06 abril 2010

SOLO PARA SIBARITAS

ELLA RAINES (1920-1988)

Más que un peinado
Era magnífica. Si tuviésemos que hacer un recorrido somero por los rostros típicos del cine norteamericano de los años cuarenta, su inclusión se hace rigurosamente obligatoria. Los cambios sociales de su década, con el marco genuino del quinquenio bélico, motivan en esta diosa una especialización en papeles que la circunscriben a esa realidad tan dura como falseada por el patrioterismo yanqui (la noviecita del soldado, la enfermera en primera línea de frente). Tuvo la suerte de ser descubierta por Howard Hawks a su llegada a Hollywood. Esto la dejó clasificada en la categoría de estrella A. De haberse reducido su presencia a los ambientes del serial hubiese sido la reina de la jungla (la del cesped artificial y la del asfalto). Lo malo es que no llegó a afianzarse como prototipo de mujer hawksiana pues oficialmente nunca la dirigió. En compensación logró acercarse a la mujer Siodmak (Robert) pues este fabuloso neoexpresionista la tuvo en los repartos de cuatro de sus películas de entonces y que a su vez constituyen la mejor etapa de su carrera en Estados Unidos.
La Raines es mucho más que una pin up. Mucho más que una anécdota camp o un fetiche para los adictos a las femmes fatales de la literatura negra. Y miren que su peinado en media melena, con sus discretos ondulados y sus puntas hacia adentro a punto estuvieron de convertirse en marca de fábrica al mismo nivel mitológico que el lacado de la Turner, el ojo tapado de la Lake o las edificaciones capilares de la Montez. Sin embargo, Ella contaba con más dotes, era mucho más discreta y, probablemente, mejor actriz que ninguna de las citadas. Ver en la actualidad a esta chica años cuarenta es todo un regalo para los ojos. Poseía una de las caras más fotogénicas del momento (la revista Life le dedicó dos portadas). En algo nos puede recordar a la impar Gene Tierney. Posiblemente carecía de la magia de aquella, ese qué-sé-yo fascinador que los inoperantes productores confundieron con el exotismo de las razas asiáticas. Poco le faltó, si hemos de ser sinceros. Malo de la competencia, pues era dura en el Hollywood clásico, cuando aún la fábrica de sueños exigía lo irrepetible.
En cualquier caso, ya digo que la valía de Ella iba más allá de un peinado, el encanto de la delgada o de una mirada magnética (bedroom eyes). Su ductilidad tanto para la comedia como para el drama policíaco era encomiable. Si a esto le añadimos sus escarceos en el western nos daremos cuenta de que esta chica pudo haber llegado más lejos.

Bomba va, bomba viene
Los primeros años son los del cine patriótico. Tras su debut en una cinta de guerra sin importancia rodada por Richard Rosson (aunque también colaboró Hawks) titulada Corvette K-225 (1943) fue incluida en el reparto de Cry "Havoc", cuyo único aliciente con respecto a otras películas bélicas radicaba en el protagonismo exclusivo de un puñado de féminas en labores de enfermería. Como sea que todas eran excelentes actrices, Ella lo tuvo dificil para resaltar. Lo hizo bastante bien gracias a unas pocas escenas con sabor a necrofilia. Por un lado, en su regazo moría un soldado con pinta de ser el soldado desconocido (y de hecho lo era aunque, al poco, el actor que lo interpretaba se haría muy popular: un tal Robert Mitchum). En la otra escena moría nuestra chica, al haberse quedado rezagada del resto de sus compañeras mientras se daba un baño en el lago. Posiblemente fue una muerte con trasfondo moralista pues había sido la única que utilizó un sarong como bañador, a la contra del resto, más castas. De todas formas, la palma a la entereza de la mujer americana se la llevaba Margaret Sullavan que no se arredraba ni ante un bombardeo a pocos metros de su refugio (lógico siendo una actriz sorda como una tapia). Todo tenía un origen teatral que Richard Thorpe, su director, disimuló con el poderío de unas actrices eficaces encerradas y sacando lo mejor de ellas mismas. Lo teatral no fue el handicap verdadero que justificaría el aburrimiento global de Cry Havoc. No basta con que cambien de sexo los que luchan para que nos animemos más. El quid es bien sencillo y es que el género bélico es pesado por naturaleza.
Tanto dramatismo no impidió que el emergente Preston Sturges contase con su presencia en la deliciosa Hail the conquering hero (1944), parodia del género en cuestión que parte de la premisa argumental de un supuesto heroe que regresa a su casa y se encuentra a todos los paisanos del pueblo dispuestos a prepararlo para la alcaldía, dando por descontado su capacitación por sus previas hazañas militares. Como el soldado de marras era el cómico Eddie Bracken las cosas resultaron más complicadas de lo que en un principio preveyeron todos. Incluída Ella, la ex novia del joven que estaba ya a punto de casarse con otro macho más apuesto.

