14 abril 2010

Macisterotique

* Lean la última de la doctora María Esther:

- Maciste, has superado la enfermedad. Ya no tienes sífilis.

- ¿Qué bien!. Gracias, a usted y a la industria farmaceutica

- Si. Efectivamente. Has empezado a generar anticuerpos. Vamos, que estás sano. Ahora hay que esperar a que bajen esos niveles. Es lentísimo eso.


Pues sí. Que yo creo que vuelve a decir cosas locas, contradictorias. Lo de anticuerpos me da mala espina. Como si hubiese entrado en una nueva fase, tal vez no contagiosa pero con la bacteria en mi organismo igual de voraz. Intacta, fortalecida por lo que he generado, gracias a todo este tiempo que he malgastado en su irrisorio, insuficiente tratamiento. La enfermedad no sólo no debe haber desaparecido (soy asi de pesimista y de incrédulo con los médicos de cabecera), sino que sigue acaparando territorios.
Ahora bien, no me obceco. Hago oídos sordos y continúo con mi vida. Gozando del sexo (con protección). El calor primaveral me hace olvidar estos tragos. Ya señalé en anteriores Macisterotiques que me siento fisicamente formidable de un año y pico a esta parte. Aunque también puede que me contradiga, como la experta María Esther. Recuerdo que el miércoles pasado me quejaba de tanta castidad durante la Semana santa. Esto es cierto pero con matices. Porque rechacé alguna cita.


* El lunes santo me llamó el casado de la cicatriz en el vientre y la botella de Chivas. Me había corrido hacía un par de horas, estaba cansadísimo por algun posteo y no me apetecía verle en ese preciso momento. Me resultó un pequeño dolor tener que darle largas. Le invité a que lo hiciese otro día de esa Semana tan festiva. Pero se debe a su mujer. Fue imposible. Lo entiendo. Es de imaginar que ahora ya no me llame hasta el verano. Va de trimestre en trimestre. Con éste lo paso muy bien.

* Y con el calor de marras, pasadas las fechas religiosas, han llegado un aluvión de pollas, culos y bocas que, sinceramente, no sé si merecía. He tenido una chiripa de cojones. Pensaba que este último Macisterotique iba a estar vacío de contenidos polvorientos y, por el contrario, va a ser de no dar abasto. Utilizaré el orden cronológico y espero ser breve (más que nada para no hastiarles, porque en el fondo el sexo es pura rutina. Leidos uno, leídos todos)

Domingo 4

Con el portugués. Este camello quiso ahogarme con su herramienta. Como se portó así de mal le metí el dedo bien adentro de su barbudo ano. Le gustaba. Luego me folló bien follado. Se me ocurrió darle dos euros. La primera vez que le suelto pecunio. Me dio las gracias en vez de darme el obrigado.

Media hora más tarde aparece por la zona X, el osito post- adolescente. No eran horas para volver a las mismas galerías comerciales de la anterior ocasión. Se me ocurrió llevármelo a otras más grandes y discretas. No se encontraba demasiado en su salsa, asi que no se dejaba hacer más que lo rutinario. Pude meterle la punta del nabo. Sabe agacharse el condenado. Pero me preguntaba por un ascensor. Imposible. Cerrado con llave. Sólo para los comerciantes. Nunca lo ví correrse con tanta abundancia. Dejó las baldosas hechas un cromo.

Lunes 5

Con el jubilado que está enamorado de mi. ¿Qué le quieren?. No me atrae nada pero es tan cariñoso que me conmueve. Por lo menos se parece a Charles Bickford a finales de los años cuarenta. Tiene ese pase, de programa doble. Hacemos lo de siempre. En la cama. Ahora se le dá por morderme en las nalgas. Y no correrse. Quiere que me vacíe yo. No la sabe chupar y la tiene pequeña. Es un desastre agradable. Me prometo que para la próxima le voy a plantear cobrarle (no mucho).


