05 abril 2010

Televisión de culto


GIAN BURRASCA
(1964. Lina Wertmüller)


Es gracioso toparse en la actualidad los deuvedés de la Gian Burrasca pavoniana. Uno los colecciona no tanto con actitud de estudioso del mundo televisivo cuanto de devoto fan de la chiquitaja urlatrice. Y de pronto se da de golpe con cosas que adquieren aún mayor valor. La sorpresa es contínua. Descubre a Vamba (escritor para las infancias de principios del Novecento), se fija en que la dirección pertenece ni más ni menos que a Lina Wertmüller y da un respingo cuando lee en los títulos de crédito que la música viene firmada por Nino Rota, el inmenso. Es como si después de estos tres últimos detalles las gracietas de la revoltosa Rita, aqui travestida en mancebillo (como solía), quedasen en una menudencia de gente menuda.
El hecho de basarse en Vamba, que es volver a una tradición literaria para niños planteada en forma narrativa de diario, no queda como algo autóctono y por tanto distante para los de otras nacionalidades, o enquistado en un pasado de hojas amarillentas, al partir de ideas anteriores bien consolidadas, digamos clásicas, que vendrían de la estadounidense Metta Victoria Fuller (A bad boy's diary), tradición que a su vez entronca, sin necesidad de tener que remontarnos a Rabelais, con la valla por pintar de Tom Sawyer y los refugios de Huck Finn. De cómo llegamos de la Fuller a Vamba habiendo pasado antes por la Modigliani (Memorie di un ragazzaccio) es proceso que escaparía a los límites de esta serie pero sí que se puede afirmar que la distancia sería menor si la comparamos con la que separa el "original" italiano de la adaptación en imágenes de la politizada Wertmüller. Es lógico que se emitiese en un horario nocturno (sábado por la noche), más que un privilegio de una figura de la música ligera nacional el lógico destino por tantas concesiones a un subtexto adulto no demasiado óptimo para ser aireado en plena merienda.
A simple vista, el diario de Giannino es una sucesión de apuntes domésticos que van configurando el día a día en la vida de un mocoso perteneciente a una familia de la burguesía toscana a principios del siglo XX. Con la Wertmüller queda claro que las travesuras del pequeño son el gérmen de un anarquista en potencia. Palabras como rebelión, revolución, libertad, opresión y socialismo se van sucediendo con toda naturalidad, mientras no se rebasen unos límites. Y esto nunca sucede gracias a las concesiones a la estrella Pavone y sus gracietas, sus mohines y sus canzonette (algunas maravillosas y otras insufribles). Recordando a Vamba aparecen los gatitos sumergidos en la bañera y la bañera que inunda el cuarto de baño, las tías del pueblo dulces y excéntricas que hablan con una planta pues creen ver en la misma el espíritu de algun difunto que amaron, las maestras autoritarias (verdaderos engendros freak) que se terminan doblegando ante el último ingenio hecho farsa para la liberación de la encerradita niña-niño. Pero cuando se recuerda a Gramsci las cosas son distintas, como ya hemos advertido. Y, por supuesto, muy distintas a las de nuestra Celia.
Nos hallamos ante una época interesante de la directora, la inmediatamente posterior a su debut en cine (Los basiliscos), antes de conocer a Giancarlo Giannini y de divagar del amor estilo 68. La esencia incontaminada del giornalino auténtico no sucumbe del todo a los mensajes típicos de impegnati, por fortuna. Siempre queda muy vistoso evocar, aunque sea entre cuatro paredes de estudio, la d'annunziana época Liberty. Y para eso está Piero Tosi, para hacer virguerías con sus trapitos, a lo mejor de segunda mano para aprovechar la urgencia de lo televisivo, y oliendo a Gattopardo, melodrama suntuoso de ese mismo año, donde la música del propio Rota adquiría una importancia superior, a un nivel muy distinto del pizpireto rojeras Gian Burrasca.
Tanto las partituras de este compositor como los hits de la Pavone de entonces no logran dotar al conjunto de un tono concreto. Asi se notan desfases evidentes entre unas y otras, sólo equilibradas por unos familiares grititos y los arreglos no menos familiares de Bacalov. El cuento infantil arrevistado irrita muchas veces, sobre todo cuando los personajes adultos se ponen a subrayar con cantables lo que antes ya habían expresado con el dialogo. El toque Rota brilla en los tangazzos, en las marchas y en muy pocos valses. Mientras, la Rita de siempre fracasa cuando se pone zalamera con su mamma y le susurra un slow. En cambio, nos da morbo cuando le canta apasionadamente al bravo amigo (Edoardo Nevola, descubrimiento de Germi, él era aquel tierno hijo de El ferroviario) que deja en el reformatorio (probablemente una de las secuencias más complicadamente homoeróticas de una serie en la que una chiquilla de diecisiete años ha de interpretar a un niño de nueve). Otro tema a retener es la sintonía de La papa col pomodoro, que fue todo un éxito de ventas en el que percibimos los acordes inolvidables de una cítara ejecutada por Anton Karas.
Fueron en total ocho capítulos que según iban transcurriendo aumentaron de duración (de setenta a ochenta, y de ochenta a noventa minutos). Tomados en sus dosis justas pueden suponer un divertimento lleno de nostalgia. Estampa a simple vista nada pop de las adaptaciones literarias de la Rai, a medio camino entre el compromiso años sesenta, la explotación de la diva a 45 y las revistas teatrales de antaño. Una mezcolanza cuanto menos pintoresca y que dejaría a los Chiripitifláuticos españoles (aún por venir) en pañales, nunca mejor dicho.








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