Chica Siodmak
E inmediatamente apareció Robert Siodmak en su carrera. Y fue providencial. Su colaboración de cuatro películas la erigen como una suerte de musa del director europeo. No hubo ninguna mala, sólo alguna mejor que otra. Su debut en La dama desconocida la haría pasar a la posteridad, pues es un título clásico del cine negro. Con todo, no es una obra maestra y sí una cinta muy agradable en la que Franchot Tone exhibe sus manos de Orlac con un regusto diríase que exagerado. Rompiendo el tópico de que a las chicas del noir las preferiremos siempre fatales, habría ya que advertir que no sólo en esta Ella no fue una mantis, sino que en lo sucesivo apenas cultivó el estereotipo. Prefirió adoptar el papel de mujer indómita, moderna y decidida y, como tal, acechada por el asesino en el último momento. También fue esposa que espera al marido enchironado con entereza y, a la vez, fragilidad y no poca desprotección. La dama desconocida tampoco sabe apurar la tensión final. Al menos, en lo que respecta a nuestras expectativas. En cambio, The suspect (1944) no defrauda en ningún momento, antes bien es una constante, magnífica sorpresa. Trama muy original a pesar de beber de las fuentes de Hitchcock. Se recrea el Londres victoriano a la manera europea (alemana, habría que decir: el asfalto reluciente como charol, las nieblas, los juegos de luces y sombras) y ese desafío a la conciencia del protagonista Charles Laughton, hombre pacífico y hasta gris que se ve transformado como quien no quiere la cosa en un asesino de asesinable esposa y del chantajista de turno (no menos asesinable). Ella era la estenógrafa que se enamoraba de él (sinceramente no lo entiendo) y con la que llegaba a casarse tras enviudar, lo que despertaba las sospechas de un inspector de Scotland Yard. Si no fuera por la claudicación final de Laughton diríamos que The suspect es una apología de la amoralidad más saludable.
En 1944 también se la pudo ver en un western sin importancia junto a John Wayne (Tall in the saddle) y, por seguir en la onda detectivesca, en un Arsene Lupin que dirigió el experto en seriales baratos Ford Beebe. Afortunadamente Robert Siodmak la requirió pronto para que enamorase a un afectadísimo (y maravilloso) George Sanders en The strange affair of uncle Harry (1945), solterón al borde de la pluma dandyesca que se había pasado toda su juventud avasallado por sus dominantas hermanas. El emparejamiento de Ella con actorazos como Laughton o Sanders dificulta al cinéfilo de ley el poder disfrutarla en plenitud. Hay demasiada chicha en ellos como para que reparemos como se merece en la bella.
La última colaboración de la actriz con Siodmak se llamó Almas borrascosas (1947) y apenas es relevante. Podríamos dejarla en pequeña frustración, pese a mantener su equipo artístico y técnico intacto (por ejemplo, el músico Miklos Rozsa).