Martes 6


Siguen subiendo las temperaturas. Hace mil años que no me encontraba con el gitano cincuentón de pija tipo bandurria. Es un chacho alucinante. Yo estoy sentado en el parque, oteando el panorama, cuando veo por el Paseo que bajan cinco o seis, una familia, vamos. La esposa y el fulano con los dos hijos (el hijo, muy bien, de catorce, ancho de espaldas y cebadito) más otra señora. Quedan todas afuera esperando a que salga el marido del retrete. Les habría dicho que iba a cagar. Segui sentado porque no lo reconocí de buenas a primeras. Cinco minutos después bajo y me lo topo en los urinarios al lado de la señorita del 07 (como una operadora de Movistar, siempre hablando por el móvil con la nada, lanzando vitriolos monologados contra todas). Confirmé de quien se trataba. Más delgado, claro. Pero, ¿el pollón?. Le hice una indicación con los ojos. Pasmao. Luego opté por ponerle cara de perro y gesticular con la mano para que reaccionase de una puta vez, que no le despistase más la perra que tenía a su diestra.
Entró, pero la perra iba detrás. Alguna que otra vez he hablado con ella (confieso que hay un o,1 % de confianza), pero en este trance es un antimorbo (me recuerda a aquella canción de Renato Zero del Triangolo no). Le di indicaciones de que le chupase la joya. El gilipollas fue y me contestó que no le apetecía mucho, que acababa de comer y le daba un poco de asco (todo con mohines de falsa remilgada). Yo soy el gitanaco y le rajo con la faca. Entonces saqué un condón y le obligué a que se lo pusiera. La perra obedeció. A ver si le vale -farfulló- porque tiene un monstruo aqui. Efectivamente. Lo definió en su desmesurada medida. Hubo que estirar bien la goma. Qué gracia. Lo tratábamos como a un niño lolito al que le estuvieran probando sus padres un chubasquero en Cortefiel. Resumiendo. Me di la vuelta y el otro me intentó penetrar. Por lo tanto allí sobraba uno de los tres. La del móvil sintió una llamada perdida y se dio el piro. Tía más pesada no he visto... Al menos desertó con elegancia (moral, porque exteriormente era un espantajo: vestía de jugador del Real Madrid o de Las Ibéricas F. C., o yo no sé a qué equipo representaba su disfraz). Pero algo ocurría con el gitano. Morcillona estaba pero no se le endurecía. Consiguió meterme la punta (en su caso, unos ocho centímetros). Tan pronto los sentí me corrí a lo bruto. Pensar que la familia estaba justo del otro lado esperándolo... Qué adulterios, qué trempante experiencia... Luego se le rompió el condón y se pajeó (dijo que ya fluyera con su santa y que puede que no saliese ahora nada). ¡Carallo p'al gachó!. Abundante lechada mientras le masajeaba su trasero lampiño y moreno, uno de los más piedra, respingones y follables que he visto en mi puta vida de putana.

Miércoles 7


Lo mejor de todo. Nunca estuve con un negrito. Me refiero a un chico de color, no moreno, no latino. Sino negro del Africa. Y negrito por edad. No debía llegar a los diecisiete o dieciocho. Fue un milagro. Miren que invoqué a Dios para que cayese pronto uno así, lo hice poniendo miles de versiones de Angelitos negros las pasadas fiestas. Y va y me sale. Fue relativamente fácil. Me preguntó la hora. Le invité a entrar a un cagadero. Allí fue. Hablaba bien el idioma. Esto me hace dudar que fuese del Senegal. Pero, joder, ¡tenía rasgos de senegalés!. Y polla de senegalés (no por que las haya calibrado en directo, sino por lo que me han contado los entendidos de estos del manta). El muchacho era activo. Polla larga y delgada. Muy limpio. Muy dulce el niño en general. Parecía que no iba a abrir la boca cuando juntamos nuestros labios. Al poco me llegaba su lengua hasta la campanilla. Casi me come el potaje que aún circulaba por allí. Le pedí que me penetrase. Un capricho como cualquier otro. Por probar cosas nuevas... Se puso condón y lo hizo de maravilla. Como un chico de diecinueve. Se corrió dentro. Al final le pregunté de dónde era. Que me ubicara en el mapa. Me respondió muy convencido que era de aquí. Posiblemente en algún valle de esta comarca se dén estas tonalidades epidérmicas, no lo sé. Debo ir a la oficina de turismo e informarme. Repito que fue un milagro. Los rabiosos que afuera esperaban, al día siguiente permanecieron horas aguardando a que volviera. Qué risa. Se sobrevalora mucho a estas razas. Por cierto, un culo esplendoroso. De repetir con él se lo voy a dejar mejor de lo que lo tiene... Globos forrados en piel de ébano. El muchacho, además, es guapo.

Jueves 8

Me lo hago con el brasileño. Fenomenal. Repetimos las posturas. Nos encanta hacerlo en la puerta de salida de los báteres. Pero era mala hora, venía gente y nos metimos en un retrete. Me dijo que le encantaba follarme porque tenía el culo siempre muy limpito (sic).

