12 abril 2010

Televisión de culto

SABATO SERA. Studio uno (1967)

Spettacolo musicale en diez partes. Eso era Sabato sera. A mayor gloria de la Mina Mazzini. Superada la controversia de su agitada vida privada (liada con afamado hombre casado, madre soltera. Controversia sólo entendible partiendo de un pais dominado por la Iglesia católica), de su pequeño boicot a actuar en televisión por lo mismo (que más que boicot fue casi una baja post parto, pues duró poco) volvían las aguas a su cauce y, como haciendo suyo un himno que no cantó (Nessuno mi puó giudicare), mantuvo sus excelencias como comunicadora y excepcional artista durante diez sábados.
Mina tal vez no fue la mejor voz italiana del siglo XX pero sí la más maleable y apasionada de sus últimos cuarenta años. En 1967, fecha de las emisiones de Sabato sera, parecía haber entrado en una fase de autoasumida madurez. Esto no era exactamente así. Aún le quedaba mucho rodaje a sus espaldas. Lo sabemos con la perspectiva que da con el tiempo el conocimiento de la totalidad de su obra. Por eso mismo, sonreimos sin perspicacias ante ciertas actitudes de la diva que se las daba de tener ya un pasado, el cual le hacía subir los colores. Todo dicho con simpatía y ninguna vehemencia (pasado de urlatrice rockanrolera, con sus Tintarellas y Serafinos Campanaros, y hasta con los Renatos tontuelos de sólo cuatro años antes). Sonreimos porque incluso Sabato sera es un pasado tal vez inconfesable ahora que la artista de Cremona acaba de sacar su tropecientos album en olor de multitudes devotas.
El show del 67 no fue un tributo abusivo a esta figura simpar del pop transalpino. Sólo se trató de un vehículo donde Mina se recreó lo justo en sus apartados concretos, para luego dar paso a otros nombres tan o más egregios que ella, llámense Franca Valeri o los sucesivos invitados que recibió con cortesía y profundo respeto.
La Valeri como personaje no tiene precio. En el show aparecía glamourosa, con imposibles pelucones y teléfono pegado a la oreja, objeto laboral que justificaba sus explosivos monólogos disfrazados de conversación. Grande Valeri, Gila de allí en un momento dado, eterna secundaria de la mejor época de la comedia italiana. Luego estaba Lola Falana, un toque exótico, una buena cantante, una bailarina discreta (discretísima si la comparamos con las devastadoras Rita Moreno o Chita Rivera que triunfaban en Broadway) pero con un sex appeal de gata negra, profundamente magnética que lo hacía todo. Lola Falana y sus subidones de jazz hot (algo inferior cuando tocaba el pop ligero, no tanto por ella cuanto por el repertorio en sí) o su divertido acento italiano, no menos desquiciado que el del otro negrito cantarín de las noches sabatinas, Rocky Roberts (la sintonía del programa era su Stasera mi butto). Si de negritos (o negrazos) hablamos no vean lo que era el acompañante habitual de la Falana. Un pedazo de dios de ébano, de infinita altura y esbeltez. No exagero si digo que en muchas ocasiones eclipsó con su perfección técnica y piernas increibles (aunque forradas en pantalones ajustadísimos) a la propia Lola (que no era coja). De hecho, en un par de programas el atleta de lo cool ocupó en exclusiva el escenario principal del Estudio Uno mientras la compañera lo gozaba entre bastidores.
Toques modernos (discoteca improvisada con ragazzi a lo Piper que se contorsionaban con los shakes del Roberts mientras una cámara -que no era la de Lazarov- se ponía a tono con sus zooms y veloces tomas) y toques melódicos para contentar a toda la familia. Pretensiones del director del espectáculo Antonello Falqui. Asi una semana tras otra. Las únicas variaciones las iban poniendo los invitados de cada programa con su personalidad. Saludaban a Mina, charlaban con ella, con cuatro guiños aclaraban- por si entre el público había algún despistado- porqué estaban en la gala y se iban amoldando a los deseos bajo guión de la conductora (y viceversa). Memorable fue el capítulo de Celentano. Repasando en medley su biografía musical, riéndose de su mafia, estremeciéndonos con un último hit (aquél que lo sentenciaba como artista siempre renovándose a si mismo, a la vez que aportando mucho al panorama rock italiano) y, finalmente, bailando como un ganso con la Mina la verbenera La coppia piú bella del mondo (tras cansarse ella de pasacallear con La Banda de Chico Buarque of Holland por el plató pero con más pinta de querer ser Dolly Streisand en el próximo desfile de músicos militares del conservatorio