13 abril 2010

Dirigido por...fa: Thundercrack! (1975. Curt McDowell)

El nombre de Curt McDowelll se suma al de cientos de cineastas underground durante los años álgidos de la contracultura norteamericana (la agrupación del Nuevo Cine Americano Independiente llegó a registrar unos 298 realizadores). Si bien por edad (nació en 1945) pertenece a una generación posterior a los Warhols, Jack Smiths y Kenneth Angers, su relación intensa (e íntimísima) con el explosivo George Kuchar (de las hordas aquellas, un veterano) le vinculan a lo mejorcito de la escuela de Nueva York, a sus directrices y credos. En especial, en todo lo tocante a la liberación sexual y las mitologías pop. Sólo que Curt nació en Indiana, ciudad que le marcó enormemente (su corazón allí estaba, aunque la polla la tuviera en San Francisco), como a su coetáneo John Waters le marca Baltimore o a David Lynch, Missoula.
Por lo demás, McDowell fue un polifacético que igual pintaba, que fotografiaba, que dibujaba pajeros comix (al más puro estilo Crumb). Su actitud vital descarnada, egocéntrica y desprejuiciada (superando con creces los límites del decoro) es lo que más nos llama la atención a los aficionados que nacimos cuando McDowell empezó a armar sus tinglados. Por otra parte, la década de mayor hiperactividad fueron los años setenta, justo cuando el juego de la promiscuidad parecía haber entrado en una espiral sin fin. Su condición de gay recalcitrante sería otro acicate para que la demencia y el puro caos abundaran en una obra plagadita de cortos histéricos, sensuales, sucísimos y siempre originales. Y esto es un gran mérito, porque los de la sensibilidad rosa de aquella (y de ahora. De hecho, de siempre) eran reyes del pastiche, de remodelar sus géneros favoritos del cine para acondicionarlos a sus inquietudes fanfatalistas.
El culómano McDowell (con querencia por el redondito y bien peludo) es más conocido por sus delirios pornográficos. Teniendo en cuenta que la industria del porno estaba en su apogeo, este loco lo tuvo crudo con sus especialidades. Es por lo que se le suele desligar de los más reconocidos (y straight) Damianos y Mitchell Brothers. En cambio, algunas fantasías verdes de estos señores ahora nos despiertan bastante desconexión y mal rollo, cosa que no suele pasarle a McDowell, cuya ignota obra se va recuperando a cuenta gotas y, por eso mismo, es siempre recibida con expectación, ilusíon de novedad, por sus viciosos seguidores. Pienso que ese punto queer le aleja de los convencionalismos genéticos y culturales de los pioneros del porno además de enriquecer su discurso con múltiples referencias estilísticas que transforman sus alucinaciones húmedas en joyas del bizarre. Por no decir que inventa el buttcrack (mas que el thundercrack!) como llamada sexual masculina en el cine alternativo. Por su falta de prejuicios morales, lo mismo te hacía un straight porn que se explayaba en la modalidad bi (donde me aventuro a decir que fue un dios).

Thundercrack!, en tanto que su obra más ambiciosa, sería la prueba definitiva de lo anterior. Trabajada al alimón con su amante George Kuchar, ha pasado a la posteridad como una vuelta de tuerca desquiciada y surreal de los habituales filmes de casas endemoniadas. Los tarados de las psicotronías suelen reducirlo a eso, básicamente. Pero Thundercrack! tiene más enjundia. El fanatismo por la subcultura de Curt y Kuchar acrecientan aqui la necesidad de que asi lo comprendamos. Que captemos los cinéfilos que la protagonista del autoasumido bodrio (Marion Eaton, magnífica) es en realidad un chiste a cuenta de la heroínas de Tennessee Williams y que además imita a Joan Crawford. Pero no a una Crawford cualquiera, sino a la de los freakerios de su última etapa. Maquillajes burdos, rostro de mil ángulos, desorbitados los ojos, boca inmensa, sobreactuación constante. El mimo con el que Curt fotografía a esta actriz es tan desconcertante como para que nos rallemos con la idea de que todo lo perpetró Richard Avedon pasado de ácido.
Marion Eaton es la viuda propietaria de Prairie Blossoms, un caserón donde vive sola pero con el perenne recuerdo de su difunto marido, hecho trozos y guardado en grandes tarros de cristal.
Hay secretos en esa casa pero no los adivinaremos nunca. Sólo cuando, durante una noche de tormenta, vayan apareciendo extraños por allí con ánimo de encontrar refugio durante unas horas, se desvelarán parcialmente unos cuantos. El procedimiento que utiliza McDowell y Kuchar es basicamente el del diálogo. Es una cinta sobresaturada de ellos (hasta follando se habla por los codos), pues ya he alertado que el espíritu del dramaturgo Tennessee Williams revolotea como cuervos enlutados por el metraje. También un Shakespeare hippy. Por eso que en momentos muy poco pornos, la película me recuerde algo a Curtis Harrington (decadencia) y al menos conocido (con toda injusticia, desde luego) Andy Milligan (obsesión por el teatro de otras épocas). Pero el cutre arte de McDowell es además muy visual. Hay secretos que se van desvelando conforme el reparto se desnuda. Se llaman perversiones. Procacidades, todas ellas, de carácter sexual. El despliegue de filias es tan extenso que carecería de similares en el cine underground de los setenta (por lo menos aglutinado en un solo film). Sexo hetero, gay, masturbaciones masculinas y femeninas, lesbianismo, fetichismo, zoofilia, un inolvidable facial... Y todo planteado con una desusada puesta en escena (posiblemente sólo el último Ed Wood, el EW bajo seudónimo, consiguió acercarse a algo parecido).