Viernes 9

Por casualidad acudo a otro parque y dentro de los servicios, al minuto, me sale de un retrete el rumano limpísimo, habitual en mi agenda de hace tres o cuatro años (he vivido experiencias de película con este rapaz). Lo ví un día el pasado invierno pero apenas hicimos nada porque yo no iba con ganas y tampoco llevaba condón encima. Verle fue una alegría. Me sonrió. Quería jugar. Lo decía todo con su cara con bigotillo absurdo. Ha cambiado mucho fisicamente. Ya no es tan atractivo a mis ojos. Está fondón. Nada raro en un casado con niños. Algo desarreglado, además. Un poco sucio. Ha dejado de ser el rumano limpísimo. Es lo que les suele pasar a los padres jóvenes cuando empiezan a cambiar pañales: pierden la costumbre del aseo personal con tanta nenu-caca. Elegimos la suite más romántica y allí intentamos recuperar viejas sensaciones compartidas. No tiene buena verga pero sí un importante trasero. Me abstuve, pese a todo, de comer de aquello. Quería que disfrutase con el mío en pompa-dour. El brasileño me había regalado el dia anterior un preservativo azul marino con sabor a nosequé y se lo puse. Nunca se me corrió tan rápidamente el rumano. Fue prodigioso. Andaba caliente. Con ganas de mí. Ni que decir tiene que en ese punto de la semana yo estaba que no daba crédito. Me sentí el chicarrón más dichoso de la ciudad. Agradezcámoslo a la primavera.

Sábado 10

Sé a quien quiero hoy. Al putero, albañil en paro. Una birria de hombre pero con hermosa tranca. Las cosas no pintan nada bien. Entra y sale de los báteres habituales porque algunos andan ligando, otros no interesan y así. Ya lo voy dando por perdido según pasan los minutos. Me paro a hablar con un amigo en la calle y observo que el brasileño entra en el recinto. Al poco entro y, en vez de saludarme, el moreno me propone un trio. Me parece correcto. No soy muy ducho y partidario de los trios pero, teniendo en cuenta que ambos machos (que son como el día y la noche) me ponen, y que los dos, además, son activos acepto ipso facto. Me pongo de un puterio que asusto. Me agacho para mamársela al albañil. El brasileño por detrás ya busca redondeces. Esto es peligroso. Aqui no hay discrección. Nos trasladamos a la puerta de salida. Por el reflejo de las vidrieras de enfrente se percibe si va a a entrar alguien o no. El viejo quiere mantenerse al márgen. Que follemos los jóvenes mientras mira y vigila. El brasileño está como loco (los trios son su especialidad) y le tienta al reticente abriéndome las nalgas para que se dé cuenta de mis poderes. El otro parece no apearse del burro. Se la saco a la fuerza y comienzo a chupársela. El brasileño se pone condón mientras tanto. Me la endiña. La de mi boca está enhiesta (pocas veces se le había puesto así). Al poco, cambio de posición y se la como al brasileño. El placer que sentí cuando me folló el viejo fue superior. Me da morbo pues se le ve un inexperto. En el fondo, es el milenario rollo de lo atractivo de la corrupción. Tanto dá que sean menores como pasados de arroz. El efecto en mí es sobrecogedor. Vuelvo a girarme y cambio de nabos. Y luego otra vez. Entonces el viejo va y se me corre dentro. Jamás lo había hecho. Nunca le había visto la leche. Le sonreí con orgullo y malicia. Faltaba el moreno. Faltaba servidor. El recién corrido tiró el preservativo en un retrete, se subió la cremallera del pantalón y, captando el jaleo que estábamos haciendo en el lavamanos con mis gemidos y las embestidas del otro, esperó vigilando en la puerta. Terminamos al unísono. El viejo salió de allí muy gracioso. No paraba de mirar atrás, como si la conciencia le siguiese. Este ha quedado totalmente enviciado. No hay como un par de profesionales limpios y eficaces para encontrar nuevos adeptos.


Domingo 11


El dominguero. El sesentón con el que me venía apareando en casa los domingos de invierno retorna tras las vacaciones de semana santa. Me ve en el parque a primera hora de la tarde y me hago el remolón. Se está tan bien después de comer sentado ahí, escuchando los pajaritos trinar, luego de fumarme un porrito, con ese bendito sol... Pero al hombre se le note desespero. Tiene hambre macisteña. Le comento que no me apetece nada volver a meterme en el nido. El insiste. A regañadientes acepto. Le advierto que no me correré. La tarde es larga y la fiesta sólo está empezando. Eso sí, me prometo a mi mismo que le daré por culo.



Lo que más rabia me da de este amante es su manera de proceder en la cama. Crea la sensación (a lo mejor me equivoco) de que cualquier cosa que hace (y esta será siempre bien discreta, calculada, sin entrega firme, algo que incentiva mi teoría) la lleva a cabo para que se la devuelva. Y me niego a imitarle: a comerle el orto, a rebañarle con los dedos por ahí. Ni hablar. Por muy acabado de duchar que diga estar. No es un precioso adolescente para que le haga esas majaderías. Que me las haga a mí, qué coño. Eso sí, le he follado un poquito. No se me queje.
Por otro lado, el domingo se pasó entre charlas con los amigos y alguna peli en la tele. Sepan que tan pronto dan las siete me tengo que concentrar en mis labores de cuidador... Ay, Maciste, Cenicienta del barrio...

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