12 abril 2010

¡POST 2.400! ¡2.400 POSTS!: Trans LiB


Por Gilda Love



Lib Núm. 200

Antes de que nos subamos al fabuloso Margarita II permitidme que recupere un recorte de Carla Antonelli, trans favorita, que hoy ha devenido activista del colectivo LGTB con esa página web tan currada que es que asombra. Estos son los primeros añitos de la luchadora. Como verán, su belleza se distanciaba kilómetros de la morenez típica de las brasileñas operadas o de la propia Lady Champagne. Esas fotitos las sacaron los de la revista con motivo de la celebración de su número 200. Ella llevaba cuatro años en la Península (vino de las Canarias, el desierto total), abriéndose camino en esta perra (pero tan reconfortante a la larga) vida del artisteo y la militancia. Gózenla con su ejemplar del Lib en la mano y ese aire un poco marisolero, pues, la segunda foto, según mi punto de vista, ya deja mucho que desear. Por cierto, Carla fue la primera en aparecer en la fiesta del aniversario. Muy amiga de sus amigos.


Y llegamos al leit motiv de nuestro capítulo de hoy. Un barco cargado de transformistas. Iniciativa del empresario Malpartida Corrales al que le pareció una idea genial eso de convertir un barco de esas proporciones en algo radicalmente opuesto al Princesa del Pacífico. De hecho, empezó siendo un cafe concert. Luego pasó a club gay. Y como en ambas facetas las cosas no fueron demasiado bien se recurrió a la gracia y la jarana que se gastan en Sevilla (donde estaba fletado), optando definitivamente por la pluma y el equívoco.
Pues resultó. Yo creo que el transformer absoluto fue esa embarcación, porque lo de dentro olía a Gay Club o Dimas (bacalao congelao) que era una pérdida de aceite contínua, tal que un atunero. Por lo menos se contrató a artistas con gusto, artistas entrañables. ¿El resultado?. Véanlo en el reportaje gráfico. Como un Magnolia bien rosa (o una Edna Ferber adaptada por Pierrot) y donde los componentes soñaban con ser nuevas Julie LaVerne. Pena de Ravenales porque aquí mandaba la rara femineidad de gentes del talento de Feli (transformista de mucha edad que clavaba a una Nacha Guevara o una Nati Mistral) o la inigualable Ketty, como nota picante, primera vedette del espectáculo. El público eran básicamente matrimonios treinteañeros que repartían la noche entre la discoteca, el snack bar y la zona del escenario, donde igual te caía una coreografía deliciosamente cutre de La era de Acuario como del musical Jesucristo Superstar con hiperabundancia de Marías Magdalenas en atavíos transparentes. Es decir, que la clásica partitura de Kern y Hammerstein les quedaba obsoleta en aquel año de Orwell frente a unos buenos playbacks de Broadways, por otro lado, ya nada modernos.
El barco, asimismo, disponía de dos azafatas que eran Juan y Paco, quienes se encargaban de que al público nunca le faltara la bebida y se sintiera cómodo. Al fin y al cabo todos lo iban a necesitar pues la travesía era larga. Y, pese a que la noche siempre fue joven, el marco era bien historiado: nada menos que un recorrido somero por un Old man river tan esplendoroso como es el Guadalquivir.




Lib Núm 395
15/5/84

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