban aportándose intuiciones. Las mías fluctuaban siempre bajo el tamiz filo gay sangriento. El único macho alpha que pululaba por el esperpéntico decorado era Eulogio, y lo era gracias a una providencial camiseta y, sobre todo, a unos vaqueros ceñidísimos y completamente sobados por la zona de la bragueta (su blancura desteñida acentuaba hasta el paroxismo la atención de todo el equipo no bien el foco se concentraba en su figura. Aquello a ratos era peor que el Teorema de Pasolini), lo que nos obligó, por lógica, a improvisar entre él y yo una escenita algo subida de tono. Ni que decir tiene que mis errores contínuos los hacía adrede para así vernos en la obligación de repetir las tomas, prolongando por lo mismo mis sobeteos con el jevi de la clase. Esta escena y otra con Eulogio fueron las más divertidas del bodrio. Me refiero a la de mi terrible muerte. El machito me tiraba por el hueco de la escalera quedándose con mi peluca de pelo de rata en la mano. Justo en aquel instante decidimos que el corto debería titularse ¿Donde coño ha caído prima Pussy? (menuda redundancia), tan grandguiñolesco había quedado el asunto.
Fantásticos días aquellos. Orgías multicolor. Sin perder nunca la inocencia de los pocos años. Preparamos pronto el estreno. Ya estaban todos los posibles invitados en la ciudad, de vuelta de la vacaciones. Y no fallaron. El acontecimiento, de nuevo, se celebró en la buhardilla. Allí se concentraron unas cuantas chicas, amigas de la hermana de Carlos. También vinieron chavales del cole con los que apenas había intercambiado un saludo en toda mi vida.
Mi aparición fue la bomba. Lo mejor de aquella, en el fondo, convencional, acinada soireé rebosante de onanistas deseosos de pillar cacho y de maryperfectas algo desubicadas. Travestido en Pussy Pérez me hice en seguida la reina de la función. Ellas me rodearon en círculo y no me dejaron un momento tan pronto empecé a hablar. Mi conversación era tan extremadamente delirante que fue fácil dejarlas sometidas a un rápido encantamiento. Esto favoreció que los más gilipollas de la reunión me cogiesen algo de tirria. E incluso hubo uno muy descarado que dándome una palmada en el hombro me espetó: Cojonudo, no hay como hacerse el maricón para quedarse con los pibones. Lo cual me pareció el colmo de la miopia. Pues ni me estaba haciendo aquella cosa tan cochina ni las chicas eran unas fáciles. ¿O tal vez sí?. Es probable que yo no me diese cuenta que entre el corrillo de groupies había una más suelta que las demás. Se llamaba Begoña y en su descaro me sentí profundamente violento cuando me acompañó concluida la fiesta hasta el piso de Javier. Me estaba cambiando de ropa. Ella no dejaba de darme la vara con su palique y sin respetar la línea de vestuarios. Se las sabía todas. Una descarada. La típica zagala de barrio sin miedo al amor. En el momento que me quedé en pelota picada pegó un gritito para luego corroborar que yo no era una superchica, sino un maromito. Y bastante atractivo, según me declaró. Pude habérselo agradecido bien en ese instante que me preguntaba cual era el feo motivo que me arrastró a vestirme de mujer, arrojándola contra la cama de mi amigo y calzándomela a lo salvaje. Pero la puerta estaba abierta, la casa no era mía y llegaban ya el resto de invitados haciendo planes para lo que restaba de noche. Asi pues, le sonreí, le dí un mínimo ósculo y me terminé de vestir de Maciste, para variar.
Las horas siguientes tuvieron algo de inédito en mi vida. Begoña era una lapa de la que no me podía despegar allá donde íbamos, que era de bar en bar. Carlos y compañía también se tornaron cautos retirándose ante nuestra actitud calentorra. Y vive dios que Begoña lo era mucho. Apretando sus nalgas contra mi entrepierna, buscando mi sexo con sus manos en medio del barullo de noctámbulos, procurando que las mías no se despegasen de sus senos ni para beber un trago de birra. El alcohol finalmente me puso actor y pisé el acelerador de mis impulsos más antinaturales. Le eché mucho teatro ya que no recuerdo haber tenido erección alguna con la joven predadora. Al verla tan lúbrica me vino a la cabeza una experiencia similar con aquella niña de mi infancia en la peluqueria donde iba a peinarse mamá. En cualquier caso, un lavado de imagen no me venía mal, tan en entredicho empezaba a estar mi virilidad. Y mis numeritos por las calles céntricas, ahora desiertas, mientras Carlos y compañía no daban crédito ante tanta comida de boca y sobeteos locos, me reportaron una fama de picha brava que, también es verdad, acabó durando lo que suelen durar las malas cogorzas.

continuará mañana

No hay comentarios: