10 mayo 2010

Aquellos juncos salvajes (7)


Capítulo quincuagésimo segundo


Sanctuary
Colocaba postalitas en mi repisa de mitos. Antes eran los Airgam, ahora los astros de la pantalla grande y la canción. Llegaron luego Godzillas de goma y miniatura, Barbies serie Z encontradas en bazares ramplones, primeros todo a cien que consiguieron muchas veces ponerme a mil. Pero al principio fueron las postalillas. Las que por una pequeña corriente de aire podían parar sabe dios donde. El Cruise de Legend y el Banderas de la taurina, Audrey y la pequeña Lio, la santísima Trinidad Monty-Brando-Dean... Todo muy meditado. Con mucho cuidado de no caer en un detalle impropio que me pusiera en entredicho delante de mis fieles. Iconostasio que fue creciendo hasta devorar mi entorno doméstico. Esto sucedió cuando todos y todas pasaron a empapelar paredes. Desbordado estaba ya con el cambio de década con tantas miradas insolentes, procaces, amorosas, asustadizas, serenas o idas... No cabía ya ningun alfiler, mi universo cuajado de estrellas. Mi habitación fue el séptimo cielo. Ahora que aún perviven, incorporados hallazgos noventeros muy escasos, me hacen sonreir pues tan sólo son una mínima parte de los rostros que he ido amando durante cuarenta años de existencia. Pero cuando los empezaba a coleccionar me parecían el no va más, el who is who de mi religión mitomaníaca.
Ninguna de las postales ha quedado desfasada. No sé si esto es debido a mi afán de reciclaje, mi instinto de captación o mi capacidad de adorar hasta el agotamiento. Todos formaron parte de mi adolescencia, me hicieron lo que soy. Y cuando las cuatro paredes no dieron más de si comencé el proceso más laborioso de todos: las carpetas. Docenas de ellas engordaron con mi incansable gula. Hoy en dia bien podrían ocupar una caja fuerte como hacen los coleccionistas profesionales. En mi caso, el sistema sigue siendo muy rudimentario. Y cuanto más tiempo pasa, más pereza me da enfrentarme al marasmo de papelería guardada, más perdido me hallaría de querer recordar donde se halla esto o lo otro. Sospecho que la sorpresa (como vivir de nuevo una primera vez) estaría garantizada.

La tonteria con Lambert
Me enamoré de Christopher Lambert una tarde de soledades en cine oscuro. Fue en un Ferreri que se llamaba I love you. Un silbidito y se ponía en marcha el curioso discurso del director sobre los roles de los sexos en la sociedad occidental. ¿De eso iba la autorada?. Lambert hacía de un empleado que encontraba un llavero provisto de un rostro de mujer y que respondía Te quiero cada vez que silbaba. Algún día repasaré esta película perdida en la noche de los tiempos aquellos y quizá comprenda porqué me enamoró ese actor franco-americano como lo hizo. El encanto de los bizcos debió ser. Cosa rara porque bizca fue siempre Virginia Mayo y cuando era princesita de la aventura jamás reparé en ella por encima de los heroes que la salvaron, llamáranse Burt Lancaster, George Nader o Joel McCrea.
Tras la pista del bizco de oro me lo volví a encontrar en una de Tarzan que quería ser fiel a Burroughs, cuando a Burroughs quien le fue más fiel fue el señor Herman Brix en los años treinta, al convertirse en el hombre mono favorito del propio autor. Pero Greystoke ya me parecía una concesión al gran público. Prefería a Lambert en el cine francés porque me podía apoyar en más coartadas para prorrogar mi status de la tontería, mi buena conciencia, mi compromiso con lo europeo. Pero el cine europeo (y sobre todo, el francés) era casi siempre soporifero, pretencioso y dolorosamente artificial, muertos los grandes maestros. Subway fue el máximo ejemplo de todo lo anterior. Su estética de videoclip posmoderno alcanzó hasta el propio tocado del galán, más propio de un afterpunk que se pirra por los Talking Heads que de un guapazo que aspire a protagonizar un Blade Runner 2. Nada raro viniendo todo del inefable Luc Besson que una vez más perdía la oportunidad de proporcionarnos algo bueno habiendo partido de una premisa interesantísima: la disección audiovisual del submundo del metro parisino. Al menos, Lambert compitió en belleza con la sin igual Adjani quedando el espectáculo de cuerpos cuanto menos vistoso.
El mito Lambert quedó consolidado en mi habitación con su encarnación para Cimino de Salvatore Giuliano (a pesar de todo, sólo un francés - ¡y se apellida Depardieu!- consiguió hacer creible un papel de italiano). A esas alturas le perdoné sus nefastas inmortalidades, su aséptica sotana (prenda que jamás he considerado erótica en nadie) en Matar a un cura y, desde luego, esa idiotez romántica llamada Love dream, que aprovechaba descaradamente su reciente matrimonio con la guapa pero insustancial Diane Lane en un filme que ni sus fans más fanáticos recordarán ya. Yo sí. Perfectamente. Fuí a verla con Luis y ambos suspiramos en sus primeros planos para acto seguido soltar risitas malévolas en los contraplanos que pertenecían por entero a Diane. Sin palabras, sólo con aquellos gestos infantiles nos comunicamos el hallazgo de las diferencias fotogénicas que separaban a los cónyuges. El era magnético, ella simplemente una muñeca de plástico.

