15 marzo 2010

Televisión de culto


ULTRAMAN
(1966-67)


Uy, menuda merienda de japos traemos esta vez. Ultraman fue la culminación sesentera del maqueterío nipón y del cine de monstruos a escala reducida (625 líneas), la más que sana explotación de las fórmulas godzillianas (y secuelas) tan en boga en esos años y el asentamiento del género tokusatsu (series de efectos especiales) en los hogares de medio mundo. De esto último da buena prueba el espléndido recibimiento que de Ultraman y similares hubo tanto en Estados Unidos, Sudamerica y Europa (se llegó a estrenar en su momento en España). La moda Godzilla ayudó mucho a que los occidentales asimilásemos con facilidad las manías fantasiosas de los japoneses y éstos, que no tiene un pelo de tontos, pensando además en la exportación de su subcultura, no dudaron en repetir monstruos que empezaban a ser tan familiares en nuestras casas como lo podía ser nuestra mascota favorita.
Ultraman fue además la primera serie de monstruos a todo color. Tenía un precedente de ese mismo año (Ultra Q) pero era en blanco y negro, tal vez el sistema menos necesario para sublimar cualquier sueño pop. La nueva fue emitida por la Tokyo Broadcasting System entre julio de 1966 y abril de 1967 y constó de 37 episodios, aparte de un piloto (que suelen ser, junto al capítulo final los más interesantes). Y no es que Ultraman adolezca de demasiados defectos, al menos de defectos que nos caigan de novedad a los aficionados al tokusatsu pues la locura campy, la ingenuidad de las maquetas, el sentido alucinante de la autoparodia aun cuando nos quieran vender los hechos que suceden como de alto peligro para la humanidad, etc., están ahí, sino que los guionistas, en tanto que conscientes de que tratándose de un género seudo infantil las fórmulas para cada capítulo son sagradas, nos producen una sensación de monotonía algo peligrosa para un invento que ha sido concebido para el divertimento total. Sólo en los capítulos primero y último presenciamos un alejamiento de esas fórmulas con ánimo, por un lado, de propiciar el enganche (en el caso del piloto) y, por el otro, de destruir la cadena de enganche (caso del capítulo final). Así pues, en Ultraman, como en cientos de series similares el grueso de sus episodios responden a características narrativas pop siempre idénticas, con la aparición del monstruo, la consiguiente actuación de los elementos del Bien (la patrulla científica, en este caso), todo un largo proceso destructor del elemento maligno hacia la población (para llevar a la angustia del espectador, preparándolo de paso para la apoteosis liberadora) y la intervención del super héroe en los últimos cinco minutos.

Todo estos son tópicos. Piñones fijos para un éxito asegurado. Hasta que la cosa no dé más de si, que es cuando la serie echa el cierre de manera drástrica (y siempre triste). Así se crea entre el público un síndrome de abstinencia que requiere más de lo mismo para ser aliviado. Llámense secuelas. Lo más interesante es la historia que justifica la existencia de, en este caso, el ente Ultraman. Aparecía por primera vez tras la muerte del piloto Hayata, justo cuando éste último moría en un accidente aéreo. El super héroe decidía entonces resucitarlo, conminándole a proteger a la Humanidad e indicándole que él y Hayata ahora eran uno sólo. Cada vez que quisiese convertirse en Ultraman necesitaría utilizar una cápsula Beta. Y bien que la gastó, a lo largo de casi cuarenta semanas. Hayata y su equipo (el capitán Toshio, Daisuke, el inventor Mitsuhiro, la señorita Akiko y su hermano pequeño Isamu) hacían lo que podían en un Japón devastado por la hecatombe godzíllica pero siempre resultaba insuficiente dadas las características ciclópeas de los rivales. Tales empresas que iban abocadas a la más ridícula inoperancia, acentuada ésta por la reiteración de la fórmula nos hacen preguntarnos si en realidad no sobraba la bonita Patrulla científica y si no sería mejor que Ultraman hubiese ocupado más tiempo en pantalla (sólo sus super poderes -rayo espacial, ultra cuchillada, inmunidad eléctrica, ultra aliento, ultra psicoquinesis, ultra lucha libre y ultra judo- frenaron tanto horror). Sin embargo, esto hubiese quemado al super héroe antes de tiempo, amén de que lo que se nos estaba brindando de esta forma era la posibilidad de identificarnos con unos humanos bienintencionados y decididos, divinamente vestidos con monos naranja, en clara alusión al uniforme que lucieron una década antes los protagonistas de Forbidden Planet. Además, cada cual exhibía su personalidad creando un sentimiento afectuoso ya de por sí entre la audiencia. Posiblemente fuera Hayata el más aplaudido (el actor Susumu Kurobe que poco después trabajó en una americana de guerra junto a Sinatra), en tanto que él era Ultraman, pero también el chico más guapo, el más discreto y el más sencillo de la función. A su lado, la muchachita no dejaba de ser, en las horas de reposo, una amiga con derecho a encontrar el amor sin jamás atisbarse relaciones románticas entre ellos. Sólo el humor, a menudo grueso, insoportable, infantiloide, japonés, y en menor escala (al menos, al principio), el concepto de lealtad entre los componentes del equipo aspiraba a una complicidad con el fan. Los pocos kilines de más de Daisuke o los absurdos, siempre fallidos inventos de Mitsuhiro, propenso al tortazo bufonesco se contraponían al candor adolescente de Hayata, lo marisabidillo (o sea, repelencia) de la moza y la seriedad del capitán Toshio, embargado por una extraña melancolía que nos hace añorar un Japón de Ozu o Naruse.