NATO). Como, también, emociona el dueto con la pecosilla Pavone. Duelo de titanas, una chiquitaja y la otra jirafa, pero ambas a la altura del do de pecho. O, para ser prudentes, del gritito rompe vidrios. Se salvan más momentos, los menos localistas, de faranduleros que han trascendido internacionalmente. El prestigio. Y nos asoma una lagrimita cuando el enorme Paolo Stoppa se declara ajeno al medio televisivo, incapaz de saber lo qué hacer y recurriendo como salvavidas, vía telefonata, al signor Visconti que, por supuesto, en esos momentos estaba en palazzo, sentado en un sofá historiado (¿entre arrumacos de Helmut?), escuchando a Beethoven. Es cuando la ironía del sabio teatrero pone en evidencia la vacuidad del invento doméstico más querido por la clase media. Como mojaba pañuelos el infatigable Renato Rascel, que ya en el 67 estaba viejo pero nos sorprendía igual que cuando el follón con el abrigo con una coctelera de fragmentos revisteriles de su propiedad, ninguna estrenada en España. Y lo que desbordó todas mis previsiones fue cuando "lo nuevo" saltó con toda la energía de los veinticinco años. Giancarlo Giannini desde su bisoñez, aunque con el pedigrí de poseer carnet de estudiante de la escuela de Arte dramático de Roma, se lanzaba a la pista y no paraba de dar saltos, hacer prodigios junto al ballet de Don Lurio. Mimo, gesticulación corporal. Abasallante. En el 67 era el futuro. Luego entraba Mina en acción y nos regalaban ambos tres cuadros musicales distintos, posiblemente demasiado breves para cundirnos del todo a los golosos de las cosas irrepetibles. Aunque con el valor de anticiparse en uno de ellos (el del café concert) al Cabaret de Fosse/Minnelli/Grey.
Quedarían luego retazos sueltos, sólo para cafeteros, tonterias de la moda como aquél concurso con dos familias famosas. La Interlenghi-Lualdi (que ya parecían a esas alturas una premonición de la "balsa de aceite" de nuestros Enrique Ponce y Paloma Cuevas) y los Gora-Berti (mi querida Marina, ¿porqué ya estabas tan out, si tu belleza siempre clásica se había tornado tan serena, en una madurez, la tuya, tan sublime?).
En cuanto a la Mina cantante, arropada siempre por los mejores modelos de Folco (de una elegancia justita pues justito fue el concepto "trapos" en la década del mal gusto por antonomasia), por los mejores músicos (la orquesta del programa de Bruno Canfora, que cedió a veces asientos a formaciones clásicas o tradicionalistas donde ella pudo versatilizarse) y con un repertorio bien escogido tanto de temas pop, típicos registros a 45, como de delicatessen de una y no más (temas para corales, música de raices italianas) no defraudó en ningun momento a sus incondicionales. Cantando en varios idiomas, reafirmando su pasión por Brasil (Conversazione era el cierre de los diez capítulos, con ese sabor a saudades de Bahía, nada nuevo en la diva, acuérdense de que cuando sólo era una principianta ya grababa sus buenas bossas), con su genialidad para el tango (no el tangazzo. Escúchenla, pero, mejor, véanla interpretar el Uno de Santos Discépolo), con su desenvoltura con el jazz y el soul norteamericano. Y, por fin, discutan en el hogar y con los suyos por sus ganas de ascender a un repertorio lírico, burgués, con los arreglos ad hoc de cualquier mogolería con acústica de Teatro de la Opera. Con todo, ahí vemos las limitaciones de una cantante popular, heredera del micrófono, de una cierta manera de cantar que impide que la Callas y la Pizzi congenien en el tocadiscos de un salón de exquisito. O piquen al marica de la familia por esa faceta extra frívola donde el show se vuelve loca (sus escarceos videocliperos donde la mujer se transforma en fetiche gay a través de su aceptación de lo drag en ella misma que, de aquella, sólo era tributo a la excentricidad de una década) o sus intentos de ser chica ye yé a una edad y en una fase de cantante adulta como para pensárselo. Tanto una cosa como la otra me recuerdan a la trilogía de especiales para la NBC de la Streisand. Se salva siempre su simpatía, su naturalidad, su ironía nunca ofensiva, sus manierismos jamás chabacanos, esa calidez femenina y esa pasión Morricone. Maestra de ceremonias y ceremonia en si misma. Como una parcelita del cielo in casa.











1 comentario:

Pancho (Né Francisco) Bustamante dijo...

Excelente post, perdé la salú tranquilo que yo me curo retrotrayéndome a mis 12 cuando los domingos de noche y con muchos meses de atraso veía Sabato Sera en mi casa en Montevideo. Un abrazo,