11 mayo 2010

Aquellos juncos salvajes (7)


Capítulo quincuagésimo tercero


Festejando otro fracaso
Abundantes suspensos en la evaluación final me dejaban con el culo al aire otro año. Me esperaba el ritual de rigor en casa, las falsas promesas de remontar para septiembre, el momentaneo mal rollo mental de que el verano se había chafado por completo. Severas advertencias, duras amonestaciones, sentirme como guiñapo.. Nada que el transcurrir de las horas del agobiante, tormentoso mes de junio solventase con el ritual no menos fatídico de las fiestas del Corpus. Pude haberme quedado voluntariamente castigado en casa, pero no fue así. La condición paterna era que cuando acabasen los alaridos de los jipis regresase a casa. Fácil cumplirlo.
Guardo encantador recuerdo de dos actuaciones maravillosas. La primera de Los Ronaldos, grupo que no era para tirar cohetes ni bengalas pero con cuyo lider anduve encoñado durante esa temporada y las siguientes. Tampoco Coque Malla era un sex symbol de los de caerse de espaldas. No era ni Santi Auserón ni el primer Rafa Martinez, bellezas clásicas. Pero era simpática su carita, carnoso su cuerpo, agradablemente desagradable su manera de graznar. Había algo de la maravilla del pilluelo, del golfillo de barrio. Podía sonrojarse, adoptar una expresión de chico tímido para acto seguido mostrar una arrogancia, una insolencia en el escenario parecida a la provocación de un pajillero adolescente. Sea como fuere, Coque Malla no necesitaba demasiados discursos para convencer. No había más que verlo subido a un escenario. Superados ciertos jodidos escollos (los típicos Cantad conmigo u Os quiero, sois los mejores) deslumbraba por su espontaneidad y desenvoltura. La tropa de fans femeninas que se agolpaban en las primeras filas certificaba que mi apreciación era más común de lo que yo hubiera deseado. Pena que más allá de un par de hits me aburriese su repertorio. Me limitaba a embelesarme con su nariz, su absurdo peinado, sus goteantes sobacos. Imaginaba sus grandes pelotas chorreando dentro de boxers negros, su bragueta olorosa a más no poder. Dada mi experiencia bárbara debí suponer que sabía de hombres más que Mesalina y Madame Arthur juntas, asi que deduje que un tipo de chico como aquél sólo podía tener un monumento entre las piernas. Y con esto ya tenía el disco comprado. Al terminar el concierto, se me ocurrió la peregrina idea de acudir a su roulotte con el fin de que me firmase un autógrafo. Creía llegar a tiempo pero era demasiado tarde. La caravana se alejaba pitando. Aunque me hubiera puesto a sprintar detrás hubiera sido imposible siquiera contaminarme con el humo del tubo de escape pues docenas de chavalas me impedían cualquier acceso ni visión. Me sentí de repente ridículo. Mis pasiones quedaban más elegantes de otra forma. Y eso me jodía en el alma. Como groupie de Coque no tendría precio. Sólo que el entorno era tan bobalicón (tanto como mis instintos más o menos reprimidos) que de nuevo la razón se impuso con todas sus trabas y ssu jodidas evidencias.
El segundo concierto bomba del año fue el de Aerolíneas Federales. Sin desear a ninguno del grupo me lo pasé el triple de bien. Javier y yo los seguíamos desde que empezaron y a esas alturas, con dos discos en el mercado, daban la sensación de ser una vía alternativa del pop gallego más conocido fuera de aqui, casi siempre dominado por el mal gusto tanto musical como de unas letras dignas para ser berreadas por un mostrenco de romería.
Aerolíneas fue el primer grupo con chicas llevando la voz cantante. Y eso era ya tentador. Además, se percibía un lolitismo muy apto para vindicar determinadas esencias del ye ye de toda la vida. Claro que hubo mucho humor grueso, hasta ramplón, obvio al ser un invento Siniestro. Pero Coral y Rosa le daban un puntito muy especial. Juan de Pablos solía pinchar Vacaciones. Eso era patente de corso. Esa noche presentaban su segundo trabajo, que tenía más canciones y muy malas críticas. No entendíamos el por qué, pues según nuestras entendederas el disco era estupendo, ultrapop, descacharrante. No paramos de saltarlo, de corearlo a grito pelado. Nos las sabíamos todas. El No quiero sufrir, el Látigo negro (llevé un látigo de verdad al campo de fútbol, el mismo que me había agenciado en Segovia de ocultis durante la pasada excursión a Madrid, para sacarlo cuando llegase esa ocasión), el Hop hop y el Alegra la cara. Los de alrededor nos dejaron mucho espacio para nuestros particulares happenings cabriolísticos. Discothequeros al aire libre. Y si algún cachorro del Bloque nos censuraba con nuestra pluma consciente y exacervada, raudos le respondíamos, con miradas conmiserativas, aquello del Qué pena me dás.
Al cabo de unos días ya estaba en la Coruña. La holganza sin por favores. Lejos de pandilla, de amigos privados y de amigos secretos. La más autónoma.