Por otra parte, los puntos de vista de la cámara, las perspectivas y sobreimpresiones son siempre magníficas. El blanco y negro utilizado es perfecto para un melodrama tan claustrofóbico. Melodrama que poco a poco nos va convenciendo (pues convencidos parecen sus protagonistas), salpimentando sus tensiones dialécticas entre apuntes enfermizos de cine lúbrico. Hasta que aparece en acción el propio George Kuchar en su alucinante papel de dueño de un circo descarrilado por la tormenta (¿referencia al Berserk de la Crawford más monster?). Los animales sueltos por las cercanías asustan a algunos. Tapian las ventanas (¿The birds?). Intuir la silueta por una de ellas de un sombrachinesco elefante sería pecata minuta en comparación con lo que supone el asalto del gorila hembra que dominará el último tramo de la cinta. Es Medusa en flashbacks brillantes y en actitudes sexuales con el propio Kuchar (por él el primate ha alimentado una malsana atracción) y, finalmente, en busca de su propietario que le aguarda en el lecho en postura de entrega total (más entrega que esperarlo vestido de novia no se ha visto en la historia de las pasividades humanas). Tamaña ridiculez nos recuerda las barbaridades del mejor underground, aquel que no conseguía hundirnos de todo en el aburrimiento de la inoperancia autoral y el metraje desmedido. Sin embargo, Thundercrack! es desmedido por todas partes. Ya no hablo de las interpretaciones, de las perversiones expuestas o de los disfraces de simio. Sino que la duración definitiva se fija en dos horas y media. Sólo alcancé a ver 120 minutos y reconozco que, por problemas con los subtitulos (en alemán, ahi es nada. Como de Fassbinder), fuí repartiendo todos los rayos con sus truenos en un par de noches golfas. Esto fue suficiente para pensar que con una hora la película hubiera cumplido igual de bien (sobre todo, con los no iniciados). Aunque entonces los morbosos nos quedaríamos sin muchos momentos regocijantes, que los tiene. No sólo la parte Kuchar, también la solución que se le da a todos los actos sexuales. El voyeurismo de Marion Eaton (con sus agujeros en las paredes, tan Psicosis) que se masturba con un plátano mientras el jipioso Rick Johnson, en la otra habitación, se calza a una muñeca hinchable para vencer su impotencia con las mujeres a la vez que se introduce por el peludo ano un precioso consolador, perteneciente, según contaba la anfitriona, a la colección personal de su desaparecido hijo (¿Una suerte de Sebastian de Suddenly last summer?) o el fantástico polvo gay donde un tercer maromo entra en la estancia donde retoza esa parejita improvisada, sentándose frente a ellos como mero observador de un caso clínico y lanzando un speech anticlimático (que, por la contra, acentúa las embestidas del activo). Es cuando tanta anormalidad gozosa acaba por definir la época y la catapulta como alucinógeno paraíso de lo permisivo o de una nueva mentalidad (siempre desde un punto de vista nunca institucional, pues Estados Unidos seguía siendo, oficialmente, el último reducto de la moral Mayflower de un mundo anglosajón).

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