Los demonios de Lynch no serán los míos
El 87 fue el año de Terciopelo azul, posiblemente la peli más subidita de tono que me permitieron ver los implacables taquilleros de un cine. Luis, Angel, Juan y yo acudimos cada cual con sus respectivas expectativas. Ignoro las de Angel y Juan. Creo que la de Luis era por encima de todo la hija de la Bergman. La mía estaba en el mismo título. Me encantaba la melodía teen que popularizara a principios de los sesenta Bobby Vinton. Sabía que sonaría Orbison. Estaba Dennis Hopper, el viejo amigo de James Dean. Era suficiente. Mi idea de un nuevo American Graffiti pasado por el tamiz ochentero del cine con acné fue desmentida a los pocos segundos de proyección, justo cuando aparecía una oreja humana cortada y plagadita de hormigas. Surrealismo semejante sólo podía remitir a las peores pesadillas de Buñuel con Dalí. Determinadas tomas del director buscando el underground de un tecnicoloreado jardin Peyton Place, indagando con precisión de microscopio en los intestinos del american way of life me produjeron un profundo malestar, sólo aliviado por el culo cagaito de miedo de Kyle MacLachlan. Es posible que el personaje de Hopper me alterase. Hoy en cambio no lo hace. Demasiado histérico y sobreactuado lo encuentro. Todo lo contrario del divino Dean Stockwell, fumando a lo Golightly, sosteniendo en su decadencia un micrófono iluminado mientras suena el playback del In dreams inmortal. Cuán breve era la aparición espectral del niño Kim transformado, sin el permiso de Kypling ni de nuestra memoria de niños de Primera sesión los sábados, en un demente. Y Kyle voyeur me recordaba a mí mismo espiando tras los visillos de casa o del glory hole de los primeros báteres. De repente, la inocencia de la high school music se tornó bajos instintos. El meloso Terciopelo azul del bonito de cara, una torch song de fetichismo aterrador. Lynch rasgaba de un tijeretazo los virgos de toda una generación de yanquis felices. Era demasiado brutal, nada pronosticado, para que pudiera asimilarlo con gusto. De hecho pienso que olvidé en seguida el visionado de la película no bien volví a sintonizar Flor de pasión. Sin embargo, en el subconsciente se impregnó algo de la suciedad velvetiana, algo malsano que me acompañó a lo largo de la vida, algo que pertenece a mi sexualidad más recóndita y que me haría identificarme con la Rossellini cuando trataba de huir de su enfermiza soledad reclamando nosequé sólo por llevar el semen del que la folló en el fondo de sus entrañas.

Una mariconadita llamada Maurice
Estaba de moda en el cine inglés el escritor E. M. Forster. Sobre todo gracias a las incursiones en su universo narrativo perpetradas por James Ivory. Maurice llegó en el momento álgido de mi pasión por cierta sensibilidad british. No habría que recordarle al lector del blog mi pasión por el Brideshead televisivo. Maurice lo vino a confirmar. Las adaptaciones de Ivory vendrían a prorrogar esa estética (sino la esencia) dentro de un clasicismo muy amanerado, ya desde una óptica abiertamente gay, si se quiere (algo en lo que Brideshead apenas se daba y, de hacerlo, se optó por un finísimo sentido de la ambiguedad) pero jamás buscando el riesgo (Ivory no era Frears, director del que me enloqueció Abrete de orejas), antes bien el formalismo puro. Con todo, Maurice fue una película amada a mis dieciseis años. Chicos guapos e inteligentes, de ropa limpia, de otras épocas. Amor homosexual, amor idealizado, divinely elegant aunque terminasen todos bajando sedientos a los establos con olor a bosta a por rudos mozuelos proletarios (idilios con sabor a peligro que nunca se sabía si terminarían en happy end o en cuchillada ladina) y que lo complicaban todo al incorporar esposas a su vida. Surgió de pronto Hugh Grant y reapareció ya talludita la estupenda Cordelia Flyte.
Percibo que el tiempo ha puesto a ésta y otras pelis de su director en su justo lugar. Pero incluso entonces capté que Another country era algo mejor y asi se lo hice saber pronto a Luis. Se iba a pasar de madrugada el filme de la Kaniewska y debía prepararse. Ni que decir tiene que a mi amigo la visita a ese otro país le encantó, eligiendo de paso al cicerone de turno, Rupert Everett, como su último ídolo pop, a la diestra de San Morrisey.

continuará mañana

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