Hit Wave
Playa y lecturas. Discos y sensaciones de ausencia. Morriña por el chico que quedó. No hubo verano más completo que el de 1987. Con tiempo para ir al rastro, donde fueron apareciendo los primeros Extended plays de mi vida (Los Cinco Latinos, Jose Guardiola, Gelu, Lita, rarezas con buena pinta...). Y algun Lp en impecable estado con twists de la casa Vogue en su serie Pingouin. Es decir, puro Salut les copains año 62, cuando empezaba Dutronc con su grupo y se asentaban los Eddy Mitchelles de turno. Paso por las tiendas de discos. Dos adquisiciones únicas de material florapasionado: La Varieté de Weekend y Swimming with sharks de Inga y Anete Humpe. Pop ligerito, de voces angélicas... Joyas que deberían esperar al regreso de vacaciones para ser saboreadas en el equipo de música de la casa de invierno.
La lectura del verano fue deliciosa. La historia del pop español de Jesús Ordovás. Entré en otra dimensión con su capítulo dedicado a las chicas pop de los sesenta (en realidad era una selección de textos FANS/Fonoramistas pero muy bien cogidos para la ocasión). Aluciné con el flamenco pop y me puse como loco a tomar apuntes en lo que consideraba el fuerte de su autor: las quisicosas de la movida. El repaso de los hechos musicales y sociales año por año desde la pre transición hasta el 86 terminé aprendiéndomelo de memoria aquel verano. No creo exagerar. Si yo hubiera sido asesor del ministerio de lo docente en vez de sufrido zángano de los pupitres lo hubiera acabado imponiendo como materia indispensable en sustitución de los habituales de Historia. Sobre todo porque era el único que no acababa con la muerte de Franco. Es más, todo empezaba de veras a partir de entonces. Y con tantos datos asimilados para el nuevo curso me encontraba bien capacitado para deslumbrar a mi nuevo amigo Jorgito, también oyente de Radio 3 cuando el Diario Pop daba tanto jugo entre los happy few.
Este libro de bolsillo, que hoy en día puede parecer cutre por lo algo imperfecto e incompleto, sigue siendo un referente para lo que luego vendría: las guías de la música pop española, tan prestas a las infinitas ediciones, ampliadas y corregidas. Fue un manual precioso a mis dieciseis años. Y Ordovás mi particular Nick Cohn.
Asi, entre texto y baños de mar (siempre que los putos nublados nos lo permitiesen) transcurría la semana. Los viernes por la noche aparecía padre, con un aspecto cansado y expresión crispada por que a lo mejor no había vendido más que tres retales. El negocio estaba muerto, sin duda. Confesaba sentir nostalgia por sus años de viajante, donde sacaba unas cifras del copón. Luchador siempre nómada, ahora, tras la debacle financiera, se había apoltronado malgre lui y eso le hundía en un estado melancólico. Me trajo entonces un enorme sobre que le había dejado el cartero. Dos enormes posters de sendas películas de culto (al menos lo fueron en los ochenta) que solicitara por giro postal a Barcelona antes de irme. Los carteles pertenecían al Choose me de Alan Rudolph y al Querelle de Fassbinder. Ninguna de las dos la había aún visto. Pronto tendría la oportunidad de hacerlo. En el cambio de estación. Nadie diría que la nueva temporada traería tantos cambios a mi vida. A la de mis padres. Se acercaban terribles nubarrones. Mientras no llegaron seguía rogando al metereólogo que el sol brillara mejor que nunca a la mañana siguiente. En verano es lo único que uno puede pedir porque el resto se dá por natural. Incluso las actitudes seudo románticas del adolescente solitario. Que casi siempre son las más masoquistas del ser humano. Entonces añoraba a Pedro. Lo hacía mirando al mar, como el bolero de Sepúlveda. Esperaba a que cayese la noche para pintar a orillas del Orzán mi propio paisaje de rocas, olas y espuma, de olores y testuras. Vientos del Norte. Tenían el poder catártico de emocionarme y de ponerme, como un Byron del tres cuarto, el pelo vol-au-vent. De sentirme tonto enamorado. Pasaban los minutos entre el apampanamiento y lo conmovible de las pequeñas grandes cosas. Luego me alejaba, camino a casa, tarareando Las dos caras del mar de Gabinete. Cada vez más colgado, pero nunca inerte. Antes bien con la firme voluntad de llamarle ya, desde cualquier cabina, tan sólo para escuchar su voz y decirle cuanto se echan de menos a algunos tunantes.

continuará mañana

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