Luego estarían los disfraces. Los monstruos tan asombrosamente coloristas como ridículos. Inmunes al arsenal militar de la Patrulla Científica. Fueron desfilando viejas y nuevas glorias del kaiju. La mayor parte de ellos "interpretados" por Haruo Nakajima (el Godzilla original), mientras que Bin Furuya (su heredero en estas lides de asustar dentro de un disfraz) fue Ultraman. Asi aparecieron para nuestro irónico asombro el reptílico Bemular, el artrópodo Baltan, el invisible comedor de electricidad Neronga, el gigante acuático Ragon, la planta radioactiva Greenmons, el reptil tóxico marino Gesura entre otras muchas grotesquerías con encanto, entre docenas de alimañas antediluvianas y de cyborgs venidos de nosequé infierno tan rojo y luminoso como un sol naciente. Alimañas tan nacionales como que no se limitaron a dar pavor sino que también jugaron a la autoparodia, al histrionismo y sus gesticulaciones desmadradas (es decir: a interpretar a la japonesa). El colmo de la tontería (a un pie de la desmitificación) quizá fue ver a Ultraman toreando a un rival utilizando para ello la cresta del monstruo como capote. El de la extravagancia, cuando surgió de un lago un esperpento con dos enormes alas que más que alas eran un par de drag queens anticipándose a Eurovisión '69: un ala era Laurita Valenzuela con el modelo que lució como presentadora, y la otra ala, la valenciana Salomé y su vestido de porcelana blindada. Y ambas unidas por el broche central: una espantosa cabeza de murciélago que bien podría ser la artista de los 0 points con cara de circunstancias.
La monotonía antes aludida se quebrantó en muy pocas ocasiones. Por ejemplo, en uno de los primeros capítulos Ultraman no llegó a luchar con nadie: le tocaba por ley el "glotón de la electricidad" pero el otro resultaba en el minuto veinte totalmente inofensivo por empacho, limitándose la función de la estrella a la de super bombero (que no en vano, la punta de su dedo disponía de un hermoso surtidor de agua). También notamos una eliminación gradual de lo bufonesco a partir del décimo episodio. Desde entonces, por un lado se aumentó el tono dramático y por otro se cuidaron los movimientos de cámara, se alteró el ritmo (momentos más reposados que buscaban la tensión) y fotografía nocturna (casi de cine de terror). El no-va-más tuvo lugar en el desenlace final cuando Ultraman era derrotado por un espanto que a su vez sería destruido por la Patrulla Científica. Aparecía luego Zoffy, nuevo Ultra, que decidía separarlo de Hayata y llevárselo de vuelta a la zona donde vinieron todos los Ultras, o sea, a Nebula M-78. Hayata al recuperar el conocimiento no comprendía que ya no albergase dentro de si mismo a un super héroe. Aunque, visto que la patrulla amiga podía también resolver misiones sin la ayuda del mismo de siempre, recobró el ánimo para emprender nuevas aventuras. Esto sucedía a la par que Ultraman recobraba la conciencia del lado de su Ultra salvador. Sólo que ya estaba muy lejos de la Tierra para festejarlo con su alter ego.
El final de Ultraman en modo alguno implicó el final de las Ultraseries. Al contrario. En seguida el público nipón se reenganchó a más de lo mismo con Ultraseven (1967-68), Ultraman Jack (1971-72), Ultraman Ace (1972-73), Ultraman Taro (1973-74), Ultraman Leo (1974-75) y, por parar con la copiosa lista, con los dibujos animados del algo caduco pero original Ultraman (1979-80).


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