Polifacética y siempre excelente
Retornó al policíaco en The Web (1947) y probó con el drama carcelario en Brute force (1947). Este último pertenece a la etapa más recomendable de su director, Jules Dassin (el futuro marido de Melina Mercouri). Lleno de implicaciones políticas y sociales, hoy es interesante de ver aunque no sea esa obra maestra del género que proclaman los fanáticos. Los que parten el bacalao son los machos ( los que "están dentro") mientras que "los de afuera" (sus amores) se limitan a una secuencia en flashback por cada una. Ella era la chica a la que un marido enjuto y con gafitas (posiblemente intelectual, posiblemente judío) le regalaba un abrigo de pieles para contentarla. Pero la prenda era robada, lo que llenaba de infelicidad a su honrada nueva propietaria que inmediatamente le pedía el divorcio. Ni que decir tiene que el esposo era encarcelado pero en la trena seguía idealizando a su mujercita. Lo importante de Brute Force es el sentido de violencia interna a traves de una fotografia y manejo de cámara de escuela europea, la imagen que se le da a la penitenciaria (similar a un campo de concentración nazi en la típica jornada de puertas abiertas) y el sadismo del personaje del director (que parece primo hermano de cualquier oficial de la Gestapo: ¡si hasta escucha a Wagner en su despachito de los tormentos!). Y, por descontado, el gran final con Burt Lancaster moribundo lanzándose desde lo alto de la torre de vigilancia sobre el malvado que, inexorable, cae al vacío.
La carrera de la Raines seguía imparable a la par que discreta entre dramas, oestes y alguna que otra comedia que nos hizo sonreir. ¡Sonreía tan bien en The senator was indiscreet (1947)!... Fue la única incursión tras la cámara del dramaturgo George S. Kaufman y es totalmente recomendable por muchos detalles. Primero, por ser un cúmulo de insensateces, todas políticamente incorrectas, a cuenta de la democracia USA. Segundo, por el absolutismo de un William Powell que se salía en su interpretación de senador no más utópico que surrealista (su caracterización es alucinante. Más parece un inventor loco y adorable que un demagogo aspirante a la Casa Blanca). Tercero, por el cameo final de Mirna Loy, autoparódica como primera dama... ¡en una isla de salvajes!. Y cuarto, por la Raines y cierta sonrisa en un ascensor a punto de cerrarse. Hacía de periodista intrépida. Elegante y curiosona, dispuesta a lo que fuera con tal de recuperar el disparatado diario del político en cuestión (y bien que lo hizo, usando uñas y dientes si era preciso, como una Jean Arthur o una Lombard). Hubiera sido la Brenda Starr ideal.
Para cerrar la década aún le quedaron dos buenos thrillers y un par de insustanciales oestes. En Impact (1949. Arthur Lubin) la superaba la señorita Helen Walker como la mujer (fatal y, por supuesto, adúltera y perversa) del protagonista Brian Donlevy, pero hizo prodigios eróticos en su corto papel con una escena clave: mascando chicle mientras arreglaba el motor de un coche (era mecánica de gasolinera). Producto menor con funciones de complemento de programa doble, algo habitual en la filmografía del director que más trabajó con Maria Montez, la sultana indiscutible de la productora de miss Raines (la Universal) en esa segunda mitad de los años cuarenta. En cuanto a su otro noir, A dangerous profession (1949. Ted Tetzlaff) volvía hacer de mujercita de presidiario que salía libre gracias a la intervención de un policia especialista en conseguir fianzas de manera poco ortodoxa. El policia era George Raft, que ya en el pasado había mantenido un romance con la afligida esposa (Raft fue un imponente gangster en Hollywood y fuera de él. Así que aunque interpretase a un policia siempre supimos que iba a pecar de corrupto, o al menos, de moralmente ambíguo). Aliada poco después con el madero, tras enterarse de que a su esposo lo habían liquidado, se metía en un montón de problemas hasta que era salvada por aquél, terminando las cosas medianamente bien: entre besazos y balazos.
La Raines apuró su reinado unos años más, subida a un caballo y vestida de vaquero para que la fantaseásemos de otra manera en cintas con títulos como The walking hills o The singing guns pero su tiempo había acabado. Pienso que injustamente, vista su maleabilidad. En cualquier caso, su paso por el lienzo de plata terminó como empezó: abrazada a Randolph Scott (Ride the man down.1952), que no es mal sitio donde cobijarse. El filme es un western que apenas se recuerda.
Para que su retirada no fuese tan brusca se refugió unos años en la televisión. Contó con su propia serie donde, curiosamente, retomó su antíguo oficio de enfermera (Janet Dean, registered nurse. 1954).

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